EL-SUR

Jueves 13 de Mayo de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Acapulqueñas 25

Anituy Rebolledo Ayerdi

Diciembre 08, 2016

Melchor, Gaspar y Baltazar

La Feria de Acapulco, Ciudad de los Reyes, se crea para la exhibición y mercadeo de los productos traídos de Oriente por la Nao de Manila. Se celebra la primera del 10 de enero al 25 de febrero de 1582. Las exóticas mercaderías o “chinerías” se exhibían sobre tablones y petates en la plaza principal y a lo largo de la playa (vestigios de cerámica china fueron encontrados recientemente en una excavación junto a la Biblioteca Alarcón). Alguna carga selecta venía consignada directamente a familias capitalinas y algún remanente iba al mercado de El Volador en la propia capital de la Nueva España.
Tal será el modelo que arraigue en México para la celebración a lo largo de centurias de fastos religiosos y patrióticos e incluso hasta nuestros días. Ferias que constituirán un poderoso imán turístico y en cuyas corrientes se colará gente de toda laya; comerciantes, artistas, ladrones, criminales, fulleros y muchas “güilas”. Una de estas es el personaje central de la leyenda narrada por el cronista don José Manuel López Victoria. Dice:
“Procedente de la Hacienda de El Zanjón, propiedad de la familia Galeana de Técpan, hoy San Jerónimo de Juárez, la paisanita María Marcela Martínez llega al puerto en 1792. Viene a encontrar un oficio que le cuadre y lo encuentra en el llamado “más antiguo del mundo”. La belleza de la costeña, sus ancas de yegua cimarrona, la convierten muy pronto en favorita de comerciantes ricachones y personajes relacionados con el poder virreinal. Los días de vino, dinero y amor terminarán cuando la Nao inicie su tornaviaje. Acapulco vuelve a su estatus permanente de puerto sucio, fangoso y desolado y entonces las caricias de María Marcela solo serán demandadas por marineros, peones y cargadores.
Un día –sigue narrando don Manuel–, “la parda” enfermó inesperadamente y el 25 de octubre de 1794 dio luz a triates, o sea, tres criaturas. Los acapulqueños, entonces pocos, pero siempre muy mitoteros, se enteran con gran escándalo de que los tres chilpayates tienen características diferentes. Uno es blanco, otro negro y el tercero indígena, lo que interpretan como obra de Lucifer. La parroquia tendrá sus mayores aforos de mujeres demandando la intercesión de San Miguel Arcángel (“san Miguelito, se nuestro amparo contra la perversión y las acechanzas del demonio”), para arrojar al demonio. No faltará, de ninguna manera, los guasones que den al suceso un sesgo jocoso llamando a las criaturas Melchor, Gaspar y Baltazar, o sea, los tres Reyes Magos con dos meses de adelanto.

Yo te bautizo

Fue la piadosa vecina doña Paula Vargas quien, con el consentimiento de la madre, tome a las criaturas para llevarlas a bautizar a la parroquia del puerto. La movilización será masiva. Los acapulqueños van seguros de presenciar el cuadro satánico elaborado por sus propias mentes morbosas. “Que el agua bendita chisporrotearía al bañar las cabecitas de los recién nacidos y que estos lanzarían extraños bramidos que harían retumbar los cerros que acunan a la bahía”. Nada pasó, sin embargo.
“Yo te bautizo en el nombre del Padre…” sentenció el sacerdote con mano temblorosa dando a los niños tricolores los nombres de José María, Miguel María y Vicente María. Una voz dulcísima se escuchará enseguida proclamando: ¡ahora sí, mis niños, derechitos al cielo! Seguros de ello, los porteños se enterarán al día siguiente del deceso de las tres criaturas. De la madre no se sabrá más.

Picos pardos

El cronista López Victoria alude a “la parda” cuando se refiere al personaje que “vende caro su amor”. Y era que quienes lo hacían estaban obligadas a vestirse con un modelo único, uniformadas, pues. Se trataba de una saya cortada por los bajos en picos y de color pardo identificándolas como las “picos pardos”. Tales damas, según las ordenanzas reales, tenían prohibido usar vestidos talares, sombrillas y guantes; solo una mantilla para los hombros, corta y encarnada.
Ya en el Siglo XX mexicano, ya sin la vigencia de la orden real y vistieran aquellas como vistieran, los caballeros encubrirán sus salidas nocturnas con la frase de “irse de picos pardos”, que nada decía a las señoras. Estas, creyéndolos involucrados en tareas heroicas los despedirán con un “cuídate, vidita”.

Plañideras y gimoteras

El cronista acapulqueño Rubén H. Luz Castillo, relata en Recuerdos de Acapulco que su abuelita le hablaba un extraño oficio practicado por las acapulqueñas. A quienes lo ejercían se las llamaba “plañideras y gimoteras” aludiendo tal nombre a la tarea que tenían de llorar y gimotear en velorios y sepelios mediante una paga convenida. Las percepciones de tales lloronas estaban de acuerdo con la jerarquía del difunto y las propinas dependías de sus desempeños personales.
En aras de pagas extras generosas, algunas plañideras lograban auténticas actuaciones dramáticas llegando en no pocos casos al desmayo. El llanto desgarrador iba casi siempre acompañado de lamentos exaltando las virtudes y bondades del difunto o difunta. –“¡Por qué te la llevaste , Señor, si era tan buena y ayudaba tanto a la gente”–, e incluso los gustos culinarios –“¡Te fuiste, Don Tirso , con tanto que te gustaba la butifarra!”–, y así hasta los reclamos sobre infidelidades conyugales aconsejados por las viudas.
Y coronada nuevo hay bajo el sol, hoy se sabe que la existencia de lloronas pagadas está documentada en el arte funerario egipcio. Más. El profeta Jeremías hará traerlas de todas partes para hacer sentir de un modo más enérgico la devastación de Judea. El las llamará lamentatrices. Mismo servicio común en otras naciones, particularmente Grecia y Roma. Los romanos llamaron praefica a la llorona principal, la que daba a sus compañeras el tono de tristeza que convenía, según la categoría del finado.
Cubiertas con un velo negro, las lloronas portaban en la mano un vaso en el que recogían las lágrimas derramadas por encargo. Los vasos llamados lacrimatorios se depositaban en la urna, junto con las cenizas del difunto. (Wilkipedia).

