Ángel Aguirre Rivero
Mayo 16, 2025
Hablar del magisterio guerrerense es hablar de una parte del alma de nuestro estado. No hay comunidad, por más remota que sea, que no haya sido tocada por la mano generosa de una maestra o un maestro. Ellos han sido, generación tras generación, la esperanza sembrada en los caminos más difíciles de esta tierra que tanto duele y tanto enseña.
Desde la responsabilidad de haber gobernado Guerrero, puedo afirmar con toda claridad que, si algo sostiene la posibilidad de un mejor futuro en este estado, es el compromiso de sus educadoras y educadores. Conozco de cerca su entrega y también su dolor. Conozco la esperanza que representan, pero también la deuda histórica que el Estado —y todos los gobiernos— hemos contraído con ellos.
Por lo que a mí toca, en mi primer gobierno iniciamos los libros de texto gratuitos para secundaria, y en mi segunda administración los uniformes escolares también gratuitos.
Creamos la primera Universidad Tecnológica con sede en la Costa Grande, la Escuela Estatal de Música, las escuelas de artes y oficios, y dimos un apoyo sin precedente a la Universidad Autónoma de Guerrero.
Impulsamos acciones para dignificar la labor docente. Invertimos recursos importantes en la rehabilitación de escuelas y reconstrucción de planteles en zonas marginadas y afectadas por fenómenos naturales.
Sin embargo, también enfrentamos desafíos que dejaron lecciones profundas. La aplicación de la Reforma Educativa impulsada desde el gobierno federal despertó una resistencia legítima por parte del magisterio disidente. La Coordinadora Estatal de Trabajadores de la Educación en Guerrero (CETEG) expresó su rechazo contundente, y vivimos momentos de gran tensión social. Tuvimos que aprender que no hay reforma viable sin el consenso de quienes la ejecutan en el aula.
Ese periodo de movilizaciones, tomas de edificios y paros prolongados nos recordó algo esencial: que el maestro no es un engrane más del sistema, sino su eje, su rostro humano, su conciencia crítica. No se puede transformar la educación sin reconocer, escuchar y respetar a quienes la hacen posible todos los días.
Hoy, años después, la situación no ha mejorado lo suficiente. El Fondo de Aportaciones para la Nómina Educativa (FONE), que nació para ordenar y garantizar los pagos de los docentes, representa para muchos angustia e inestabilidad. Un maestro que no recibe su salario a tiempo es un hogar con la mesa vacía. Y lo digo con total responsabilidad: la estabilidad de un país no se logra sin la estabilidad de quienes enseñan a sostenerlo.
Plazas vacantes, jubilaciones detenidas, normalistas egresados sin oportunidad de ejercer, y regiones enteras donde ser maestro es un acto de heroísmo.
Y a pesar de todo eso, nuestros maestros siguen ahí. Con una libreta y un lápiz, con una cartulina y una canción, siguen enseñando. Siguen creyendo. Siguen formando ciudadanos. Siguen sosteniendo, como siempre, la fe en esta tierra que a veces parece olvidarles.
A ustedes, maestras y maestros de Guerrero, gracias. Gracias por enseñarnos a resistir cuando todo parece perdido. Gracias por no rendirse cuando el estado flaquea. Gracias por creer, incluso cuando parece no haber razones. Su ejemplo es el cimiento moral que este país necesita para no extraviarse del todo.
El reto de quienes estamos en la política no es felicitarlos, sino respaldarlos. No es aplaudir su vocación, sino dignificarla. Porque donde hay un maestro con dignidad, hay un pueblo con esperanza.
Felicidades con el alma a quienes educan en la adversidad y siembran, con amor, el porvenir.
Del anecdotario
Miguel Limón Rojas, secretario de Educación, me había invitado a comer en la Ciudad de México. Teníamos una gran empatía. A la hora del postre y las cremas le dije:
–Miguel, ¿por qué los maestros de Michoacán y del Estado de México reciben más días de aguinaldo que los de Guerrero? ¿No te parece injusto?
Miguel se quedó reflexionando y acertó a decirme:
–Tienes razón, gobernador.
Y a partir de esa fecha iniciamos de manera sostenida el incremento al aguinaldo de los maestros guerrerenses. Debo reconocer también la lucha de los maestros por mejorar sus condiciones laborales.
Tal vez pocos sepan que yo también fui maestro en una secundaria de la Ciudad de México. Cursaba yo el tercer año de la Facultad de Economía cuando decidí presentar un examen de oposición para ser contratado como maestro de Historia de México. En aquellos años me pagaban 100 pesos la hora, que me alcanzaban muy bien para sostener mis estudios, pues impartía seis horas diarias. Seiscientos pesos eran, para mí, una fortuna.
Al poco tiempo me hicieron director de esa institución y tuve la oportunidad de incorporar a muchos paisanos que eran estudiantes al igual que yo: Manuel Añorve, Juan Salgado, mi hermano y mi primo Mateo Aguirre, y muchos más. Después tuve la osadía de hacerme copropietario de una escuela, pero esa es otra historia que otro día les platicaré.
Hoy quiero rendir testimonio de gratitud y admiración a mis maestros y maestras: a Alfonso, a Hilda, a Jesús, a Toño, a Chavela, y a todos los que contribuyeron a mi formación.
Cuando estudiaba el quinto año de primaria, un día me llamó un maestro que se llamaba Efraín, que venía del norte del país, y aún resuenan sus palabras en mi mente:
–Tú vas a llegar muy lejos, vas a ser algo muy importante –me dijo.
Tal parece que sabía que sería dos veces gobernador. Así son los maestros: sabios.
La vida es así.