EL-SUR

Miércoles 10 de Agosto de 2022

Guerrero, México

Opinión

¡Agua para Acapulco!

Anituy Rebolledo Ayerdi

Junio 16, 2022

Los Pozos del Rey

Acapulco mantuvo durante la época colonial una población aproximada de 2 mil habitantes, multiplicada hasta por 4 durante la Gran Feria de Acapulco, que se celebraba anualmente con el arribo de la Nao de Manila y en ella se exhibían y comerciaban las ricas mercaderías orientales transportadas por el galeón. El agua nunca faltó, no obstante la extraordinaria población flotante.
Las fuentes hídricas del puerto eran entonces los cauces naturales bajando del anfiteatro para desembocar en la bahía, además de dos pozos profundos abiertos por las autoridades virreinales llamados “Pozos del Rey”. El más visitado se localizaba en la actual plaza Álvarez (hoy edificio Pintos), del que se abastecían incluso los galeones orientales. El otro se ubicaba en el actual barrio de Petaquillas para atender las necesidades del vecindario, formado por las familias de la guarnición del Fuerte de San Diego. La fortaleza ha contado desde siempre con un venero interior.

Los aguadores

Los aguadores de aquellos tiempos distribuían el líquido en cántaros de barro, cubiertas las bocas con hojas de plátano. Los transportaban en redes de mecate atadas al fuste de un burro necesariamente chaparro. Ora que quienes carecían de una acémila las cargaban a lomo, colgados de un madero rollizo como antiguo balancín. Mucho más tarde los cántaros serán suplidos por latas alcoholeras.
Don José Manuel López Victoria, el cronista por excelencia de Acapulco, describe al aguador en sus Leyendas de Acapulco: “Vestía holgada camisa y apretado calzón de manta ceñidos en las piernas y en la cintura. Usaba un sarape de colores chillantes sobre el hombro izquierdo, mientras que en la mano diestra portaba siempre una “cuarta” de cuero o soga para arrear al asno”.
Por su parte, Alejandro Gómez Maganda, ex gobernador de Guerrero, cronista memorioso del puerto y escritor de prosa elegante, describe a las aguadoras: “Mozas de piel morena y satinada acudían muy temprano al “pozo del Rey”, del centro de la ciudad. Caminaban muy garbosas con sus cántaros en la cabeza y los pechos enhiestos, empitonando el percal detonante de sus vestidos de indianas” (Acapulco en mi vida y en el tiempo).

El Pozo de la Nación

–¡Pozo del rey, mis talegas! –exclama con voz estentórea el gobernador general Diego Álvarez Benítez. Ha escuchado una referencia a tales fuentes coloniales cuando encabeza la inauguración de un pozo de agua, abierto por su gobierno en atención a la demanda angustiosa de un céntrico vecindario del puerto. Surtido desde siempre por el venero del barrio vecino llamado El Chorrillo, se les niega el acceso ante la amenaza de agotamiento.
–¡Este no será el pozo de ningún puto monarca español! – proclama sílaba por sílaba el hijo de Don Juan Álvarez–, ¡este será el primer Pozo de la Nación Mexicana! Y como Pozo de la Nación, bautiza sin pretenderlo al barrio beneficiado, uno de los más cálidos del puerto, por cierto.

El Nopalito

Será hasta la tercera década del siglo XX cuando Acapulco cuente con un sistema de agua a la medida de su población. El sistema Palma Sola, llamado así por el manantial que lo abastecía, fue inaugurado en 1932 por el presidente Pascual Ortiz Rubio (1930-1932 ), uno de los tres mandatarios presidentes impuestos por Calles, el “Jefe Máximo de la Revolución”, para cubrir el periodo del asesinado presidente Álvaro Obregón.
Apodado El Nopalito, por lo baboso, se decía, Ortiz Rubio no lo era tanto, ¡qué va!, junto con su secretario de Comunicaciones y Obras Públicas, Juan Andrew Almazán, paisano de Olinalá, se agandallarán, centímetro a centímetro, buena parte del litoral de la bahía porteña. Se utilizó el recurso de la “expropiación por causas de utilidad pública”, pagando “cualilas” (moneda de dos centavos) por el metro de tierra cultivada con millares de palmas de coco, a partir del Fuerte de San Diego y más allá de la Diana actual.
Acapulco, se ha de decir, nunca tuvo problemas para satisfacer las necesidades hídricas de sus habitantes, ni cuando sumaban 2 mil y tampoco 10 mil ya en pleno siglo XX. Y era que allí estaba el río Grande, que nacía en la sierra de Carabalí y descendía caudaloso como serpentina hacia la bahía. Los hispanos Fernández lo aprovecharon antes que nadie estableciendo a su paso la fábrica La Especial, de aceites y jabones (hoy Idhasa, de agua y hielo, de los Carriles Ontañón) siendo conocido por ello como río de La Fábrica, nombre también del barrio. Otra denominación fue el de río de Aguas Blancas, por ser las suyas incluso azulosas. “Cristalinas, livianas y pobladas con varias especies de peces”, rememora el cronista Rubén H. Luz Castillo (Recuerdos de Acapulco).
Por su parte, el almirante Alfonso Argudín anota en El Acapulco que perdimos: “El cauce del río Grande tenía muchos pozos profundos a lo largo de los terrenos propiedad de Facundo Castrejón (papá del doctor Luis Rafael), en los que se construye el Infonavit, mismos de los que se abastecían muchos aguadores de la ciudad. Lo hacían mediante latas alcoholeras transportadas en acémilas llamándoseles por ello “burreros”. “¡Ya llegó el agua, agua clara y liviana para beber!”, era el grito de los muy populares Chuy García, Maco, Cleto, Emilio Hurtado y Yuyo Castrejón
El río Grande

