EL-SUR

Martes 11 de Mayo de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Acapulqueña linda / 2

Anituy Rebolledo Ayerdi

Enero 17, 2019

El Club de Brujas

El Club de Brujas de Acapulco contaba, paradójicamente, con la membresía de las muchachas más hermosas del puerto. Y era que tal denominación respondía únicamente a la solemne “brujez” de la organización; pobreza extrema, se entiende. Tanta que en sus fiestas se ofrecían los ponches preparados por las socias y no refrescos y licores, por caros. Un club sin cuotas ni reglamentos y con una sola consigna: divertirse.
Mientras que las fiestas de la “crema y nata” de la sociedad tenían lugar en fechas determinadas: el día de la virgen de Covadonga, el Día de la Raza, etcétera, el Club de Brujas celebraba las suyas a la menor provocación. Lo hacían en las casas de don Chamón Funes y de Juanita Galeana de Stephens e incluso en La Quebrada. Las amenizaban las orquestas de don Isauro Polanco y de don Alberto Escobar, sin duda las mejores del momento. Las cubrían con el peso que cobraban de admisión.
Las acapulqueñas que formaron el pie veterano del Club de Brujas, según relación del cronista Carlos E. Adame, apoyada por la pluma de Jorge Joseph, fueron María y Crisantema Estrada (Thema Montano), Rosita Flores, Elean Uruñuela, María Athié, María y Natividad Campos, Fredesvinda Vélez, Colacha Sutter, Esther Stephens, Chuchita Ramírez, Camila Benítez, Romanita Loranca, Chalía Funes, Sara Aguirre, Victoria Casís, Lucila Gómez.
Irene, Concha y Paula Álvarez, Aura Emma del Río, Irene y Consuelo Curd, Tere Castañón, Aurelia Balboa, Tere, Sara y Lila Apac; Eloísa y Margarita Aguilar; María Tabares, Angelita y Chevita López Victoria; Nacha Guesso, Altagracia Tabares, Genara Camplis, Leova y Nora Mazzini, Lucrecia y María Luisa Villalvazo, Carmen Carvajal, Solfina Martínez, Juana Díaz, Carmen y Cristina Vidales; las Sutter, las Tellechea, las Olivar, las Lacunza, las Uruñuela, las Funes, las Sosa, las Berdeja, las Muñúzuri, las Adame y las Hudson.

La orquesta de señoritas

La insularidad de Acapulco será dramática incluso ya entrada la tercera década del siglo XX. Comunicado con el exterior sólo por vía marítima, será imposible el arribo de las expresiones artísticas y culturales generadas en la Ciudad de México. Obligará, necesariamente, el cultivo de las propias, tanto artísticas como musicales.
Tal fue el caso de la orquesta formada por “señoritas de la mejor sociedad del puerto”, como era obligado recitar, creada y dirigida por don Gumersindo Lobato. Su oficio era el de orfebre (“plateros”, se les decía entonces) como lo será el de su hijo Enrique, alcalde de Acapulco en 1929, y de otros parientes. Una agrupación musical integrada a la “Sociedad de Thalía”, fundada por el propio don Gume en 1892 para difundir aquí el teatro español, con actores y actrices locales.
La Orquesta de Señoritas ofrecía conciertos de gala en el salón de actos del Palacio Municipal, además de serenatas dominicales en el kiosco de la plaza Álvarez. Orgullosos de su orquesta, los acapulqueños la tenían como única en México y a lo mejor tenían razón. He aquí a sus ejecutantes:
Pianistas: Otilia Liquidano, María Bello, Sofía Dickman y Angela Lobato.
Violinistas: Julia Payne, Isabel Lacunza y Clementina Torres.
Flautista: Emilia Billings.
Clarinetistas: Clementina Carranza y Benita H. Luz.
Contrabajistas: Elisa, Amalia y Eloína Batani.
Chelistas: Romana Lacunza y Virginia González.

