EL-SUR

Miércoles 10 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

Acapulco: entre la tormenta y la esperanza, un llamado a la paz colectiva

Rosa María Gómez Savedra

Agosto 06, 2025

Acapulco, la joya del Pacífico mexicano y epicentro de historias y contrastes, se encuentra hoy en una encrucijada crítica. Como joya se le quiere, se le cuida, pero no estamos exentos de perderla. No perdamos Acapulco.
La persistente sombra de la violencia social, la preocupante agudización de la violencia de género, particularmente contra figuras públicas como la presidenta municipal de Acapulco, Abelina López Rodríguez, y la urgente necesidad de construir una paz duradera, son temas que exigen una profunda reflexión y, sobre todo, una acción concertada. No es sólo una tarea del gobierno, sino una responsabilidad compartida que involucra a la ciudadanía y a los medios de comunicación.
La violencia social en Acapulco no es un fenómeno unicolor; es un tapiz complejo tejido con hilos de desigualdad económica; de oportunidades limitadas; de presencia de la delincuencia organizada y, en ocasiones, de debilidad institucional por no dar respuesta como la sociedad lo demanda y que se expresa en este dato: 8 de cada 10 habitantes de Acapulco, de acuerdo con el Instituto Nacional de Geografía y Estadística (Inegi), se sienten inseguros e inseguras
A pesar de los esfuerzos de las autoridades para reforzar la seguridad y combatir el crimen, la percepción de inseguridad persiste entre la población. Homicidios, extorsiones y otros delitos de alto impacto siguen afectando la vida cotidiana, erosionando la confianza y limitando el desarrollo pleno de la comunidad. Las cicatrices de eventos recientes, como el huracán Otis, han expuesto aún más las vulnerabilidades de la ciudad, exacerbando las condiciones que, en algunos casos, pueden alimentar la violencia. La reconstrucción material debe ir de la mano con la reconstrucción del tejido social.
Un problema particularmente preocupante en este contexto es la violencia en razón de género, que lamentablemente ha encontrado eco en la esfera política. La alcaldesa Abelina López Rodríguez, ha sido blanco de ataques y descalificaciones que, en muchas ocasiones, trascienden la crítica política legítima para adentrarse en el terreno de la misoginia y la violencia simbólica. Estos ataques, que pueden manifestarse en discursos de odio, difamación o desvalorización de su trabajo por el simple hecho de ser mujer, no sólo la afectan a ella como individuo, sino que minan la participación política de las mujeres y socavan los principios democráticos.
Es crucial entender que la violencia de género en la política no es un hecho aislado, es un reflejo de patrones patriarcales arraigados en la sociedad. Cuando una figura pública es objeto de tal violencia, se envía un mensaje desalentador a todas las mujeres que aspiran a ocupar espacios de poder y decisión. Proteger la integridad de la presidenta y condenar enérgicamente cualquier forma de violencia de género es un imperativo moral y cívico.
Ante este panorama, la construcción de paz emerge no como una utopía, sino como una necesidad urgente y alcanzable. Sin embargo, no puede recaer exclusivamente en los hombros del gobierno. Es una responsabilidad compartida, un pacto social que debe involucrar a todos los actores.
Más allá de las estrategias de seguridad, el gobierno tiene la obligación de fortalecer las instituciones, garantizar la justicia, promover la educación y generar oportunidades económicas que actúen como contrapesos a la violencia. La inversión en programas sociales, la atención a víctimas y la promoción de una cultura de respeto y legalidad, son pilares fundamentales.
En el caso de la violencia de género, es imperativo que las autoridades implementen protocolos efectivos para su prevención, sanción y erradicación, enviando un mensaje claro de cero tolerancia.
La sociedad civil organizada, los líderes comunitarios, las familias y los individuos tienen un rol irremplazable. Esto implica denunciar la violencia, participar en iniciativas de construcción de paz, promover la no violencia en el hogar y en la comunidad, y exigir a sus representantes rendición de cuentas. La reconstrucción del tejido social comienza en cada interacción, en cada acto de empatía y en la recuperación de los espacios públicos. La condena activa de la violencia de género en todas sus manifestaciones es un deber ético.
Los medios de comunicación desempeñan un papel fundamental como formadores de opinión pública y transmisores de información. Tienen la responsabilidad de reportar la violencia de manera ética y sensible, evitando la revictimización y el sensacionalismo. Pero su rol va más allá: pueden ser poderosos aliados en la construcción de paz al destacar historias de resiliencia, promover el diálogo, visibilizar las causas estructurales de la violencia y, crucialmente, adoptar una perspectiva de género en su cobertura, condenando explícitamente la violencia contra las mujeres en la política y en la sociedad. La narrativa que construyen puede ser un puente hacia la esperanza o un eco de la desesperación.
Acapulco tiene la fuerza y la resiliencia en su gente, en su cultura y en su inigualable belleza natural. Superar los desafíos actuales requiere de un esfuerzo concertado, un compromiso inquebrantable con la justicia y la equidad.
La violencia social y la violencia de género son barreras para para una sociedad en desa-rrollo e inclusión. La construcción de paz, como una tarea de todos y de todas es el camino para que Acapulco no sólo recupere su luz, sino que se transforme en un modelo de resiliencia, inclusión y prosperidad, donde cada ciudadano y ciudadana pueda vivir libre de miedo y con la certeza de un futuro mejor. La oportunidad de construir esa paz es ahora.
La violencia política contra las mujeres en razón de género sí puede ser considerada delito, aunque no siempre está tipificada específicamente como tal en leyes electorales. Se pueden configurar otros delitos o responsabilidades a través de las acciones u omisiones que constituyen esta violencia. La violencia política en razón de género se define como cualquier acción u omisión, incluida la tolerancia, basada en elementos de género, que tenga como objetivo o resultado menoscabar o anular el reconocimiento, goce y ejercicio de los derechos político-electorales de las mujeres.
¿Cómo se considera delito? Tipificación específica: En algunas leyes, como la Ley General en Materia de Delitos Electorales, se establecen conductas específicas que, de ser cometidas, constituyen violencia política contra las mujeres y son sancionadas como delitos electorales.
Configuración de otros delitos: aunque no exista una tipificación directa, las acciones de violencia política pueden encuadrarse en otros delitos previstos en el Código Penal, como amenazas, lesiones, o delitos electorales específicos.
Sensibilización y prevención: se requiere de acciones de sensibilización y prevención para evitar la violencia política contra las mujeres y fomentar una cultura de respeto y equidad.
En resumen, la violencia política contra las mujeres en razón de género, aunque no siempre tipificada como delito electoral, puede generar responsabilidades penales, administrativas o electorales según el caso y las conductas que la constituyan. Es importante conocer los mecanismos de denuncia, acceso a la justicia y protocolos de atención disponibles para garantizar la protección de los derechos de las mujeres.