EL-SUR

Martes 11 de Mayo de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Acapulco y sus alcaldes (II)

Anituy Rebolledo Ayerdi

Octubre 26, 2017

Alcaldes porfiristas

Antes de don Nicolás Uruñuela, último presidente municipal designado por la dictadura porfirista, cuyo mandato termina precisamente con los primeros disparos del alzamiento maderista, el puerto fue gobernado incluso por extranjeros. Y no se habla aquí de hispanos que desde siempre mantuvieron la hegemonía política y comercial de Acapulco y ambas costas, también de otras extranjerías.
El médico cubano español Antonio Butrón Ríos, por ejemplo, identificado con los porteños a partir de ofrecer gratuitamente consultas y medicinas para los pobres. Había adquirido la Botica Acapulco, fundada en 1858 por la familia Link de California, para hacer de ella una empresa familiar cuya operación se prolongará por casi 150 años. Primero en la esquina de Quebrada y callejón del “Piquete” para mudarse más tarde a la céntrica Jesús Carranza, su última dirección. Un establecimiento que provocaba gran admiración por la antigüedad y belleza de su mobiliario, aun reluciente, pero particularmente por su singular colección de hermosos tarros de porcelana guardando sales y otros menjunjes.
La figura del médico isleño fue proverbial enfundado en un traje blanquísimo y tocado con sombrero de carrete. Visitaba a sus enfermos en un carricoche jalado por un caballo, siempre secándose el sudor con un paliacate. En su desempeño como alcalde, Butrón se significará por una materia muy suya, la sanitaria. Construirá un hospital en el cerro de Las Iguanas –más tarde hospital civil Morelos–, y habilitará La Roqueta como leprosería. Allá concentrará a los muchos enfermos del bíblico “mal de Lázaro”, vagando por todo el puerto provocando pánico entre la población. Ésta habrá de exigir, además, mantener un único y alejado contacto con la isla. Y así se hará. La canoa encargada de transportar enfermos y suministros tendrá su base fija en la lejana playa de Icacos.
Se producen aquí los primeros disparos de la revuelta e incluso la toma de Acapulco por alzados de la Costa Grande. Un mal día de aquellos desaparecerá de Icacos la canoa y el canoero quedando los enfermos isleños en el más cruel abandono. Se sabrá entonces de hombres y mujeres con el cuerpo descarnado cruzando el canal entre la isla y Caleta para de ahí tomar camino hacia la Costa Grande. La Roqueta quedará por mucho tiempo estigmatizada como una isla maldita, visitada únicamente por el encargado del faro.

La Altamirano

A propósito de don Nicolás Uruñuela, él y sus hermanos Alfonso y Manuel fueron los primeros en procurar una sede decorosa para la escuela Ignacio M. Altamirano. La funda aquí la profesora tixtleca, casi una niña, Felicitas V. Jiménez. La institución, entonces exclusiva para mujercitas, había iniciado labores en una casa de la calle Progreso, prestada y por ello a punto del colapso. Los Uruñuela poseían una bodega amplia con dos patios en la calle de La Quebrada, que acababa de dejar la Aduana Marítima. Surgirá entonces la propuesta de mudar la Altamirano a ese sitio, calificado como inmejorable. Don Nicolás aceptará una renta de 20 pesos mensuales y mucho más tarde la venta del terreno.

