EL-SUR

Miércoles 12 de Junio de 2024

Guerrero, México

Opinión

Acerca de los malcriados portentosos

Federico Vite

Octubre 13, 2020

El pensamiento a contracorriente suele ser mal visto en México; poco tolerado incluso. Se aplaude la banalidad del bien y, a veces, es francamente muy aburrido estar de acuerdo con los tradicionales. Un ejemplo de ello es la paternidad. Bajo ese argumento me interesa comentar Tenemos que hablar de Kevin (Traducción: Javier Calzada. Anagrama, España, 2007, 607 páginas), de Lionel Shriver. Un libro que propicia reflexiones sobre la ilusión rota de la paternidad en un país que produce monstruos en serie.
A Shriver le interesa observar el mundo desde las esquinas oscuras, pero antes de ir al grano, me gustaría señalar que Tenemos que hablar de Kevin tuvo muchos dictámenes negativos antes de ser publicado. Algunos editores no sólo le sugirieron a la autora que su libro era malo sino que ella era una malvada. Con varios rechazos encima, más de 30, su agente literario le pidió que reescribiera la novela con más sentido del humor. Obviamente Shriver rompió el contrato con ese agente  y envió un ejemplar del libro al editor de una pequeña empresa californiana: Counterpoint. Tuvo una respuesta favorable de inmediato. En abril de 2003 apareció a la venta en muy pocas librerías de California y tres meses después de su publicación, sin campaña de publicidad alguna, un artículo en el New York Observer señalaba que las mujeres del Upper East Side, en New York, discutían una novela controvertida que iba ganando terreno en el mercado. Era un libro extraño con un sentido del humor inusual, cuyo título implicaba las travesuras de un chamaco: Tenemos que hablar de Kevin.
Para la autora sigue siendo un misterio que su novela se convirtiera en un bestseller, pues cuenta la historia del adolescente Kevin Khatchadourian, mejor conocido como K. K., quien asesinó el jueves 8 de abril de 1999, a las 3:30 de la tarde, a 13 personas en el gimnasio de su escuela.
Eva Khatchadourian, mediante largas misivas que pretende enviarle a su esposo Franklin Plaskett, pone en marcha la deconstrucción de Kevin. Deja sobre papel lo recuerdos que le ayudan a entender por qué su hijo cometió esa brutalidad. Describe, por principio, los motivos de su embarazo, la experiencia traumática del parto y el rechazo que sintió por Kevin desde el primer día que lo vio. Sumado a eso se encadenan experiencias perturbadoras entre Kevin y Eva, porque Kevin se limita a hacerle la vida de cuadritos a su madre, la hace ver como la mala del matrimonio.
La autora destruye el ideal de la maternidad desde una perspectiva temible. Explora, con perversidad y humor, el vínculo entre madre e hijo. Y lo hace, realmente, como si edificara un diario. Trabaja para un escucha, genera intimidad con ese recurso y ejercita el humor cruel que no se consuma en ironía, pero sí en una paradoja.
Eva inicia desde el presente para ir navegando, en retrospectiva, al pasado y comprender así algunos hechos que parecen necedades, ¿por qué seguir escribiendo cartas? ¿Por qué Franklin no contesta? ¿Por qué Kevin actuó como un salvaje y para qué? ¿Qué hace una madre en esos casos? Estas preguntas mantienen el suspenso de la novela, que a pesar de su longitud, se deja leer muy bien. Shriver trabajó para dinamitar las buenas costumbres. Pero el acierto mayor del libro es que analiza, desde la óptica de la apatía juvenil, a la sociedad estadunidense contemporánea. Tomo líneas de la novela referida para enfatizar lo señalado: “Diría que, en cierto sentido, la vida es my difícil para los chicos de ahora. La misma prosperidad del país se ha convertido para ellos en una carga; un callejón sin salida. Todo funciona, ¿no? Por lo menos si eres de raza blanca y de clase media. Por eso hay muchos jóvenes a los que con frecuencia debe de parecerles que no son necesarios. Es, por así decirlo, como si ya no hubiera nada más que hacer”.
La historia de Kevin es oscura y la narradora de la novela, Eva, es antipática, malhumorada, grosera y desdeñosa. Estamos ante una antiheroína inquieta y adicta al trabajo. Una mujer que perturba por sagaz y por su afán de crecimiento. A pesar de que está casada con un hombre acaudalado se esfuerza porque su negocio (la creación de guías para viajeros que se interesan por países “exóticos”) crezca y anhela que su nombre, “a pesar del apellido raro”, sea unido a dos adjetivos: emprendedora y valiente.
El asunto es que Eva se siente extraña durante todo el embarazo y vacía después del parto. No padece la depresión usual de ese proceso sino que tiene una revelación lacerante: su vida está siendo borrada por una personita que no es capaz, ni siquiera, de pegar los labios a un pezón para alimentarse. En suma: está deprimida e incapacitada para crear un vínculo con su hijo. La penetración sicológica del libro es envidiable. Shriver realmente bucea en Eva, de ascendencia armenia, acostumbrada al dolor, el sufrimiento y el exterminio de sus ancestros. Una mujer que escribe cartas para no perder la cordura.
Al final de la masacre, la madre simple y sencillamente es vista como la responsable de la atrocidad cometida por su hijo. Pues un hijo es el espejo de un padre. Quizá este sea el tabú más grande que derrumba Shriver y lo hace con solvencia. Pero el estilete esencial es el sentido del humor: “¡La vida podía ser tan bella, querido Frank! Era posible ser un buen padre, gozar de los fines de semana, las meriendas en el campo, los cuentos a la hora de ponerse a dormir, y todo ello para educar a un hijo honrado y fuerte. Estabas en América. Y tú lo habías hecho todo bien. Por consiguiente, nada de aquello podía suceder realmente”.
Sus diálogos, sobre todo en las discusiones de pareja, permiten que un lector se sienta recompensando al sumergirse en una historia de largo aliento. Una historia, por cierto, plagada de personajes detestables; salvo Celia, la hermana menor de Kevin, el resto es desagradable. Con ese tipo de caracteres, la autora se las ingenia para ridiculizar los sueños de la clase media norteamericana y, de paso, la absurda idea del patriotismo que Estados Unidos se empeña en ejercitar desmedidamente. La supremacía blanca y sus vicios, ese es el otro discurso que se mueve subterráneamente en todo el libro.
Shriver construye una pesadilla con ejemplares intachables de una sociedad “sana”, quienes ven aún en la familia y en la maternidad la forma de expandir los límites “del mejor país del mundo”. Se necesita tener un pedazo de hielo en el corazón para escribir historias así, necesarias, poderosamente necesarias, para comprender la paradoja que describe la humanidad en el siglo XXI.