EL-SUR

Martes 11 de Mayo de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Acapulqueña linda / 19

Anituy Rebolledo Ayerdi

Mayo 30, 2019

“Das el placer, oh puta redentora del mundo, y nada pides a cambio, solo unas monedas miserables”.
Jaime Sabines

Colegas invitados: Xavier Rosado, Javier Trujillo y Joel Solís

En el principio fue La Huerta

Como su nombre lo sugiere fue La Huerta un edén, un paraíso auténtico que, entre 1960 y 1991, se convirtió en el centro de los placeres dionisiacos de la zona de tolerancia de Acapulco o zona roja o simplemente zonaja, ubicada en la calle de Mal Paso de la colonia Aguas Blancas. Burdeles en los que ofrecían amor de cabaret las mujeres más hermosas de la noche, con el menor número de prendas encima. Del vino, la música y el espectáculo ni se diga: nadie recuerda hoy aquel ambiente sin esbozar una sonrisa nostálgica, incluso una furtiva lágrima.
Creador de la La Huerta, Alfonso Valverde, mecenas deportivo y deportista él mismo conocido popularmente como El Secre o Poncho. Él mismo recordaba la fecha de apertura de su establecimiento: 14 de febrero de 1960, para dominar la vida nocturna de Acapulco por espacio de tres décadas. Esto es, hasta que el table dance se apodere de la vida nocturna del puerto. La Tahuer, para aminorar cualquier carga pecaminosa.
“Todo comenzó, nos dijo Poncho, un año después del fallecimiento de mi señora madre doña Felipa Valverde, Doña Lipa, al hacerme cargo del Río Rita, un cabaret que ella había administrado a partir de 1941. Lo doy en renta y comienzo a construir mi propio cabaret al que bautizo con el nombre de La Huerta, por encontrarse en medio de un cocotal de 10 mil metros cuadrados. La superficie original fue de 20 mil metros cuadrados de los que mi madre donó 5 mil para casas de sus trabajadores, quedándose con el resto la Junta Federal de Mejoras Materiales. “Nomás porque sí”.
Lo primero que hicimos –detalló El Secre– fue construir una palapa rústica y 53 bungalows de madera para el personal femenino, además de una enorme barra de cantina. Será hasta 1973, luego de 10 años de bonanza, cuando construyamos la segunda etapa del cabaret: una enramada de 30 metros de largo por 20 metros de altura.

Discreción, ante todo

Cuando platicamos con Alfonso Valverde lo hicimos en la tranquilidad de su hogar en Costa Azul. Ahí recordaba que el auge de su cabaret se dio entre los 70 y los 80. La Huerta recibía visitantes de todo el mundo, principalmente estadunidenses y canadienses. Los acapulqueños la recordarán por el clima de tranquilidad que se respiraba, tanto que en toda su existencia jamás se dio un hecho de violencia grave. Todo era tan sencillo como que la clientela iba a bailar y a tomar la copa y en menor medida a cohabitar. Todo bien organizado para asegurar la discreción indispensable, sin llegar nunca a la vulgaridad y el exhibicionismo, sostuvo El Secre.
Según Héctor Sánchez Guerrero, gerente de la Huerta durante 25 años, el número de damas laborando llegaba a las 150 en temporadas altas. Procedían de toda la República pero principalmente de Tampico, Guadalajara, Chihuahua, Tijuana, Durango, San Luis Potosí, Monterrey, Distrito Federal y Mérida. Y nunca se permitió trabajar a ninguna de ellas sin haber cubierto la revista médica semanal. Por aquellos tiempos, recordaba Sánchez Guerrero, la damitas ofrecían su compañía a cambio de 50 pesos, llegando a los 200 en buenas temporadas. Los extranjeros pagaban en dólares, por supuesto.

Películas y artistas

Vuelve Poncho Valverde para reseñar que La Huerta fue visitada por artistas y personalidades de todo el mundo, recordando entre ellas a Johnny Weismuller, Frank Sinatra y Sammy Davis. En materia de películas, el cabaret fue escenario de cintas como Paraíso, de Luis Alcoriza y sin faltar las de ficheras como Reventón en Acapulco y Vacaciones en Acapulco.
Nuestro entrevistado lamentaba que hoy Acapulco se haya vuelto promiscuo y descontrolado. La prostitución ha salido de sus antiguas reservas para invadirlo todo. Es imposible controlar esa mancha voraz que invade al puerto, a pesar de los ofrecimientos repetidos por las autoridades municipales. Y es que mientras exista la mordida, quienes la ofrecen y quienes la reciben, esto será cuento de nunca acabar, sentenciaba.
Sobre el cierre de La Huerta, en 1992, Alfonso Valverde insistió en que su empresa sucumbió ante el empuje de los llamados tables dance, tan indiscretos que uno de ellos se instaló en pleno Zócalo, a unos metros de la Catedral de la Soledad. Ofrecía diversión de aparador estilo gringo. ¡El colmo!
La huerta, un burdel de postín que marcó la época dorada del Acapulco sexual. Xavier Rosado, El Sur, 5/6/2004.

El turismo sexual

Con el paso de los años el llamado oficio más antiguo del mundo no ha escapado a la globalización, modernizándose a todo vapor. Esta es su historia durante las últimas cuatro décadas.
El cronista Enrique Díaz Clavel recuerda que al final de la calle 5 de Mayo, en Las Siete Esquinas, doña Felipa Valverde, mejor conocida como Doña Lipa, abrió un negocio para sexoservidoras llamado Balalaika. En la avenida Álvaro Obregón (hoy Cuauhtémoc), estuvo el cabaret El 50, cuyo propietario se dedicaba a la compra y venta de semillas. Como quien dice, amplió su giro.
Otros cabarets ubicados por el columnista en la calle Revolución, en la propia colonia Aguas Blancas: San Andrés, La Palmita, Barbas Azul y 13 Negro. Este último, era un recaladero cuya acción terminaba ya con el sol alto. El Congo 69, propiedad de Tomás Guerrero, presentaba buenas variedades.
Alfonso Valverde, por su parte, creador de La Huerta, mantuvo su cartelera con artistas de gran fama.

