EL-SUR

Lunes 06 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Acapulqueña linda / 9

Anituy Rebolledo Ayerdi

Marzo 07, 2019

Las brujas

Mujeres transgresoras que se apropiaron del saber reservado a los hombres y que mantuvieron una relación estrecha con la naturaleza. Ellas fueron las odiadas y temidas brujas, cuyo destino final será para muchas la hoguera. La primera habría sido la francesa Angela Berthe, ejecutada en 1275 por la Inquisición de Toulouse, Francia. Los cargos: “haber tenido relaciones sexuales con Lucifer y comido carne de niño”.
Trascendida la Edad Media, de acuerdo con estimaciones conservadoras, los tribunales europeos del Santo Oficio conocieron alrededor de 100 mil casos de brujería, casi la mitad de los cuales habría terminado en la hoguera. La bujería se conocerá en la Nueva España sólo hasta la instalación del Tribunal de la Santa Inquisición, decretada por el rey Felipe II el 25 de enero de 1553.
Para detectar a las brujas había “especialistas” haciendo de esa actividad un bien remunerado modus vivendi. El método consistía en herir las carnes de la acusada con un punzón de hierro, si sangraba espeso era declarada ipso facto sirvienta de Lucifer. En las mazmorras del Santo Oficio esperaría la fecha de su juicio. Ora que el tribunal no respondía siempre a la fama secular de crueldad impía que lo acompañaba. Los números hablan de que únicamente el 18 por ciento de las mujeres acusadas de brujería fueron enjuiciadas y un número muy menor las quemadas.
Hay en esta historia de fanatismo, crueldad e intolerancia un caso verdaderamente estremecedor. Un estallido de histeria colectiva ocurrido en Salem, Massachussets, Nueva Inglaterra, en 1692. Llevará a sus moradores a una despiadada cacería de 400 hombres y mujeres acusados de prácticas diabólicas. El juicio celebrado en el curso de seis meses terminará con la declaratoria de culpabilidad para 13 mujeres y 7 hombres, ejecutados en la horca no en el brasero.
Arthur Miller, el dramaturgo estadunidense que estuvo casado con Marylin Monroe, se inspirará en tales sucesos para escribir un drama teatral titulado Las Brujas de Salem. Llevado más tarde a la pantalla con la bella Winona Ryder.

Brujas en Acapulco

Uno de los primeros casos de brujería en Acapulco se da cuando una mujer conocida simplemente como Cecilia, La Saurina, es acusada de tener pacto con el demonio. Ello simplemente por estar en desacuerdo con la mayor parte de la población, en torno a la tardanza de una nao procedente de Manila que tiene al puerto al borde de la angustia.
La gente, fatalista, la ubicaba en el fondo marino víctima de una tormenta tropical o en alguna isla remota en poder de piratas. Sólo La Saurina repetía una y otra vez que el galeón llegaría más temprano que tarde. Desarbolado y con la tripulación menguada pero llegará, afirmaba Cecilia.
Y que va llegando la nao San Nicolás Tolentino, como se llamaba la nave retrasada. Desarbolada y con la tripulación menguada como consecuencia de un ataque pirata, tal como lo predijera La Saurina. Las iras de la población equivocada y ridiculizada por una mujer rústica obligarán a la autoridad civil a entregarla al Tribunal del Santo Oficio. Brujería, el cargo.
El fraile dominico Domingo Martínez, con fama de ser más bueno que el marquesote, suple la ausencia del delegado de la Inquisición y en esa calidad recibe a la presunta bruja. No le llevará mucho tiempo estudiar el caso para determinar que no hay delito que perseguir, devolviendo a la mujer a la autoridad local. El alcalde atiende el dictamen del clérigo pero para no quedar mal con sus gobernados impone a Cecilia una sanción de 25 nalgadas, ejecutada por él mismo hasta dejar colorado a aquel imponente nalgatorio ¡Y vaya que Ceci se las traía! Por cierto, cada nalgada era acompañada por un absurdo reproche del alcalde: ¡por mitotera, por mitotera!