Los Llanitos era un aguaje dotado de varias pozas, localizado en el área que hoy ocupa el Mercado Central. A estas concurrían las lavanderas, siempre atentas al cuidado de los hijos, necesariamente chirundos, dedicados los pequeños al baño y al nado. Los mayorcito, por su parte, llamados “verijones” y “verriondos”, siempre empeñados en bisnear a las jóvenes y también a las augustas matronas escasas de ropa.
–Cabrones chamacos chaqueteros, les va a caer nube en los ojos de tanto ver chichis colgando –amenazaba a gritos doña Flavia Meraza, del barrio de El Placer.
Las tarifas de lavado eran entonces de 25 centavos por docena y 50 centavos por la planchada.
El río Grande o Aguas Blancas o de La Fábrica, el de aguas cristalinas, zarcas y livianas, hábitat de peces, crustáceos y garzas, es hoy una corriente inmunda y pestilente que corre confinado herméticamente bajo el paso elevado de Hurtado de Mendoza.

El Camarón

El río de El Camarón, por su parte, nace en Palma Sola y era llamado así por ser hábitat de tal crustáceo, en medida tal que su curso era interrumpido en varios sitios por legiones de camaroneros. Los14 metros del cauce natural de la corriente serán disminuidos con el tiempo por la mancha urbana en más de la mitad (7.8 metros). Por ello, aquella terrible madrugada del 9 de octubre de 1997, el huracán Paulina convirtió el dócil riachuelo en una corriente impetuosa, destructora y mortífera, reclamando su espacio natural. Una de las más dramáticas y dolorosas tragedias de Acapulco en toda su historia.

Otras fuentes

Pozos profundos fueron perforados en los patios de muchas casas del puerto, pero muy pocos ofrecían agua potable. Por lo regular, se trataba de agua llamada “pesada”, algo salobre. De ahí la concurrencia a los que la ofrecían potable lo que era un decir porque simplemente era cristalina y tenía sabor agradable. Entre ellos: El pozo del Venado, en La Mira; los pozos de Yuyo Castrejón, en Los Tepetates; el pozo de Salsipuedes, en el Barrio Nuevo (IMSS); el pozo de Los Parazales (hoy Tepito). El Pocito surtiría de agua a un ferrocarril que nunca partió y que terminó dando nombre al barrio de El Pasito.

Las cajas

Dos cajas redondas para abastecer agua a embarcaciones fueron construidas entre el último tercio del siglo XIX y el primer lustro del XX. La primera en el barrio de La Adobería, propiedad de la empresa estadunidense Pacific Mail Ship Company, para abastecer a sus barcos con servicio regular entre Acapulco y Estados Unidos. Contaba la empresa con su propio muelle de madera –30 metros con techumbre de lámina de zinc–, un astillero y bodegas laterales. A la altura de la hoy escuela José Azueta se levantaba el enorme depósito del que se bombeaba el agua hasta el muelle, para luego ser transportada a los barcos en un tanque remolcado por un bote con seis remeros.
La segunda caja se localizaba en el barrio de Las Crucitas. La había construido el alcalde Cecilio Cárdenas Miranda, del barrio de El Rincón (La Playa), para surtir al Hospital Juárez, en el cerro de Las Iguanas. Construido por el acalde cubano- gallego doctor Antonio Butrón Ríos, el nosocomio fue destruido por el gran terremoto de 1909 (“¡dos minutos y medio de duración!”, juraron los acapulqueños). Un nuevo hospital será edificado más tarde en ese mismo lugar por el alcalde Antonio Pintos Sierra, con el nombre de Civil Morelos. Hoy es un parque público.

