EL-SUR

Martes 11 de Mayo de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Acapulqueña linda / 8

Anituy Rebolledo Ayerdi

Febrero 28, 2019

 

Casa en Acapulco

–Sólo nos falta una casa en Acapulco para ser, además de muy felices, una pareja totalmente internacional. Así susurra Gloria Rubio Alatorre al oído de su más reciente marido. Este, no obstante ser un “pinche viejo tacaño”, como ella misma lo califica en silencio, se dispone solícito a complacerla.
–“Una casa única para una mujer única”, demanda Loel Guinness al arquitecto mexicano Luis Barragán, quien no puede complacerlo por estar ocupado en varios proyectos. No obstante, le recomienda a un aventajado alumno suyo, el arquitecto tapatío Marco Antonio Aldaco.
El joven Aldaco acepta el desafío y para afrontarlo se inspira en las formas escultóricas de su maestro y en las cabañas de palapa características de esta región costanera. Construye entonces, según opiniones autorizadas, la más fabulosa de las villas nunca antes vista en Acapulco, logrando con ella merecida fama internacional. Misma que reforzará con otra casa en Costa Careyes, Jalisco, bautizando con ese nombre, Careyes, a un nuevo estilo arquitectónico. (El Informador MX de Guadalajara).
Gloria Rubio de Guinness (1912-1980), la veracruzana considerada a mitad del siglo pasado como “la mujer más elegante del mundo”, se encargará de decorar su casa acapulqueña. “Todo, todo auténticamente mexicano, excepto el marido inglés”, aclaraba sonriente. Loel Guinness, un ex parlamentario de la Gran Bretaña, estaba dedicado a los bienes raíces y a la banca. Pertenecía a la dinastía de nobles irlandeses creadores de la cerveza negra Guinness, con más de dos siglos de existencia. A partir de aquella su cuarta unión matrimonial, en 1951, la mujer será simplemente Gloria Guinness.

Las otras residencias

Otros domicilios de los Guinness se ubicaban en Nueva York (departamento en Waldorf Towers, Manhatan); residencia de siete pisos en París; granja del siglo XVIII cerca de Lausana, Suiza; residencia y criadero de caballos en Normandía; mansión y campo de golf en Lake Whorth, Florida. La pareja surcaba el Mediterráneo en un yate de 350 toneladas e iban y venían en su flota aérea compuesta por dos aviones y un helicóptero. La señora nunca viajó con maletas pues en cada domicilio guardaba la ropa apropiada para el sitio y la temporada

Así era ella

Morena, alta, delgada y hermosa, Gloria Guinness se dejaba vestir únicamente por Dior, Chanel, Saint-Laurent, Valentino, Halston y Givenchy, aunque sus preferidos eran los españoles Antonio del Castillo y Cristóbal Balenciaga. “La mujer –aconsejaba ella a propósito–, no siempre debe vestirse para levantar envidias en otras mujeres, debe hacerlo para sostener la atracción de su marido”. Y remataba: “El trabajo de la mujer es complacer a su hombre”. La señora Guinness no estaba reñida con el vestido casual y lo demostraba usando los pantalones Capri de Emilio Pucci. Eso sí, será intransigente en cuanto a los hot pants: “Los odio excepto en el cuerpo de Brigitte Bardot”.
Mujer de su época, Gloria fue periodista como su padre, maderista, asesinado durante la Revolución. Escribía una columna en la revista Harper Bazaar sobre temas del momento, siempre con actitud liberal, de avanzada. Temas como la guerra de Vietnam, la mariguana y la demonizada reunión juvenil de Woodstock. Sabía diferenciar lo elegante de lo chic. “La elegancia –escribió– es un regalo de la naturaleza, lo chic es una moda, una actitud bien estudiada, un arraigado sentido del exhibicionismo. Ambas cosas soy yo”.
El rostro sereno de Gloria será portada frecuente de revistas femeninas, particularmente Vogue. Su amigo el novelista Truman Capote (“soy alcohólico. soy drogadicto. soy homosexual, soy un genio”) la consideraba una de sus tres cisnes: “por su cabello negro como la seda, sus cejas bien delineadas y su largo y esbelto cuello”. Los otros dos eran la estadunidense Babe Paley y la italiana Marella Agnelli.
Capote, autor de A sangre fría y Desayuno en Tiffany’s, reunirá a sus tres cisnes en su famosa fiesta anual, en el Black & White Ball del hotel Plaza de Nueva York. Evento que convocaba a la crema y nata de la high society neoyorquina y particularmente a su refinada jotería. La grand entree de Gloria al recinto enmudece a la concurrencia y arrincona a sus rivales. Luce un vestido muy sencillo pero de su cuello de cisne cuelga un collar cuajado de diamantes y esmeraldas –sus ojos escondidos tras un antifaz negro– será la reina indiscutida de la noche.

