EL-SUR

Lunes 06 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Acapulqueñas 5

Anituy Rebolledo Ayerdi

Julio 21, 2016

Laureana de Taxco

Que ni mandado a hacer el título de esta entrega para adentrarnos en el recuerdo de mujeres acapulqueñas que, siéndolo con orgullo y reciedumbre, han participado en la construcción de una sociedad cuya armonía luchan hoy por preservar. Una sociedad vital que aparenta muchas veces indiferencia y sumisión pero que al final no se arredra ante los avatares. Saca las uñas por Acapulco y cuidado con ellas. Mujeres acapulqueñas insumisas que no aceptaron la consigna superior de vivir en la ignorancia, que este era el estado deseado para ellas, dizque por ser simples costillas del hombre.
Mucho tendrá que ver con esta lucha emancipadora el pensamiento avanzado, luminoso, y revolucionario de la señora Laureana Wright González de Kleinhans (1842-1896), paisana originaria de Taxco de Alarcón. Ella dará en 1891 un campanazo libertario con su libro La emancipación de la mujer por medio del estudio, cuyas primeras letras dicen así:
“Desde los primero días del mundo pesó sobre la mujer la más dolorosa, la más terrible de las maldiciones: la opresión. Y era preciso que así sucediera, pues el hombre que se ha dado el pomposo título de ‘señor de todo lo creado’, no podía conformarse con subyugar a todas las demás especies vivientes; era preciso que subyugase también a la suya, que redujese un cincuenta por ciento de su raza a cero, y este cincuenta por ciento, por la razón de su fuerza, debía ser mujer. El hombre mismo hallará arbitrios para legar su pensamiento a la posteridad, que en todas las tradiciones de los pueblos atribuye a la mujer un origen inferior o procedente del suyo”.
Hija de estadunidense y mexicana, la taxqueña será precursora del feminismo y de la lucha por el sufragio universal femenino. Lo hará organizando a las mujeres y a través de su revista Violetas de Anáhuac, la primera publicación mexicana confeccionada exclusivamente por damas. Laureana, como pedía que le llamaran, simplemente, epiloga su texto referido con estas palabras:
“Lo repetimos: sólo hallándose la mujer a la misma altura que el hombre en conocimientos, podrá levantar su voz, hasta hoy desautorizada, diciéndole: ‘Te reclamo mi reivindicación social y civil; te reclamo mis derechos naturales para poder cuidar de mí misma y de mis principales deberes que son los de la familia, de cuya educación, dirigida por mí, dependen la sólida cultura de las generaciones futuras. Co-nozco el lugar que debo ocupar; yo no soy la esclava sino la conductora de la humanidad”.

Solo para varones

Fue en el siglo XVII cuando se establece en Acapulco lo que sería primera escuela de enseñanza elemental. La establecen en su propio convento los recién llegados misioneros franciscanos, atrás de la parroquia de La Soledad. Convento de San Francisco cuyo último uso, el de hospital, se lo dará dos siglos más tarde el Jefe Morelos. Los frailes franciscanos procuraron la doctrina católica para los muchos niños del puerto y es casi seguro que les hayan dado luces sobre el alfabeto. Aunque quién sabe, porque “no eran niños de razón”.
El censo de población levantado en Acapulco en 1777, a cargo de don Juan Josef Solórzano, revela aquí una abigarrada composición social basada en etnias y extranjerías. Mujeres y niños españoles no los había, sí soldados en la fortaleza San Diego esperando piratas que nunca llegaron. Los dignatarios enviados por la corona no residían en el puerto. Les resultaba inhabitable por causa del calor, los miasmas, los murciélagos y los terremotos, entre otras amenazas constantes. Re-sidentes en Dos Arroyos o Xaltian-guis venían a veces de visita.
El censo citado, quizás el primero de Acapulco desde su fundación, arrojará un total de 2 mil 565 habitantes, integrados en 605 familias. Mestizos, indígenas, chinos (¿filipinos?), negros, mulatos y “lobos” (nacidos de india con negro). El universo infantil era de 803 menores –433 niños y 370 niñas– y por los números y las lenguas es difícil pensar que todos hayan sido atendidos por los franciscanos.

