EL-SUR

Lunes 06 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Acapulqueñas 12

Anituy Rebolledo Ayerdi

Septiembre 08, 2016

Las maestras

La Escuela Secundaria Federal Número 22 (hoy Uno), no pudo festejar sus quince primaveras por carecer de casa propia, la suya había sido destruida por los temblores de 1954. Arrimada, vivirá con el estigma de todos los arrimados de apestar a los tres días. La primera posada se la dará la escuela primaria Morelos y sólo durante un año porque los posaderos la acusan de ser un “elemento perturbador para los párvulos”. Otra vez en la calle. Entonces, la demonizada Federal 22 será acogida por la también primaria Ávila Camacho y cuando al año siguiente no vuelva a ella querrá decir que tiene casa propia.
La Secundaria Uno había llegado tarde al puerto (1939), ¿y qué cosas no? Vienen con ella un brevísimo grupo de maestras que han logrado colarse, quién sabe cómo, por algún resquicio del Muro de la Misoginia Nacional (más ancho y alto del que quiere Trump para México), y cuyo lema es “Las mujeres a la cocina y a la cama”. Allí estarán profesoras cuya vocación les permitirá afrontar las dificultades derivadas del cambio en sus vidas. Pasar de ciudades amables, cualquiera que éstas hayan sido, a un puerto ardiente y ardoroso todavía con dificultades para asimilar al recién llegado. Serán, finalmente, acapulqueñas.
Entre las primeras: Socorrito P. de Vega, Gloria Carro Mancilla, María de los Ángeles Serratos, Sofía Ramón Guige, Guadalupe González, Eva Martínez de León, Margarita Herrera y en los servicios administrativos Lambertina Manzanares y Margarita Muñúzuri.
Tres lindas acapulqueñas, Lidia y Evelia Villalobos y Tere Vela, madrugarán aquel 19 de marzo de 1939 para solicitar ser matriculadas en la Secundaria 22, sin ser esta una escuela confesional, la únicas propias, según la moral reinante, para las señoritas decentes. O tempora o mores.
El número de maestras aumentará con los años: la maestra Alducin, Gloria Tapía Virgos, Luz Elena Jacques Jacques, María Luis Medina de Andraca, Leonor Farfán Pérez, Cristina Zurita, Oliva Garcés, María de la Luz Selbach, Lourdes de Chessal, Francisca de Rosado, Divina Ávila, Elba Orbe Berdeja y Consuelo Hernández Cortés.

Una mujer profesionista

Aludiendo al tema anterior. Un directorio telefónico de profesionales establecidos en Acapulco, publicado por la revista Palpitaciones Porteñas en 1955, revela la presencia de por lo menos 100 de ellos. Son médicos, dentistas, abogados, contadores, ingenieros y arquitectos y entre todos ellos ¡una mujer! Era ella la doctora Josefina de Catalán, cuyo consultorio se ubicaba el propio directorio en el barrio de La Guinea número 12, con teléfono 8-87. Consolará que otra acapulqueña, Clementina Batalla de Bassols, figuraba desde 1919 como la segunda mujer abogada de México.
Entre los 46 médicos y dentistas incluidos en el directorio telefónico aludidito figuraban Ricardo Morlet Sutter, Martín Heredia Merckley, José Gómez Velasco, Manuel Huitrón, Felipe Barajas, Evaristo Canales y Juan Izabal. Los licenciados eran 17 y entre ellos Luis Martínez Cabañas, Rodolfo Pérez, Armando Melgar, José Flores Orozco y Donato Miranda Fonseca (alcalde de Acapulco 1953-1954, secretario de la Presidencia con el presidente López Mateos y en ese tiempo aspirante fallido a “La Grande”). Algunos de los diez contadores con teléfono: Raúl Álvarez, Manuel Hernádez, Nicolás Gómez Vela y Ricardo Martínez May. Cinco de los 20 Ingenieros: Max Loor, Federico Uribe Jasso, Francisco Pérez Boichot y Carlos Aragón. Ora que los arquitectos sumaban únicamente ocho: Pedro Pellandini, Pedro Gorozpe, Manuel Orvañanos Maza, Manuel Mendieta Bueno y Jorge Madrigal.

