EL-SUR

Jueves 13 de Mayo de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Acapulqueña linda / 17

Anituy Rebolledo Ayerdi

Mayo 16, 2019

El coronel Silvestre Mariscal y sus hombres entraron a la plaza Álvarez de Acapulco, donde “guiados más por el gruñido de tripas que por la intuición, los invasores descubren el mercado municipal Zaragoza, al que toman sin hacer un solo disparo para llenar estómagos históricamente trasijados” Foto: Cortesía del INEHRM

La toma de Acapulco

–¡Puta madre con este cabrón!
Estalla el coronel Silvestre Mariscal cuando le informan que el coronel Manuel Centurión ha iniciado desde La Sabana la toma de Acapulco. Era el 9 de mayo y la acción había sido acordada por ambos jefes maderistas para el 15, el primero de la Costa Grande y el segundo de la Costa Chica.
–¡Ya estará de Dios! –acepta resignado el profesor atoyaquense– y propone: ¡Vamos, pues, a sacar a esos pinches pelones de Acapulco!
Los hombres de Mariscal se deslizan como iguanas por el acceso poniente al puerto. Han llegado hasta ese punto luego de eludir los disparos del cañonero Demócrata, surto en la bahía. Con tan mala puntería que pronto los descamisados aprenderán a torear jubilosos los obuses de la artillería naval.
La avanzada logra penetrar hasta la plaza Álvarez cuando el reloj del Palacio Municipal marca las 2 y media de la madrugada del 10 de mayo de 1911. Guiados más por el gruñido de tripas que por la intuición, los invasores descubren el mercado municipal Zaragoza (explanada Escudero), al que toman sin hacer un solo disparo para llenar estómagos históricamente trasijados.

Ya vámolo

–“Para cuando lo gallos empiecen a cantar seremos más muchos pero no muchotes”, dicta el ábaco de un guerrillero de Bajial del Cuitero (Atoyac de Álvarez).
–Los cuicos del Ayuntamiento empezaron a echarnos bala y nosotros a correr. Mientras más balas nos echaban más recio corríamos. Mi primo Tobías y yo fuimos a parar a un recoveco del mar que le nombran la “panocha”, o sepa la bola, (Tlacopanocha). Nomás de ver aquella agua azulosa se nos antojó bañamos. Tobías es gente de calicatencia pues ya acabaló el Silabario de San Miguel y es monaguillo en la iglesia Atoyac. El dice que el señor cura le dijo que por más bala que echemos nada va a cambiar para nosotros. Para más, que Diosito dice que los que nacemos jodidos moriremos jodidos.
–Tobías, ¿entonces ya pa’qué?… ¡mejor vámolo!
–¡Vámolo, pues!

Descamisados

–¡Treinta batallón, adentro!, ordena el capitán Pedro Ordóñez a sus 15 federales incorporados a las hostilidades en la calle Tavares (hoy Galeana).
Serán sus últimas palabras. Una bala de 30-30 le desfigura el rostro cayendo como regla. Lo releva el subteniente Alberto Mondragón quien, cauteloso, precavido, dispone el repliegue a carrera limpia.
Corrimos como desesperados hasta llegar al puente del ferrocarril de la Mexican Pacific Co. (ex Puente Alto en el cruce de Aquiles Serdán con Pie de la Cuesta).
Un clarín se oye a lo lejos y al poco rato aparecen bajando del Castillo (Fuerte de San Diego) las tropas militares de refuerzo con el subteniente Alejandro Casas al frente. Vienen dispuestas a desalojar a los descamisados de la calle San Diego (Galeana) parapetados tras los gruesos pilares de sus corredores. Forman los descamisados un grupo de rebeldes identificados por la vestimenta singular: calzón largo doblado hasta la rodilla, camisa atada a la cintura, carrillera y sombrero de petate arriscado. Han conseguido una caracterización teatral de tal modo impresionante que asustan con su sola presencia.
El subteniente Casas arenga a sus hombres con frases patrióticas pero aquellos se atoran como mulas en precipicio. Sólo cuando el joven oficial se coloca pecho a tierra en la mitad de la calle y en el colmo de la temeridad encienda un puro con toda la parsimonia del mundo, los soldados reaccionan arrojadamente hasta hacer correr a los rebeldes.
Las dos baterías del fuerte de San Diego lanzan andanadas contra los costeños que bajan de los cerros, al tiempo que el cañonero Demócrata desembarca un contingente en la playa de Hornos. Lo encabeza el teniente de navío Manuel Morel y su misión es expulsar a los hombres de Centurión escondidos en las huertas de coco. Estas abarcan una superficie que va de la fortaleza hasta El Morro. El Demócrata servía también como refugio para las familias de los mandos civiles y militares del puerto.
Por carecer de unidades de servicio sanitario, los caídos del bando insurgente se desangraban y morían donde caían. Contrario al eficiente de los militares instalado en su cuartel del fuerte de San Diego. En medio de la tragedia surgirá un ángel protector para aquellos desgraciados y así lo consigna el cronista Rubén H Luz Castillo.