Nada que ponerse

Los Guinness están invitados a cenar con amigos. El hombre apresura a la esposa porque están citados a las 9 y ya las son pasadas.
–¡Si no estás lista ahora mismo me voy solo”, amenaza Loel.
–Paciencia, Lo, le responde. Y es que por más que busco no tengo materialmente nada que ponerme.
El parlamentario inglés lanza un ¡joder!, aprendido aquí, seguramente, para echarle en cara a la mujer que los closets de sus cinco residencias están repletos. –¿Por qué todas las mujeres dicen que no tienen nada que ponerse? ¡Vas o no vas!, lanza un ultimátum ahora desde la salida.
Ella lo alcanza cuando el auto ya está encendido. Va envuelta totalmente en un abrigo de mink. Lo furfulla algo ininteligible.
Llegan a su destino y el criado de la casa procede a tomar el abrigo de la dama. Pero ¡oh, sorpresa!, ella viste únicamente ropa interior, eso sí, finísima. El marido, a punto del soponcio, mientras que los anfitriones e invitados festejan la puntada a los que Gloria los tiene acostumbrados.
–¿Pero es que te has vuelto loca, mujer?
La flema del inglés lo atraganta y en aquél momento lo único que desea es ponerle, además del abrigo, la mano encima. El se contiene. Ella insiste en su reproche que ya desde entonces era universal.
–¿No te dije que no tenía nada que ponerme?

Las más elegantes

La estadunidense Eleanor Lambert, imparcial árbitro de la moda y creadora de “la lista de las mejor vestidas”, incluirá en ella a Gloria entre 1959 y 1963. La llamará, incluso, “la mujer más elegante del mundo”. La propia Guinness integrará más tarde, con la duquesa de Windsor y Jacqueline de Onassis, el trío de socialités declaradas por la revista Time “las tres mujeres más elegantes del mundo”. En rigor, la veracruzana será ubicada atrás de Jacqueline.
En Acapulco, vistiendo ligera bata de las confeccionadas por las indias amuzgas de la Costa Chica, Gloria se dará tiempo para preparar algunas donaciones para el museo londinense Victoria y Alberto, dedicado a las artes decorativas y bellas artes. Entre la ropa, sombreros y zapatos destinados a esa institución figura un vestido de noche de Marcelle Chaumont. El diseñador francés, quien tuvo como cortador a Pierre Cardin, cerró su establecimiento a finales de los 40 por lo que no participará en el Olimpo de la costura del medio siglo. Trajes de Balenciaga y Elsa Schiaparelli destinará Gloria al Museo Metropolitano de Arte de Nueva York.

El vestido de Chaumont

Vestido de noche de organza blanca. La falda está pintada completamente a mano por el propio Chaumont, con un diseño de oro de cintas y lazos. El corpiño finamente escondido, deshuesadas las costuras, con un volante recogido en la parte superior. Tiene un cierre de cremallera lateral. Lleva una falda de organdí blanco adjunta a la vestimenta y en la punta de la blusa también deshuesada. Cinturón de organza blanca. Sus medidas en centímetros: busto, 88, cintura, 69, circunferencia con dobladillo, 250.

