EL-SUR

Lunes 06 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Acapulqueñas 7

Anituy Rebolledo Ayerdi

Agosto 04, 2016

Para Enrique Díaz Clavel, periodista de tiempo completo, mi hermano.

El general Jesús Carranza llega al puerto a bordo del cañonero Guerrero. Lo trae una misión de su hermano el presidente Venustiano Carranza: la de unificar en torno al constitucionalismo a los cabecillas revolucionarios de Guerrero. Lo logra cuando, luego de tres días de ríspidos debates, aquellos firman un documento de adhesión al presidente Carranza, además de jurar “lealtad y unidad en torno a los altos ideales de la Revolución”. Don Chucho, como prefiere que le llamen y no general, continuará su encargo con rumbo a Mazatlán, de donde retornará al istmo de Tehuan-tepec, su base militar.
Apenas el Guerrero se ha perdido en el horizonte, los bandos juramentados ya aceitan sus fierros. Se llegará pronto al oprobio. El general Silvestre Mariscal hace su prisionero al general Julián Blanco, gobernador de Guerrero con asiento en el puerto, junto con su hijo Bonifacio. Ambos amanecerán muertos en el fuerte de San Diego, cocidos a tiros. Sólo la ruindad sin límite del militar atoyaquense le aconsejará urdir una trama tan estúpida: “Mi general Blanco mató a Bonifacio y luego se suicidó. ¡Que tragedia, Dios mío!”. Aquí nadie se lo cree, por supuesto; el presidente Carranza, sí.
La tragedia acapulqueña tendrá su réplica oaxaqueña. Apenas Jesús Carranza pisa suelo oaxaqueño, luego de su periplo costero, es secuestrado por el bandolero Alfonso Santibáñez, ex soldado huertista. Con él, su sexto hijo Abelardo y su sobrino Ignacio Peraldi Carranza, además de su Estado Mayor. Temeroso de que el gobierno federal lo combata, el criminal exige, además de inmunidad, medio millón de pesos y medio millón de cartuchos. La respuesta del presidente Carranza tendrá tintes espartanos:
Mi deber de primer Jefe de la Revolución me obliga a no tran-sar con bandidos, cualesquiera que sean los sacrificios personales y las angustias que tenga que sufrir. Si mis hijos estuvieran en lugar de mi hermano y de mis sobrinos observaría la misma conducta ahogado de dolor.
Sobrecogidos por la absurda inmolación de Don Chucho, que tan buenos recuerdos habían dejado aquí sus bondades, los porteños piden al alcalde Gilberto L. Martínez un recuerdo permanente para él. Se le ocurre el nombre de una calle y así lo acuerda. Jesús Carranza se llamará a partir de entonces la segunda arteria bajando del Fuerte, para comunicarlo con la plaza Álvarez. Y allí está.

