EL-SUR

Martes 11 de Mayo de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Acapulqueñas 6

Anituy Rebolledo Ayerdi

Julio 28, 2016

En memoria de Rolando Paredes Carrillo, periodista de ocho columnas y amigo entrañable.

Club de brujas

El Club de Brujas de Acapulco, una ciudad y puerto entonces incomunicada, contaba con la membresía de las muchachas más hermosas del puerto. Y es que tal nombre respondía únicamente a la solemne “brujez” de la organización. Tanta que en sus fiestas ofrecían ponches preparados por las socias y no cervezas o licores. Un club sin cuotas ni reglamentos y con una sola consigna: divertirse.
Mientras que las fiestas de la “crema y nata” de la sociedad tenían lugar en fechas determinadas: virgen de la Covadonga, la Raza y el fin de año, el Club de Brujas celebraba las suyas a la menor provocación. Lo hacían en las casas de don Chamón Funes, de Juanita Galeana de Stephens o en la propia Quebrada. Las amenizaban las orquestas de don Isauro Polanco y de don Alberto Escobar, sin duda las mejores del momento. Las pagaban con el peso que cobraban de admisión en sus festejos.
Las acapulqueñas que formaron el pie veterano del Club de Brujas, según relación del cronista Carlos E Adame, apoyada por la de Jorge Joseph, fueron: María y Crisantema Estrada (Thema Montano), Rosita Flores, Elena Uruñuela, María Atié, María y Natividad Campos, Fredesvinda Vélez, Colacha Sutter, Esther Stephens, Chuchita Ramírez, Camila Benítez, Romanita Loranca, Chalía Funes, Sara Aguirre, Victoria Casís, Lucila Gómez.
Irene, Concha y Paula Álvarez, Aura Emma del Río, Irene y Consuelo Curd, Tere Castañón, Aurelia Balboa, Tere, Sara y Lila Apac, Eloísa y Margarita Aguilar, María Tabares, Angelita y Chevita López Victoria, Nacha Guesso, Altagracia Tabares, Genara Camplis, Leova y Nora Mazzini, Lucrecia y María Luisa Villalvazo, Carmen Carvajal, Solfina Martínez, Juan Díaz, Carmen y Cristina Vidales, las Sutter, las Tellechea, las Olívar, las Lacunza, las Uruñuela, las Funes, las Sosa, las Berdeja, las Muñúzuri, las Adame y las Hudson.

Salones de baile

Muchas acapulqueñas de entonces ignoraban que el baile fuera una actividad física con beneficios psicológicos y emocionales. Bailaban simplemente porque el baile les gustaba, permitiéndoles experimentar un placer desconocido. Bailaban para hacer amigos e incluso de ennoviarse, ¿por que no? Bailar el fin de semana porque bailando amainaba la temperatura de un volcán interior, acumulada durante una semana de trabajo extenuante.
Con tal de bailar, aquellas mujeres de diversas ocupaciones soportarán malos olores e incomodidades. Empezaban teniendo que trepar a un camión de rediles, que también transportaba ganado, que las llevaría al salón de baile. Salón Teresita, se llamaba y era su propietario don Alberto Ponce, localizado entre palmares apenas urbanizados con el nombre de Barrio Nuevo (hoy IMSS-CFE). Abría sábados y domingos.
El descenso de las damas del camión implicará acciones drásticas para retirar a un enjambre de chamacos morbosos, “jariosos”, decía la gente, dedicados a “visnear” la ropa interior de aquellas. Nada extraordinario en el caso particular que no fueran calzones de manta con botonadura. Años pasarán para que lleguen las fibras sintéticas, los encajes sensuales y los colores ardientes. Luego de que los groseros mirones se encarguen de divulgarlo en el puerto, ninguna de aquellas muchachas se atreverá asistir al baile prescindiendo de “chones”, o sea, andar a “ráiz”.
Una vez superado el trago amargo del descenso, las chicas eran sentadas en un círculo formado por palmeras, con pista de cemento al centro. La orquesta se montaba sobre un templete adornado con palapas abiertas. A la hora señalada, el trompetista de la banda tocaba una llamada de atención, surgiendo como por encanto el gritón (hoy maestro de ceremonias) para lanzar este alarido:
–¡Hey, familia!, la tanda va a comenzar. ¡Adentro bailadores!
Entonces los galanes penetraban al redondel limpiándose las asentaderas por haber estado posadas en lugares poco aseados. Para entonces, ya habían cubierto la cuota de 15 centavos que les daba derecho a una tanda de cuatro piezas. Ora que si el caballero no conseguía pareja, bien por escasez de ellas o por no oler a lavanda, era obligado a salir de la pista sin derecho a la devolución de sus fierros. Tampoco era aceptado en el viaje de regreso.
Las cosas no eran diferentes en el salón de baile de Chico Alcaraz, en la actual calle Eduardo Mendoza. Variaba el precio de la tanda, 10 centavos, exigidos en plena danza. Algunos caballeros se lucían al pagarlos. Displicentes, dejaban caer dos monedas de 5 centavos en el sombrero del cobrador, sin soltar a su pareja y danzando en círculos. Ella sonreía orgullosa. Se repetía el ¡hey, familia!, y se echaba de la pista a “los hombres de palo”.

