Federico Vite
Febrero 18, 2025
(Primera de dos partes)
Desde el año antepasado, mediados de 2023 para ser preciso, la escritora italiana Francesca Giannone es una mención recurrente en el Continente Literario. No sólo por una pujanza editorial ni porque se haya desempeñado también como articulista (estudió ciencias de la comunicación), sino por una novela: La portalettere (Italia, Casa Editrice Nord, 2023, 406 páginas).
Esta historia transcurre en el sur de Italia, en Lizzanello, una provincia de Puglia, justo en el tacón de la bota italiana. Es 1934 y los personajes de esa comunidad reciben a una mujer del país del norte: Anna Allavena. Es blanca, habla francés y no le gusta el chismorreo ni el contacto físico característico de la gente del sur. Se aburre en un pueblo y extraña la vida cultural activa del norte. Prefiere leer y lo hace con soltura en otros idiomas, no sólo en francés. Padece también el calor, la religión manifiesta en todos los aspectos de la vida social y está inquieta porque no le gusta pasar el tiempo hablando de otras personas ni mucho menos en longevas visitas a los familiares de su esposo. Quiere leer y, en especial, le interesan las novelas escritas por mujeres, no disfruta tanto la obra de los hombres, aunque a Gustave Flaubert sí le tolera, en especial: La educación sentimental. Pero su placer máximo anida en Orgullo y prejuicio, de Jane Austen; y Cumbres borrascosas, de Emily Brontë.
En 1935 logra aclimatarse al calor, el barullo y la convivencia social constante. Un año después de su arribo a Lizzanello, Anna se presenta a la oficina de correos para hacer los exámenes que le darían un puesto como cartera. Aprueba los filtros de selección y se convierte en la primera mujer que reparte cartas en esa región, porque se consideraba que ese trabajo era sólo para los hombres. Obtiene el puesto y trabaja con ahínco, enfrenta nuevas crisis vitales, por ejemplo, una atracción amorosa y correspondida por su cuñado (un lector hecho y derecho), esta emoción es fortificada por el distanciamiento del marido, embebido por el trabajo de los vinos y el aceite de olivo; pero la razón esencial de esa frialdad marital es que Anna decidió laborar en un trabajo hecho para hombres. Quiero suspender la historia en este punto, porque son apenas las puntas del iceberg. Es decir, yo experimenté la curiosa sensación de haber leído esta historia antes, pero no de esta manera. Los elementos mencionados no son el núcleo de toda la trama, porque estos hechos que le menciono ocultan el resto del corpus literario.
Si ahí acabara la novela, todos la habíamos considerado un bodrio; pero lo atractivo es que ahí comienza, justo después de la página 80, la historia. La autora dispuso de elementos manidos para apuntalar una visión del mundo, porque con estos elementos empiezan a poner en funcionamiento algunos engranajes de la trama: hijos no reconocidos, preferencias sexuales y, en especial, la aparición del facismo no sólo como una amenaza, sino con un sistema paternal que en apariencia desea el bien del pueblo italiano, ideales consagrados a la bandera por Benito Mussolini. Ideas que permearon toda la vida de los italianos. Y esos ideales políticos entraron poco a poco hasta la sala de las casas, en las escuelas, las calles y, por qué no decirlo, en las cantinas. El facismo era bien visto porque “aspiraba” a lo bueno, pero el resultado quedó bien dibujado con un afán totalitario, un sistema machista incapaz de tolerar las críticas y las discrepancias.
Me gustaría ilustrar este hecho, la intromisión de la política en la vida personal, con una escena, Anna habla con su sobrina, Lorenza. “Obviamente le tocó a Anna ayudar a la niña y por fortuna, ella tenía casi toda la tarde libre. Anna asistía a Lorenza durante las tareas y despues ella la corregía y le preparaba la merienda con pan, mermelada y jugo de granada y todas las tardes le cepìllaba el cabello largo. La única cosa que arruinaba el humor de Anna era la exaltación del facismo que, sobre todo en las tareas del idioma italiano, salía siempre a relucir.
Inaceptable, gritó una tarde, destrozando los argumentos que Lorenza debía escribir, por elección propia, en la tarea. Después, en tono cantado y burlón, leyó: Soy una pequeña italiana, ¿cuáles obras del facismo son las que yo más admiro? Desde Vittorio Veneto hasta la marcha de Roma. Un mártir y héroe de la guerra italo-etiope.
Tú sabes que el facismo está equivocado, ¿verdad?, le dice después.
Lorenza bajó la cabeza: “Mmmm-mmm”, murmuró, un poco dudosa.
Te lo diría tu padre si estuviera aquí.
Aunque a mi maestra le gusta, Il Duce… intentó debatir Lorenza.
“Tu maestra es una verdadera imbécil”.
Claro, no estamos ante una obra de arte, sino ante un mecanismo ultra procesado que fue hecho para mantener la atención, pero lo que deberíamos aprender al leer esta novela es justamente a trabajar el suspenso, porque lo va regulando de una manera impecable y eso sí que termina potenciando la velocidad de la lectura.
En algunas entrevistas que la autora ha dado a programas televisivos y, por supuesto, a ciertos medios de comunicación impresos, señala la importancia del sur de Italia para esta novela, porque sin ese sur no habría La Portalettere. “El libro se inspira en un hecho que detona toda la historia. Encontré la tarjeta de presentación de mi bisabuela, también cartera, encontrada por casualidad en un cajón”. A partir de ese descubrimiento, Giannone empieza a indagar en la vida de la bisabuela y empieza a fabular lo que ahora conocemos como La Portalettere. Crea una historia que entrelaza la vida de Anna, la emancipación de la mujer y la de todo el país en vísperas de la Segunda Guerra Mundial.
Poco a poco se va desarrollando la vida interior de Anna y el lector descubre también que ella fue una profesora que escribía. Es decir, su oficio literario tenía intenciones artísticas. Ella poseía un conocimiento específico y trata de acoplarse al país del sur, trata de servirle al sur. Más allá de una idea de sororidad o feminismo, lo que se manifiesta es la solidaridad, en especial, cuando estalla la guerra. Pero esta historia seguirá aún más allá de la guerra, culmina en la revolucionaria década de los años 60 del siglo XX.
Me gustaría señalar que la gran virtud de este bestseller es que recrea la visión de la otra moneda de la historia, el punto de vista femenina del periodo entre guerras. ¿A quién no le gustaría conocer esa parte de la noche humana? ¿A quién no? De eso hablamos la semana entrante.
*Como es habitual en este espacio, la traducción de las frases entre comillas es mía.
@FederìVite