Pedro Ruiz, soldado

Sirva el relato anterior como preámbulo para ubicar a un joven acapulqueño enlistándose en las filas revolucionarias. Seco de carnes, rostro anguloso pero agradable y pelo muy corto, Pedro Ruiz, que tal es su nombre, se significará muy pronto entre sus pares. Su puntería con el mosquetón le valdrá el apodo de “Pedro echa bala”, que él se empeñará en ratificar en cada gresca o combate.
Un día, durante un asalto a una hacienda oaxaqueña, algunos de sus compañeros de batallón raptan a una joven, aparentemente la hija del hacendado. Pedro los persigue y al darles alcance les grita:
–¡Esa chamaca, compitas, es mía!… ¡Y que le ponga al que no le cuadre!
–¡Ni hablar, mi teniente, es suya! –responde uno de los tres aludidos– ¡Que le aproveche, jefe, la cabrona está rebuena! –canta el trío.
Pedro monta en la silla de su cuaco a la sollozante chiquilla, ocupando él las ancas. Parte con ella y en el primer caserío desmontan. La tranquiliza arropándola con sus brazos hasta llegar a la casa de unos parientes. Allí, pide que la cuiden y los hace responsables de lo que pueda pasarle. Antes de partir, pide un aparte con ella:
–¡Mírame, muchachilla! –le exige abriéndose la guerrera– Mírame –le exige al tiempo de mostrarle el pecho con dos pequeños montículos coronados con una aureola y dos negros pezones–. ¡Soy tan mujer como tú, mi niña, sólo deseo protegerte!
El suceso apresurará la decisión del soldado Pedro Ruiz de volver a su naturaleza. Apro-vecha el día en el que el propio presidente Carranza pasa revista a su batallón en la ciudad de México. Da un paso al frente para identificarse y mostrar con plenitud su verdadera sexualidad. Un acceso de tos impedirá alguna reacción por parte del Primer Jefe, situación agravada por la pérdida de sus gafas. A solas, Carranza se manifiesta entre sorprendido y alarmado ordenando al punto una investigación sobre el insólito suceso. Y que no deberá repetirse, ordena.
La acapulqueña Petra Ruiz, del barrio del Teconche, revela que su decisión de incorporarse a las filas revolucionarias había nacido de un deseo feroz de venganza. Quería vengar la violación de que había sido víctima por parte de dos soldados federales y así evitar de paso nuevas agresiones de los guachos. Y la subsistencia diaria, será otra buena razón.
Por recomendación del propio Carranza, Petra recibirá un buen retiro. Luego, se perderá en la bruma acapulqueña.

Sociales

Después de las tormentas recién pasadas llega la calma y con ella las bodas. Como la de Hortensia Chávez con David Martínez en el templo de NS de la Soledad. Las madrinas Solfina Martínez de Velarde, Cristina R. de Lezus y Leonor Terán. La corte fue integrada por Guadalupe Gutié-rrez e Irma Valverde.
Entre las bellas asistentes: Fanny Alarcón, Leonor, Sofía y Soledad Terán, Malánea Benítez, María Elena y Natividad Chá-vez, Margarita Ruiz, Emma Ca-ballero, Raquel Castro, Juanita Arteaga, Sofía Flores, Rafaela Martínez, Margarita Badillo y María de la Luz Gallardo.

Bodas de Plata

El matrimonio formado por Israel Pegueros e Isaura Guerrero celebraron con una misa sus 25 años de casados. Fueros sus hijos los padrinos: Rogelio, Isaura P. de Iturbide, Pedro e Inés P. de Huerta. Las damas asistentes: Natividad Chavelas, Elba Orbe, Emma Caballero, Amparo Aguirre, Hilda Otero, María Eugenia Juárez, Natividad Juárez, Norma Huerta, Hilda de Reyeros y Josefina Fernández (Crónica de Chema Gómez).

Obituarios

+ “Entregada a su trabajo en la sastrería de su cuñado Valentín Ramos, a eso de las 10 y sin causa aparente alguna, la señora María de Ramos cayó al suelo como fulminada y sin poder articular palabra alguna. El doctor Enrique Muñúzuri llegó inmediatamente pero ya nada pudo hacer por ella. Sus restos fueron velados en la sastrería “El Puerto de Acapulco” e inhumados en el panteón municipal”.
+ “María L. Vda. de Radilla, directora de la Academia Comercial Acapulco, fue sorprendida por un ataque de apendicitis vacacionando en la ciudad de México. Murió de un síncope cardíaco mientras era operada”.
(Revista quincenal Palpi-taciones Porteñas, director Xavier Campos Ponce, octubre de 1948)

