EL-SUR

Miércoles 10 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

Actividades de alcoba

Federico Vite

Noviembre 04, 2025

(Tercera y última parte)

También creo que aquella pregunta, con la que inicié esta serie de impulsos escriturales, tiene una respuesta que podría discutirse por mucho tiempo, pero la conclusión sería la misma: ni los talleres, ni los cursos de escritura creativa ni los diplomados enseñan a escribir, pero ayudan a pulir algunos elementos técnicos de una profesión que exige mucho más que la reproducción del aprendizaje, la literatura requiere también intuición, saltos al vacío, caminar entre la incertidumbre. De cualquier manera, no creo que los talleres y estas actividades sean una desperdicio de tiempo, energía y dinero. No. Al contrario, son una inversión gozosa que puede contrastarse con el ejercicio real de la escritura: soledad, disciplina y auto reconocimiento. Uno sabe, en el fondo, si tiene la madera para ser un escritor o no; pero a veces esa sabiduría sólo se define por la tenacidad y el obstinado ejercicio vital del escriba. Esos, no otros, son el rasgo indudable de un llamado vocacional. La literatura, entre otras cosas, también contribuye a la mejor comprensión de uno mismo. Pero a menudo me pregunto si el hecho de escribir es un logro. No desdeño los proyectos que enseñan a escribir, porque el acto de crear por escrito es en sí ya un logro. Obvio, para quien lo ejercita, no para quien lo tallerea o para quien lo lee; pero a veces se adquieren logros colectivos cuando el proceso de escritura se transforma y materializa cualidades estéticas, expresivas y emocionales.
Sé que la voluntad por comunicar se mantiene intacta en quien desea consagrar la vida en la literatura y a veces temo que ya nadie quiere contar historias, sino leerlas o verlas a la manera de una serie por streaming. El otro aspecto más extraño aún es que muchos escribas intentan revivir historias, no crearlas, como si la voluntad mimética entre vida y escritura fuera la consagración. ¿Por qué? Tal vez para confirmar sus actos.
He notado, en los talleres que suelo coordinar, que muchas personas no cambian las acciones de sus protagonistas –aunque sean inverosímiles e incongruentes– porque en el fondo no son personajes de ficción sino ellos mismos y, por supuesto, no se han dado el tiempo ni el espacio para crear o moldear la trama según los requerimientos del relato. Ya no quieren narrar, sino confirmar lo que hicieron, vivieron o, en el mejor de los casos, necesitan dejar por escrito todo aquello en lo que se equivocaron. La escritura es un dispositivo para sentir más. O dicho de una forma mejor: una estrategia para sentir de nuevo lo ya experimentado.
Con el cansancio del desvelo pensar es mucho más riesgoso porque afloran algunos aspectos hirientes que vigorizan, por decirlo con énfasis amable, las pulsiones escriturales. Yo no suelo tener miedo cuando escribo, pero padezco algunos momentos en los que las emociones son más intensas y, lejos de ayudar a construir una historia, la estropean. Sentir mucho estorba al momento de crear, y eso me lleva a concluir que los buenos escritores tienen un motor distinto, algo que les impide llegar a la cursilería y al mismo tiempo les concede la gracia de la emoción. Pienso en John Fante y en John O’Brien; más en O’Brien, sin duda, porque hay largos y siniestros pasajes en Leaving Las Vegas (1990) que uno no puede dejar de recrear cuando bebe alcohol, largas y siniestras ideas que bien podrían ser parte de esto que intentó asir el autor: el suave roce de la muerte. Puesto así, de manera paradójica, la novela se convierte en un canto a la vida.
La vitalidad de Fante me hace bien; sobre todo The brotherhood of the grape (1977), cuyos pasajes memorables entre padres e hijos adquieren una luminosa presencia; pero si habría de tomar un libro de él para releerlo ahora, cuando llevo el cansancio de otras noches en el rostro, es Full of life (1952), un texto biográfico en el que el narrador da cuenta de los complejos entresijos del matrimonio. Recreo esa historia y asumo que es muy complicado crear un libro así ahora, un texto en el que la vida se trasmina con tanta intensidad en la escritura. También viene a mi mente Con le peggiori intenzioni (2005), de Alessandro Piperno, en el que la vida y la obra tienen una resonancia particular. Recuerdo haber leído en un ensayo de Piperno, una confesión es voz alta, que tras la publicación de su primera novela –el libro referido líneas atrás– muchas ex novias trataron de hacer las paces con él, pero hubo una de esas chicas que incluso llegó a creer que lo ocurrido entre ellos fue lo mismo que pasó en Con le peggiori intenzioni, aunque “lo que yo escribí en la novela era ficción, una especie de venganza por lo ocurrido entre ella y yo, pero el resultado fue demoledor: ella suplantó el recuerdo y los motivos de nuestra ruptura por lo descrito en la ficción”.
La vida y la obra, entiendo, están tan imbricadas de una manera que a veces no pueden diferenciarse. Traigo a cuento un libro extenso de William Gaddis: The recognitions (1955). Un documento cuya tesis es vigente. ¿Identificar lo real de lo falso es una actividad muy complicada? Sin duda alguna. Eso tan bien lo agiganta el insomnio, porque las capas de lo real confunden mucho a quien las atiende y eso pasa en la literatura. En el Continente Literario se sabe que impacta más el autor que la obra, pero yo lo pongo de otra manera: es más atractivo el perfil de un autor en el círculo rojo del Continente Literario, mucho más que la obra, porque a final de cuentas, ¿quién lee? No lo expongo como queja, sino como una herramienta de uso corriente, porque quien lee se forja un criterio y sabe de inmediato si lo que tiene entre las manos vale la pena o no, sea de un autor sin padrinos o de una incipiente lumbrera sin soporte mediático o, más aún, un autor auspiciado por las buenas relaciones públicas de quien vive en el centro del país.
Esto es lo que he aprendido y aunque cierro los ojos no logro ahondar más en la oscuridad de mi mente. Eso es bueno, porque no puedo estar peor, aún queda noche y mucho combustible en los pensamientos; mi interior se parece tanto a la tierra en la que se deposita la semilla. Y ésta sólo crece en la oscuridad, pero florece en la luz. Eso es lo que yo sé, pero no duermo ni tantito. A ratos creo que lo único bueno del insomnio es que me permite contemplarme, como si de alguna u otra manera lo que yo buscara fuera un autorretrato nocturno. Nada más.

* La traducción de la frase entre comillas es mía y pertenece al texto homónimo del libro de ensayos Pubblici infortuni (2013), de Alessandro Piperno.

@FederìVite