EL-SUR

Lunes 06 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Acapulqueña linda / 18

Anituy Rebolledo Ayerdi

Mayo 23, 2019

Los pasantes

Autorizado el Colegio Acapulco para impartir la instrucción primaria, su director Felipe del Valle Garzón se las ingenia para ofrecer nociones de secundaria a las que llama “pasantías”. Una oportunidad excepcional para la mayoría de los jóvenes del puerto sentenciados a la elementalidad. Y era que para superarla debían salir de esta ínsula llamada Acapulco, privilegio exclusivo de las familias ricas e hispanas.
“Pasante” del colegio Acapulco, Concha Hudson Batani recuerda a sus compañeras de cuadro de honor durante los cursos de 1925 (Del Acapulco de antes).
“Las materias que llevábamos en primer año “superior” eran lengua nacional, aritmética, álgebra, geometría, ciencias físicas y naturales, historia e instrucción cívica. También, geografía, caligrafía, dibujo, trabajos manuales, gimnasia y canto. Las materias de la “pasantía” eran gramática castellana, álgebra, retórica y poética además de teneduría de libros”.
Primer año: Ángela Aguilera, Marta Pangburn y Carmen Leyva.
Segundo año: Leonila Sthepens, Margarita Adame, Berta Pangburn, Rosario Arjona, Teresa Argudín, María Huerta, Teresa Valencia, Rebeca Olivar, Jovita Muñúzuri, y Carmen Soberanis.
Tercer año: Orfelina García, Esperanza Tellechea, María Lozano, Catania Adame, Julia Valle, Ignacia Torres, Leticia Córdova y Consuelo Orbe.
Cuarto año: Minerva Anderson, Solfina Martínez, María Sotelo, Ernestina Argudín, María Luisa Muñúzuri, Ernestina Aguilar, Petra Rojas, Crisantema Estrada, Aurora Leyva, Felicidad de los Santos, María Valverde, Josefina y Celia Medina, Eloísa Pangburn, Flavia Mariscal, Luz Vargas y Manuela Rojas.
Pasantes: Concha Hudson, Nachita Gastelum, Stella Acosta, Irene Leyva, Justa Escudero, Teresa Escudero, Natividad Campos y Conchita Campos. Habilitada como profesora, esta última llegará a ser la maestra más querida del plantel.

Lavanderas

Las lavanderas constituyen sin duda uno de los gremios laborales más antiguos del puerto. Mujeres con trayectoria y solvencia irreprochables y por ello dignas de confianza por parte de las familias a las que servían. La dura tarea se iniciaba con la recepción domiciliaria de la ropa a lavar, alguna recomendada especialmente a despercudir. Contenida en voluminosos y pesados envoltorios debían cargarla sobre la cabeza hasta los sitios donde practicaban su oficio. Entre otros: el río de La Fábrica, Manzanillo, Los Naranjos, El Venado, Las Marañonas, El Pasito, El Chorrillo, La Pocita, El Pozo de la Nación, Los Tepetates y El Pozo del Rey.
La relación entre el medio ambiente, el trabajo y la identidad de género fomentarán la creación de escenarios liberadores. Ámbitos en los que las acapulqueñas sellarán lazos de amistad y solidaridad decidiendo entonces unirse gremialmente. Por los años 30, las lavanderas cobraban 25 centavos la docena de ropa en general, sábanas y colchas aparte. Cincuenta centavos la planchada.

Los telegramas

Pronto, un bueno número de lavanderas quedarán incorporadas a la Unión Fraternal de Mujeres Trabajadoras de Acapulco, dirigida por doña María de la O. Ellas se darán su propio liderazgo encarnado en la persona de doña Francisca Chica Cárdenas, de la Candelaria, madre de Emeterio Deloya Cárdenas, líder de lancheros de la CROM y dirigente local del Partido Comunista. La esposa de éste, Carmen Cortés, asumirá el liderazgo cuando doña Chica falte. Lavanderas que proclamaban harto amor por el terruño y por ello siempre dispuestas a defenderlo de los “zopilotes fuereños”. Tal será el caso de un telegrama dirigido al presidente Manuel Ávila Camacho:
“Denunciamos ante usted a la Compañía Fraccionadora Eureka, manejada por el gachupín Manuel Suárez; al fraccionamiento Mozimba, cuyo encargado es un tal Iturbe; a los fraccionamientos Las Playas y El Farallón, cuyo encargado es un individuo de apellido Azcárraga, que maneja un tal Chombo de nacionalidad yanki y otros fraccionamientos que están siendo explotados por extranjeros”.
(El Azcárraga del telegrama no era otro que Emilio Azcárraga Milmo, operador entonces del general Juan Andrew Almazán, propietario del hotel Papagayo. Se conocerá entonces que el futuro zar de la radio y la televisión de México, había sido el autor del bautizo de la hospedería con el nombre de la hermosa ave, eliminados los antiguos Hornos y Anáhuac. El citado Iturbe (José), era uno de los dueños del fraccionamiento Mozimba y por lo que hacía “al tal Chombo”, se trataba del europeo Wolf Schoenborn, fraccionador con Albert Pullen de la península de Las Playas. Manuel Suárez, como bien se sabe, fue un hispano terrateniente dueño de la hoy colonia La Laja).
(Schoenborn, a propósito, donará más tarde al gobierno de don Rubén Figueroa Figueroa su selvática residencia La Escondida, en plena Costera. En ella se instalará la Casa de Cultura de Acapulco, que, ¡oh, sorpresa!, hasta hoy nadie ha osado vender. Un gesto, debe decirse, altruista pero no desinteresado. Y es que en reciprocidad, Chombo obtendrá los permisos para construir sus moles de concreto sobre la playa).
Incorporadas al Comité de Defensa de Acapulco, dirigido por doña María de la O, las Mujeres Lavanderas participarán en otra lucha encarnizada, ésta en defensa del ejido El Progreso. Tierras asediadas por varias empresas fraccionadoras nacionales y extranjeras. Los telegramas al presidente de la República será un medio frecuente para alertar a las autoridades sobre tales amenazas. Este decía:
“El 25 de julio de 1943… en los momentos en que celebrábamos nuestra asamblea se presentó un sujeto extraño solicitando la palabra. Expuso sin ambages que viene a adquirir al precio que fuera los terrenos ejidales de Acapulco. Que cuenta, por si fuera poco, con el apoyo de usted señor presidente de la República, cosa que no creemos, señor. El individuo hizo gala del mucho dinero con el que cuenta para lograr sus propósitos e hizo gala de que los ‘cañonazos’ de cien mil pesos ningún funcionario los resiste, sea el tamaño que sea”.
Otra de las compañías interesadas en apoderarse de El Progreso era la Aburto SA cuya pretensión en 1945 era la de apoderarse de 257 hectáreas de las 622 pertenecientes a ese ejido. El argumento era que eran tierras nunca explotadas por ser improductivas para la agricultura.