Diódoro Batalla

Diódoro Batalla, abogado veracruzano que había llegado al puerto como juez de Distrito, era un entusiasta colaborador de los empeños culturales del señor Lobato. Echado del cargo por combatir a la dictadura, Batalla tendrá al puerto como su particular “isla del Diablo”, o sea, desterrado en su propia tierra. Un abogado cuya tesis profesional, Reformas al Poder Ejecutivo, proponía suprimir el Poder Ejecutivo federal y elegir en su lugar un Consejo Popular. Desde entonces será demonizado por el propio Díaz quien lo llamará “loco peligroso”.
La relación cercana del veracruzano con la Orquesta Femenil lo llevará a enamorarse de una de sus violinistas: Clementina Torres. Pronto la hará su esposa, estableciendo su hogar en la calle de San Juan (hoy 5 de Mayo), destinada a las carreras parejeras de caballos, imprescindibles en las fiestas locales. En el tiempo justo la cigüeña deposita allí mismo a una niña hermosa a la que llaman como la mamá, Clementina.

Clementina Batalla

Clementina dará mil batallas a sus profesores de párvulo destacando por sus habilidades con los números y la lectura. Vendrá la mudanza a la Ciudad de México, donde mueren los padres. Huérfana, la acapulqueña trabaja y estudia siempre becada hasta lograr, a los 21, el título de maestra de matemáticas y a los 25 el de licenciada en Derecho por la UNAM. Es históricamente la segunda mujer abogada de México. El trabajo de las mujeres, su tesis. También estudia en la escuela de Filosofía y Letras llegando a dominar los idiomas inglés, francés y alemán. Será precursora de las luchas feministas en el país y tenaz defensora de los derechos de la mujer y de los niños.
Casada con Narciso Bassols, una de las más altas cumbres de la inteligencia mexicana (secretario de Hacienda con Cárdenas, de Educación con Ortiz Rubio y Abelardo Rodríguez y embajador de México ante la URSS durante diez años), Clementina será la compañera fiel y discreta sin nunca pretender protagonismos odiosos frente al compañero.
Viuda a los 70, la acapulqueña reemprenderá sus luchas aplazadas con la fundación la Unión de Mujeres Mexicanas, cuya demanda central será la igualdad de género en política. Viajará a la URSS para recibir reconocimientos por su sólido liderazgo femenil y en Chile será aclamada como dirigente del Comité de Auxilio Latinoamericano de Mujeres, un organismo declarado non grato por las dictaduras del Cono Sur “por su filiación comunista”. La viuda de Bassols muere en Guadalajara el 8 de noviembre de 1987, a los 83 años.

El paseo costero

La participación de lindas acapulqueñas fue determinante para la cristalización de un proyecto nacido de la sociedad y que tenía como objetivo abrir el paseo costero hasta las playas de Manzanillo y La Langosta. Para llegar a ellas debía cruzarse entonces el empinado cerro de La Candelaria, con serios problemas morales para damas y menores.
Lo era en mayor medida La Gloria, un “congal” operado por “Florindo Flores de la Floresta”, un voluminoso gioto (así llamado por la gente decente) con el rostro más pintarrajeado que sus propias pupilas. Se contaban entre ellas: La Niña Verde, La Pata de Oso, La Estrellita y La Manos de Oro. Citadas por el ex gobernador Alejandro Gómez Maganda en su Acapulco en mi vida y en mi tiempo.
La idea había nacido del avecindado José García de León, médico y editor de un periodiquito llamado Acción Social, célebre por su excéntrico vestir de traje negro y tocado con sombrero de carrete. Movió positivamente al puerto y lo convenció de las bondades de sus propósitos, lo recuerda el cronista Carlos E. Adame.
El trazo de aquel tajo lo hizo don Pedro Gutiérrez, contratista de caminos, padre de Paulita y Fidel, dejando a cargo de los trabajos a un sobrestante. La obra se inicia y entonces lo importante será que no falte dinero para pagar la raya sabatina. Rayas que deberán salir de las rifas, bailes, “jamaicas” (kermeses), colectas, peleas de box y otras actividades recaudatorias en la que destacará el equipo femenino.
Pasados cinco meses, la obra estará felizmente terminada. Fue un día de fiesta para los porteños, recuerda Joseph Piedra. El doctor García de León cortó el listón simbólico para inaugurar el Paseo de las Brisas, como él mismo lo bautizó. Empezaba en Tlacopanocha para ascender por la escalinata que llevaba a La Gloria y descender luego hasta llegar a Manzanillo y a las huertas de Mama Bucha y de don Natividad.
Las empeñosas adolescentes recibieron entonces los honores y el agradecimiento de la sociedad. Todas acapulqueñas lindas y felices.
Solfina Martínez, Tey Stephens, Tina Argudín, las Hudson, las hermanas Batani, Fela Valle, Stela Acosta, Elvira Galeana, Flavia Mariscal, Etelvina, Orfelina y Alicia García Mier; Noemí Caballero, Valeria Escobar, Pelancha y Olga Tellechea, Hortensia Caballero, Tive Campos, Carmelita Carvajal, Rosa Flores, Adelina y Licha Lobato, Conchita Campos, María Beltrán, Sara Liquidano, Celia, Josefina y Malicha Medina.
El Colegio Acapulco