Ana Barreto

La acapulqueña Ana Barreto manifiesta desde edad temprana sus inquietudes artísticas en cuanto a formas y colores. Preparatoriana, las formaliza tomando clases de pintura impartidas gratuitamente en el teatro Domingo Soler. Vendrá más tarde la consolidación de su formación académica en la escuela de San Carlos (Escuela Nacional de Artes Plásticas de la UNAM). Obtiene la licenciatura en Artes Visuales y la maestría en Grabado.
Ana Barreto no desaprovecha una beca para cursar en el extranjero un taller de impresión en Offset. Lo imparte el Community College de San Francisco, California, logrando excelencia. Allá se involucra en un intenso movimiento artístico-cultural, particularmente en uno transgresor denominado cómic urderground (historietas que contravienen los cánones tradicionales y se dedican a minar los sacrosantos principios de la sociedad).

¿Por qué la historieta, Ana?

–Es algo muy personal, una proyección necesaria, vital. La historieta es lo más accesible, lo más directo y lo más económico para expresarte. Sólo necesitas papel, lápices, estilógrafos y muchísimas ganas de decir cosas a través de imágenes y diálogos.
Resultado de tal dominio fue la incursión de la artista en las páginas del suplemento Histerietas de La Jornada, donde se divirtió de lo lindo haciendo sátira social. Al mismo tiempo empezó a dibujar calendarios, primero a base de caricaturas y después definiendo la anatomía humana.
Ana Barreto recuerda una antigua militancia en el movimiento feminista de México, tan antigua que entonces cursaba la licenciatura en San Carlos. Fue en aquél entonces cuando diseñó uno de los carteles utilizados por el “Centro de apoyo a las Mujeres Violadas” para sus campañas en todo el país. Su cartel Denuncia la violación destacará en varias exposiciones como la de Mujeres ¿y que más?, en defensa del género femenino.
Creatividad y disciplina llevarán a la artista gráfica al cine y a la televisión. Los comerciales para este último medio enriquecieron su oficio mediante el uso de diferentes técnicas: pintura escénica, textil, body paintings (maquillar con dibujos el cuerpo humano, una experiencia tan antigua que data de los principios de la historia), y storyboards o guión gráfico (conjunto de imágenes mostradas en secuencia para entender la historia) y otras.
Por lo que hace a la participación de la acapulqueña en el cine, destacan sus trabajos en largometrajes como Romeo y Julieta, La Otra Conquista, En el tiempo de las Mariposas, Arráncame la Vida, Santitos, El Atentado y El Baile de San Juan.
Una variante del quehacer artístico de Ana Barreto es la pintura mural. Aquí los ha ejecutado en el restaurante La Cabaña de Caleta, de Fernando Álvarez, notable mecenas cultural del puerto; en el Centro Cultural y Gastronómico Corazón de la Ceiba, en Costa Azul (El Llamado) y está por entregar uno bellísimo con solo figuras infantiles en el Instituto Estatal de Cancerología Dr. Arturo Beltrán Ortega, en la avenida Ruiz Cortines.
Ana Barreto, como se ha dicho, gusta experimentar con diferentes estilos, técnicas y soportes. Van estos desde la elaboración de aretes de latón y plata, mandalas, retratos de mascotas, mascadas, diseño de tazas, cojines y muebles. Pasión, disciplina y diversión son materia prima en cada uno de sus proyectos, cuyos resultados se traducen en la satisfacción de aportar lo mejor de sí misma como artista y como ser humano.

Raya y Línea

Raya y Línea es el nombre del taller y galería de pintura y dibujo abierto aquí recientemente por la muralista en el barrio de La Playa (frente a la gasolinera del malecón).
Se trata –explica ella–, de una muestra de mi más ferviente deseo de crear y compartir espacios independientes con la niñez de Acapulco, donde ellos y ellas exploren libremente sus creatividades.
Hablando para El Sur, la creadora se refirió a la ubicación de Raya y Línea: “Es que de este lado de la Costera no tenemos nada, estamos como olvidados”. Artista comprometida con la enseñanza, ya ofrece diversos talleres principalmente de artes plásticas.
Empezamos con uno de pintura y dibujo donde se manejan varias técnicas: dibujo básico, pintura acrílica, óleo o wash sobre diferentes soportes. Estos irán desde textiles hasta piedras de río.
Por las tardes se atiende a los niños y por las mañanas a los adultos.
–Ojalá que gente de todos los barrios vecinos se animen a visitarnos, confía Ana, finalmente.
Raya y Línea, sostiene la muralista, es un espacio alternativo que no tiene financiamiento de ninguna índole, ni del gobierno ni empresarial ni partidista. Lo asumimos un grupo de amigas para difundir un poco de arte entre los acapulqueños. Por lo menos esa es nuestra intención, concluye.