Los matrimonios

Gloria Rubio se casa en México a los 20 años con el holandés Jacob Hendrik Scholtens, de 47, superintendente de un ingenio azucarero, con divorcio casi inmediato. Pasados dos años contrae matrimonio con el príncipe Franz Egon Von Fustenberg, con quien procrea a sus dos únicos hijos, Franz y Dolores. Se divorcia para casarse con el príncipe Ahmed Abu-El-Fotouh Farky Bey, nieto del rey Fuad de Egipto y sobrino de la princesa Fawzá, primera esposa del Sha de Irán. Amigos de la veracruzana bromeaban con ella encontrándole enorme parecidocon Nefertiti, la reina egipcia. Y sí, vendrá el cuarto al bat y pegará de jonrón. Su nombre, Loel Guinness, banquero inglés, a quien se une en Antibes, Francia, en 1951.

Gloria, espía

La modelo neoyorquina Aline Grifith es reclutada por la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS), para espiar en España a los alemanes moviéndose como en casa. Llegando llegando, la gringuita se echa al plato al conde de Romanones de quien hereda fortuna y título de condesa. Conoce necesariamente en aquel ambiente a Gloria Rubio, casada entonces con el príncipe Von Fustemberg, a quien se liga, cierto o no, con el espionaje alemán. La condesa de Romanones escribe por lo menos tres libros sobre sus aventuras como espía aliada. Menciona en alguno de ellos a Gloria como espía al servicio de la Alemania nazi, asegurando que se llevaba de “ piquetes de ombligo” con el gordo Goering. Nunca nadie tomará en serio a la prolífica señora Grifith.

El final

Poco antes de morir, Gloria Guinness concede una entrevista a la revista Woman Wear Daily y en ella se declara ajena al mundo que vive. Se manifiesta, además de cansada, desencantada de esta vida. Sus querellas: “Esta vida ya no es como la de antes… nadie hace grandes entradas a un baile o a un restaurante…todo mundo grita y no platica…en las discotecas todo es oscuro… ya nadie practica el arte del flirteo…de ver y ser vistos… ya nadie nota siquiera qué diseñador de alta costura realizó tu vestido…esta ya no es la vida que yo deseo seguir viviendo”.
Gloria Guinness muere a los 67 años el 9 de diciembre de 1980, en la villa Zanroc en Epalinges, Suiza. Por su parte, Loel Guinness fallece a los 82 en Houston, Texas, infartado como su esposa, el 31 de diciembre de 1988. Ambos descansan en el cementerio de Bois de Vauz de Lausana, Suiza.
No faltarán, en el caso de Gloria, quienes hablen de suicidio. Ello habida cuenta de que la mujer declaraba insistentemente no estar dispuesta a soportar tres cosas: envejecer, engordar y perder al tacaño de su marido.

Hugo Arizmendi

El ingeniero politécnico Hugo Arizmendi es llamado a la casa de los Guinness para un trabajo de su ramo. Se trata de impedir que una parvada de pelícanos continúen saqueando una gran pileta que aloja a un centenar de hermosos peces de colores. El señor Guinness los ha traído de todas partes del mundo y quedan muy pocos a fuerza de los ataques de las aves de gran pico que, cual aviones ligeros, se lanzan en picada para engullirlos.
Hugo propone una malla resistente para impedir el embate de enormes aves , propuesta aceptada por el inglés, aunque deberá consultar con Gloria el diseño de la malla. A trabajar, pues.
El casero estará pendiente de los trabajos y todos los días bajaba cargado con una generosa dotación de cervezas Guinness, bien frías. Que el ingeniero y los obreros agotaban en un dos por tres.
Terminados los trabajos con la felicitación de Guinness, Arizmendi recibirá una queja de su personal:
–“Pinche cerveza esa “Finix”, o como se llame, bien fea. La bebíamos nomás porque hacía mucho calor, pues para “chelas” no hay como la Corona”.