EL-SUR

Jueves 13 de Mayo de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Acapulqueñas 11

Anituy Rebolledo Ayerdi

Septiembre 01, 2016

Felicidades para Rogerio Pano Rebolledo, por el reconocimiento que le ha conferido el Observatorio Ciudadano de Veracruz, por su trayectoria de 24 años como director de noticias de Televisión de Veracruz, Telever.

El kiosco

Corre el año de 1908. El Ayuntamiento de Aca-pulco se encuentra como ordena La Magnífica: “sin cosa alguna” y acuerda por ello concesionar a particulares la construcción de un nuevo kiosco en el jardín Álvarez. Suplirá al de madera construido a la mitad del siglo pasado y cuyo deterioro resulta peligroso para los acapulqueños. El único que responde es el comerciante Tomás Véjar y Ángeles. Este condiciona el usufructo de la planta baja del kiosco durante 12 años, además de la autorización para instalar en ella una cantina mixta o expendio de licores finos, también de helados, refrescos, tabacos y curiosidades. Por su parte, la Comuna se reserva la parte alta del inmueble para la realización de eventos culturales y artísticos y entre ellos las serenatas de la Banda Municipal los jueves y los domingos.
Alrededor de ese kiosco de hierro y madera, instalado en el centro de la plaza Álvarez, convivirán los acapulqueños las tres primeras décadas del siglo XX. Más tarde lo harán en uno sencillo, construido por una Junta Local de Mejoras, encabezada por don Efrén Villalvazo, alcalde de Acapul-co (1935 y 1945). Kioscos antiguos o modernos en los que las acapulqueñas darán siempre la vuelta en el sentido de las manecillas del reloj, mientras que los caballeros lo harán contrario a ellas. Método propicio para las señas discretas, la entrega subrepticia de “papelitos” y la plenitud de las sonrisas afirmativas o las bo-cas fruncidas del rechazo. Don Carlos Adame recuerda a un grupo de aquellas hermosas acapulqueñas.
Georgina Fernández, Tuchi Véjar (hija del concesionario), las Tabares, las Uruñuela, las Villalvazo, las Adame, las H. Luz, las Martínez, las Batani, las Pagnburn, las Altamirano, las Acosta, las Clark, las Sutter, las Galeana, las Vidales, las Guillén, las Valverde, las Terán, las Caballero, las Linares Alarcón, las Medina, las Souza, las Lluck, las Montano, las De la O, las Radilla, las Balboa, las Mazzini, las Salgado, las Del Río, las Gómez.
Las López, las Pedroza, las Arrieta, las Fox, las Aponte, las Nava, las Diego, las Pintos, las Hudson, las Muñúzuri, las Ace-vedo, las Estrada, las Mariscal, las Funes, las Ramírez, las Li-quidano, las Billings, las Vina-lay, las Salinas, las Lacunza, las Sierra, las Sabah, las Calvo, las Condés de la Torre, las Resén-diz, las Cadena, las Avalos, las Ríos, las Aguirre, las Gómez Maganda, las Sthepens, las Casís, las Varcárcel. Y tantas y tantas acapulqueñas que dejaron recuerdos imborrables.
Los mercados

Asistir al mercado diariamente era para las acapulqueñas una experiencia traumática al encontrarse, además de una suciedad peligrosa, con una variación de precios siempre a la alza. El primer mercado de Acapulco se localizó en la plaza Álvarez, entre la parroquia y el actual edificio Pintos, y consistía en tenderetes de lámina y lona. Más tarde se edifica un galerón en la explanada Zaragoza (Escudero) que bautiza al mercado. Un alcalde militar le meterá pico y pala hasta convertirlo en cascajo y su justificación será breve y contundente: “Porque olía a caca”.
Será hasta 1942 cuando se construya el marcado del Parazal Fernández (hoy, Artesanías), llamado así por estar asentado en un terreno lacustre sembrado con zacate del tipo pará – de ahí lo de “parazal”–, un cultivo destinado al pastoreo de las recuas de los arrieros que traían las cosas de fuera, hospedados en el mesón de don Macedonio Bermúdez y doña María Fernández. Será un movimiento intensísimo de recuas procedentes de todas partes de la república, para abastecer al puerto productor de únicamente peces, cocos y calor. Fue su constructor el capitán Antioco Urióstegui, a la sazón presidente del Consejo Municipal de Acapulco. El mercado actual fue obra del doctor Martín Heredia Merckley, alcalde 1966-1968.

