EL-SUR

Miércoles 10 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

Actividades de alcoba

Federico Vite

Octubre 28, 2025

(Segunda de tres partes)

 

El insomnio es un asunto que desde niño me aqueja. En cierta forma, lo asocio con la literatura que yo ejerzo: una tonalidad nocturna con visos a la luz. Mis libros son una especie de pesadilla que logra, de vez en cuando, el milagro de la publicación. Recuerdo que hace algunos años me dijo una editor que uno de mis libros (Oleaje de agua profunda) era muy triste y que así era imposible venderlo. Me alegró mucho saber eso. Y fui a casa con un poco de optimismo, porque había tenido mi primer lector ideal y él, con todo lo que ha leído en la vida, me pidió que cuando tuviera otra novela lista se la enviara. Lo hice, pero ya no tuve una respuesta. Intuyo el porqué.
Me recuerdo despierto en noches frías, con lluvia; me recuerdo también con calor y con niebla, en casas extrañas, logré verme con el ojo de la mente en muchos lugares, en todos despierto. La primera vez que tuve un sueño relacionado con mi muerte fue en Aguascalientes, en el año 2001, estuve varios días de aquel octubre en un hotel. Recuerdo el fresco de la noche. En el sueño yo estaba recargado en la pared blanca de un hospital, oí algunas voces y pude ver a los hablantes. Tenían una larga cabellera oscura. Me tomaban de la mano; yo me sentía tan tranquilo, tan yo, pero no pude ver los rostros. Sólo recuerdo mi pregunta, ¿esto es la muerte? Quizá sea la más honda huella de lo que considero el futuro. Digo futuro y es cuando el ideal del insomnio aqueja. ¿El futuro? ¿Qué futuro puede tener un escritor? Escribir, claro está; ¿publicar? Sí, de vez en cuando, y, en el mejor de los casos, el futuro me permite seguir vivo, porque seguir vivo me facilita la comprensión de algunas cosas que ya no podré azuzar una vez que esté muerto, por ejemplo, este oficio en el que muchos deben etiquetarse, porque las etiquetas son importantes, son la forma en la que uno se vende. De la etiqueta que uno elige para sí mismo depende el porvenir rentable del autor.
En más de una ocasión, los potenciales editores me han preguntado en tono jocoso: ¿Entonces escribes policiaco? No, suelo responder, lo mío es más una indagación sobre la violencia, ya sea realista o no. Es ahí cuando lo poco que he logrado en la charla se desmorona. ¿Entonces cómo te definirías?, me cuestionan. Y aunque suene a perogrullo, suelo responder con un concepto: Tropical. Siendo honesto, tampoco soy tropical; pero así me veo. Antes me encantaba la literatura norteamericana, ahora sólo vivo para leer italianos y franceses. Esto también lo pienso durante el insomnio y me lleva por derroteros insospechados, porque noto que mi prosa por fin ha cambiado, eso se debe a que me escucho en sordina, no como el dulce canto de Narciso, sino que de verdad poseo una voz, y me gustaría precisar, que sólo la uso en estos momentos, cuando no escribo, cuando pienso, porque esta voz no es para comunicar, sino para indagarme. Hablo de ella como una herramienta, pero a veces me ayuda a salir de ciertos entuertos sugeridos por las narraciones que emprendo. He oído a muchas personas hablar de la voz personal como estilo, pero rechazo esa certeza, pues el estilo es otra cosa, un modo de crear historias, no una herramienta para sondear al autor. Es una maquinaria que me asiste cuando emprendo un libro, nunca cuando lo escribo.
Pero decía que intuyo el motivo por el que aquel editor ya no quiso comunicarse conmigo. Le envié Parábola de la cizaña, una nouvelle mucho más oscura que Oleaje de agua profunda. Aposté todo por personajes siniestros. Me fue un poco más triste que la anterior pesquisa editorial, pero el resultado me gustó muchísimo. Me jugué el alma en ese libro. Su extensión es menor a las cien páginas, pero tiene eso que me animaba en aquellos años, la pulsión oscura de la vida. Durante una conversación con el extraordinario Luis de Tavira –director de escena, ensayista y dramaturgo– salió al tema mi nouvelle, porque él es de formación jesuita. La Parusía es un tema complejo, dijo con una solemnidad que me conmovió, ¿por qué alguien tan joven quiere contar eso? ¿Y cómo quiere contarlo? Expliqué que yo intentaba reproducir el corte de la cizaña en el trigo, una parábola clásica de la Biblia. Me miró con una expresión sombría. ¡Ah!, respondió, lo que usted quiere es un apocalipsis. Tomé la respuesta como una invitación de relectura a Juan de Patmos, pero en el fondo lo que yo quería narrar estaba relacionado con la “revelación” de lo nunca visto. Me dio miedo escribir ese libro, no por las referencias satánicas ni por espectros temibles, sino por la resignificación de mi poética. Conté una historia que iba hacia atrás en el tiempo; en reversa, como un invocación para detener el presente en momentos temibles. Me acerco cada vez menos a ese libro, pero sé que ahí puse algo más que sólo la voz narrativa. Arriesgue la cabalidad y oscurecí aspectos de mi credo, pero la prosa era más próxima a lo que aún anhelo en cada libro: un poco de poesía, diálogos escénicos y agilidad narrativa. El problema fue que me dio muchos dictámenes negativos en varias editoriales, fueron muchos de verdad. Tuve la suerte de que la colección editorial Molinos de Viento, de la UAM, la acogiera; años después apareció en Estados Unidos bajo el sello de La Pereza Ediciones. Es un proyecto tan raro que me inquieta y con el insomnio suelo creer que esos personajes siguen atorados en ese artefacto, a la postre convertido en bucle espacio-temporal; después de ese libro aposté por cosas más sencillas, justo como los pide la industria editorial mexicana, pero a pesar de que lo intento no me salen. Con la falta de sueño encima suelo creer que “mi impostura literaria” es un autosabotaje. Pero tengo una voz, me digo, una voz y en la medida que envejezco se transforma en algo mucho más filoso y, por supuesto, me corta. Ahora ya no entiendo la publicación de un libro como una renovación del pasaporte que otorga el Continente Literario, la considero una correspondencia natural a la vitalidad del autor, una deferencia hecha para ser leída, no para ser comentada. Pongo por escrito las delaciones de lo que entiendo y lo que me inquieta, me enfundo en personajes, en una ciudad que con recurrencia parece Acapulco, pero el tiempo emocional de las acciones nunca corresponde con el mío. Escucho el trino de los pájaros y, aunque no haya dormido, me levanto para darle continuidad a lo diurno. En la claridad de la mañana tengo otra forma de ser, digamos que se trata de algo menos denso, más propio y acorde con la tibieza matutina de quien ya soñó.

@Federì Vite