Arturo Martinez Nateras
Agosto 16, 2025
Escribo ocho días después de la biopsia de próstata que me realizó el urólogo Manzanares en el Hospital General del ISSSTE en Acapulco. Desde el jueves 6 inicié con dieta blanda, el viernes me bebí un litro de agua con los polvos indicados para lavar el estómago. Durante la noche/madrugada en total cinco evacuaciones con esa extraña sensación de diarrea. De niño no fueron pocas las ocasiones que me realizaron tal procedimiento: una enfermera de pie con el líquido después de introducir un pinche pedacito de plástico negro cuyo nombre no recuerdo. Y la explosión era total. Hoy son unos polvos que me recetó el urólogo los cuales no había en la farmacia y los adquirimos por fuera. De acuerdo con el nefrólogo y el urólogo, la biopsia ya no podía diferirse.
El jueves 7, en la víspera, acudí con el cardiólogo para la consulta y la emisión de una responsiva. El viernes llegamos mi hija Metzeri, Monserrat la enfermera y yo en punto de las 7 de la mañana y de nuevo mi expediente no aparecía por ningún lado hasta que tuvimos que sacar unas copias. Aún no están digitalizados y las pilas de expedientes son así de este tamañote. Pasamos a Urgencias y de inmediato a la sala preoperatoria sin que antes nos diéramos un entre verbal con el insolente, majadero y déspota guardia privado; se quiso pasar de camote y le salió el chirrión por el palito. En la antesala de urgencias me colocaron un catéter después de dos piquetes, me tomaron los signos vitales y me inyectaron antibióticos para proteger el estómago y sabe para qué más. Tuvieron instantes de incertidumbre. La anestesista tenía muchas dudas que disipó el urólogo. Me aplicaron un sedante. La antesala es un caos entre enfermeras corriendo, residentes pasando, unos de verde, otros de azul, otros de negro según los protocolos. La verdad ni siquiera me mareé. La carga de trabajo de doctores y todo el personal es demasiado alta. Y el cuadro del dolor tremendo. Un joven fracturado, una señora extraviada, un grandulón a quien le dolía hasta el aire, una señora sumamente del-gada…Esa mañana 10 cirugías en un turno en Urgencias
Los camilleros son conductores de Gran Premio. Jóvenes muy fuertes. Ya en el quirófano me trasladaron deslizándome de la camilla a la cama. Dos o tres preguntas. Volteado sobre el costado izquierdo me realizaron siete punciones para tomar muestras en diferentes cuadrantes. En veinte minutos me regresaron a la antesala. Ninguna molestia, cero dolor, ni siquera me mareé. Algo así como siete horas desde que ingresé, salí por mi propio pie y volvimos a casa…
Han transcurrido ya ocho días y todo normal. Ni siquiera pequeños sangrados, mucho menos molestias y ya el miércoles me tomé unos mezcales. Ninguna prohibición, sólo recomendaciones.
Hospitales como el de Acapulco están sobresaturados. De entre todos funciona un elevador, en los pisos sin aire acondicionado se evapora uno. Los guardias parecen ignorar que cada paciente es un ser humano, un servidor federal, no una estadística. Los directivos del ISSSTE realizan o intentan una sacudida pero la inercia predominante es la desatención por la carga de trabajo para todo el personal. Espero la pronta inauguración del nuevo Hospital de Especialidades y deseo fervientemente que hayan tomado en cuenta las lecciones y asuman nuevas normas de arquitectura, de ingeniería hospitalaria con espacios adecuados para los familiares o el que por regla debe acompañar al paciente, aún cuando sea tan impaciente como yo.
Le agradezco mucho a Gaby, a la doctoraAnel, al úrologo, a la anestesióloga y a las enfermeras, por supuesto a Martí Batres. Ojalá y más pronto que tarde Acapulco tenga servicios de salud a la altura de Dinamarca…