Federico Vite
Diciembre 09, 2025
El narrador inglés Charles Dickens tenía 40 años cuando comenzó a escribir Bleak house (Estados Unidos, Vintage, 2012, 864 páginas). En un año, entre 1852 y 1853, contó toda la historia que algunos escritores y críticos literarios consideran una obra cumbre. De hecho, gracias a que vi en Youtube una conferencia de Donna Tartt sobre esta novela de Dickens, me aventuré a leer esta larga historia. No es fácil de encontrar este libro, pero una vez que uno lo encuentra, se asusta un poco, porque debe suspender muchas cosas para dedicarle tiempo a este documento que bien podría ser considerado de un volumen titánico: 885 páginas divididas en 67 capítulos.
La novela arranca con una breve sentencia que pone en perspectiva todo una estructura grandilocuente: “Niebla en todas partes. Niebla sobre el río, cuyas corrientes bañan los montículos verdes y las praderas; niebla río abajo, donde se mueven las aguas sucias entre las líneas de flotación de las embarcaciones, y la riviera de una grandiosa (y sucia) ciudad”.
La huérfana Esther Summerson es la figura principal de esta novela y de igual manera, una de las narradoras de la historia; la otra voz narrativa es masculina, omnisciente y posee una cualidad: es mucho más desenfadada que la de Summerson. Lo que ella narra está en una soporte (libreta, hoja, diario) y cataloga emociones tristes, es un magnetófono de anhelos y protagoniza la inabarcable pesquisa de su identidad. Consigue ascender en la escala social gracias a que una familia adinerada la contrata como ama de llaves. La identidad de este personaje es una válvula que permite interconectar varios de los actantes que deambulan por esta novela: detectives, abogados, guardias, sirvientes, profesores, políticos, escribas del condado, jueces, soldados, policías, alcaldes y otras tantas figuras del poder.
El otro narrador, el masculino omnisciente, reproduce pormenorizadas charlas entre caballeros; se burla de abogados, jueces y figuras de poder, pero se toma la libertad de exponer temas candentes, no sólo la posibilidad de ganar dinero mediante la aplicación “imparcial” de la ley, sino que sabe cómo granjearse otras riquezas, por ejemplo, la relaciones públicas de empresarios y políticos, además del amor de algunas mujeres. Pero aparte de ese hecho, esa voz ingresa en un mundo masculino y define así una identidad que contrasta con la de Summerson, caracterizada por la pasión, el esfuerzo y el trabajo doméstico.
Bajo estos dos narradores la historia cobra forma, porque uno da cuenta de lo exterior y otro de lo interior. Yo me preguntaba, ¿qué sentido tiene contar en un diario los hechos si la voz omnisciente detalla otro aspecto, pero ignora a Esther? Pude hallar un viso de respuesta en el capítulo 37, titulado Jarndyce vs Jarndyce, donde la voz narrativa omnisciente y masculina ofrece información sobre Summerson, en especial, acerca de un hombre que al inició de la novela muere de manera extraordinaria, pues se habla de un homicidio, después de un asesinato; pero la hipótesis más importante es que falleció por “combustión espontánea”. Rook es un personaje secundario que acopia todo tipo de papeles y en ellos está la solución del caso Jarndyce vs Jarndyce, pero es complejo desarrollarlo sólo en unas líneas. Rook murió en esa casa, donde se habla del recorrido que hace un fantasma en una terraza. También se escuchan cosas extrañas (susurros, respiraciones, pasos), pero lo más complejo es que ese hogar, donde ocurrió el incidente de la combustión interna, forma parte del litigio en cuestión y ahí se hace presente Summerson, quien poco a poco sabrá que su madre es una mujer de gran presencia en la trama y su padre un tipo de tonos grises, más oscuros que claros. Ergo: hay visos de drama, pero lo atractivo del libro no está en la obsesiva búsqueda de identidad que procura Esther, sino en la forma de mostrarle al lector que la justicia de cualquier Estado es un asunto que incide en la vida de muchísimas personas y Dickens, con la potencia de un ogro, lo muestra en esta novela de largo aliento.
¿Los dos narradores hacen más atractiva la historia? No, entorpecen un poco el buen enramado de la trama, pero es un libro singular y muy ambicioso; aunque siendo honesto, le sobra un narrador. Con una voz narrativa –masculina o femenina– habría sido suficiente; en especial, porque esta elección haría que el autor recurriera a la magnífica esencia del punto de vista. ¿Para qué usar dos narradores si el impacto que busca el autor es factible con uno solo? No sé los motivos que lo llevaron por este sendero, pero aplaudo la decisión de Dickens porque este capricho (dos narradores) ilustra aspectos de una novela que no siempre se ven durante la escritura, recordemos que este autor fue publicando el libro por entregas, sin la posibilidad de corregir, sin el tiempo de reflexión que podría tener un escritor actual.
Cuestión aparte, no creo que Bleak house pueda ser valorado por muchos lectores ahora. Hay mucho diálogo, una acumulación tremenda de frases que se convierten en circunloquios que sobran, pero Dickens busca ese efecto, la desesperación de que nada pasa si el sistema judicial no logra dar la sentencia de un caso que lleva generaciones en proceso. Ecos de esto hay en El castillo (1926), de Franz Kafka, aunque en el caso de Bleak house se expone de otra manera la desesperación por la ineficacia del Estado.
El caso Jarndyce vs Jarndyce sobrepasa todo, porque la justicia, dice Dickens, es omisa, tarda en llegar debido a los abusos y actos de corrupción, pero en especial: “Excede los costos que puede cubrir el Estado”. La mayor enseñanza es ésta: “La justicia que no puede cubrir el Estado trae daños irreversibles a la sociedad”.
La omisión de la ley no es una idea nueva en Dickens, aparece en Our mutual friend (1864-1865), y ahí aborda el abuso de poder y la corrupción de la mafia política y empresarial, esos pocos que se benefician del hambre y el esfuerzo colectivos. Esto me conecta a otro libro en el que las huellas de Bleake house están presentes, hablo de The little friend (2002), de Donna Tartt. Harriett, la protagonista, narra el supuesto suicidio de su hermano, un tipo que un buen día, sin problemas personales ni depresión, se colgó de un árbol. Pero nadie sabe por qué. Tartt imita muy bien la pesquisa hecha por Esther en Bleak House. En las 795 páginas de la novela de Tartt no hay una resolución total. Eso la hace endeble, pero yo la percibo como un efecto doppler de lo hecho por Dickens, pues Tartt señala que hay situaciones, momentos y hechos que no pueden ser alcanzados por la justicia. Esa también es la brutal certeza al finalizar Bleak house; aunque hay otra, una inexpugnable: la omisión del Estado debe ser narrada, siempre, desde la víctima. ¿No lo cree usted?
* La traducción de las frases entre paréntesis es mía.
@FederìVite