EL-SUR

Lunes 17 de Junio de 2024

Guerrero, México

Opinión

¡Agua para Acapulco!

Anituy Rebolledo Ayerdi

Junio 22, 2023

 

Anituy Rebolledo Ayerdi

Los Pozos del Rey

Acapulco mantuvo en tiempos de la Colonia una población de 2 mil habitantes, multiplicada varias veces durante la feria anual con motivo del arribo de la Nao de Manila. La población se abastecía entonces de agua a partir de los cauces naturales y de pozos abiertos por el virreinato llamados Pozos del Rey. El más visitado se localizaba en la actual plaza Álvarez (edificio Pintos) del que se abastecían incluso los galeones. El otro se ubicaba en el actual barrio de Petaquillas, para servicio de las familias de la guarnición militar del fuerte de San Diego, en cuyo interior, por cierto, se localiza un venero.

Los aguadores

Los aguadores de aquellos tiempos distribuían su producto en cántaros de barro llenos hasta el pescuezo y cubiertas las bocas con hojas de plátano. Los transportaban en redes de mecate atadas al fuste de un burro chaparro. Ora que quienes carecían de una acémila las cargaban a lomo, colgadas de un palo delgado y rollizo. Mucho más tarde los cántaros serán suplidos por latas alcoholeras. El aguador es descrito por don José Manuel López Victoria, el cronista por excelencia de Acapulco: “Vestía holgada camisa y apretado calzón de manta ceñidos en las piernas y en la cintura. Usaba sarape de colores chillantes sobre el hombro izquierdo, mientras que en la mano diestra llavaba siempre una cuarta o soga de buey para arrear al asno (Leyendas de Acapulco).
Por su parte, don Alejandro Gómez Maganda, ex gobernador de Guerrero, cronista memorioso y escritor de prosa elegante, describe a las aguadoras:
“Mozas de piel morena y satinada yendo por agua al pozo del Rey. Muy garbosas con sus cántaros en la cabeza y los pechos enhiestos, empitonando el percal detonante de sus vestidos de indiana”. (Acapulco en mi vida y en el tiempo).

El Pozo de la Nación

–¡Pozo del Rey, mis talegas! –truena irritado el mal hablado gobernador Diego Álvarez –cuando escucha de una tales fuentes coloniales. Participa en la inauguración de un pozo profundo abierto atendiendo el angustioso pedido de los residentes de una barriada de la ciudad. A ellos se les ha cortado el suministro de El Chorrillo, un venero inmemorial que da nombre al barrio en el que se localiza, surtidor incluso de los galeones orientales.
–¡Este no será el pozo de ningún puto monarca español, será el primer Pozo de la Nación de Acapulco –proclama orgulloso el hijo de don Juan Álvarez–, bautizando de paso al céntrico barrio citadino.

El Nopalito

Será hasta la tercera década del siglo XX cuando Acapulco sea dotado con un sistema de agua a la medida de su población. El sistema Palma Sola, llamado así por el manantial que lo abastecía, fue inaugurado en 1932 por el presidente Pascual Ortiz Rubio (1930-1932). Uno de los tres presidentes impuestos por Calles, el Jefe Máximo de la Revolución, para cubrir el período del malogrado Álvaro Obregón.
Apodado El Nopalito, por baboso, se decía, Ortiz Rubio no lo fue tanto. ¡Qué va! Junto con su secretario de Comunicaciones y Obras Públicas, Juan Andrew Almazán, paisano de Olinalá, se agandallaron, centímetro a centímetro, la superficie total del litoral de la bahía acapulqueña sembrado con palma de coco. Se utilizó el recurso de la “expropiación por causas de utilidad pública”, pagando “cualilas” (moneda de dos centavos) por el metro de tierra cultivada con miles de palmeras. Almazán constriuirá su hotel Papagayo y hasta una primera costera con su nombre.