Bertha Von Glümer

Bertha Von Glümer Leyva, impulsora en México de las nuevas pedagogías para el kindergarten, nace en Acapulco el 16 de julio de 1877, hija del ingeniero alemán Bodo Von Glümer y de la chilpancingueña Petra Leyva. Recién separado del ejército mexicano, con el grado de teniente coronel, el padre se desempeñaba aquí como juez del Registro Civil.
Bertha recibe de sus padres la educación elemental y sentimental reforzada por profesores contratados especialmente para ello. Adolescente, se desempeñará en un colegio particular del puerto como maestra de labores femeniles, donde cimentará su vocación por la docencia. Viajará con su madre a la ciudad de México.
Allá empieza su docencia en 1906 cubriendo interinatos en una escuela oficial de párvulos. Durante una visita al plantel por parte del ministro de Educación Pública, don Justo Sierra, la acapulqueña se atreve a formular planteamientos novedosos sobre tan rezagado nivel escolar. El funcionario se muestra interesado en el tema y ahí mismo la invita a trabajar con él. Bertha Von Glümer viajará comisionada a Estados Unidos para interiorizarse en la organización y funcionamiento de las escuelas normales para educadoras.
Pero ella irá más allá. Se inscribe en la escuela Normal Fröebel de Nueva York, obteniendo mención honorífica por sus altas calificaciones. Allí mismo se prepara en la Universidad de Columbia en materias como dibujo, gimnasia y deportes, además de cursar metodología y música del kindergarten. Se adentra en aquél país para inscribirse en el Teacher College de la Universidad de Chicago. A su regreso a México, la maestra Von Glümer es nombrada directora de la Escuela Normal para Señoritas, aplicando el curso elaborado por ella misma. Renuncia en 1912 para hacerse cargo de la inspección de los jardines de niños del DF.

Vuelve al puerto

La maestra Von Glümer volverá a Acapulco en 1911 para dar el último adiós a su señor padre, quien se desempeñaba como jefe militar del puerto, y cuya inhumación tendrá lugar en el panteón de San Francisco. La acapulqueña reseñaba con orgullo la trayectoria de Don Bodo al servicio de este país. Será valiente su desempeño en el Sitio de Querétaro, premiado con la medalla al mérito heróico, entregada por el propio presidente de la República. Allí, el ingeniero Bodo Von Glümer, recién llegado de Schonebeck, Prusia, Alemania, se había batido al frente de un grupo de extranjeros convocados por él mismo, hasta caer en manos del enemigo. Toda una vida al servicio del país que le dio asilo.
El cuartelazo de Victoriano Huerta obliga el regreso de la maestra Von Glümer a Estados Unidos, esta vez a trabajar en la Universidad de Columbia. De Veracruz la llaman para dar cursos a educadoras de párvulos y asumir la dirección de la Normal de Xalapa. La llama a la ciudad de México doña Josefa Ortiz de Ortiz, esposa del presidente de la República Pascual Ortiz Rubio, para organizar el sistema educativo de su especialidad. En 1936, establece en el DF una academia particular para educadoras, a cuyo cargo permanecerá por espacio de 12 años.
Antes, la maestra nacida en Acapulco había traducido La pedagogía del kindergarten, del germano Federico Fröebel, junto con la biografía del también fundador en 1837 del primer jardín de niños. Suyos, también, entre otros: Cuentos de Navidad (2 tomos), Para ti, niñita (4 tomos), El niño ante la naturaleza (cuentos), Rimas y juego digitales.
Bertha Von Glümer muere el 15 de diciembre de 1963. Su nombre lo llevan por lo menos dos escuelas Normales de educadoras y varios jardines de niños de todo el país. Uno en Acapulco, por supuesto.

Los picos pardos

Irse de “picos pardos” fue durante la Colonia una expresión muy utilizada en el puerto para visitar casas non sanctas, pues tal era la denominación socialmente aceptada para prostitutas y meretrices. Estigma-tizadas por serlo al grado de negárseles la libertad de vestir como el resto de las mujeres.
Eran los “picos pardos” unos triángulos plomizos que seguían el contorno del escote del vestido o de la blusa portados por las damas dedicadas al comercio carnal. Obligatoriamente, so pena de cárcel.
No se conoce si fue un modisto oficial el diseñador de aquellos picos o sambenitos o si se trató de un modelito al gusto de las mismas oficiantes.
La denominación llegará a abreviarse llamando a las “mujeres malas” simplemente “pardas”. Éstas, no obstante vivir en pecado mortal, nunca serán enjuiciadas como tales por la Santa Inquisición.