Sierra Madre

Fueron muchas las corrientes que como hilos de agua descendieron de tiempo inmemorial por las montañas que bordean la bahía, dando origen al anfiteatro sobre el que se recuesta la ciudad. Elevaciones que forman parte de las últimas estribaciones de la Sierra Madre del Sur y cuyas cimas no alcanzan los mil metros de altura. Sin embargo, apenas a 50 kilómetros, ya rebasen los 2 mil.
Además de un arroyo que bajaba por la hoy calle Azueta y del que se servía la Pacific Mail, el ex alcalde almirante Alfonso Argudín recordaba otra corriente que pasaba por su residencia familiar. Bajaba del cerro de La Mira, a partir de un ojo de agua conocido como El Venado, pasaba por un costado del domicilio de la familia Vanmeeter y enseguida por la escuela Altamirano. Seguía su curso entre las casas de los Adame y los Basterra, deslizándose enseguida bajo un pequeño puente de madera, cerca del Hotel Jardín, para desembocar finalmente en la bahía.
En Caletilla, un estero bañaba toda el área que luego ocuparán la plaza de Toros, el frontón Jai Alai y el estacionamiento público (mercado), con desembocadura donde hoy se levanta el hotel Boca Chica. Más acá estaba el arroyo de la playa de La Aguada, nombre que adquiere porque de él se abastecían las embarcaciones que en lenguaje marinero es “hacer la aguada”.

Los lavaderos de Juana Valle

El estero de Manzanillo, por su parte, fue aprovechado para la instalación de lavaderos públicos dedicados por doña Juana Valle a las lavanderas de los barrios cercanos. La abuela de Luis Walton Aburto pedirá como regalo de aniversario, 101 años, lavaderos nuevos para sus mujeres y su hijo Raúl la complacerá. Allí siguen.
Un arroyo más descargaba en la playa de Hornos. Bajaba del fraccionamiento Marroquín y escurría atravesando la actual avenida Cuauhtémoc, inundaba el primer campo de aviación de Acapulco (hoy auto-hotel Ritz), para desembocar al Océano.
A partir de La Cima, el arroyo de La Garita ha reclamado desde siempre la libertad de su cauce natural y desembocadura plena. Cuando se le ha negado ha tronchando la avenida Farallón e inundado los sótanos del hotel Emporio. Finalmente, y a regañadientes, se abrirá una vía para dar a la corriente paso libre hacia el mar. Sin embargo…

El Chorro, 1942

Y mire usted qué gran casualidad. Será otro de los presidentes efímeros de este país, Emilio Portes Gil (1928-1930), quien construya en 1942 el sistema de agua potable conocido como El Chorro, así llamado por el manantial que lo surte desde Coyuca de Benítez, a 50 kilómetros del puerto y a mil 200 metros de altura. Lo hará cuando se desempeñe aquí como presidente de la Junta para el Mejoramiento, Saneamiento y Alumbrado de Acapulco (antecedente de las alemanistas Juntas de Mejoras Materiales), designado por su cuate el presidente Manuel Ávila Camacho.
El proyecto de la obra fue presentado por los ingenieros Fernando Tejado y Fortunato Dozal, en tanto que la empresa ganadora del concurso fue la compañía Techo Eterno Eureka, propiedad Manuel Suárez, empresario hispano a quien más tarde el presidente López Mateos, al que denostaba con odio “gachupín”, le jugará una mala pasada despojándolo, vía Alfredo López Cisneros, Lopitos, de su cerro denominado La Laja, destinado a fraccionamiento de lujo.
El contrato de adjudicación fue por un millón 950 mil pesos estipulándose un año para la entrega de la obra, con una penalización de mil pesos por día de retraso. Sin embargo, cuando esta lleva un avance del 80 por ciento, Suárez se presenta ante Portes Gil para decirle que la guerra ha encarecido todo y que no tiene dinero para terminarla. El presidente Camacho salva la situación para que “El Chorro” beneficie a una población de 60 mil habitantes, a razón de 300 litros diarios por cabeza. La línea de conducción de 50 kilómetros se consideró en su momento como la más larga del país.

¿Y luego?

Luego vendrán los tiempos de las Capouismas y las Capamas con la adopción de un lema inquebrantable: ¡Lo del agua, al agua!