EL-SUR

Jueves 13 de Mayo de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Acapulqueña linda / 6

Anituy Rebolledo Ayerdi

Febrero 14, 2019

En la imagen, el actor Johnny Weissmuller, la actriz Brenda Joyce y el director Roberto Florey, en un descanso durante la filmación de Tarzán y las Sirenas, en 1947. La realización en Acapulco de la que sería la última cinta de Weissmuller interpretando al famoso personaje trajo alegría a los porteños, “al saber que ganarán ‘ojos de gringa’, como se llamaba aquí a los dólares”. En esa época, un dólar “se cambiaba por cuatro pesos con 85 centavos. ¡Un dineral!”. - Foto: Tomada de internet
En la imagen, el actor Johnny Weissmuller, la actriz Brenda Joyce y el director Roberto Florey, en un descanso durante la filmación de Tarzán y las Sirenas, en 1947. La realización en Acapulco de la que sería la última cinta de Weissmuller interpretando al famoso personaje trajo alegría a los porteños, “al saber que ganarán ‘ojos de gringa’, como se llamaba aquí a los dólares”. En esa época, un dólar “se cambiaba por cuatro pesos con 85 centavos. ¡Un dineral!”. – Foto: Tomada de internet

Precursoras turísticas

Con la concesión monopólica otorgada a Acapulco por el rey de España para comerciar con las islas Filipinas, a través de la Nao de Manila, se inicia aquí la actividad turística. Un fenómeno intrascendente en sus inicios, pero espectacular y de alcances insólitos con el pasar de los siglos. La hospitalidad individual se constreñirá entonces al uso de habitaciones particulares, atendidas necesariamente por las propias amas de casa.
Al crecer el número de visitantes se hará necesario la creación de lugares destinados al hospedaje y nacerán los mesones. Estancias en el caso de Acapulco sólo soportables por la necesidad lúdica o económica de participar en su feria anual. Un evento celebrado entre los meses de enero y febrero de cada año y al que el propio barón de Humboldt califica en su momento como “la feria más famosa del mundo”.
A mediados del siglo XIX, ya formalizadas como casas dedicadas al hospedaje, serán las acapulqueñas quienes las atiendan. Aquí, por ejemplo, operará el mesón de las Mamitas González, en pleno corazón de la ciudad, en la actual plazoleta Sor Juana Inés de la Cruz. Sitio en el que por cierto se hospedó el general Vicente Guerrero cuando salió invitado “a tomar la sopa” por el capitán del bergantín Colombo, capitán Francisco Picaluga. El genovés, como se sabe, lo entregará a sus enemigos a cambio de 50 mil pesos.
Otro huésped de ese mesón fue Ignacio Comonfort, desempeñándose aquí como administrador de la Aduana Marítima y a quien echará del puesto el presidente Santa Anna, acusándolo de corrupto. El poblano se defenderá argumentando que se trataba de una venganza por haberse involucrado con Juan Álvarez en la redacción del Plan de Ayutla

Anita López

Cuatro años más tarde de la apertura de la ruta México-Acapulco, esto es en 1931, Anita López se hace cargo aquí por arrendamiento de la casa de huéspedes La Colimense, en la céntrica calle Carranza. Un inmueble de adobe y teja con cuatro cuartos. Pasados 10 años, Anita mudará La Colimense a instalaciones propias en La Paz y Arteaga (hoy Azueta), estas con seis habitaciones. La dama tendrá necesidad de ir a radicar al país del norte, dejando el establecimiento en manos de su sobrino, José Ché Camargo, quien lo convertirá en el hotel California.

Doña Balvina

Otra acapulqueña precursora de la hospitalidad fue doña Balvina Alarcón de Villalvazo, madre de dos alcaldes de Acapulco, Efrén (1936 y 1955) y Alfonso (1960), creadora del hotel Jardín, en la calle de La Quebrada. Ubicado antes en media manzana de las calles Hidalgo, Juárez, La Paz e Iglesias, adquirido por don Alfonso Sáyago, quien le dará el nombre de Monterrey. En esa misma arteria, las hermanas Chucha y Flavia Mariscal atendieron el hotel Mariscal. Ellas fueron hijas del general atoyaquense Silvestre Mariscal, el mismo que cuando gobernador de Guerrero, designado por el presidente Carranza, asentó en Acapulco los poderes estatales.
También en la calle de La Quebrada operó la casa de huéspedes La Costeña, atendida por doña Adolfina Carvallo de Pintos, esposa de don Rosendo Pintos Lacunza, ex alcalde, cronista y fundador de instituciones de cultura como la biblioteca del Fuerte de San Diego y de la Dr. Alfonso G. Alarcón. Otras centros de hospedaje atendida por acapulqueñas fueron la Casa Pachita y la casa María Antonieta.

