EL-SUR

Jueves 29 de Octubre de 2020

Guerrero, México

Opinión

Al carajo con Facebook y Twitter (Primera parte)

Silber Meza

Octubre 17, 2020

Las últimas semanas no han sido las mejores en mi vida, de hecho, he pasado por momentos complejos de estrés que me han llevado a tomar un descanso laboral para recuperar mi salud y equilibrar mis emociones.
Sábado 3 de octubre. En este nuevo y raro impass, después de tres años de no tomarme vacaciones reales del trabajo, un amigo me planteó un reto: ¿por qué no dejas las redes sociales y descansas de ellas por un mes?
Se me hizo buena idea, que sería algo fácil. Ya había visto El dilema de las redes sociales y desde entonces pensé que, efectivamente, las aplicaciones nos están volviendo adictos a su uso indiscriminado, y como dicen en el documental: ellos saben todo de nosotros y nosotros no sabemos nada sobre ellos. El algoritmo está hecho para hacernos dependientes: los únicos que ganan son ellos.
Un punto que me cimbró en el documental fue cuando uno de los creadores del famoso “pulgar arriba” de Facebook –el like o “me gusta”– dijo que lo crearon para hacer sentir bien a la gente, pero que en realidad lo que pasaba es que los adolescentes se deprimían si no conseguían los likes que marcaban sus expectativas. Yo añadiría que no sólo a los adolescentes les pasa eso, a los adultos también.
Después de ver el documental eliminé Instagram y TikTok de mi teléfono móvil; este último nunca lo usé pero lo descargué para conocer de qué se trataba. En realidad nunca le entendí, y no sé bailar ni hacer chistes frente a la cámara, así que nunca seré un tiktoker.
Por eso, con este contexto, tras la charla con mi amigo decidí aceptar su desafío: eliminé Twitter y Facebook, y también empecé a quitar las notificaciones del celular. Twitter perdería a uno de sus 340 millones de usuarios y Facebook a uno de sus 2 mil 400 millones de usuarios. ¡Pobrecitos!
Mi objetivo era tener calma en mi vida, ser dueño de mi tiempo nuevamente. Uf, en realidad todas mis apps tenían notificaciones que me gritaban “¡qué onda, compadre!”, “¡aquí estoy!”, “¡no te olvides de mí, carnal!”, “¡asómate!”.
Así, empecé a silenciarlas conforme me aparecían y creía necesario: El Financiero, El País, El Universal, FaceTime, Fotos, Google, Google Mas, iTunes Store, Juegos, Libros, Caffenio, Mail, Messenger, Música, Noroeste, New York Times, Radio Centro, Radio Fórmula, Reforma, Salud, Spotify, Wallet, WhatsApp, teléfono.
Pensé que había acabado con los monstruos de la web, pero después me di cuenta de que aún quedaban varias apps con notificaciones activadas, incluso vi que tenía una llamada Mapas, que se repetía con la de Google Maps, así que la eliminé. ¿Qué sentido tenía tener dos apps de lo mismo?
Al revisar de nuevo mi teléfono le di otra limpiada. Ahí se fueron las notificaciones de Casa, Consejos, Hangouts, Netflix, Skype, Telegram, Tiempo de Pantalla, Uber, YouTube, YT Studio, Zoom. Si en realidad quería calma, no tenía caso que estuviera al pendiente de una videollamada, ¿no creen? Pensé: el que me quiera buscar, que me marque por teléfono, como antes.
Al final me quedé con las notificaciones que consideré indispensables: la App Store para que me actualice de bichos de mis aplicaciones, el Calendario para que me recuerde algo importante, la app del supermercado para que me avise si mi pedido va en camino, mi banco en línea para llevar el registro de cualquier transacción que suceda con mi permiso o sin él, la función de hallar el teléfono por si lo pierdo, los mensajes de texto porque me llegan notificaciones de la banca y mecanismos de seguridad de mis cuentas, el teléfono, los “recordatorios” que no sé bien para qué son y Uber Eats para darle seguimiento a la comida que compro.
Terminé los ajustes a las 15:00. A las 15:20 volví a abrir el celular y, a diferencia de antes, no tenía notificaciones de nadie, salvo de mi banco, que me recordaba la compra de unas vitaminas que había realizado unas horas antes de llegar a mi casa. Nadie más. Ninguna app me buscaba, estaba solo en mi mundo virtual. Las apps estaban ahí, pero enmudecidas, calladas porque así lo decidí.
Pensé que al final esta vida virtual no era importante. Era sólo una banalidad que nos hemos creado y que a Mark Zuckerberg lo ha convertido en uno de los únicos tres hombres en el mundo con más de cien mil millones de dólares, junto con Jeff Bezos, de Amazon, y Bill Gates, de Windows. ¿O sí es muy importante?
Más tarde pregunté a un hermano si conocía un negocio de jardines, ya que pensamos arreglar la cochera. Él me envió un enlace de Facebook de la empresa que ha contratado pero no pude verla adecuadamente porque ya no tenía mi cuenta activa, así que tuve que ver el sitio con el apoyo de otra persona.
Al final del día sentí un dejo de incertidumbre: ¿qué pasó en mi mundo virtual que no me enteré por vivir mi mundo real?
Domingo 4 de octubre. Desperté y mi celular no tenía ninguna notificación, ni las últimas noticias, ni los likes de mi más reciente publicación, ni la recomendación que me manda Twitter para que vea comentarios populares que me podrían interesar. Abrí el teléfono y no había globos sobre las apps; abrí WhatsApp y no había ningún mensaje importante, así que lo cerré y permanecí sin abrirlo durante las siguientes dos horas. Regularmente veía la pantalla cada 10 o 20 minutos. Me sentí más tranquilo.
Más tarde mi pareja se quejó conmigo sobre lo irresponsable de la población ante el Covid-19 y es que, según le aparecía en su muro de Facebook y en su línea de tiempo de Twitter, la gente realizaba su vida “normal”, como si no existiera el virus pegajoso. Yo no supe qué decir que no fuera: “hasta donde me quedé, hace dos días, vi lo mismo, pero ¿ahora está peor?”.
Empecé a sentir una cómoda calma: había dejado la vida virtual en el ático, le estaba dando más importancia a mi vida presencial.
Lunes 5 de octubre. Abrí mi correo electrónico y me apareció un anuncio de Instagram que decía: “¡Consulta lo que está pasando en Instagram!”, que nueve contactos míos habían compartido 14 fotos y me hacía una invitación a que abriera la aplicación para que estuviera al tanto. No lo hice.
En vez de entrar a Twitter y hacer corajes viendo la pantalla del móvil, abrí las ventanas de mi casa, me senté en el sillón de la sala y escuché el trinar de tres aves distintas mientras caía sobre mí el fresco del amanecer.