Los precios de los 30

Esos son algunos de los precios que regían en el mercado de Acapulco, allá por los años 30 del siglo pasado.
Ojotones y agujones a 5 centavos la docena; huevos de gallina, 3 centavos; gallinas gordas, 12 centavos; leche de vaca, 15 centavos litro; refresco Trébol, hecho aquí, 5 centavos; petróleo para lámparas y candiles, 20 centavos litro; tractolina para estufas, 15 centavos litro.
Cervezas, 20 y 25 centavos y manta, 25 centavos la vara.
Todos son kilogramos: azúcar, 35 centavos; arroz, 20 centavos; frijol negro, 13 centavos; manteca, un peso.
Café corriente, 30 centavos; sal de grano, 6 centavos, lenteja, 70 centavos, piloncillo, 21 centavos, salmón americano, 22 pesos caja; sardina, 30 pesos caja.
Choclo Oscaria. Suela extra gruesa, hule reforzado, café y negro: $9.75.
Juego para rasurar, baquelita colores: $1.49.
Bata baño, cordón seda, señor y señora: $7.50.
Molino para nixtamal, esmaltado en rojo: $7.50.
Cinturón con hebilla de presión, piel fina: $3.75.
Automóvil Ford 1934, 3 mil pesos y Chevrolet 1936, 6 mil pesos.
Y más

Las charamuscas del “Amigo Miguel” se cotizaban en 3 centavos. La mesa callejera de doña Lupe Blanco con tostadas, gollorías, leche quemada, bocadillo de coco y conserva de toronja con miel. Todo a 5 centavos. El arroz con leche cuajada de María Ávila y las nieves de 10 centavos de Proto y Ceferino. Y qué decir de Fidel, el nevero, con su pregón destinado a los gringos: “never de laimon, de laimon la never”. María Ávila, la siempre esperada en el Zócalo con su riquísimo arroz con leche, presumido por ella como el mejor del mundo. Las tostadas de pollo y picadillo de a 5 centavos de Maura Bello, también en el Zócalo. Allí mismo, las boleadas de 10 centavos de La Araña. Y el pan elaborado por doña Nan, en el Pozo de la Nación, “más rico que el francés”, presumía ella.

Doña Juana Quiroz

Juanita Quiroz fue precursora, junto con Jacinta Diego y Virginia Ramírez, del expendio de alimentos en Caleta. Peces y crustáceos capturados allí mismo iban directos a enormes sartenes y cazuelas posadas sobre un anafre con fuego intenso, infernal. No faltaban los antojitos del momento, los cocos consumidos hasta la última carnita por azorados capitalinos y que decir de la novedosa limonada Trébol, embotellada aquí por la familia Pintos.
Un día, cuenta el cronista Enrique Díaz Clavel, llega a Caleta el presidente Lázaro Cárdenas y Juanita Quiroz se acerca a uno de sus ayudantes para preguntarle cómo puede acercarse al mandatario. Este le indica que él mismo le puede conseguir una audiencia en el campamento de la SCT en Manzanillo, donde se hospeda. Y lo hace.
Ante el político michoacano, al que llamará más tarde “mi padre Jesús de Petatlán”, la acapulqueña le pide ayuda para que su hijo Carlos Varcárcel continúe sus estudios. Cárdenas ordena allí mismo que el muchacho sea llevado a la escuela para hijos del Ejército en Cuernavaca y en su momento al Instituto Politécnico Nacional. Seguirán más tarde las hijas Zenaida y Trinidad albergadas en la residencia Eréndira de la familia Cárdenas en Cuernavaca, nombre con el que doña Juana bautiza su restaurante.
Sembrado por el propio Cárdenas, un árbol frente al restaurante Eréndira de Caleta, anuncia una fronda majestuosa. Sus razones tendrá el delegado federal de Playa, o algo parecido, el caso es que ordena cortarlo de raíz. El mismo encabeza a la brigada exterminadora pero no conseguirá su objetivo. Juanita ya lo espera armada con un bolo (machete con mucho uso, muy oxidado el del caso) y lo enfrenta temerariamente. El chilango, imbuido seguramente de la conseja nacional que convertía a los guerrerenses, huye despavorido.
La acapulqueña lo persigue por toda la playa blandiendo el bolo y lanzando sentencias mortales: “Párate, pelón cabeza de… (¡Dios, bendito!, lo era mas bien de bola de billar). Párate, sanababiche (traducción: son of a bitch), para que sepas quien es Juana Quiroz, y sábetolo, “hijodesiete” que ese palo lo sembró mi padre Jesús de Petatlán (Cárdenas, decíamos) y si lo tocas te mato”. El hombre logra abordar su automóvil para huir a toda velocidad y dicen que no paró hasta la ciudad de México. El burócrata no volverá al puerto, por lo menos no a la “playa coqueta de manso oleaje”, cantada por el maese Agustín Ramírez.