Filtros de amor

Corre el año de 1621y en el puerto se descubren nuevos casos de brujería. Recaen contra tres acapulqueñas: Catalina González, Isabel Urresco y Juana Marín. Los cargos en este caso son de magia negra. La habrían aplicado las tres hechiceras contratadas por una linajuda dama de la localidad, aspirante a ocupar la alcoba de un galancito recién llegado de España. Fallados filtros y pócimas, una y otra vez, sin que el galancete se diera por enterado, la dama en cuestión denuncia el fraude de las tres brujas que son encarceladas de inmediato. Presas se enterarán de que el mancebo aquel no respondía porque le “hacía agua la canoa”.
Asunto tan escandaloso fue opacado por la gran recepción popular tributada al ex virrey de la Nueva España, Diego Fernández de Córdova, de paso rumbo a Perú con cargo similar.

Pascuala

Comerciante de Tixtla, don Agustín Agüero adquiere durante la Feria de Acapulco (1650) una esclava con turgencias espectaculares, atrás y adelante. Sus compañeros de viaje lo felicitan con entusiasmo por la adquisición, no obstante corroerles la envidia. ¿No se enojará Agustín si le pedimos que nos la alquile luego del “estreno?, pregunta uno de ellos recibiendo como respuesta un molesto silencio.
Mal para Agüero cuando, transcurridos apenas 15 días de aquella feliz adquisición, lleguen a Tixtla soldados del Tribunal del Santo Oficio. Van por Pascuala para que responda a serios cargos de brujería, de los que ha sido acusada en Acapulco. Ante el comisario de la Santa Inquisición, Andrés López de Almozaden, la mujer no tiene idea de lo que se trata y a toda pregunta contesta “pos que sí”.
Alguien aconseja a don Agustín Agüero que regrese a su tierra porque su hermosa adquisición será enviada engrillada a la capital de la Nueva España.
–¡Puras pinches envidias!, estalla el comerciante tixtleco disponiéndose retornar al terruño.

Beatriz Astudillo

Doña Beatriz Astudillo, linajuda dama de Tixtla, confía a sus íntimas estar prendada como chiquilla del apuesto don Miguel Sánchez, pero que éste ni un lazo. No sabe si por estar comprometido, ser adicto a la soltería o sencillamente por batear de zurdo.
Será una sirvienta indígena de doña Bety quien, apenada por la mala suerte de su patrona, le aconseje recurrir a la magia negra. Le asegura que en poco tiempo tendrá al tal don Miguel comiendo en la mano. Resistencia inexplicable la de Sánchez habida cuenta de que la dama tixtleca no era de mal ver, incluso estaba como para lucirla en algún sarao de corte virreinal.
Las cosas finalmente no terminarán bien, sino muy mal. La ingestión mediante engaños de peyote con té de toronjil le provocan a don Miguel una diarrea imparable, tan grave que en pocos días baja varios kilos de peso, pero ninguna atención para la distinguida señora. Será llevado gravemente enfermo a la capital de la Nueva España donde, una vez curado, formulará cargos de brujería contra doña Beatriz Astudillo. Ésta rechaza la acusación culpando de todo a la sirvienta quien finalmente es enjuiciada. El Tribunal del Santo Oficio la encuentra culpable de ser “malificadora con yerbas”, recibiendo como castigo 25 azotes en las partes más blandas de su cuerpo
Por su parte, la calentona Bety hará valer el poder de su apellido logrando que su nombre no fuera mencionado en el juicio inquisitorial. Corría 1726, el año de la epidemia de sarampión en la capital de la Nueva España.

