Adán Ramírez Serret
Julio 11, 2025
El fenómeno de la invocación, de la ausencia, del peso o de la muerte del padre, es uno de los motivos que ha traído majestuosas obras literarias, desde la Odisea, por supuesto, pasando por Pedro Páramo, Patrimonio, de Philip Roth; La muerte del padre, de Karl Ove Knausgard; La figura del mundo, de Juan Villoro; La cabeza de mi padre, de Alma Delia Murillo o Madre de corazón atómico, en el año pasado de Agustín Fernández Mallo (La Coruña, 1967).
El padre que no está, que se le extraña, que avasalla con su peso puede ser un símbolo del que emanciparse o del que seguir el camino, según sea el caso. Pero hay una especie de gradación que va de las búsquedas en específico de Roth, que cuida a su padre y descubre que en este ejercicio en el que termina cambiándole los pañales, es cuando sabe que en verdad es su hijo, pues la sensación profunda de la herencia es limpiar las heces del padre. Por su parte, Villoro explora la figura paterna para saber quién era su padre, pues, tras su muerte se da cuenta que nunca lo supo, que nunca pudo ver aquel jardín interior que sabía que existía, pero que nunca descubrió. Así, Fernández Mallo continúa esta exploración literaria, a saber, si de manera voluntaria o no, pero no importa, porque, pone los pies, la pluma, en un territorio súper evidente, pero que, por lo mismo, nunca se terminará de explorar: la muerte del padre. Sobre el hecho de no volverlo a ver más.
La escritura de Fernández Mallo tiene matices particulares que lo distinguen y le dan la fuerza de no sólo ser buena, si no de crear una literatura propia. Esto consiste en mezclar una escritura directa, un tanto científica, no en balde está su formación en Ciencias Físicas que le ayuda a describir su infancia, a desentrañar “esos años en donde todo era metamorfosis”, sentimientos y pensamientos con la mirada de un científico que deviene en descubrimientos profundamente literarios, dice: “A posteriori, las cosas cobran el sentido que queramos darles. La memoria es literatura o no es”. Y, por momentos, llega a conclusiones humanas que parecen ser conclusiones científicas. Dice, por ejemplo, “Si es cierto que todas las relaciones de pareja comienzan como algo irreal que, tarde o temprano, se convertirá en real, la relación con los padres sigue el camino exactamente inverso: desde el instante en que naces, la más empírica y carnal realidad va mutando hacia el reino de la fantasía, la idealización de los progenitores, ya sea esta idealización positiva o negativa”.
El centro del libro, que está en el título, la madre de corazón atómico hace alusión, por supuesto al célebre disco de Pink Floyd, Atom Hearth Mother, salido en 1969 y cuya portada es una vaca en el campo mirando a la cámara. Fernández Mallo hace el recuerdo biográfico de aquel momento en el que una de sus hermanas llevó el disco, y, el padre, en lugar de interesarse por el nombre del grupo, la originalidad de la portada o por la música sicodélica; como buen veterinario se interesa en la vaca, y le dice al hijo la especie y toda una disertación sobre el animal, una clase, y no una poética sobre la forma de ver el mundo. Ve un documental, por ejemplo, en donde dicen que un oso siente miedo o que una planta quiere se polinizada, dice Fernández Mallo: “Naturalmente, ni el oso siente venganza, ni la flor deja entrar nada. Se trata de un falso documental, un relato moralizante”.
Dije arriba que había una gradación de los libros sobre el padre de Roth y Villoro, Fernández Mallo va a ese territorio ignoto y misterioso de la muerte, dice Mallo: “La muerte es el único acontecimiento humano al que por muy repetido que sea, por mucho que de antemano sepamos que ocurrirá, jamás nos acostumbramos, siempre es totalmente nuevo. Sólo cuando eres niño no piensas en la muerte. En la infancia el tiempo es infinito, carece de dimensión y de finitud. Lo sé porque recuerdo haber sido niño y pasar totalmente de la muerte”.
Así, Fernández Mallo entrega un libro muy original en un territorio minado de tradición y talento; hace un estudio preciso, sobre la muerte, sobre el padre, en donde descubre enigmáticos sueños de vacas parpadeando, y que, en el pestañeo, está el sentido, el sinsentido y la originalidad de la muerte.
Agustín Fernández Mallo, Madre de corazón atómico, Barcelona, Seix Barral, 2024. 237 páginas.