Pedro Kastán

Pedro Kastán es el nombre del otro alcalde extranjero de Acapulco, si bien solo cubrió una breve interinato de don Antonio Pintos Sierra. Kastán era hijo de Henry Kastán, un siniestro personaje, judío estadunidense, ligado a ricos negocios inmobiliarios a costa del despojo de no pocos acapulqueños. Una de sus primeras adquisiciones fue la capilla de San José, a la altura del actual palacio federal, abandonada por la iglesia católica en un acto de protesta por las Leyes de Reforma. Kastán vende el inmueble inmediatamente y lo hace a una congregación del culto protestante, escenario más tarde de una cruel y despiadada carnicería humana.
La capilla luce aquella noche ricamente engalanada, convertida en un ascua iluminada con velas y cirios pascuales. Contraen matrimonio una porteña católica y un gringo protestante. Precisamente cuando el pastor pronuncia el sermón introductorio, penetra al templo un grupo numeroso de indígenas del poblado de Karabalí. Vienen decididos a impedir la boda. Dos se adelantan enarbolando sus machetes cuyos filos cortan, con tajos certeros, las cabezas tanto del novio como del pastor. Testas que vuelan acompañadas por un grito unánime de espanto y horror. Un tercer karabalieño se dirige a la hermosa novia y también de un solo tajo de machete le abre el vientre virginal. Los asistentes han tenido el buen juicio de apagar todas las luces, pero aún en la oscuridad los machetes brillan en su acción depredadora. La carnicería será interrumpida gracias a la pronta intervención de la gendarmería, aunque no por ello el desastre será menor. Por lo menos una veintena de personas resultarán desde cercenadas hasta con simple cortadas.
Los cuchicheos surgidos casi de inmediato y que no cesarán por mucho tiempo acusan como autor intelectual de la masacre al gobernador del estado, Diego Álvarez Benítez, hijo de don Juan. Habría sido convencido por la jerarquía católica de que en aquel sitio se instalaban los dominios de Lucifer. (Un templo protestante de la calle 5 de Mayo recuerda, hoy en su nombre, aquella espantosa matanza. Impune, por supuesto).
Un negocio más del judío Kastán: compra a don Juan Álvarez la hacienda de San Marcos (hoy municipio del mismo nombre) en 20 mil pesos y la vende un poco más tarde al gobierno federal en 82 mil 500 pesos.

Gobernadores y castellanos

Acapulco fue gobernado durante la primera mitad del siglo XIX por una figura conocida como Gobernador o Castellano y cuya sede permanente, junto con la fuerza pública e incluso la prisión, fue la fortaleza de San Diego. Desde allí actuaron personajes como Pedro Antonio Vélez, Pedro José Irrigaray, José Gabriel Armijo, José Joaquín Herrera (presidente de la República hasta en tres ocasiones. No obstante, cuando muera en 1854, su esposa tendrá que pedir limosna para sepultarlo). Isidoro Montes de Oca, insurgente que peleó a las órdenes del cura Morelos, cuyo nombre se dará al municipio de La Unión y Don Ignacio Comonfort. Este se desempeña aquí, por la gracia del presidente Santa Anna, como administrador de la Aduana Marítima, cesándolo más tarde por “malversación de fondos”. En realidad porque el “carolino” se había unido al Plan de Ayutla, encabezado desde La Providencia, por don Juan Álvarez. Hombre de amplia ilustración, don Ignacio se convertirá en redactor de todos los documentos del movimiento.
Don Ignacio se hospedaba aquí en la pensión de las “Mamitas González”, frente al antiguo palacio municipal. Una de ellas, Josefita González, estaba casada con el doctor Roberto Sánchez Posada, a cargo de un dispensario anexo. La hospedería cambiará en los años 40 a Hotel Altavista, ya propiedad de don Güicho González, portero del cine Variedades con fama singular. La de no haber permitido nunca el acceso de menores a funciones exclusivas para adultos.
No es por nada, pero el futuro presidente de la República no desaprovechó aquí ninguna ganga inmobiliaria tratándose de casitas junto al mar, huertas de cocos y hasta terrenos baldíos. Tanto que, cuando él muera, su hija vendrá a vender todas las propiedades, particularmente las ubicadas en la península de Las Playas, cuyo seguro comprador será el mismísimo judío Kastán.

Alcaldes de Acapulco, siglo XIX

Alcaldes, síndicos y regidores cuyos apellidos se mantiene aún vigentes en Acapulco, llevados con orgullo por sus descendientes. Y no podría ser de otra manera, el orgullo de pertenecer a troncos familiares con tan importantes contribuciones a la grandeza del Acapulco de hoy.
Antonio Pintos Sierra (6 períodos de un año, dos de ellos ya en pleno siglo XX, Antonio Butrón Ríos (3), José María Ajeo (2), José Bracho, Juan de Molina, Faustino Liquidano Doria (2), Ángel Moncada, Manuel Bello, Amado Olivar (2), Roberto Sánchez Posada (2), Pedro S. Bello, José Muñuzuri (3), Andrés Alarcón y Rodolfo Villa.