Mujeres al sol

–Mi nombre es Yolanda Montes pero cuando debuté en México (a los 15 años, con acta de nacimiento falsificada, por supuesto), la dueña del Teatro Iris me pidió un nombre exótico. Entonces inventé los nombres Tongo y Lele que vienen de las islas Tongo de la Polinesia. Mi padre era sueco-español, mi madre francesa tahitiana y mi abuela tahitiana. Yo nací en Spokane, Washington.
Ya en 1977, fecha de esta entrevista de Elena Poniatowska, las mujeres le calculaban a Tongolele 60 años, ¡mínimo! Es un milagro que usted tan maravillosamente bien, le decían.
–Y de veras, señora, ¿cómo?
–Bailando; también hago dieta en el sentido de que no como de todo lo que me gusta. Hoy, por ejemplo, puedo comer poquito postre; mañana frijoles, también poquitos; no como todos los días cosas que engorden. Tomo mucho yogur, fruta y agua; alcohol jamás, me acuesto temprano y me asoleo en la azotea de mi casa.
Toda mi vida me he asoleado: diez minutos de frente y diez minutos de espalda. Para no tostarme ni resecarme me pongo crema humectante en el cuerpo y la cara. Hay gente que en Acapulco se pone al sol una, dos, tres y hasta cinco horas, incluso hay quienes llegan a dormirse bajo sus rayos y esto sí que es nefasto para el cutis.

Max Ávila Camacho

La muerte de Maximino Ávila Camacho en 1945 –“envenenado” , según la voz pública, para atajar sus propósitos demenciales de usurpar la presidencia de la República–, coincide con un baile de gala del Club de Leones de Acapulco Su escenario es la terraza del hotel Las Hamacas, con la luna filtrándose por el tupido palmar.
Es invitado de honor el presidente municipal de Acapulco, José Ventura Neri (1945 y otra vez en 1948) y en cuanto llega plantea a los organizadores la suspensión del festejo por el deceso del hermano mayor y muy querido del presidente de la República (las malas lenguas decían todos lo contrario porque la conducta criminal y rapaz de Max lesionaba gravemente su mandato). Los “leones” aceptan el pedido del alcalde pero con la condición de que el Ayuntamiento reembolse todos sus gastos de la celebración y sea el propio Ventura quien cargue con la suspensión.
¡No la frieguen!, ¿quieren que la gente me linche? –responde el cuñado del gobernador Baltazar R Leyva Mancilla (1945-1956, el primero de seis años)–, y propone una salida airosa. Que la fiesta continúe y que allá por la última tanda de la orquesta él mismo lea la noticia, argumentando que el telegrama acaba de llegar. ¿Y? Bueno, pues, va una barra libre pero sólo para leones y leonas.
Y así se hace. Allá por la “madrugada grande”, la orquesta del maestro Alberto Escobar interrumpe su última tanda, un popurrí de Luis Arcaraz, para que la trompeta toque una llamada de atención. Un trastabillante presidente municipal camina hacia el estrado, muestra con la mano en alto un arrugado pliego amarillo.
–Damas y caballeros, acabo de recibir este telegrama que nos trae la infausta noticia sobre la muerte del señor general de división don Maximino Ávila Camacho, hermano de nuestro querido señor presidente de la República y uno de los más genuinos revolucionarios de este país. Un hombre que quiso entrañablemente a Acapulco y al que debemos tanto los acapulqueños. No dudo que ustedes estarán de acuerdo conmigo en poner fin a este festejo como una muestra de luto, respeto y solidaridad con nuestro primer magistrado, general de división don Manuel Ávila Camacho… Ora sí, don Alberto, termine la pieza…Gracias.
El mensaje del alcalde Ventura es recibido como si hubiera revelado que los huevos de tortuga tienen mucho colesterol. Sin embargo, allá, al fondo, surge un etílico ¡“ya era hora”!, y no se supo si se refería al deceso de Max o al término de la fiesta. No será, por cierto, la única reacción. De una mesa de la izquierda surge una voz estentórea:
–¿Que qué, que quiso entrañablemente a Acapulco?–, es Óscar Muñoz Caligaris, funcionario hotelero y empresario turístico –¡Madres!, fue un “hijueputa” malvado y siniestro que mató, robó y violó impunemente a la sombra de su hermanito menor el Presidente. Aquí mismo, por ejemplo, se apropió del islote de Caleta para construir su residencia veraniega, pasándose la Constitución por el “arco del triunfo”. Alardeaba de que el Mantecas, como le decía al gordo mandatario, le había concesionado incluso toda la playa.
Cada que venía renovaba las amenazas con “echar fuera a la negrada si no caminaba derechita”. “Y, créanmelo, cabrones: al que llegue a faltarle al respeto a mi mujer y a sus invitados lo cuelgo de los güevos”. ¡Y claro que se le creía! A mí, por ejemplo, confesaba Muñoz Caligaris, me la tenía sentenciada. El hijo de la gran puta me dio un mes para desalojar el área rocosa que tengo concesionada al final de Caleta y donde tengo un bar playero. “¡A usted, me señaló en una reunión de locatarios, le aviso que esos “peñascales” suyos le gustaron a mi mujer para hacer quien sabe qué cosa y por tanto tiene 30 días para desocuparlos”. ¡Pero, uf , Dios es grande! ¡Salud! (Muñoz Caligaris construirá en los “peñascales” su Hotel Boca Chica, hoy de la familia Slim. La casa del islote fue expropiada a la viuda de Maximino, Margarita Richardi Romagnoli, por el presidente Miguel Alemán Valdés).