Ángel guardián

El ángel guardián adoptará la forma de una viuda a quien el cronista H. Luz presenta como “acapulqueña activa y talentosa”.
Doña Lucrecia L. viuda de Saldívar se organiza con amigos para levantar lesionados aun desafiando las balas. Los llevan a una casa abandonada en el callejón de La Paz, habilitada por ella misma como hospital. Allí serán atendidos un centenar de civiles caídos en la refriega, incluidas mujeres y niños. No hay manera de saber si los jefes revolucionarios conocieron alguna vez el altruismo de doña Lucrecia, precursora sin duda del generoso voluntariado femenil de la Cruz Roja.
Los 5 mil habitantes de Acapulco vivieron entonces momentos de violencia y terror intensísimos. Sometidos primero al asedio de las fuerzas revolucionarias y luego a la guerra entre los dos bandos librada en los amplios corredores citadinos. Los alimentos y el agua escasearán necesariamente, pero pronto el ingenio y la solidaridad de la población creará redes de distribución a través de los patios traseros. Los residentes del centro de la ciudad abandonaron de plano sus hogares, cobijándose en zonas menos peligrosas como Manzanillo y Tambuco.
La comunicación de boca a boca fluirá con eficacia en medio de aquel caos infernal. Las familias se informan por ese medio sobre la suerte de parientes y amigos, o bien de las atrocidades de las fuerzas beligerantes. Les duele saber, por ejemplo, que el cadáver de doña Susana García debió ser inhumado en el patio trasero de su casa porque nadie se atrevió llevarlo al panteón. Lamentan, igualmente, el deceso del señor Enrique Peñaflor, veracruzano contador de la Aduana, acribillado mientras auditaba los fondos bajo su custodia.

El desalojo

–¡Viva la República! ¡Viva Madero! ¡Viva el comercio!
Tales fueron los vítores lanzados por revolucionarios, mariscaleños y centurionistas cuando, atrapados en una acción envolvente del Ejército federal, emprendan el desalojo de Acapulco. Extraña e inexplicable consigna esa de ¡viva el comercio! A no ser que haya sido una especie de spot verbal pagado por las tres casas españolas, monopolizándolo todo y en todas sus formas. O bien porque el comercio local nunca les negó nada.
Silvestre Mariscal se repliega hacia El Pasito mientras que Manuel Centurión va rumbo a La Garita. A las 2 de la tarde de ese sábado 10 de mayo, recuerdan los cronistas, todo había terminado.
–¡Chingada madre! –reprocha Silvestre Mariscal– por las calenturas de este pendejo de Centurión nos partieron la madre en 10 de mayo. Y no hay doble intención en las palabras del ex tenedor de libros de la Casa Bello de Acapulco, habrán de pasar varias décadas para que tal fecha se dedique a las progenitoras.
Vuelta la calma, el coronel Emilio Gallardo, jefe de la guarnición militar, asumirá una conducta magnánima dejando en libertad a los prisioneros y proporcionando atención médica a los lesionados. Sus datos sobre la zafacoca revelarán casi 80 muertos y otros tantos lesionados, así como el consumo de 20 mil cartuchos. Números sumados ambos bandos, se entiende.

El triunfo

Ese mismo 10 de mayo Francisco I. Madero establece su gobierno provisional en Ciudad Juárez, Chihuahua, y allí también se firmará el convenio de paz. Se nombra presidente provisional y se lanza la convocatoria para nuevas elecciones. Madero designa al profesor Francisco Figueroa gobernador de Guerrero.
Al triunfo de Madero, el general Centurión acuerda la entrada de las fuerzas maderistas a Acapulco para el 2 de junio de 1911.

El convite

Ese día, el convite de la victoria arranca a las 9 de la mañana del Puente Alto hacia el centro de la ciudad. Dos mil hombres componen la columna cuya descubierta está formada por 25 jinetes y la banda de música de Atoyac de Álvarez (más tarde Minerva de Acapulco).
“… Dos mil desarrapados que causaban horror; al contemplar aquellos rostros patibularios la gente hacía cuenta de lo que hubieran hecho si han entrado vencedores el 10 de mayo”.
“Llevaba la vanguardia el oficial Fausto Guillén con 25 hombres de caballería, seguía la banda de música y clarines. Atrás de éstos iba Mariscal, con el general Félix Álvarez a la derecha y el mayor Nemesio Guillén a la izquierda; seguía la infantería al mando de Valeriano Vidales León, que ostentaba el grado de mayor. También iban los oficiales Dimas Fierro, José Cariño, Lucas Manrique, Florencio Maya y Modesto Guillén; la retaguardia la cubría Julián Radilla con 400 hombres de caballería y sus ayudantes Juan y Tiburcio Hernández. (Memoria de Acapulco).
Los aplausos de los acapulqueños se intensificarán al paso de parientes y vecinos ostentando todo los grados del Ejército, incluida la tropa: Albino Lacunza, Dustano Montano (médico), Amado Olívar, Constancio Tancho Martínez, Antonio Fernández, Nicolás y Manuel Uruñuela, Fernando Heredia, Daniel Lobato, Juan H. Luz (telegrafista), Reynold Miranda, José Galeana, Eustasio Olea, Francisco Carmona, Miguel Valeriano, Palemón Gómez,
Ernesto Galeana, Eligio Laurel, Ramón Arvizu, David Arizmendi, Silvestre de la Paz, Octaviano Pelón Lobato, Reynold Miranda, Florentino Zurita, Crisóforo Cárdenas, Sabino Deloya, Salomé Castrejón, Crispín Escobar, Isaías Acosta, Eliseo Escobar, Gregorio Miranda y Pedro Olea.
Para los acapulqueños la pesadilla no terminará ahí. Soportarán a sus libertadores el tiempo que dure el licenciamiento del ejército popular –40 pesos por carabina y 15 pesos por machete–, borrachos las 24 horas y disparando sus armas al aire e incluso entre ellos mismo.
¿Lo peor? No, lo peor estará por venir.