Síndicos y regidores, siglo XIX

Juan de Molina, Manuel de Oronoz, José Bonifacio Ozuna, José Bracho, Joaquín Zenón Doria, Francisco Eustaquio Tabares (autor de Memoria de Acapulco, texto rescatado por el maestro Alejandro Martínez Carvajal), Francisco Rivas Larumbe, José Bonifacio Piza, José Miguel Perusunguin, Blas Pablo de Vidal, Rafael Eslava, Cayetano Argumedo, Ignacio Zavala, Antonio de Almeida, José Ma. Sierra, José Camerino, Pedro Pita, José Piza, Mateo de la Cruz, José Domingo, Francisco Villamar, Encarnación Salas, Juan Funes, Nicolás Uruñuela Elliot, Manuel Rojas, Anselmo Roldán, Pedro Delgado
Andrés Saucedo, Donato Ocampo, Ramón Córdova, Juan Valeriano, A. Vizcaíno, Aristeo Lobato, Crispín Rivera, José Valeriano, José Mendiolea, Antonio Wulfrano, Marcial Rivero, Tomás Vejar , Juan Terán Clark, Jacinto Robledo, Elías L. Tavares , Juan Antonio Arizmendi, Pedro R. Bello, Herlindo Liquidano, Homobono Batani, Marcelino Cárdenas, Gerónimo García, Tomás Uruñuela, Andrés G. Pino, Juan H. Luz, José Guadarrama, Miguel F. Torres, Gregorio Balboa y Rosendo Reyna.

Muere el Dr. Posada

El doctor Roberto S. Posada fallece en octubre de 1896, durante un segundo mandato como presidente municipal y su deceso conmueve al puerto por su espíritu altruista y solidario. El “todo Acapulco” lo acompaña a su última morada en el cementerio de San Francisco, donde Josefita, su viuda, le dedica un epitafio muy sentido. Atendiendo a su calidad de benefactor de los más pobres, el cabildo acordará dar el nombre de Roberto Posada a la calle donde vivió, la misma del palacio municipal.

B. Fernández y Cía.

Corre el año de 1837. El castellano José Zambonino, el cura párroco de la Soledad y el prefecto político asisten como invitados de honor una inusual apertura comercial. Se trata de la empresa B. Fernández y Cía, propiedad del asturiano Baltazar Fernández, quien ha logrado agrupar en torno a su empresa a varios pequeños comerciantes. La casa Alzuyeta y Cía, propiedad de vascos, cumplía ya quince años en el puerto.
Muy pronto, las sucursales de B. Fernández y Cía, invaden la región de la Costa Grande: Coyuca, Atoyac, San Jerónimo, Tecpan, Zihuatanejo y la Unión. Incluso cambalachan sus mercancías con productos del campo, arroz, ajonjolí, frijol, maíz y ganado. Sus enormes instalaciones en la calle San Diego, hoy Carranza, se extendía por más de 60 metros.
Apenas en diciembre de 1836, México y España habían firmado el tratado de Santa María de Calatrava, mediante el cual la monarquía española reconocía a nuestro país como una nación libre, soberana e independiente. Se restablecen las relaciones diplomáticas entre ambos países, rotas en 1810.

Para niñas

Una primera escuela para niñas pone en servicio el alcalde Ángel Moncada, preocupado por la gran demanda femenina de educación formal. Género otrora repelente a cualquier otro conocimiento que no fueran el de la doctrina católica y el de las manualidades. La denominación es Escuela Oficial para Niñas y se instala en una casa propiedad de don Alberto Martínez, en la calle 5 de Mayo. La dirige la profesora Hipólita Orendain de Medina, dama que hará historia como educadora en el puerto.

Acapulco de Juárez

Para recordar la breve estadía de don Benito Juárez en Acapulco, diecisiete años atrás, procedente de Estados Unidos y dispuesto a unirse al Plan de Ayutla, el gobernador Diego Álvarez lanza una iniciativa. La hace suya el Congreso del estado con la expedición del Decreto número 28 del 27 de junio de 1879. Ordena añadir el apellido de Juárez al nombre de Acapulco. O sea, “Municipio de Acapulco de Juárez, Guerrero”. El Benemérito había muerto en julio de 1872.