El río Grande

Acapulco nunca tuvo problemas para satisfacer las necesidades hídricas de sus habitantes, ni cuando sumaban 2 mil y tampoco 10 mil, ya en pleno siglo XX. Y era que allí estaba el río Grande que nacía en la sierra de Carabalí y descendía caudaloso como serpentina hacia el mar. Los hispanos Fernández lo aprovecharon antes que nadie estableciendo a su paso la fábrica La Especial, de aceites y jabones (hoy Idasa, de agua y hielo, propiedad de los Carriles Ontañón) siendo por ello conocido como el río de La Fábrica, nombre también del barrio.
Otro nombre de esa corriente fue el de Aguas Blancas, por serlo las suyas incluso azulosas. “Cristalinas, livianas y pobladas con varias especies de peces”, rememora el cronista Rubén H. Luz Castillo (Recuerdos de Acapulco). Por su parte, el almirante Alfonso Argudín anota en El Acapulco que perdimos: “el Río Grande tenía muchos pozos profundos en los terrenos propiedad de Facundo Castrejón (papá del doctor Luis Rafael), donde hoy se levanta el Infonavit. De estos se abastecían los aguadores que surtían a la ciudad mediante latas alcoholeras, transportadas en acémilas, conocidos como burreros.
–¡“Ya llegó el agua… agua clara y liviana para beber”!, era el grito de los muy populares Chuy García, Maco, Cleto, Emilio Hurtado Yuyo Castrejón.

Muchachillos “berriondos”

Los Llanitos era un aguaje localizado en el área que hoy ocupa el Mercado Central, dotado de varias pozas. A ellas concurrían muchas mujeres a lavar ropa propia y ajena pero sin nunca descuidar a los hijos chirundos lanzándose clavados. Otros muchachillos, estos ya “verijoncitos”, se dedicaban a visnear detrás de las rocas a las lavanderas con las “chichis al aire”, como ellos las describían.
“Muchachillos berriondos, les va a caer nube en los ojos por andar viendo tantas chiches colgando”, amenazaba a gritos doña Flavia Meraza, del barrio de El Placer.
El río Grande o Aguas Blancas o de La Fábrica, el de aguas cristalinas, zarcas y livianas, hábitat de peces, crustáceos y garzas es hoy un arroyo inmundo y pestilente que corre confinado herméticamente bajo el paso elevado de la avenida Diego Hurtado de Mendoza. Una obra más de la modernidad, se dijo.

El Camarón

Por su parte, el río de El Camarón nace en Palma Sola y era llamado así por la abundancia de ese crustáceo, tantos que su curso era interrumpido cotidinamente por legiones de camaroneros. Los 14 metros de ancho de El Camarón serán disminuidos por la mancha urbana en más de la mitad, esto es, 7.8 metros. Aquella noche terrible de octubre de 1977, el Paulina convirtió el dócil riachuelo en una corriente impetuosa y destructora reclamando su espacio. Según la información en los medios, fue tan brutal el golpe de agua que derribó 100 edificaciones, entre ellas la parroquia de la Sagrada Familia, y provocó la muerte de por lo menos 13 personas.

Otras fuentes

Pozos profundos fueron perforados en los patios de muchas casas del puerto, pero muy pocos ofrecían agua buena para tomar. Por lo regular se trataba de agua llamada “pesada” y algo salobre. De ahí que serán muy concurridos los pozos ofreciéndola potable, lo que era un decir, simplemente era cristalina y tenía sabor agradable. Entre ellos: El Pozo del Venado, en La Mira; los pozos de Yuyo Castrejón en Los Tepetates; el pozo de Salsipuedes, en el Barrio Nuevo (IMSS), el pozo de Los Parazales (hoy Tepito). El Pocito surtiría de agua a un ferrocarril que nunca llegó y que terminó dando nombre al Pasito.

Las cajas

Dos cajas redondas para abastecer agua fueron construídas durante el último tercio del siglo XIX y el primer lustro del XX. La primera en el barrio de La Adobería, propiedad de la empresa estadunidense Pacific Mail Ship Company, para abastecer a sus barcos con servicio regular entre Acapulco y Estados Unidos. La Pacific tenía su propio muelle de 30 metros co techumbre de lámina de zinc, con astillero y bodega a sus lados. Cerca de la escuela José Azueta se levantaba un enorme depósito del que se bombeaba el agua hasta el muelle, luego transportada a los barcos por un tanque remolcado por un bote con seis remeros.
La segunda caja se localizaba en el bario de Las Crucitas. La había construido el alcalde Cecilio Cárdenas Miranda, del barrio de El Rincón (La Playa), para surtir al hospital Juárez en el cerro de Las Iguanas. Construido por el acalde gallego-cubano Antonio Butrón Ríos, el nosocomio fue destruido por el gran terremoto de 1909 (¡dos minutos y medio de duración!, juró la gente). Un nuevo hospital será edificado más tade en ese mismo lugar por el alcalde Antonio Pintos Sierra, con el nombre de Morelos.