Siglo XIX

Un brinco espectacular nos lleva al levantamiento armado de Porfirio Díaz contra el gobierno de Sebastián Lerdo de Tejada. Memorable para los niños porque aquí se cierra la única escuela de gobierno, eso sí, exclusiva para varones. Recuerda Rubén H. Luz que la omisión gubernamental en materia educativa fue suplida por particulares. Don Daniel H. Luz y don Antonio Martínez, por ejemplo, instalaron en sus domicilios escuelitas para enseñar el abecé. Notables las acapulqueñas que hicieron lo propio durante la mitad del siglo XIX.
Recrea el autor de Recuerdos de Acapulco aquellos días de escuela. Las calificaciones, por ejemplo, iban del 0 al 4: 0 mala, 1 regular, 2 buena, 3 muy buena y 4 excelente. Ora que en materia de castigos las cosas no eran menos drásticas. El “flojo” se quedaba de guardia en la puerta del plantel y sólo entraba al salón hasta después del recreo. El díscolo o relajiento recibía una buena ración de azotes en la espalda con una vara de zazanil o bien tres golpes con la palmeta (trozo de madera con forma palmeada) en las manos extendidas. La exhibición del alumno en una ventana a la calle, luciendo largas orejas de burro, era un castigo menor. Mayor e incluso cruel hincarlo sobre arena gruesa, con las rodillas descubiertas. (El fruto de zazanil, además de sabroso, pegaba mejor que hoy todos los resistoles).

Siglo XX

El nuevo Siglo XX, con don Porfirio en plena borrachera centenaria, encuentra a un Acapulco cubriendo apenas sus necesidades educativas. A la escuela para varones con el nombre de Miguel Hidalgo y Costilla se ha sumado a regañadientes una “escuela para niñas”. Ambas se localizan en la calle México (hoy, 5 de Mayo) esquina con el callejón de El Mesón (hoy Mina). Pero entonces “vino el remolino y las alevantó”. Irrumpe en efecto la lucha armada y lo primero que hace uno de los alzados es desalojar ambas instituciones educativas. Las habilita como cuartel militar y caballeriza. Pero no todo para allí, la paranoia del general Silvestre Mariscal irá mucho más lejos.
Decreta por sus “tompiates azules” la militarización de la escuela Miguel Hidalgo. Uniforma al alumnado con el color caqui castrense e incluso lo dota con rifles de madera. Los chamacos aprenden a marchar con ellos y los más chiquillos hasta les disparan gritando ¡pum! La indisciplina se castiga con plantones “con dos fusiles en posición terciada”, hasta de dos horas. No faltan los sablazos en la espalda con el espadín de Mariscal, según lo recuerda el periodista Jorge Joseph Piedra, alcalde de Acapulco en 1960.
Finalmente, la escuela Miguel Hidalgo encontrará acomodo en una casona localizada en la esquina de los callejones del Brinco y del Mesón (hoy, Galeana y Mina), prestada generosamente por don Simón Chamón Funes, un personaje icónico del puerto. La escuela para niñas, por su lado, encontrará albergue en una casa de la calle Progreso, a la altura del Pozo de la Nación. Dirigía la primera el maestro Miguel Carrillo Robredo y la segunda la maestra Hipólita Orendáin. Esta será más tarde directora del colegio Guadalupano.

La escuela Real

Todas las escuelas oficiales de México estarán sometidas durante los primeros 40 años del siglo XX, o más, a la atávica denominación de “Real”, con la que se resaltaban durante la Colonia las bondades del soberano español. Y se concitan desde luego el agradecimiento de los súbditos ultramarinos para la bienhechora monarquía absolutista. Nadie nunca notó la contradicción que significaba la denominación de “Real” para la escuela Revolución del Sur. La de este escribano en San Jerónimo ¡de Juárez!

