Anituy Rebolledo Ayerdi
Enero 09, 2025
Acapulco, como segu-ramente otros pueblos del mundo, han ge-nerado a lo largo de sus deve-nires a personajes significados por diversas particularidades, mismas que los convierten en sujetos pintorescos. Como estos:
Nicolasa
Instalada en la banqueta poniente de la plazoleta Juan R. Escudero, la sanjeronimeña Nicolasa Ruiz cantaba todos los días a cambio de unas cuantas monedas. Lo hará ante escenografías cambiantes durante medio siglo: la tienda Las Tres B, la zapatería de don Jesús Duque, una casa de pinturas y una tienda de ropa.
Mujer pequeña, de rostro áspero y ojos saltones sin vida, cantaba a capela con voz rasposa como lija. Su repertorio era vastísimo y lo consumía sin descanso Sus preferidas: Camioncito Flecha Roja, El botecito, Tierra Colorada y El Barrilito.
Nicolasa era llevada a su escenario y recogida más tarde por un familiar. Un día faltará para siempre.
Judas
Por su apodo, Judas, cualquier extraño pudo haber pensado que Serapio Mejía había cometido un traición infame. Todo lo contrario, se trataba de un hombre tan bueno como el pan. El apodo le venía por su personificación de Judas en la Pasión de Cristo, presentada cada Semana Santa en la parroquia de la Soledad, mismo que tendrá como penitencia de vida.
El Poquito
Así llamaban todos en el puerto a Espíritu Godínez, un hombre pequeño que se arrastraba con una movilidad asombrosa por toda la ciudad, cubiertos codos y rodillas con protectores de cuero. El Poquito trenzaba sombreros de cerda en la banqueta de la ferretería Muñúzuri, aunque no era extraño verlo en el Mercado Central . Quienes lo conocían le sacaban la vuelta por su carácter irascible, sabedores, además, de que tenía en su haber dos agresiones con arma blanca. Una tercera, mortal, le tocará a él.
Esmeralda
Esmeralda fue un personaje de la Semana Santa acapulqueña. Breve y seca, declamaba imitando a Bertha Singerman, famosa declamadora argentina. No obstante que carecía de incisivos superiores, su voz era clara y la dicción perfecta. Se vestía estrafalariamente con tules y tafetanes y se pintaba ojos y mejillas con exceso.
Con el poema Reír llorando, de Juan de Dios Peza, lloraba y hacía llorar, logrando la atmósfera precisa para el insospechado final: “¡Yo soy Garrik, cambiadme la receta”!, presentándolo novedoso en cada ocasión.
El carretonero
Acapulco en el umbral de los años 20 no tenía problemas con la limpieza de las calles porque las familias barrían y regaban sus frentes domiciliarios desde tem-prana hora. Quienes acostum-braban a quemar su basura lo hacían con la seguridad de que don Alberto Jiménez recogería más tarde los desechos. O Betus, como se le llamaba cariñosa-mente al operador del carretón oficial, tirado por una mula.
Betus presumía no escuchar quejas por fallas u omisiones en el servicio. Y decía la verdad: eran tan sordo como una tapia. Si escuchará, en cambio, la campana del primer camión, marca Reo, adquirido en 1927 por el Ayuntamiento para el servicio de Limpia de la ciudad. Entonces don Alberto se irá a su casa con el orgullo de haber sido el primer carretonero de Acapulco…
La recolección de basura en la ciudad data de 1670, cuando se pone en servicio la primera carreta jalada por mulas, bautizada desde entonces “carretón”, como no faltan hoy quienes llamen así a los sofisticados Mercedes Benz de Saneamiento Básico.
La Ñeca
Por su hermosura, Adelina Torres se ganó desde niña el mote de La Muñeca, mismo que la acompañará hasta la edad adulta contraído simplemente a La Ñeca. Extraviada de sus facultades mentales a causa de un desengaño amoroso, se decía, Adelina se aferrará ya anciana a una juventud y belleza dejadas muy atrás.
Cubierto el rostro con gruesas capas de maquillaje –los labios y las mejillas coloreadas al rojo fuego– vestirá ropajes ampones de tafetanes y encajes. Sus vestidos lucirán obscenamente un jeme arriba de las rodillas y los moños multicolores nunca faltarán en su pelo rizado.
Acapulqueña, hija el terrateniente Patricio Torres, de cuya fortuna era heredera universal, alcanzando la distinción social más importante de su tiempo: el reinado de las fiestas de Carnaval. Sin duda entre las damas más asediadas del puerto, aunque con la fama de sólo atender los requiebros de los galanes españoles. Estos preferían la sangre azul de sus paisanas.