Rosita Salas

Rosita Salas será otra acapulqueña pionera del turismo. Ella atenderá el hotel El Faro, en plena plazoleta de La Quebrada, adquirido con el retiro de toda una vida de trabajo en el hotel El Mirador. Las propias autoridades de Conciliación y Arbitraje calificaron la indemnización como “miserable”, pero ella, en cambio, se manifestará contenta y agradecida.
Rosita, la más pequeña de una familia de ocho hermanos dedicados en Tres Palos a la agricultura y a la pesca, será la primera de ellos en enfrentar la gran ciudad. Su primera oportunidad laboral se la brinda don Balbina Alarcón, en la cocina de su hotel Jardín. Pronto, los sabores y colores de su arte culinario costeño la llevarán al propio hotel Mirador. Aquí, el modo de ser de la señora Salas Salinas, infatigable, afable y solidario, le ganará cariño y admiración tanto de sus compañeros de trabajo como de sus jefes.
Pronto la humilde “trespaleña” alcanzará una jerarquía laboral insospechada al convertirse en el brazo derecho de don Carlos Barnard, el creador de la hospedería, situación que aprovechará para apoyar a sus compañeros de trabajo. Ella se encargaba de atender a los personajes nacionales y extranjeros que llegaban al Mirador. Su nombre figuraba en las agendas de los políticos en turno, entre ellos el ex presidente Miguel Alemán, cuyas felicitaciones nunca faltaron en fechas memorables de la dama. Su amistad con Ramón Beteta, embajador de México en Italia, le facilitará que Beto Salas, su hijo único, pueda estudiar gastronomía en aquel país. El político había sido secretario de Hacienda del presidente Alemán y finalmente director del diario Novedades.
Henry Kissinger, secretario de Estado de los presidentes estadunidense Nixon y Ford, acompañó al licenciado Miguel Alemán Velasco en la entrega de un premio al mérito turístico denominado Miguel Alemán Valdez. Premio otorgado por el grupo Amigos de Amigos, a Rosita por sus aportaciones al prestigio turístico de Acapulco. El político estadunidense recordó las muchas atenciones recibidas por la homenajeada durante las visitas de él y su familia al puerto.

Julieta Méndez

Julieta Méndez López, costurera de puntada fina, llega al puerto de Omepetec, el bello nido cantado por Agustín Ramírez. Viene en busca de primo y paisano don Manuel López, a la sazón alcalde de Acapulco. Este le facilita un terrenito para instalar su taller de costura. Se localiza frente a la playa Hornitos, en la bajada del “Castillo” (como se le conocía entonces al Fuerte de San Diego). Por mera intuición, Julieta construye, además de su taller, cuatro cuartos de alquiler para turistas que al rato sumarán 18. Con ayuda de su hermana Adela, la emprendedora le aumenta al inmueble un segundo piso para completar 42 habitaciones. El hotel llevará necesariamente su nombre: Villa Julieta.
El hotel Villa Julieta recibe en 1945 a los actores y técnicos que vienen a filmar aquí la película La perla, dirigida por Emilio El Indio Fernández, con las actuaciones estelares de Pedro Armendáriz y María Elena Marqués. El guión de la cinta está basado en una novela corta del escritor estadunidense John Steinbeck, premio Nobel de Literatura en 1962. Hoy, La perla se ubica en el número 80 de “Las 100 mejores películas mexicanas de todos los tiempos…”.

