EL-SUR

Jueves 13 de Mayo de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Acapulqueñas 19

Anituy Rebolledo Ayerdi

Octubre 27, 2016

Olivia Molina

Olivia Molina –alta, esbelta, tez apiñonada, grandísimos ojos verdes, amplia la sonrisa–, se declaraba acapulqueña y si ella quería serlo no era cosa de desmentirla. Vivía en el centro de la ciudad (Progreso) en vecindad con este tecladista (Independencia) que se la topaba cuando caminaba a la escuela Secundaria Federal Uno. Admirada entre sus compañeros por cantar covers de Ricky Nelson, Paul Anka y Brenda Lee. A veces acompañada por Los Robin, un grupo porteño de roqueros. Cosas de chamacos, se decía de ellos.
Sucederá, sin embargo, que un día la escuchan buscadores de talento de la disquera Peerless y de inmediato la invitan a la ciudad de México. Allá pronto dará el campanazo. Será sonorísimo con un tema simple e intrascendente como Juego de palabras (… Pedro bobedro banana fana fofedro fifaimo medro… ¡Pedro!”), su primer disco sencillo. El LP contendrá, además, Mensajes en clave, Mi pesadilla, Shimmy-Shimmy, Hard rock café, Pony Pony, Déjenme llorar, Cuando calienta el sol y El corsario. Vendrán más tarde Tus cartas, El no me besará, Los mandé a saludar y Canta.
El musicólogo Federico Arana habla de ella en Guaraches Azules, historia del rock en México (tomo 2):
“Olivia Molina, cantante acapulqueña emigra a Alemania en 1964 cuando su versión de Juego de palabras estaba en pleno auge. Olivia se nos fue por ser hija de una señora alemana que casó con un músico chiapaneco y después de enviudar decidió regresar al terruño con maletas, canasta, perico e hijos. Con todo, el episodio resultó bien porque la Molina apenas si se defendía con sueldos nada generosos, en Ruser, Pao Pao, Milleti y Chips. No tardó en pegar su chicle y después de muchos años y fatigas, devino en “afamada cantante de ever greens, rock conservador y música folcloroide hispanoamericana.”
A los tres años de su llegada a tierras germanas Olivia recibe el “Caballito de Bronce”, otorgado por una radiodifusora del DF y entregado por un diplomático mexicano. Se premiaba el persistente éxito de Juego de palabras, un verdadero trabalenguas que acá nadie había podido deletrear con su gracia. Para 1970 alcanzará el privilegio de ser la primera cantante mexicana aceptada en el First German Women’s Cabaret. Mismo año en el que participa en el musical alemán Sorbas y se presenta en los programas de televisión Sender Freiess Berlín y Lodynki´s Flohmarkt de Austria. También hace teatro musical con Kiss me Kate y Thee penny ópera.
Una canción de su autoría, Das Lied (Esa canción) le hace ganar el gran premio otorgado por la German Schlager (hit) Competittion y emprende una gira con la obra Mahagonny por Alemania, Holanda, Austria y Suiza. Graba enseguida el LP titulado Allemaine Jahrzaiten, con tanto éxito que la West German Radio produce un programa de TV con el mismo título. Es declarada “La mejor artista de 1977”.
Tres años más tarde la acapulqueña gana otro título en el Nodrig Festival de Helsinki y organiza una primera gira con su famosa Misa Latinoamericana. Pieza basada en villancicos navideños americanos, además de recrear las posadas mexicanas. Un espectáculo que reunirá en 1983 a más de cien mil espectadores recibiendo el galardón Golden Admission Ticket.
Olivia Molina dará una muestra de generosidad y altruismo muy pocas veces conocido en su gremio. Dedicará los frutos económicos de tales giras a instituciones de la Ciudad de México al cuidado de niños sin hogar. Y más, llevará a sus giras a por lo menos media docena de niños mexicanos, integrándolos al coro del espectáculo.
Algunos títulos de sus muchos LPs: Mexiko, Canción Mixteca, Mariachi, Las Posadas, Gala Navideña, Posada en mi tierra, El Nacimiento y Sinceramente. Incluyen entre otras piezas Sabor a mí, Amor, amor, Frenesí, Quizás quizás, Bésame mucho, Porque te amo, Canción mixteca, Cucurrucucú Paloma, La Bamba y El corrido de Pancho Villa.
De acuerdo con su biografía oficial, Olivia Molina habría nacido el 3 de enero de 1944 en Copenhague, Dinamarca, hija de una ciudadana alemana y un músico originario de San Cristóbal de las Casas, Chiapas. Lo que de ninguna manera le quita lo acapulqueño.

Los Iguanos

Hasta donde he podido averiguar –comenta el citado Federico Arana–, el primer grupo mexicano que lió sus bártulos para dar a los norteamericanos una sopa de su propio chocolate musical fueron cuatro jóvenes acapulqueños (entre quienes se encontraba Tito, hermano menor de Olivia Molina) que unieron sus fuerzas con un baterista chicano para formar Los Iguanos. Grabaron cuatro números para la Dunhill Records: Diana, Meet me tonight little girl, Come on get it from me y Don´t come running to me.

Pozole, legado azteca

Interrumpimos la serie Acapulqueñas, en este que sería su último capítulo, para hacer un cariñoso recuerdo de Félix J. López Romero, el cronista de Chipancingo fallecido hace una semana. Se trata de la reproducción de una de sus muchísimas crónicas (La Cazuela de Pozole), contenida en su libro Chilpancingo, Cosas del ayer. Una sabrosa reseña del platillo legado por los aztecas quienes, según su propia versión, lo cocinaban con carne de perro y en guerras con carne humana.