Procedente de Colima llega al puerto en 1923 el profesor Felipe Valle, ex gobernador de aquella entidad, para hacerse cargo de la administración de la Aduana Marítima de Acapulco. Su implicación aquí en la revuelta delahuertista contra Alvaro Obregón, encabezada por el periodista Carlos E. Adame, lo coloca ante el pelotón de fusilamiento, del que escapa milagrosamente junto con los demás conjurados. Perdidos sus derechos políticos, optará por la enseñanza, que ya había ejercido con éxito en Mazatlán.
Sabedor de que en el puerto sólo era posible la instrucción elemental y que por ello muchos jóvenes veían frustradas sus aspiraciones educativas, Valle decide darles una oportunidad de vida. Establece para ellos la categoría de “pasantes”, cuyo programa académico era el equivalente a la secundaria oficial. Nachita Torres Gastélum y Conchita Campos logran las más altas calificaciones aceptando esta última hacerse cargo de un grupo. Sus alumnos la calificarán como maestra ejemplar, además de muy querida.
Joseph Piedra no se anduvo por las ramas al afirmar que el Colegio Acapulco gozó de dos famas bien merecidas, la académica y la tener en su matrícula a las acapulqueñas más lindas.
Lo fue Minerva Anderson Espino, más tarde, recién casada con Poli Sosa, este le pide a su compadre José Agustín Ramírez una canción para llevársela de gallo en su cumpleaños. Será el propio compositor quien entregue su ofrenda musical: Acapulqueña linda, acapulqueña / playera esbelta pálida y sensual / en tu mirada ardiente y soñadora / hay un reflejo del inmenso mar…
Lo fueron también Leonila Stephens, Petra y Manuela Rojas; las Escudero (Tita, Tere y Amparito), Sara Liquidano, Lila Apac; las García Mier (Alicia, Orfelina y Etelvina); las Olivar (Raquel, Leonor y Rebeca); las Vargas (Concha, Luz y Engracia); Conchita y Lila Hudson, Elvira Galeana, Nicolasa y la Marre Hudson.
Raquel Sánchez Morales, las Argudín (Tina y Tere); las Campos (Tive y María); Rosa Flores, Crisantema Estrada, las Medina (Celia, Josefina y Malicha); las Jiménez (Luz Amelia, Gloria y Aurora); Hortensia Caballero, las Tellechea (Pelancha y Olga); María Beltrán, Hilda Gómez Maganda, Conchita Campos, Solfina Martínez, las López Victoria (Angelita y Chevita); Eli Montano, las Lobato (Adelina y Alicia); Luchi H. Luz, Carmen Tapia, las Muñúzuri (María Luisa, Berta y Consuelo).
María Huerta, Teresa Valencia, Elo y Benita Pangburn; Cornelia Aguirre, Noemí Caballero, Irene López, Amelia Bello, María Luisa Morales, Perla Basterra, las Pintos Mazzini (Eugenia, Elena y Angelita); Catania Adame, Julia Valle, Ignacia G. Torres, María Sotelo, Felicidad de los Santos, María Valverde, las Batani y Josefina Medina.
Otras pasantes fueron Concha Hudson, Stella Acosta, H. T. Gómez, Irene Leyva, Justa Escudero y Teresa Escudero.