Federico Vite
Junio 16, 2026
Sigo pensando que la inteligencia seduce; quizá es mi ancla para no aceptar que la estupidez es abismal y casi siempre triunfa. Digo que la inteligencia seduce, pero tengo una forma mejor de explicarlo con la novela The seventh samurai (Estados Unidos, Talk Miramax Books, 2002, 554 páginas), de la narradora estadunidense Helen DeWitt.
Este libro se publicó por primera vez en el año 2000 y desde entonces, hace veintiséis años, ha ganado miles de lectores. La novela circula, por supuesto, con un bajo perfil que apabulla. ¿Por qué una autora que indaga la genialidad precoz pasa inadvertida para muchos lectores? Tal vez porque a un genio lo devasta todo. Eso queda claro cuando uno se adentra en las páginas de este proyecto de largo aliento en el que Sibylla, una joven estadunidense que estudió en Oxford y vive en Londres, tiene las complicaciones propias de quien debe sortear la existencia como madre soltera. Tuvo un hijo: Ludo. No es un chico común. La historia de su gestación es simple: Sybilla se fue de fiesta con un reportero de viajes y tuvo una noche extraña. Ella no quería, pero las circunstancias la llevaron a tener sexo recreativo. Fue una noche sin control. Sybilla define las cosas de una manera mucho más fuerte, habla de esa fiesta como una estupidez superlativa. Es madre soltera. Se lamenta porque los principios de la crianza infantil que a ella le inculcaron no le sirven. Ludo es muy especial. Mucho. Empezó a aprender japonés a los cuatro años; ya había leído algunos cantos de La Odisea en su idioma original. Su madre abandonó una carrera universitaria y transcribe manuales técnicos que le ayudan a sobrevivir. Veía Los siete samuráis, de Kurosawa, al menos una vez por semana. Esto se debía a que, al no tener una figura paterna, el niño necesitaba modelos masculinos. Y la madre tenía la certeza de que un samurai era un gran molde. Sybilla tiene habilidades para aprender idiomas en poco tiempo, ese mismo talento posee Ludo. La madre teme que su hijo le pregunte ¿quién es su padre? La respuesta a esa interrogante da para mantener la novela en una tensión muy alta.
Ludo cobra relevancia desde las primeras páginas, pero la autora nunca pierde de vista a Sybilla. Lo grave del caso es cuando la madre debe llevar (porque es una ley en Inglaterra) a su hijo a la escuela. Ahí se descubre algo temible: la inteligencia de un superdotado no sólo asusta a sus compañeros, sino a sus maestros y a la institución educativa.
Ludo causa muchos problemas en la escuela y regresa a casa al cabo de un mes. ¿Es un niño prodigio o un chico que necesita mucha, pero mucha atención? Los lectores saben que Ludo lee griego, finlandés, árabe, hebreo y muchas otras lenguas más. El asunto es cómo administra esa inteligencia; porque el chico se obnubila a ratos, pues desea algo más simple: conocer a su padre. A los once años, inspirado por el clásico de Kurosawa, emprende la búsqueda del padre. A esa edad será golpeado, herido y amenazado con represalias legales. La vida es así. Quizá en la pesquisa encuentre a un verdadero samurai que pueda salvar a Sybilla, quien piensa en el aburrimiento como algo peor a la muerte. Toda esa inteligencia, de manera forzosa, debe perderse en pos de una simplicidad: sentirse amado.
Ludo persigue a los posibles padres gracias a las pistas que le da Sybilla. Espía a los prospectos, los hostiga y los molesta cuando intenta saber si ellos de verdad son la persona que él busca. No tiene mucha fortuna, pero así son los genios, inciertos y alocados.
La voz de Sibylla y la de Ludo chocan, se interconectan y ofrecen puntos de vista íntimos sobre una situación familiar sui generis. La cronología es lineal; las vigas maestras del relato son la madre y el hijo. La novela se divide en cinco apartados y en varios subcapítulos; muchos de esos son breves y otros, por supuesto, repletos de fórmulas matemáticas, palabras en otros idiomas e incluso pensamientos sueltos, de apariencia dislocada, pero ayudan a comprender eso que seduce de este libro: la inteligencia punzante. Pero la tensión está en saber si Ludo encuentra a su padre o no; pero eso es reduccionista, porque el libro toca otros puntos, como la compleja relación interpersonal entre personas hiper inteligentes y la terrible tristeza de luchar contra la estupidez sin resultados favorables.
Sybilla considera que el padre de Ludo es estúpido e innecesario, un analfabeta funcional que gana muy bien por hacer las cosas mal. Su única virtud es ser frívolo. Ludo domina la segunda parte del libro y lo más entrañable es cuando el chico entrevista a ciertos hombres que a él le gustaría que fueran su padre: científicos, lingüistas y periodistas. La experiencia es bochornosa e hilarante. Hay irreverencia, humor y dramatismo, pero nunca llega al aspecto melodramático del tema. Poco a poco, la figura de la madre se evapora. Él quiere ayudarla. Anhela estabilizar el ánimo de Sybilla para no verla hundida en un trabajo mal pagado y con una depresión tremenda. Ludo debe entonces convertirse en un chico sin padre y asumir todo lo que eso conlleva.
Me encantan algunas secuencias, en especial, cuando la maestra de Ludo entiende que está ante un genio, pero ella lo obliga a comportarse como alguien “normal”, porque su inteligencia “hace sentir mal a los que no son inteligentes”. Ludo “debe esforzarse más para no sobresalir, porque no es justo para quien se esfuerza mucho y obtiene pocos resultados”. Renuncia a la escuela y se decanta por aprender lo importante como autodidacta. Se une más a su madre. Durante los largos días de invierno recorren las líneas del metro; ahí la calefacción es gratuita y pueden leer sus libros favoritos sin sobresalto. Ludo, por supuesto, lee La Odisea en griego, The call of the wild y Winnie the Pooh. “Tres días después de descubrir su nombre, me di cuenta que me había precipitado en mis conclusiones. Muy a menudo, en los libros de viajes, el autor pasa de ser un ingenuo, un ignorante o un cobarde a realizar un gran acto de valor. Una semana después había leído todos los libros de mi padre. Debo admitir que esperaba encontrar una chispa de genialidad o de heroísmo que le hubiera pasado inadvertida a Sybilla. No ocurrió, pero yo seguí leyendo. No sé qué esperaba encontrar”.
El lector sabe que el padre de Ludo era escritor de viajes. Con esa pista se queda el chico y empieza un despertar vital mucho más complejo, porque la adolescencia no es fácil para nadie. La única certeza para Ludo, tomada de la película de Kurosawa, es que “un buen samurai parará el golpe”. Eso le da una lección: pase lo que pase estará bien. Saldrá de ese y más entuertos. Siempre.
El peligro de estar vivo también es una virtud que se sobrelleva con sabiduría, pero no con inteligencia, porque la inteligencia seduce y la sabiduría es un estadio mayor que ayuda a comprender mejor nuestros fracasos. Habrá que ser sabio entonces.
* La traducción de las frases entre comilla es mía.
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