Las casas de citas

A lo largo de la entrevista, el decano del periodismo acapulqueño recuerda que la primera casa de citas se ubicó en la calle de la Inalámbrica y fue conocida como Casa Raquel. Más tarde se muda al fraccionamiento Marroquín identificándose como propietaria a la señora Rebeca O de Piña, con negocios similares en las ciudades de México y Puebla. Establecimiento convertido con el tiempo en Quinta Rebeca preferida de políticos y hombres de negocios.
Otras casas similares fueron las quintas Raquel, Alicia, Evangelina y Norma, ubicadas estas últimas en la carretera a Pie de la Cuesta. Mucho tiempo atrás, recuerda el cronista, fue muy visitada la casa Mariana, ubicada en el barrio del Mesón (arriba de la CAPAMA), a la que se llegaba a través de un callejón pedregoso y estrechísimo.
De zona roja a turismo sexual, casas de citas, bares y cantinas. Javier Trujillo, Línea por Línea, 31/3/2008.

Del explendor a la decadencia

Allí está la Quinta Rebeca como último reducto del esplendoroso Acapulco que otrora incluía turismo sexual para exigentes. Se localiza en la confluencia de las calles Tiberio y Amílcar, en el fraccionamiento Marroquín.
Otras casas de citas o “casas malas” según las acapulqueñas, fueron Raquel, Evangelina, “Norma y Alicia, ya desaparecidas. Donde estuvo La Raquel, hoy se construye un taller mecánico; mientras que en el domicilio de la Casa Alicia, en la calle Chilpancingo, colonia La Laja, se ubica hoy la Facultad de Matemáticas de la UAG. De la quinta Musmé ya nadie se acuerda, excepto tal vez el cronista Anituy Rebolledo Ayerdi, quien concedió una entrevista a Milenio Guerrero, haciendo remembranzas de la época de esplendor de las casas del amor comprado. Aquellas donde las mujeres eran necesariamente bellas, así fuera solamente por efecto de las penumbras.

Bernardo de Holanda

Relata Anituy una anécdota de la Quinta Rebeca, ocurrida entre 1964 y 1965. Durante una visita oficial a México de la reina Juliana de Holanda, acompañada por su esposo el príncipe Bernardo, la pareja fue invitada a visitar a Acapulco, por entonces orgullo de México ante el mundo por la incomparable belleza de su bahía, sus playas, sus montañas.
Ya en el puerto, después de las ceremonias protocolarias, el entonces alcalde Ricardo Morlet Sutter, a pedido del propio príncipe consorte, formula la invitación para un safari nocturno, es decir, “una noche de congales”, según expresión del momento. La casa Rebeca surge finalmente como opción. Y hacia allá se dirige la breve comitiva transitando por una ruta discretamente vigilada, centímetro a centímetro, por soldados y policías.
La tropa de rostros hermosos y expuestas formas rotundas permanece en el patio de la casa; espera la revista que pasará un auténtico soldado germano. Pero hete aquí que, al aparecer Bernardo de Holanda, varias de aquellas damas semidesnudas se abalanzan sobre él. Lo abrazan colmándolo de besos y arrumacos llamándolo familiarmente “mi rey”, un tratamiento que, a decir verdad, nunca le daría la reina Juliana. Para otras será “papilindo”, “mi Principito” y un reclamo airado: “ al fin volviste cabrón”. Solo una, deseando singularizarse, lo llamará mi soutener, o sea, mi chulo en holandés, sin saber que le estaba llamando proxeneta o el mexicanísimo padrote.
La sorpresa fue finalmente para los anfitriones que deseaban sorprender al príncipe con suerte. Ignoraban que el príncipe Bernardo era cliente habitual y muy querido por la tropa femenina. El esposo de la reina con nombre de sopa, Juliana, visitaba frecuentemente de incognito rigurosos. Aquí era conocido solo por escasas personas y entre ellas Hilario Martínez, el famoso Perro Largo quien le daba clases de buceo. Este lo habría llevado una y otra vez a escalar aquellos montes perfumados.
Después de tantos años, la Quinta Rebeca es una agradable construcción con gran patio frontal adoquinado, de unos 800 metros cuadrados, y adornado con palmeras y mangos. Al final del patio mirando hacia el amplio acceso, un muro de mampostería granítica, está en alto relieve y pintado de naranja el nombre de Rebeca, en un estilo de letra que ya no se usa.

Los precios

También al final del patio hay un par de escaleras que conducen a dos terrazas que se usaban, obviamente, para bailar. En la pared está pegada la lista de precios: Corona, 40 pesos; Coca, 40 pesos; whisky, 95 pesos; coñac, 95 pesos; copa nacional, 60 pesos; licor importado, 70 pesos; tequila, 75 pesos; bebida preparada, 75 pesos.
Relata Anituy, finalmente, que la Quinta Rebeca, el más elegante y famoso lupanar de Acapulco, era refugio de políticos que buscaban ante todo discreción y, por supuesto, a las mujeres de alquiler más hermosas. Se dijo que a doña Rebe la protegía gente poderosa y muy particularmente los altos mandos del Estado Mayor Presidencial quienes, por vivirse una monarquía revolucionaria, cerraban la casa solo para ellos. ¡Ay nanita!
Casas de citas de Acapulco, del esplendor a la decadencia. Joel Solís, Milenio Guerrero, 8/10/2003.