EL-SUR

Martes 05 de Diciembre de 2023

Guerrero, México

Opinión

¡Acapulco tiembla!

Anituy Rebolledo Ayerdi

Noviembre 04, 2021

 

(Tercera de seis partes)

Con la colaboración del ingeniero Hugo Arizmendi Herrera (IPN).

“La prensa es tan solo el reflejo de la realidad”: Nelson Mandela.

La demanda nunca atendida de castigo para los asesinos de periodistas guerrerenses, formulada aquí en trece ocasiones a lo largo de 20 años, la reiteramos hoy ante el crimen del fotorreportero Alfredo Cardoso Echeverría. Descansa en paz, amigo.

Acapulco, 1772

Las autoridades monárquicas y eclesiásticas aprueban la celebración de una procesión pública para pedir a la Virgen de La Soledad que deje de temblar, como ha sucedido diariamente con la salida del mar. Se autoriza, con la recomendación de que no se distraiga a la Patrona de Acapulco con demandas personales.

¡Y que se va cayendo!

“La fortaleza de San Diego está tan mal cimentada que con un temblor muy fuerte se vendrá abajo”. Tal fue una advertencia que ha circulado durante décadas entre Acapulco, la Metrópoli y España, sin que nadie le hiciera caso. Pero hete aquí que en 1674 un preocupado gobernador de Acapulco, don Juan de Zalaeta, ordena al ingeniero militar Francisco Pozuelo de Espinosa la revisión del inmueble. El diagnóstico será el esperado: “Un terremoto fuerte tumbará la fortaleza”. No obstante, la tramitología burocrática se llevará otros muchos años, tantos, que deberá llegar el de 1776 para hacer efectiva la fatal advertencia.
“El terremoto de 1776 causó la destrucción total de Acapulco –escribe el cronista Vito Alessio Robles–, sin perdonar a la maciza fortaleza de San Diego. Las espesas murallas de los parapetos, los muros de revestimiento de las escarpas y las contraescarpas al igual que los polvorines se derrumbaron estrepitosamente, como si fueran frágiles castillos de naipes”. En la ciudad no quedó una sola casa en pie, tampoco los templos de la Soledad y de San José, detalla el escritor, militar y político en Acapulco en la historia y en la leyenda, 1932.
“Por su parte, el comandante de la milicia del Fuerte de San Diego escribirá: ‘El mar se comportó de un modo nunca visto. Cada vez que se retiraba se alcanzaban a ver más allá de cien metros de playa y cada vez que volvía registraba un crecimiento de más de diez pies. El oleaje finalmente rebasó el muelle y arrasó con las casas cercanas. La gente se refugió en lo alto’”.
Las crónicas locales hablarán de que el terremoto se inició como a las 2 de la tarde con el acostumbrado bramido de los cerros y tendrá una réplica a eso de las 19:30 horas. Nunca hubo un acuerdo sobre su duración en número de credos.

Reubicar la ciudad

Revela el escritor coahuilense que el temblor arruinó de tal modo la ciudad que surgieron propuestas serias para cambiarla de lugar. Se escogió para reubicarla a la pequeña península unida a tierra por el angosto istmo que separa las playas de La Angosta y la bahía de Acapulco (llamadas hoy por los expertos playa La Angosta y bahía de Santa Lucia). El cosmógrafo Juan Francisco de la Bodega y Cuadra realizó el plano de tal proyecto, mismo que se conserva en el Archivo General de la Nación.

El primer censo

De acuerdo con un primer censo levantado en Acapulco en 1777, el puerto estaba habitado por 2 mil 565 personas integradas en 605 familias: españoles, mestizos, indios, chinos, negros, mulatos (de padres de raza negra con blanca), lobos (chino con mulata) y jíbaros (lobo con china). Los mulatos eran mayoría con mil 292 individuos, seguidos de 611 indios, 279 lobos, 129 negros, 121 chinos y 102 mestizos. Toda la población infantil la componían 785 niños y niñas, mientras que los españoles sumaban únicamente 31, todos ellos soldados en la fortaleza. Las jerarquías hispanas no habitaban el puerto por causa de su composición racial, el calor sofocante, los mosquitos, las miasmas callejeras y la delincuencia. Habitarán localidades cercanas.

Olas de cinco metros

Los cerros bramaban, la tierra temblaba y el mar se retiraba para volver impetuoso empujando olas de cinco metros de altura, inundando la Plaza de Armas (Álvarez) y por consiguiente la parroquia de Nuestra Señora de la Soledad. La acción se repetirá tres días después, penetrando el agua esta vez tierra muy adentro, arrasando todo a su paso.
Tal crónica corresponde al terremoto y tsunami del 25 de marzo de1787 en Acapulco, y a su réplica del 28 del mismo mes, 11 años más tarde del sismo que destruyó el Fuerte de San Diego. Don Vito Alessio Robles rescata la voz de testigos presenciales:
“El comandante de la fortaleza calificó a estas mareas como inusitadas. El mar avanzaba y retrocedía sucesivamente sobre la costa sin viento y sin alto oleaje. Al mediodía el mar subió de nivel más de un metro; a las 2 de la tarde y en cosa de cuatro minutos bajó un poco más de tres metros y luego, en seis minutos, volvió a subir a la altura anterior. Cada vez que el nivel descendía dejaba completamente secos como cien metros de playa”.
Con la retirada del mar, el enorme galeón San Andrés, fondeado en 11 brazas (19 metros), se quedó en cuatro solamente en plena plaza principal. (Las profundidades en el centro de la bahía serán calculadas más tarde por el Barón de Humboldt en 24 y 30 brazas o sea, de 43 a 54 metros).
Justamente alarmada por el fenómeno nunca visto en Acapulco, la población tomará el rumbo de los cerros. Las autoridades trasladarán el tesoro real del Fuerte de San Diego al hospital, por considerarlo un sitio más seguro, en tanto que los comerciantes cargarán con sus mercancías hacia el cerro.
El inexplicable sube y baja de las aguas de la bahía duró veinticuatro horas, aunque después de las 5 de la tarde del siguiente día los movimientos se atenuaron. Las pérdidas fueron cuantiosas, principalmente en el comercio y la ganadería, pues muchos animales fueron arrastrados por el tsunami. La ayuda a la población fue dirigida por el gobernador de Acapulco, Rafael Vasco, consistente en comida y abrigo. El fenómeno también había sacudido a ambas costas, particularmente Costa Chica.