El Pájaro
Visitante semanasantero de Acapulco, como Esmeralda, El Pájaro imitaba animales y su numero favorito era el de un pollito asustado. Piaba dramáticamente señalando los pies de su víctima, obteniendo casi siempre la reacción esperaba. La personas señalada brincoteaba preocupada creyendo estar pisando efectivamente a un pollito. No faltarán damas que lo persigan a sombrillazos.
El cierre de las actuaciones de El Pájaro era una ópera pollina: rebuzno y gruesas trompetillas.
Malaca
Malaca era un invidente vendedor de billetes de la Lotería Nacional, quien nunca se quejó de trampa o robo y tampoco nunca fue acusado de lo mismo. Recorría buen parte de la ciudad sólo acompañado por un grueso bastón. Presumía haber hecho con sus billetes a varios porteños por lo menos riquillos. Él mismo se reía de los chistes a su costa, como ese que preguntaba:
–¿Cómo saluda Malaca cuando pasa frente a la pescadería El Barco?
–¡Adiós , muchachas!
San Pedro
Apena era avistado Pedro X en las cercanías de alguna escuela primaria, surgía de inmediato un coro monumental de voces infantiles con el pregón: “¡Ya San Pedro se quedó pelón!, ¡ya San Pedro se quedó pelón!”, siempre listos para la intensa corretiza acompañada con sentencias bíblicas:
“Muchachillos maldecidos, hijos de Malaquías. No corran, judas cobardes, párense y peleen como Sansón!”, demandaba blandiendo su bastón, un pedazo de varilla corrugada. En ocasiones hacía aparecer una resortera dotada de piedras contenidas en un morral bajo el hombro, la que disparaba sin apuntar a nadie.
La escena era frecuente a la salida de clases de las escuelas Altamirano y Acosta, aunque el hombre recorría otros planteles fuera del centro de la ciudad. Nunca se supo de ningún niño lastimado.
Era San Pedro un hombre de edad avanzada, moreno, alto y erguido, calvo con un rodete de canas. Vestía de blanco y no usaba zapatos y se le acusaba de cosas muy feas y tenebrosas. Por ejemplo de que, antes de perder la razón, era sumo sacerdote de una secta diabólica en cuyo ejercicio había asesinado a una mujer, delito por el que había pagado con varios años de cárcel.
San Pedro desaparecerá de un día para otro y entonces las salidas de clase no tendrán la emoción de antes.
Bache Valencia
No de Acapulco, pero sí de Tecpan de Galeana, Basilio Bache Valencia, será a la mitad del siglo XX una versión corregida y aumentada de Martín Garatuza. Sus muchas pillerías, en México y fuera de México, darían para una enciclopedia, aquí sólo una probadita:
“Un disfraz favorito de nuestro personaje era el de ingeniero, tanto que se dice que, en la República de Venezuela, habría usurpado con tal título un importante cargo burocrático”.
Provisto de un teodolito, Bache se instala en un crucero importante de Acapulco para ejecutar con grandes voces y aspavientos cálculos y mediciones
–¡A la derecha, un poco más a la derecha –ordena a su ayudante, que porta la regla.
–¡Cuando digo a la derecha es a la derecha, muchacho pendejo! –vocifera el ingeniero con botas camineras y salacot.
Al poco rato Bache estará rodeado de vecinos indagando de qué se trata todo aquello, preocupados justamente por la integridad de sus propiedades
–¡Pinche gobierno ratero! –estalla uno de ellos sin saber de qué se trataba todo aquello.
Será entonces cuando el tipógrafo informe secamente al vecindario que lo rodea: se trata de un proyecto de ampliación de vialidades, confirmando las sospechas de aquellos, aunque advierte que no todo está perdido, sentenciando que sólo la muerte no tiene remedio.
Uno de aquellos propietarios hace un aparte con Bache y cuando regresan este lo acerca al teodolito y le pide mirar la toma comentando: “¿No le dije que libraba su propiedad? ¡La libra porque la libra! Y seguramente librará las de todos los demás”.
El Espanto
Mejor conocido como El Espanto, por no haber exageración en el apodo, Moisés González fue un personaje típico de Acapulco, famoso por sus excentricidades. Amigo de artistas, intelectuales y millonarios, participó en calidad de Rey Feo del Carnaval de Acapulco y como tal paseó por el Zócalo llevando del brazo a la propia María Félix.
El Espanto escandalizó en otro ocasión a la high society nopalera como invitado a un festejo de su amigo Carlos Trouyet, acaparando las páginas de sociales de la prensa nacional. Vestía smokin, como lo exigía la celebración, Una etiqueta incompleta, ciertamente, porque estaba descalzo o, como aquí se dice: con las patas a ráis.
El magnate telefónico celebró ruidosamente los que calificó como puntada de El Espanto, aunque no lo era. ¡Y era que Moisés González nunca había usado zapatos!