EL-SUR

Sábado 22 de Junio de 2024

Guerrero, México

Opinión

Acerca de la erosión sensual del mundo

Federico Vite

Febrero 08, 2022

 

Matate, amor (México, Dharma Books, 2019, 162 páginas), de la narradora argentina Ariana Harwicz, es una novela breve que revisita el papel de la mujer en un matrimonio y lo hace con un gran angular en el que analiza, en primer persona, a una fémina que no se siente a gusto como madre ni como esposa de un radiólogo, ni mucho menos le agrada hacerse cargo de un hijo. Ella fue a la universidad y estudió con ahínco; le gusta leer, pero ya no lo hace: “Voy a hojear algo. Mi biblioteca está llena de libros sin leer que compré para devorarlos durante el embarazo […] Intento concentrarme en Virginia Woolf, regalo de mi hombre, pero tengo demasiada leche. ¿Por qué duerme tanto? ¿Por qué no despierta? La muerte en un hijo es ciencia ficción. Voy a verlo. Más tarde logré leer una página y media de Plath, después del embarazo leo cada vez más lento.”. El esposo le regala una novela: La señora Dalloway. La mención a este libro nos revela, casi al final, que Matate, amor (léase con la prosodia argentina) propone una extraña interconectividad humana.
La protagonista de esta historia, que muta del esperpento al relato gótico, es ninfómana y padece un terror psicológico a la maternidad. Acaba de parir un hijo. Convive con la suegra y el suegro. Todo esos vínculos implican dolor, angustia, terror y asco; le producen un malestar físico que difumina literalmente el tiempo. Ella, quien por breves instantes cede la narración al esposo, mide el tiempo por la intensidad del ansia, por la necesidad de escapar de eso que la está matando.
Harwicz logra que las secuencias narrativas, los diálogos, las descripciones y las escenas transmitan la confusión adecuada para que una estética de la opresión haga florecer el pathos (sufrimiento patológico de un ser humano) a ojos del lector.
Algunas actividades como alimentar al bebé revelan el problema. Le molesta el bosque, los vecinos, el esposo, el niño, un perro, un ciervo. Tiene demasiada leche en las tetas; eso le inquieta e incomodad, le frustra. Quiere usar un arma. “[…], porque de todos modos desde hace tanto e incluso desde antes de nacer, y mientras mi esposo anda gritando por ahí de celos, estoy muerta”. Ella se lacera. Literalmente absorbe la oscuridad del bosque, pero no logra escupirla.
Harwicz plantea la novela como una fábula en la que un hada se queja de su existencia, porque ese mundo, de hadas, no es para ella. No le gusta el papel de madre, ni de mujer abnegada; lo de ella, aparte de leer y pensar, porque piensa mucho, es algo aún por descubrirse. También describe con ferocidad y lucidez ese mundo que pareciera común e incluso idílico, pero no lo es para una persona como ella, con otras aspiraciones, encadenada a un ideal femenino que progresivamente la sofoca. Está en este hecho, el ideal femenino, la transgresión. La autora erosiona todo eso que llamamos tradicional y subvierte, a veces con premura y torpeza, el orden establecido. Pretende incluso trastocar la sintaxis, pero su apuesta mayor lograda es la creación de una psique que busca venganza contra todo eso que la somete y la humilla. Organiza el texto para reflejar brutalidad, pero no con la suficiente, a pesar de que la autora funde las descripciones con onomatopeyas y cambia de tema sin moderar el discurso gracias al tradicional uso del punto y seguido. Intenta aniquilar un viejo molde sintáctico, pero lo mejor del libro es cuando la protagonista trastoca el orden establecido. El ejemplo mayor es un capítulo breve en el que una madre ofende todo el día al hijo; al final de la jornada lo amamanta con asco.
Después de su encierro en un hospital psiquiátrico, la protagonista regresa a casa para celebrar el cumpleaños del hijo. Creen, esposa y esposo, que lo peor ha pasado, que la urgencia por sentirse herida en una relación sexual o la necesidad de cortarse han desaparecido, pero durante esa fiesta infantil el malestar físico (el deseo pernicioso) regresa con fuerza y ella sucumbe al llamado del pathos.
La celebración infantil potencia el cambio de tono en el relato. Rasga el molde y mete esa enorme casaca de lo gótico en una camisa de fuerza y de género. Ser mujer modifica todo. “No tengo el perfil ni me da la historia trágica para zafar con eso de actuó bajo emoción violenta. No me violó mi abuelo ni mi tío, yo infancia tuve, pero la olvidé”. Esto no es una delación sino una epifanía. Se lastima porque no sabe cómo ser distinta. Se hiere porque va en contra de todo eso para lo que fue preparada desde niña.
El marketing (el maldito marketing) quiere definir a Matate, amor como un thriller campestre, pero vamos, eso sólo es otra etiqueta. Sería conveniente dejar en claro que este libro tiene una honda huella disruptiva, pero se mantiene en ese ámbito de la novela de suspenso psicológico en la que Patrick McGrath es un amo. Harwicz intenta ir más allá; emprende una frontal rebeldía en contra de la maternidad y dota de más elementos a la historia; por ejemplo, la protagonista refiere en varias ocasiones su interés por leer y escribir. La metaliteratura de nuevo. Intenta escribir, pero su labor como madre y como esposa le impiden continuar con esa labor. Es decir, trae a cuento esa tesis de Virginia Woolf: Necesita una habitación propia. Ella quiere su independencia, pero no puede: “Me quedo encerrada en el auto con los vidrios empañados, subo el volumen, sacó el pie del embrague. Mrs. Dalloway es una novela sobre el tiempo y la interconectividad’ […] Cómo vería yo este mismo bosque si un crítico dijera que lo que escribí trata sobre la interconectividad de la existencia humana”.
Un ejemplo más de la apuesta mayor –la de género– es esta frase que intenta abollar la realidad: “Soy madre, listo. Me arrepiento, pero ni siquiera lo puedo decir. A quién. ¿A él sentado en mis rodillas? […] Ser madre es tan poco excitante”.
Trata de escapar de eso (ser madre) imaginando la trama de una novela y lo hace, obviamente, pensando en un libro que describe nuevos vínculos entre humanos; son las relaciones que Harwicz vislumbra para reajustar el rol del hombre y de la mujer en el matrimonio y en el mundo laboral.
Matate, amor se emparenta con la de La mansión de Araucaíma, de Álvaro Mutis, en cuanto a la simiente de un gótico distinto al de hace siglos, que sea capaz de fusionar universos narrativos y crear así mixturas ambivalentes, dotadas de ideología y de literatura. También tiene una cercanía temática con La hija oscura, de Elena Ferrante; y, por supuesto, con Tenemos que hablar de Kevin, de Lionel Shriver. En estos libros la maternidad pasa por un tamiz distinto al tradicional.
Matate, amor no sólo es atractiva por la cuestión de género sino porque en muchas páginas la intensidad es fascinante y deja que el ruido de fondo en la psique de la protagonista revele la naturaleza salvaje y autodestructiva como una rasgo auténtico de humanidad. El pathos, en este libro, es el único dios. El resto son ruinas. Un mundo igual a este.