Fuerte de San Carlos

La población de Acapulco había menguado en 1777 de 2 mil 500 habitantes a sólo 996, mulatos la mayoría. Las casas eran 130 de adobe con techo de tejas y amplios corredores con el resto de bajareque y palma (indemnes, por cierto, a los temblores). La nueva fortaleza, terminada tres lustros atrás, se había rebautizado con el nombre de San Carlos, en honor de su constructor el rey Carlos III, pero los lugareños y los navegantes la seguirán llamando San Diego como hasta hoy. Además de la parroquia de La Soledad, en el mismo sitio actual, los católicos asistían a tres capillas localizadas en distintos rumbos de la ciudad.
Acapulco será azotado en la última década del siglo XVIII por varios desastres naturales entre ciclones, el desbordamiento del río Nahual o de La Sabana, marejadas y terremotos, por supuesto. De estos últimos, el más fuerte y prolongado fue el del 9 de agosto de 1791, pero sin daños mayores. La población nunca podrá acostumbrarse al bailoteo de la tierra bajo sus pies y por tanto entrará en pánico con los sismos de mayo y junio de 1794.
Cuando han pasado doce años del último gran terremoto con tsunami, Acapulco es sacudido el 17 de junio de 1799 por un temblor de tierra con creciente del mar. Por si no fuera suficiente calamidad, un fortísimo ciclón levantará techos y doblará palmeras, sucumbiendo otra vez las capillas de San Nicolás y San José.

Ciudad de los Reyes

Acapulco poseía de mucho tiempo atrás el título de Ciudad de los Reyes, otorgado por el rey Felipe II (1556-1598), creador de la ruta Filipinas-Acapulco, pero el documento se había destruido en un incendio del archivo municipal. Uno nuevo es gestionado por el virrey cubano Vicente de Güemes Pacheco de Padilla y Horcasitas, segundo conde de Revillagigedo. Lo otorga esta vez el rey Carlos IV (hijo de Carlos III, constructor del Fuerte de San Diego), respetando la denominación original de Acapulco, Ciudad de los Reyes. La firma se da en Madrid el 1 de noviembre de 1799 y los acapulqueños lo festejarán en grande cuando se enteren de ello cuatro años más tarde.

250 mil víctimas

No menos terrible será el cierre del siglo XVIII en materia de terremotos en el resto del mundo. Las víctimas de los ocurridos en India, Irán, Lisboa, Italia y Perú sumaron 250 mil.

Siglo XIX

El nuevo siglo en materia de terremotos y tsunamis se inaugura en Acapulco el l8 de marzo de 1800 con uno del cual sólo existen noticias de “muy intenso”. Veinte años más tarde, el 4 de mayo, una fuerte sacudida alarma a la población haciéndola suspender sus actividades cotidianas. El hospital de San Hipólito sufre daños graves y su campanario se viene abajo. Las tejas de las techumbres se corren cayendo con estrépito golpeando incluso a transeúntes. Las marejadas tendrán el mismo comportamiento de fenómenos anteriores, con olas de más de tres metros de altura.

Alejandro de Humboldt

Humboldt, el cosmógrafo, naturista y explorador alemán llega al puerto en su camino a la Ciudad de México el 23 de marzo de 1803 y aquí permanece escasos cinco días. No obstante que durante su estancia no se produce ningún sismo y ninguna marejada, el sabio germano se referirá a ellos lanzando incluso una teoría sobre los mismos.
“Examinando el istmo que separa la playa de La Langosta del Abra de San Nicolás (La Quebrada) se diría que la naturaleza ha querido formar en ese lugar un tercer paso semejante al de las bocas Grande y Chica. Istmo muy interesante desde el punto de vista geológico, pues contiene rocas desnudas de forma bizarra, con elevación de apenas sesenta metros, que aparecen desgarradas por la acción de los temblores frecuentes de tierra”.
Añade: “Se observa que en Acapulco las sacudidas se propagan en tres direcciones diferentes: unas veces proceden del istmo mencionado, otras del noroeste, como si vinieran del volcán de Colima y otras del sur. Desde hace algunos años Acapulco ha resentido muy fuertes sacudidas, mismas que son precedidas de un espantoso y prolongado ruido. Sacudidas atribuidas a volcanes submarinos (Trinchera de Acapulco), situación similar a la que yo pude observar en Callao, Lima, cuando el mar se agita de una manera espantosa sin que sople nada de viento”.