Tomás Mandinga

Procedente de Cabo Verde, África, el esclavo liberto Tomás Mandinga cubrirá toda una época en Acapulco como brujo, curandero, hechicero y chamán, dejando sin trabajo a las damas que de tiempo atrás dominaban el escenario de lo esotérico. El consultorio de Mandinga, instalado en un toro del barrio de La Guinea, un asentamiento de familias africanas, asediado por marinos en busca de alivio para la lengua y el esófago enllaguecidos por el escorbuto. La pócima milagrosa estaba preparada a base de limón, con ajo, cebolla y geranio.
Muy amplia llegó a ser la clientela de Mandinga en busca de medicina, reconstituyentes y afrodisiacos. A los querendones les daba a beber un licor a base de damiana y pastorcita y entonces los catres se rompían. Una de tales recetas será, por cierto, la perdición del gordo y cacareco Tomás.
Seducido por una mujer despechada y estimulado por la propina generosa, Mandinga viola su propio código ético preparando una pócima amorosa usando una dosis excesiva de toloache, así exigida por el cliente. Estaba destinada a un joven porteño que, como la mayoría de ellos, prefería dos de 20 que una de 40. El resultado fue catastrófico. El mancebo no volverá a los brazos de la jamona pero sí perderá la razón. ¡Al negro Mandinga se le había pasado la mano, ni hablar!
El doctor Juan de Alvear y Carrillo, abogado de la familia del muchachillo turulato, lleva el caso ante la representación local del Santo Oficio. Lo presenta como un caso infame de hechicería africana y demanda, por supuesto, la hoguera para Mandinga. El bondadoso fraile rosticero se deshace en disculpas por no poder cumplir la solicitud del abogado. Aduce que el horno no está funcionando bien pero le ofrece el garrote vil, más rápido que el fuego. El curandero venido de Africa no tendrá tiempo de ponerse en manos de sus dioses del Continente Negro. La rueca del garrote vil dará su vuelta letal para destrozarle las vértebras cervicales.
La mujer y los hijos de Tomás Mandinga tendrán que huir a Huatulco antes de enfrentar a los inquisidores. Éstos, además de agandallarse los bienes del ejecutado, exigían a sus familiares una larga lista de “gastos de ejecución”. Entre ellos los salarios del carcelero, el torturador, los jueces y por supuesto el verdugo. El ahorro de la leña habría sido una ventaja.

Remedios acapulqueños

Los acapulqueños, especialmente los muchachillos del medio siglo pasado, estaban de acuerdo en que las heridas y raspones se curaban mejor que el mercurio cromo cubriéndolos con abundante tela de araña. Que la sarna y la tiña se desterraban con el chicalote y que un listón colorado anudado al cuello era recomendable para los enfermos del corazón. Y que nada era tan efectivo contra la tuberculosis que un champurrete de maguey, vástago de plátano morado, mastuerzo, eucalipto y miel de palo.
Que el caldo del pájaro corcocho era eficaz contra la demencia, lo mismo que los piquetes de avispa amarilla. Que la tiricia (ictericia) cedía como por encanto ante la ingestión del chichurro sancochado y, en caso extremo, el caldo de pollo con polvos de calavera humana disueltos. El piquete de alacrán no trababa si se ingerían dos o tres cucharadas de petróleo. El garrotillo se cura hoy mismo tronándolo y tomando tizanas caseras.
Bañar con agua de coco es una cura probada por quienes se han quemado con la tetatlia, una planta muy cáustica cuyo solo roce provoca afectos alérgicos muy dolorosos. Otro medio eficaz es cubrir el cuerpo desnudo con espuma lejía. Para los niños enfermos de coraje se recomienda darles a beber dos o tres cucharaditas de sus propios orines, serenados una noche con dos hojas de tabaco en remojo. Para prevenir tanto el coraje como el mal de ojo, se recomienda colocar en el niño un cordoncito cualquiera bien a manera de collarcito o de pulsera en la mano derecha.
La erisipela, conocida como disípela o risipela requería un tratamiento más complicado. Se ataban con un trapo rojo las articulaciones inferiores del paciente, dándole a beber una infusión a base de yerbas diversas. Se descubría la parte afectada del paciente y sobre las tumefacciones se le frotaba delicadamente un sapo vivo, cuya panza cambiaría de color cuando hubiera absorbido el mal.
El de amores es un mal de ambos sexos y tampoco tiene edad. Se pierden el apetito, el sueño y a veces la lucidez mental. El curandero o brujo rocía con agua con sal el rostro del paciente, le pasa una vela apagada por el cuerpo, lo sauma con copal y termina frotándolo con saliva de mujer preñada.
Salud.