La Altamirano

De acuerdo con el testimonio del cronista de la Ciudad, Enrique Díaz Clavel, la profesora Felícitas Victoria Jiménez Silva –espigada, pequeña, muy blanca, ojos cafés– egresada a los 18 de la Escuela Normal de Tixtla, su tierra natal, cumple aquí su primer contrato laboral. Llega al puerto en1905 acompañada por su mamá Benigna y su hermana Gregoria. Viene recomendada ampliamente para hacerse cargo del colegio confesional “Guadalupano”, sostenido por el párroco Leopoldo Díaz Escudero. Está dedicado a las niñas de la colonia española, sin posibilidad de que se les colara por ahí alguna negritilla porteña.
La tixtleca damita no estará de acuerdo en la intromisión del patronato escolar en sus cátedras, particularmente en la de Biología; tampoco a destinar más tiempo a las aleluyas que a la lectura. Toma la decisión de renunciar pero antes hará todo lo que esté a su alcance para lograr una escuela oficial para niñas. La gestiona ante el gobernador del estado, Manuel Guillén, con quien coincide en el nombre de la nueva institución: Ignacio Manuel Altamirano. Nace como regalo de Reyes el 6 de enero de 1906.
Un primer escollo será conseguir el número necesario de maestras mujeres. ¿Profesores? ¡Ni Dios lo mande, son unos arrechos! El problema será superado mediante la habilitación de educadoras particulares que lograrán, finalmente, con la dirección de Chita, sacar una excelente primaria. Ellas: Amelia Alarcón, Ambrocia Bocha Tabares, María de la Cruz Martínez, Aurora Apresa y Ernestina Tina Clark. Ora que las propias aulas de la Altamirano serán formadoras de mujeres con vocación docente: Rosaura Chagua Liquidano, Paula Velarde, Andrea Olívar, Emilia Lobato y Francisca Pachita Merel.
Cuando todo Acapulco empiece a llamar cariñosamente “profesora Chita” o simplemente “Chita Jiménez”, la educadora venida de Tixtla tendrá que olvidarse que alguna vez fue Felicitas Victoria Jiménez Silva. El agradecimiento para ella por parte de los acapulqueños será sincero y amoroso. Particularmente de las acapulqueñas que recibieron de Chita la instrucción elemental o la magia del bordado a mano. Se citan: Concepción Batani, Cristina Atim, Claudia Castillo, Olga Martínez, Guadalupe y Juana Mallani.
Acierto de Chita Jiménez será sin duda entregar la dirección de la Altamirano a la profesora chilpancingueña Carolina Vélez viuda de Leyva. Una mujer bella y circunspecta que sabrá llevar a la institución a ser ejemplo nacional de aprovechamiento y disciplina.

Vestidas de azul

El mayor número de acapulqueñas nacidas en el siglo XX vestirán a su tiempo la falda azul, la blusa blanca y el chaleco también azul del uniforme de la Altamirano, creado precisamente por Chita Jiménez. De tantas y tantas que lo vistieron orgullosas aquí solo algunas: Elisa Batani, Victoria Sabah, Gloria Gómez Merckley, Hortensia Guerrero Polanco, Alicia del Río Quevedo, Leonor del Río Quevedo, Cande-laria de la Cruz Gómez, Raquel Fox Leyva, Irma Flores Flores, Mar-garita Ruiz Acevedo, Leticia Sal-gado Román, Divina Zárate Váz-quez, Ernestina Rosas Romero, Amalia Hernández Arroyo, Julia Ávila Díaz, Filomena Karam, Amparo Añorve, María Luisa Rosas, Cristina Rodríguez, María Elena Gómez, Hilda Pedroza Villicaña, María de Jesús Estrada, Guadalupe Zamora, Guadalupe Sánchez, Gloria Negrete.
Crisantema Barrientos Campos, Elia Muñoz Abarca, María Inés del Valle Garzón, Ernestina Galeana Valeriano, Aurora Quevedo Pérez, Carolina Arteaga Tapia, Indalecia Lobato Giles, María de la Luz Lobato García, Juana Grado Castañeda, Francisca Cortés Cruz, Noemí Liquidano Ramírez, Sara Sánchez Guerrero, Thelma Flores, Estela Roque Caro, María Enríquez Castellanos, Carmen Loranca Bello, Guadalupe Talavera Martínez, Zaida Vielma Heras, María Luis Román Genchi.
Lilia Hernández Arroyo, Emma Hernández, Magdalena García Vinalay, Carmen Salgado Román, Carmen Maganda, Carmen Sosa, Carmen Valeriano, Gisela Jiménez, Sofía Pérez, Alicia Pérez Salinas, Graciela Blanco Miranda, Elvira Hernández Pingos, Ana María Arzeta y Aurora y Gloria Jiménez, sobrinas ambas de Chita.