Sierra Madre

Son muchas las corrientes que como hilos de agua descienden de tiempo inmemorial por los cerros que bordean la bahía y que dan origen al anfiteatro sobre el que se recuesta la ciudad. Cerros que forman las últimas estribaciones de la Sierra Madre del Sur y cuyas cimas no alcanzan los mil metros de altura aunque a solo a 50 kilómetros ya rebasen los 2 mil metros.
Además de un arroyo que bajaba por la hoy calle Azueta y del que se servía la Pacific Mail, el ex alcalde Alfonso Argudín recordaba otra corriente que pasaba por su casa. Bajaba del cerro de La Mira, a partir de un ojo de agua conocido como El Venado, pasaba por un costado del domicilio de los Van Meeter y enseguida por la escuela Altamirano. Seguía su curso entre las casas de los Adame y los Basterra, deslizándose enseguida bajo un pequeño puente de madera, cerca del hotel Jardín, para desenbocar en la bahía.
En Caletilla, un estero bañaba toda el área que hoy ocupan la plaza de Toros, el Jai Alai y el estacionamiento público convertido en mercado, mismo que desembocaba donde hoy se levanta el hotel Boca Chica. Más acá estaba el arroyo de la playa de La Aguada, nombre que adquiere porque de él se abstecían las embarcaciones que en lenguaje marinero es “hacer la aguada”.

Los lavaderos de Juana Valle

El estero de Manzanillo fue aprovechado para la instalación de lavaderos públicos dedicados por doña Juana Valle a las lavanderas de los barrios cercanos. La abuela de Luis Walton Aburto (QEPD) pedirá como regalo de cumpleaños lavaderos nuevos para sus mujeres y su hijo Raúl la complacerá. Cumplía 101 años de lúcida existencia. Y los lavaderos siguen allí. A propósito, el cronista Carlos E. Adame, recuerda las tarifas de las lavanderas del puerto: 25 centavos la docena de ropa y el doble por la planchada.

El arroyo de La Garita

Otro arroyo descargaba en la playa de Hornos. Bajaba del fraccionamiento Marroquín y escurría atravesando la actual avenida Cuauhtémoc, inundaba el primer campo de aviación de Acapulco (hoy auto-hotel Ritz) para desembocar al mar entre los hoy hoteles Maris y Ritz.
El arroyo de La Garita, a partir de La Cima, ha reclamado desde siempre y con violencia su cauce natural y desembocadura plena. Algunas veces tronchado la avenida Farallón y en otras inundado los sótanos del hotel Emporio Continental. Finalmente y a regañadientes se abrirá una vía para dar a la corriente paso libre hacia la bahía.

El Chorro, 1942

Y mire usted qué gran casualidad. Será otro de los presidentes efímeros de este país, Emilio Portes Gil (1928-1930), quien construya en 1942 el sistema de agua potable conocido como El Chorro. Asi llamado el manantial que lo surte desde Coyuca de Benítez, a 50 kilómetros del puerto y a mil 200 metros de altitud. Apodado por sus malquerientes como El Manchao, Portes Gil se desempeñaba aquí como presidente de la Junta para el Mejoramiento, Saneamiento y Alumbrado de Acapulco (antecedente de las alemanistas Juntas de Mejoras Materiales), designado por su cuate el presidente Manuel Ávila Camacho.
El proyecto de la obra fue presetado por los ingenieros Fernando Tejado y Fortunato Dozal cuyo concurso ganó la compañía Techo Eterno Eureka, propiedad Manuel Suárez. Empresario hispano a quien el presidente López Mateos le cobrará viejos agravios despojándolo de su cerro de La Laja, destinado a fraccionamiento de lujo, utilizando para ello al líder popular Alfredo López Cisneros, Lopitos.
El monto de la obra contratada fue de un millón 950 mil pesos, etipulándose un año para su entrega con una penalización de mil pesos por día de retraso. Sin embargo cuando se lleve un avance del 80 por ciento, Suárez se presenta ante Portes Gil para decirle que la guerra ha encarecido todo y que no tiene dinero para terminar la obra. El presidente Camacho lo salva y una vez terminda la obra beneficiará a las población de 60 mil habitantes a razón de 300 litros diarios por cabeza. La línea de conducción de 50 kilómetros se consideró en su momento como la más larga del país.
A partir de entonces Portes Gil se enamora de Acapulco residiendo aquí largas temporadas en su casa frente a La Langosta. Acompañaba todas las tardes a su esposa al rosario en la catedral de La Soledad. El hombre que había puesto fin a la Guerra Cristera, aprovechaba la ocasión para integrarse a la chorcha de un grupo de periodistas cafeteros en el El Tirol.

¿Y luego? Luego vendrán las Capouismas y las Capamas en las que algunos directores enarbolarán el lema de “lo del agua al agua”.
¿Y ahora?