Luna de miel

Alfredo Suárez Vargas, un gordo cincuentón, criador de cerdos de Pajacuarán, Michoacán, y Guadalupe del Río, casi adolescente de cuerpo llenito, pero bien esculpido, llegan al puerto para disfrutar de su luna de miel. Vienen directos al hotel Las Américas donde les han recomendado el bungalow María Bonita, así bautizado porque en él disfrutaron de su luna de miel María Félix y Agustín Lara. Una estancia rodeada de plantas en floración y muy aislada para una intimidad propicia para el amor. La empresa lo anunciaba como “garantía para una unión eterna”. Y mentía, por supuesto, engañaba la publicidad del hotel.
Abierto en 1944, el Hotel Las Américas, localizado casi en la punta de la península de Las Playas, gozaba de merecida fama por la calidad de sus servicios y la esmerada atención de su personal. Acapulqueñas, particularmente: Estela Maganda, Flora Alarcón, Emma Trujillo, María Luisa Sandoval, Carmen Villalba Muñoz, Flora Martel, Adelina Cisneros, Perfecta Abarca, Julia Valente, Margarita Peláez, María Hernández, Dora Cuevas, Josefina de la Barrera, Felicitas Leyva, María Eugenia Munguía, Olimpia Díaz Vargas, Hilda Moctezuma Hernández y Enedina Soto Gómez.
¿Y la pareja? El novio regresa una semana más tarde a Pajacuarán con la novedad de que “Guadalupe se perdió”. “¿Cómo que se perdió?, ¡Si no iba sola!”, reprocha la familia. “Sí, de veras, al tercer día en el hotel, muy de mañana me dijo: Fello, orita vengo, voy a la farmacia a comprar cosas de mujer. Y ya no regresó. Por más que la busqué por todo Acapulco, no dí con ella. Yo tengo el pálpito de que la asaltaron pues ella cargaba los tres mil pesos del viaje”.
Recelando del relato del marido, un primo de Guadalupe pide ayuda de un amigo periodista de la capital. Se trata del popular Güero Téllez Vargas, de El Universal, quien es especialista en la nota roja y tiene por ello buenas relaciones con la policía. Además de interesarse por el caso, el Güero jamás desairaría prometedores atracones de ostiones y camarones acapulqueños.

Lengua floja

La comitiva arriba al puerto integrada por Güero Téllez, el primo de la novia, un agente de la “policía secreta”, amigo del periodista, y el propio marido manejando el auto y costeando el viaje, pero por supuesto. Antes de emprender la búsqueda de Guadalupe, los sabuesos buscan una cantina donde se sirva botana marinera. Se instalan en el Perico marinero y empiezan a “chelear”. Pronto, El Carnitas, como ya apodan al marido, se levanta al baño. Momento aprovechado por El Güero para dar a conocer su plan: Todos ellos se moderarán en las libaciones, pero al marido le cargarán la mano a ver si así se le suelta la lengua. Como fue. A eso de las 10 de la noche Suárez dirá hasta lo que no. “Esto es solo para los amigos”, advierte desde otra dimensión:
–Me casé con Lupita creyendo que era como son las monjas michoacanas, pero no. La primera noche me exigió en la cama cosas que yo, a mi edad, ni por aquí. Dos días me bastaron para conocerla tal cual, una putita bien hecha. Coqueteaba descaradamente con los meseros y con los que cargan las maletas. Un cabrón de esos se atrevió a pedirme permiso de llevar a “mi hijita” a la Roqueta. No lo madrié porque no era su culpa Y en Caleta, señor, en Caleta… Al rato de llegar a Caleta me quedé mudo cuando se quita el vestido y aparece tapada con un traje de baño “ansinita”, señor, enseñando lo de arriba y lo de abajo. La llamé desvergonzada, recordándole que las mujeres del pueblo se bañan en el río con pantaleta y fondo. Se burló de mí. Para hacerme más rabiar, en ese momento que me enseña una polvera de plata y la presume como regalo de un novio ¡con el que había bailado en nuestra boda! Esto era lo último que le iba a aguantar, me dije, y entonces decidí regresar solo al pueblo. Conduje hasta la salida de Acapulco, La Garita, le dicen, la metí al monte y ahí, hincadita, le metí dos plomazos en la nuca.
Las autoridades judiciales de Acapulco no le darán al Güero ni crédito ni las gracias por haberles resuelto el crimen. Aún más, se quedan con el auto del homicida y a la comitiva la regresarán en “La Flecha”. Tan sólo a los dos años del uxoricidio, Suárez obtendrá su libertad absoluta. Él la adjudica a su buena fortuna, la una y la otra. Los presos de la cárcel lo extrañarán porque cada semana, por lo menos, le mandaban carnitas de Michoacán.