La bandera rojinegra

Narra el cronista Enrique Díaz Clavel que durante un desfile del 18 de marzo, conmemorativo de la Expropiación Petrolera, doña Chica Cárdenas encabezaba a sus lavanderas portando orgullosa la bandera rojinegra. Que al pasar por la cervecería La Bavaria, en pleno Zócalo, un capitán de la guarnición local se levanta de su mesa y dando grandes voces se dirige hacia doña Chica. Le arrebata el lienzo bicolor arrojándolo al piso para pisotearlo con furia, al tiempo que grita: ¡comunistas traidores, hijos de la chingada, no los dejaremos pasar!”
La ira y el frenesí patriótico del militar son aprovechados por el dirigente obrero Lucas Ventura León para quitarle la 45 reglamentaria. Será justamente lo que haga el capitán, echarse mano a la funda vacía, cuando lleguen en auxilio de doña Chica su hijo Artemio y la plana mayor de la CROM. “Entonces el puto tomará las de Villadiego para perderse entre aquél gentillal”, contaba la señora Cárdenas.
Vendrán más tarde los argumentos en el sentido de que el lienzo rojinegro (negro, anarquismo, rojo socialismo) era el símbolo del movimiento obrero y no únicamente de un partido. Con todo, el jefe castrense del puerto sostendrá su prohibición para que tal estandarte sea exhibido en público. ¡O ya saben cómo les irá, cabrones!

Doña Juana Valle

Fue doña Juana Valle viuda de Walton, acapulqueña venida de San Jeronimito, en la Costa Grande, una dama generosa que aprovecho la existencia de un pozo profundo en su terreno, casi a la orilla de la playa Manzanillo, para instalar unos lavaderos públicos. Los dedicará a las muchas lavanderas operando en aquella zona de la ciudad. Si bien el área pública subsiste hoy mismo sobre la avenida Costera, junto al Hotel Walton, en aquellos tiempos eran manglares con vegetación cerrada de muy difícil acceso.
Doña Juana aprovechaba que su hijo Raúl llegaba cargado con pescados y mariscos, obtenidos con su lancha Diamante, para ofrecer grandes comelitones a aquellas mujeres y sus hijos. La señora Valle estuvo casada don Hermilo Walton, carpintero de ribera en Tambuco, hijo de Ludwig Walton, un trotamundos oriundo de Hamburgo, Alemania. Abuela del ex alcalde Luis Walton Aburto, doña Juana había nacido 1890 y vivirá hasta 1991.
A partir de la mitad del siglo XX, los alcaldes del puerto satisficieron las demandas de lavaderos. Los construirán dotados con servicio de agua corriente y por tanto sin necesidad de tener cercanas fuentes hídricas. Las lavanderas modernas serán tan bravas defensoras de sus lavaderos como lo fueron las de antes. Estas: Lilia Solís Hernández, Victoria Tapia García, Celia Martínez Baños y María Barrios González.
Iniciamos esta entrega con un texto de Concha Hudson Batani (Del Acapulco de antes), y la terminamos con otro, relacionado esta vez con las acapulqueñas practicando el golf en el recién abierto club del puerto.
El campo, dice, empezó con 18 hoyos (hoy, menos diez) y fue recibido con entusiasmo por toda la población. De la ciudad de México fue traído el instructor Olin Dutra, quien inició a muchos y a muchas en este deporte. Entre ellas Carmen Vidales, Amparo Batani, Elo Pangburn, Elisa Bastani, Eva Castellanos, Julia Polin, Lola Martínez y la autora, por supuesto.
Lola Martínez era hija del general Miguel Z. Martínez, jefe militar a quien se acreditaba haber acabado, “a empujoncitos”, con la ola de terror que vivían Acapulco y ambas costas. El empujoncito se lo daban a los criminales llevados a los cantiles de la Frente del Diablo y no precisamente para que admiraran la puesta del sol. Recuerda la señora Hudson que Teddy Stauffer se refería a Miguel Z. Martínez como “mi general siete martínis”.