El colegio Acapulco

Procedente de Colima, cuyo estado había gobernado y para quien el presidente Obregón nunca dejó de ser “matón y corrupto”, llega al puerto en 1923 el profesor Felipe Valle. Viene como administrador de la Aduana Marítima de Acapulco. Su afiliación aquí a la revuelta Delahuertista, encabezada por el periodista Carlos E Adame, lo coloca ante el pelotón de fusilamiento del que escapa milagrosamente. Perdidos sus derechos políticos, optará por la enseñanza que ya había ejercido con éxito en Mazatlán.
Sabedor de que en el puerto solo era posible la instrucción elemental y que por ello muchos jóvenes veían frustradas sus aspiraciones educativas, Valle decide darles la oportunidad. Establece para ellos la categoría de “pasantes” cuyo programa académico era equivalente a la preparatoria oficial. Nachita Torres Gastélum y Conchita Campos logran las más altas calificaciones aceptando esta última hacerse cargo de un grupo. Sus alumnos la calificarán como maestra ejemplar, además de muy querida.
Joseph Piedra no se anduvo por las ramas al afirmar que el Colegio Acapulco gozó de famas bien merecidas, la académica y la de tener en su matrícula a las acapulqueñas más hermosas.
Lo fueron Minerva Anderson de Sosa, dama a la que Agustín Ra-mírez llevó de cuelga en su cumpleaños una canción: Acapulqueña linda, acapulqueña, que hoy es santo y seña de Acapulco. Leonila Stephens, las Rojas (Petra y Manuela); las Escudero (Tita, Tere y Amparito), Sara Liquidano, las García Mier (Alicia, Orfelina y Etelvina); las Olívar (Raquel, Leonor y Rebeca); las Vargas (Concha, Luz y Engracia); Elvira Galeana, Conchita y Lila Hudson, Elvira Galeana, Nicolasa y Marre Hudson, Lilia Apac, Raquel Sánchez Morales, las Argudín (Tina y Tere); las Campos (Tive y María); Rosa Flores, Crisantema Estrada, las Medina (Celia, Josefina y Malicha); las Jiménez (Luz Amelia, Gloria y Aurora); Hortensia Caballero, las Tellechea (Pelancha y Olga); María Beltrán, Hilda Gómez Maganda, Conchita Cam-pos, Solfina Martínez, las López Victoria (Angelita y Chevita); Eli Montano, las Lobato (Adelina y Alicia); Luchi H Luz, Carmen Tapia, las Muñúzuri (María Luisa, Berta y Consuelo).
María Huerta, Teresa Valencia, Elo y Benita Pangburn; Cornelia Aguirre, Noemí Caballero, Irene López, Amelia Bello, María Luisa Morales, Perla Basterra, las Pintos Mazzini (Eugenia, Elena y Angeli-ta); Catania Adame, Julia Valle, Ignacia G. Torres, María Sotelo, Felicidad de los Santos, María Valverde, Las Batani y Josefina Medina.

El Instituto Wallace

El Instituto Wallace de Chilpan-cingo, internado operado por la iglesia protestante de Estados Unidos, representaba entonces para muchos acapulqueños la única oportunidad de estudiar la secundaria. Lo será hasta 1939 cuando se funde aquí la primera secundaria federal, la número 22. Las familias adineradas enviaban a sus hijos al extranjero, particularmente a California.
El grupo acapulqueño con destino al Instituto Wallace no lo integrarán únicamente varones, como pudiera pensarse en la tercera década del siglo XX. Hubo niñas valientes que, sobre los “díceres de la gente”, tuvieron la voluntad de separarse de la familia con tal de cultivarse para ser libres. El grupo lo integraron Teresa Argudín, Carmen Vidales, Consuelo Orbe, Esperanza Morlet, Mirtila Beltrán y otras más. Allá mismo estudiará la calentana Macrina Rabadán Santana, primera mujer legisladora federal y fundadora del Instituto de Bellas Artes de Acapulco.