La orquesta de señoritas

La insularidad de Acapulco será dramática durante buena parte del siglo XVIII y ya entrada la tercera década del siglo XX. Serán más amplios y contantes los contactos con el exterior, a través del océano, que con la misma capital del país. Situación esta que no permitirá la llegada al puerto de las muchas expresiones culturales y artísticas generadas en el ombligo de la República. Obligaba ello, necesariamente, la generación de expresiones artísticas al alcance y medida de sociedad y gobierno acapulqueños.
Tal fue el caso de la orquesta formada por “señoritas de la mejor sociedad del puerto”, como era obligado recitar, creada y dirigida por don Gumersindo Lobato. Su oficio era el de orfebre (“plateros” se les decía aquí) como lo será el de su hijo Enrique, alcalde de Acapulco en 1929, además de otros parientes. Una agrupación musical integrada a la Sociedad de Thalía, fundada por el propio don Gume en 1892 para difundir el teatro español en el puerto y cuyos actores y actrices se formaban aquí mismo.
La orquesta de señoritas ofrecía conciertos de gala en el salón de actos del palacio municipal, además de serenatas dominicales en el quiosco de la plaza Álvarez. Orgullosos de su orquesta, los acapulqueños la tenían como única en México y a lo mejor tenían razón. He aquí las ejecutantes:
Pianistas: Otilia Liquidano, María Bello, Sofía Dickman y Angela Lobato.
Violinistas: Julia Payne, Isabel Lacunza y Clementina Torres.
Flautista: Emilia Billings.
Clarinetistas: Clementina Carranza y Benita H. Luz.
Contrabajistas: Elisa, Amalia y Eloína Batani.
Chelistas: Romana Lacunza y Virgina González.
Diódoro Batalla, abogado veracruzano que había llegado al puerto para ocuparse del Juzgado de Distrito, era un entusiasta colaborador de los empeños culturales del señor Lobato. Echado del cargo por combatir al Porfiriato, Batalla tendrá al puerto como su particular “isla del diablo”, o sea, desterrado en su propia tierra. Un abogado cuya tesis profesional, “Reformas al Poder Ejecutivo”, proponía suprimir el poder ejecutivo federal y elegir en su lugar un Consejo Popular. Desde entonces será demonizado por el propio Díaz, quien lo llamaba “loco peligroso”.
Su relación cercana con la orquesta femenil llevará al veracruzano a enamorarse de una de sus violinistas: Clementina Torres. Pronto la hace su esposa y establecen su hogar en la calle San Juan (hoy 5 de Mayo, destinada a las carreras parejeras de caballos, imprescindibles en las fiestas locales). En el tiempo justo, la cigüeña deposita allí mismo a una niña hermosa y llenita. La bautizan con el nombre de la mamá, Clementina.