Hela aquí:

“El chilpancingueño tiene entre sus costumbres arraigadas ir a comer pozole. Es a no dudarlo el único disfrute que le queda pues han pasado a mejor vida los paseos para degustar el toronjil con semita. O bien acudir al mercado a saborear los sabrosísimos tamales de manteca, carne, ciruela o “heridos”. Siempre acompañados por un humeante jarro de atole blanco con conserva, de piña, pinole, arroz con leche o champurrado.
Hoy son otros gustos porque la población ha encontrado en lo extraño a sus costumbres, una nueva forma de vida que se ha arraigado desterrando lo propio.
Lo único que ha prevalecido y que inclusive ha arrastrado al nuevo avecindado es el pozole, el cual es saboreado en sus variedades blanco y verde. Amantes de lo exquisito han dosificado algunas extravagancias en torno al pozole, las mismas que lo hacen perder su natural sabrosura.
El pozole es un platillo que nos legaron los aztecas; ellos lo guisaban con carne de perro xolotzcuintle cebado para ese propósito. Ora que si se trataba de festejar a algún guerrero, el guiso era de carne humana obtenida de enemigos muertos en combate o prisioneros sacrificados. Así lo refiere fray Diego de Durán en su Monarquía Indiana, con el que nunca estuvo de acuerdo doña Eulalia Guzmán Barrón, descubridora de los restos de Cuauhtémoc en septiembre de 1949. La antropóloga tampoco aceptó la celebración de sacrificios humanos.

El pozole, origen remoto

No tiene el pozole un punto de partida en su elaboración como sucede con el mole poblano que la tiene en el convento de Santa Rosa. El pozole nos llegó desde tiempos tan remotos que sus fechas se han perdido. Don Fernando de Monserrat, a quien se atribuye la traza de Chilpancingo y su repartimiento en barrios (1762), será uno de los propagandistas más entusiastas del guiso. Lo llevará incluso a la mesa del virrey Joaquín de Monserrat, su tío, quien tuvo palabras de encomio para el platillo.
Hasta hace relativamente poco tiempo, el pozole guerrerense se servía con su inseparable mezcal y era elogiado en todas partes. El célebre periodista Carlos Denegri, de Excelsior, acuñó una frase para la posteridad: “A los guerrerenses los une el mezcal y el pozole, pero cuando hablan de política se dividen”. ¡Qué verdad!
Un pozole que hasta ahora no ha tenido paralelo es el que solía preparar doña Rita Neri, en su domicilio de las calles de Ignacio Ramírez, casi esquina con Pedro Ascencio. Lo hacía con una receta que según ella le había trasmitido su abuela. Tan sabrosísimo en verdad que hace sesenta años los chilpancingueños hacían cola para degustarlo.
Doña Godeleva Aponte tuvo una mano precisa para prepararlo en sus variedades blanco y verde. Ella tenía su establecimiento en la calle del Dr. Liceaga, casi esquina con Cuauhtémoc, en el añejo barrio de San Mateo. Más arriba, en Leona Vicario y Belisario Domínguez, estuvo doña Josefina Santos, mujer también de muy buena sazón y muy buscada por lo mismo.
En San Antonio, doña Eudocia Docha Santos era la más experta en la preparación del pozole, razón por lo que su clientela fue tan abundante como exigente. En Santa Cruz, las Nava preparaban en Galeana el exquisito pozole verde que las distinguió. A esta familia se debe la introducción de los tacos como botana, previa al plato principal. Le siguieron otras más hasta llegar a la exageración de casi relegar el pozole a un segundo plano.
En la actualidad, ir a comer pozole resulta muy costoso. Ello si tomamos en cuenta que, antes de que llegue este sabroso guiso, debe darse cuenta de tacos, chiles rellenos, patitas a la vinagreta, tostadas, carnitas y longaniza. Además, se ha llegado a lo exótico de aderezar el blanco con huevos, sardinas y quesos. Hay incluso quienes lo comen con bolillo y en el colmo con pan de caja.

Sin tantos menjurjes

El pozole verde es elaborado con semilla de calabaza y ya muy pocas pozoleras lo hacen con la ayuda de la hoja de mole para enriquecer su sabor. Se ha conservado casi puro, sin tantos menjurjes como lleva el blanco. Antiguamente, como arriba se dice, el pozole se servía solo acompañado con un jarro de mezcal, hoy son pocos los que lo hacen. Y es que los comensales piden desde cubas libres hasta coñaques y güísquis.
Chilpancingo, Tixtla y Chilapa se han disputado desde siempre la hegemonía en la elaboración del pozole. Yo que he probado por mucho tiempo de los tres, pocas variaciones he notado entre ellos: los tres tiene buena calidad. En Chilapa se mantiene el estilo de la cazuela familiar, en Tixtla se creó el pozole de frijol y en Chilpancingo se le acompaña con tostadas.
En Acapulco el pozole se ha vuelta un platillo de moda estableciendo los días jueves para degustarlo, los famosos ‘jueves pozoleros’. Se sirve incluso en hoteles de lujo.
Sábados, miércoles y jueves son aquí días tradicionales de pozole. Hay pozolerías que han revolucionado en el aspecto físico, dejando atrás la cocina hu-meante. Lo que no ha cambiado es la manera de servirlo, siempre en cazuelas de barro aunque a veces se introducen vidriadas. Lo que si ya se perdió fue la costumbre de comer el pozole con cucharas de sotol.
Como tradicionalista que soy no ocurro a lugares donde se sirve primero la botana. Sigo gustando del pozole y por lo mismo semana a semana voy a lugares donde sólo se sirve pozole. Como que a eso voy”.