Tarzán y las sirenas

Dos años más tarde, o sea, en 1947, Acapulco se entusiasma con el anuncio de que será escenario de la película Tarzán y las Sirenas, la décimo tercera cinta de la saga de Johnny Weismuller, con la que anunciará su retiro como el Hombre Mono. Las emociones de los acapulqueños de disparan al saber que ganarán “ojos de gringa”, como se llamaba aquí a los dólares, por salir junto a Tárzan (acentuada la primera “a”, nunca la segunda). Un dólar se cambiaba entonces por cuatro pesos con 85 centavos. ¡Un dineral!
El casting y contratación de extras se establece en el hotel Las Hamacas, donde personal de la producción señala quién sí y quién no. Y es que se trataba de representar a los habitantes de la isla de Aquatania (aquátidos), regida por Balú, un dios arrecho ávido de vírgenes. La trama versa precisamente sobre el rescate de una mujer raptada para bajar las calenturas de Balú (en realidad un hombre blanco disfrazado). Las acapulqueñas serán seleccionadas por lindas, las güeras esconderán su luminosidad con un poco de betún. Fueron lindas aquátidas:
Carlota Cota Lobato, Adalilia López, Raquel Güera Fox, Amalia Hernández, Alicia y Leonor del Río, Mercedes China Rivera (mi madrinita de secundaria); Ramona García Guillén, Lambertina Abarca, Nancy Chavelas y muchas más. También extras, las bellas adolescentes Ana Luis Peluffo, Lilia Prado, Magda Guzmán y Silvia Derbez. Andrea Palma y Gustavo Rojo fueron los únicos mexicanos con roles estelares.

La Güera Leandra

Vendedora callejera de “pan de mujer”, lo que ello significara, la acapulqueña Leandra Oliver alcanzará a principios del siglo XX el estatus de heroína civil de Acapulco. Su arrojo durante el incendio que consumió el teatro Flores (14 de febrero de 1909) con saldo de 300 personas carbonizadas, fue para ella “algo que no pensó”.
“Si lo hubiera pensado tantito, ¡madres que me meto a la quemazón!”, solía comentar para lanzar una alegre carcajada.
“Con desconcertante sangre fría –escribe el cronista don José Manuel López Victoria– la Güera Leandra se dedicó a salvar vidas. Rompió la tela de alambre de la galería para que por el boquete pudieran escapar muchas personas, atrapadas, principalmente menores de edad”. No fueron pocos los acapulqueños que participaron en el salvamento. No obstante, las crónicas de la hecatombe destacan únicamente dos presencias heroicas en la quemazón, la de la Güera Leandra y la de Fructuoso Tocho Tabares, dueño de la casa de madera vecina del teatro, en la calle Independencia, salvada milagrosamente de las llamas. (Más tarde, siendo propiedad de la familia Rebolledo Ayerdi, sucumbirá ante las llamas).
Al día siguiente, sin descansar un solo minuto, Leandra Oliver acompañará los la carreta con los despojos humanos, algunos todavía humeantes, hasta al panteón de San Francisco. Lo hará una y otra vez rezando en voz alta y derramando lágrimas por las familias amigas o simplemente conocidas. Una oración especial pronunciará al ser arrojados los cuerpos a una fosa común:
“Un alma sin acompañamiento y sin rezos tiene dificultades de entrar al cielo”, sostenía la acapulqueña. Un obelisco en el cementerio de la avenida Pie de la Cuesta, siempre pintado de blanco, recuerda aquella hecatombe.

La Ñeca Torres

Era tan hermosa Adelina Torres que desde pequeña se ganó el mote de La Muñeca. El mismo que, contraído en un simple Ñeca, lo acompañará toda su vejez. Extraviada de sus facultades mentales, por causa de un engaño amoroso, se decía, Adelina se aferrará –ya anciana– a una juventud y belleza dejadas muy atrás.
Cubierto el rostro ajado con gruesas capas de maquillaje –los labios y las mejillas coloreadas al rojo fuego– la Ñeca vestía ropa ampona de encajes y tafetanes. Sus vestidos lucirán obscenamente un jeme arriba de las rodillas, razón por la que algunos cronistas burlones la tendrán como precursora de la minifalda. Los collares abrumarán su cuello y los moños multicolores su pelo muy corto a la Mary Pickford (La más celebrada actriz del cine mudo de principios de siglo XX).
Acapulqueña, hija del terrateniente Patricio Torres, de cuya inmensa fortuna era heredera universal, La Muñeca fue lógicamente la chica más asediada del puerto, especialmente a partir de su coronación como reina del carnaval. Asedio que ella atenderá sólo proveniente de jóvenes hispanos, con un fuchi hacia los criollitos.
Contaban las lenguas de doble filo que Adelina habría caído en manos de un seductor español, quien seguramente logró sacarle las firmas necesarias para quedarse con toda su fortuna. No fue el dinero por el que perdió la razón –contaban–, fue por la traición.