La UFIA

Fundada en tiempos de don Porfirio con el lema Concordia insuperabilis, la Unión Femenina Iberoamericana (UFIA) fue una agrupación dedicada a promover la fraternidad y el conocimiento entre los países de América Latina. Proyectar y defender el mensaje de los derechos humanos y el de los valores estéticos, pero sobre todo estrechar la fraternidad y la comprensión entre las mujeres del continente americano.
Fue doña Consuelo Román de Salgado la primera presidenta de la filial Acapulco de la UFIA, habiendo logrado integrar a ella al mayor número de acapulqueñas, comprometidas con los objetivos de la institución. Presidenta en 1990, Violeta Farías Montano entrega el mando de la organización. Lo recibe Gloria de la Peña y Castillo. Durante una ceremonia encabezada por la presidenta nacional de la UFIA, Estela Covarrubias Macías. La crónica del evento fue publicada por Arturo Escobar García, en su página de Novedades de Acapulco:
Portada por Quica Salgado y Catita Bañuelos, la bandera nacional recibe los honores de ordenanza y acto seguido la dirigente nacional entrega la “luz simbólica” de la UFIA a la presidente local. La mesa de honor estuvo integrada así:
María Rodríguez de Ca-marena, Maricarmen de Villa-mil, Cristina Furlong de Ar-gudín, Vicky Gallo de Garcés, representante del DIF municipal; Evelia Villalobos de Cha-velas, por las Damas Voluntarias de la Cruz Roja; Lupita Mejía de Vela, presidenta de la Mesa Redonda Panamericana y Eloína López Cano, directora de la Casa de Cultura de Acapulco,
Entre las “ufianas” anotamos a Chabelita Robles, Laura Fanny Alarcón de Heredia, Petrita Herrera, fuerte pilar de la organización; Celia de Castañón, Irene Ramírez de Maldonado, Adriana Sánchez de Oscura, Irma Berdeja de Mateoni, Josefina Cursain de Salgado, Leticia Salgado de Mazzini, Carmen Salgado de Gutiérrez, Yolanda Rosales de Aguirre, Abigail Mosqueda, Martha Contreras, Tina Morlet, Hilda Sutter, María Luisa Leyva, Lourdes Montano de Meza, Chiquis Robles, Angelita Gua-darrama, Emilia Guadarrama de Moreno, Elenita Avellaneda, Adelita Trani de Avellaneda, Aurora Tostado de García, Lourdes García, Mau Licea Al-caraz, Maritza Gutiérrez de Ar-curi, Emma Otero de Rodríguez y María Catalán.

Doña Hilaria Díaz

No bromeaba Carlos Mendoza cuando adjudicaba a su abuela Hilaria Díaz el invento, allá por los años 30, del más tarde popular y reconfortante Coco-loco. Muy de mañana, doña Hilaria preparaba su bandeja de pescados y mariscos para llevarlos en su canoa hasta las embarcaciones surtas a media bahía y allá ofrecerles a pasajeros y marinos. También llevaba cocos cuya carga era demasiado pesada y escasa la demanda
Un día, contaba el nieto creador del “papalote humano” en el espectáculo de skíes, doña Hilaria amanece silbando una canción, esa del “barrilito cervecero,” y es que algo se traía. Ordena a Puye, su ayudante, que pele completamente los cocos a los que dará en secreto un tratamiento especial. A unos los “bautiza” con un ron de elaboración doméstica por la vinatería El Ciclón, mientras que otros los vacía para llenarlos hasta el copete con tequila. La demanda de estos últimos será extraordinaria, tanta que, en determinado momento, lanchas acorazadas impedirán a la canoa de doña Hilaria acercarse a sus unidades bélicas gringas.

Doña María de la O

“Impresionantes demostraciones de afecto para la mujer más querida del estado”, fue el título a toda página 2 del diario La Verdad. Se trataba de la crónica de la fiesta de cumpleaños de doña María de la O, en su propia casa del Pozo de la Nación cuya puerta advertía: “Prohi-bida la entrada a los enemigos del pueblo”.
“Ayer domingo 11 de enero, Doña María de la O viuda de Castañón –incorruptible, austera, inteligente, vivaz, conmovedor amor al pueblo, odio irreconciliable a los malvados–, cumplió sesenta y cinco años de edad. Puede decirse, sin hipérbole, que la conmemoración de su natalicio fue el acto de mayor contenido humano que hayamos presenciado, tratándose de festejar a una mujer acapulqueña comprometida con su pueblo”.
“Hubo recitaciones, cantos, bailes regionales…, infinidad de regalos, ninguno costoso, todos simbólicos. Hubo brindis por la prolongación de la vida de ‘la Jefa’… hubo alegría de saludar a quien tanto quieren y quien tanto las ha querido. Felicidades, Jefa”.