Clementina Batalla

La niña Batalla la da aquí a los profesores de párvulo y destaca por sus habilidades con los números y la lectura. Vendrá la mudanza a la ciudad de México donde mueren los padres.
Huérfana, Clementina trabaja y estudia siempre becada hasta lograr a los 21años el título de maestra de matemáticas y a los 25 el de licenciada en Derecho por la UNAM. Es históricamente la segunda mujer abogada de México. El trabajo de las mujeres, su tesis. También estudia en la escuela de Filosofía y Letras y dominará los idiomas inglés, francés y alemán. Será precursora de las luchas feministas en el país y tenaz defensora de los derechos de la mujer y de los niños.
Casada con Narciso Bassols, una de las cumbres de la inteligencia mexicana (secretario de Hacienda con Cárdenas, de Educación con Ortiz Rubio y Abelardo Rodríguez, y embajador de México ante la URSS durante diez años), Clementina será la compañera fiel y discreta sin pretender nunca protagonismos odiosos.
Viuda a los 70, la acapulqueña reemprenderá sus luchas aplazadas con la fundación la Unión de Mujeres Mexicanas, cuya demanda central será la igualdad de género en política. Viajará a la URSS para recibir reconocimientos por su sólido liderazgo femenil y en Chile será aclamada como dirigente del “Comité de Auxilio Latinoamericano de Mujeres”. Un organismo declarado non grato por las dictaduras del Cono Sur “por comunista”. Clementina muere en Guadalajara el 8 de noviembre de 1987, a los 83 años.

El paseo costero

La participación de jóvenes acapulqueños fue determinante para la cristalización de un proyecto nacido de la sociedad porteña y que tenía como objetivo abrir el paseo costero hasta las playas de Manzanillo y La Langosta. Para llegar a ellas debía cruzarse entonces el empinado cerro de La Candelaria, con serios problemas para damas y menores.
Lo era en mayor medida La Gloria, un congal o prostíbulo operado por Florindo Flores, un gioto (así llamado por la gente decente) más pintarrajeado de la cara que sus pupilas. Se contaban entre ellas: La Niña Verde, La Pata de Oso, La Estrellita y La Manos de Oro. Citadas por el ex gobernador Alejandro Gómez Maganda en su Acapulco en mi vida y en mi tiempo.
La idea había nacido del avecindado José García de León, médico y editor de un periodiquito llamado Acción Social, distinguido vestir de riguroso traje negro y tocado con sombrero de carrete. Movió positivamente al puerto y lo convenció de las bondades de sus propósitos, dice de él don Carlos E. Adame.
El trazo de aquel tajo lo hizo don Pedro Gutiérrez, contratista de caminos, padre de Paulita y Fidel, dejando a cargo de los trabajos a un sobrestante. La obra se inicia y entonces lo importante será que no falte dinero para pagar la raya sabatina. Rayas que deberán salir de las rifas, bailes, jamaicas (kermeses), colectas, peleas de box y otras actividades recaudatorias en la que destacará el equipo femenino.
Pasados cinco meses, la obra estará felizmente terminada. Fue un día de fiesta para los porteños, dice Jorge Joseph Piedra. El doctor García de León cortó el listón simbólico para inaugurar el “Paseo de Las Brisas”, como él mismo lo bautizó. Empezaba en la escalinata de La Gloria, de Florindo Flores, dando vuelta por Tlacopanocha hasta llegar a las huertas de Mamá Bucha y de doña Tuburcia y don Natividad.
Las empeñosas adolescentes recibieron entonces los honores y el agradecimiento de la sociedad acapulqueña. Sonreían felices:
Tey Stephens, Tina Argudín, las Hudson, las hermanas Batani, Fela Valle, Stela Acosta, Solfina Martínez, Elvira Galeana, Flavia Mariscal, Etelvina, Orfelina y Alicia García Mier; Noemí Caballero, Valeria Escobar, Pelancha y Olga Tellechea, Hortensia Caballero, Tive Campos, Carmelita Carvajal, Minerva Anderson, Rosa Flores, Adelina y Licha Lobato, Conchita Campos, María Beltrán, Sara Liquidano, Celia, Josefina y Malicha Medina.