EL-SUR

Lunes 06 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Alcaldes de Acapulco IX

Anituy Rebolledo Ayerdi

Diciembre 21, 2017

México-Acapulco, al fin

Es el 11 de septiembre de 1927 y Manuel L López, presidente del Consejo Municipal del puerto, encabeza la inauguración de la recién concluida carretera federal México-Acapulco, en su tramo Chilpancingo-Acapulco. Lo acompañan el representante del gobernador del estado, los generales Claudio Fox y Alberto F. Berber, jefes militares de Guerrero y Acapulco, respectivamente, así como un numeroso contingente ciudadano. La reunión tiene lugar cerca de Xaltianguis, donde una  enorme roca tapona la nueva vía y cuya voladura marcará su apertura.
La hará el presidente de la República, Plutarco Elías Calles, desde la residencia oficial del castillo de Chapultepec, en  presencia del gobernador de Guerrero, general Héctor F López. Cuando el reloj marca la 4 de la tarde, el mandatario se acerca a un podio y oprime un botón: la señal telegráfica que detona la carga de dinamita que tiene la roca en su panza, haciéndola volar en mil pedazos. “Y entonces queda abierto el tan largamente esperado camino hacia el paraíso”, según crónica periodística de la época.
Aquí, en el Kilómetro 402, el estallido tendrá su réplica inmediata en la algarabía de los presentes que se desbordan las manifestaciones de júbilo, tanto tiempo esperadas. Enseguida, y una vez disipada la intensa humareda, el alcalde López embraza la Bandera nacional y llama a todos a cantar el Himno Nacional. La ceremonia es electrizante, conmovedora. Dos horas más tarde, una vez que el camino ha quedado libre, llegan a la ciudad los 12 primeros  automovilistas capitalinos que, temerarios, se han arriesgado por el incierto tramo Chilpancingo-Acapulco. La recepción es musical, por supuesto

Los 12 primeros autos

Los acapulqueños, curiosos, rodean aquella caravana automovilística haciendo una y mil preguntas sobre marcas y potencias de máquinas tan asombrosas. Y no era que  lojcoteño, en voz chilanga, no conocieran esa clase de autos. Aquí circulaban, y eso era un decir, los coches traídos por vía marítima por los españoles y entre ellos el Esexx de los Fernández, además de un Studebaker del gobernador Silvestre Mariscal. Vehículos a los que los muchachillos presumían ganar a las carreras y no era fantasía en calles lodosas por ser hábitat de numerosas familias porcinas, o séase, cuches. Entre los recién llegados figuraban las marcas Oakland, Stutz, Hopmobile y Oldsmobile.
Sin fantasear en las mil posibilidades que se abrían para el puerto, los acapulqueños festejaron el suceso con alegría y esperanza  como lo que era auténticamente para ellos: un camino de libertad. Militantes del Partido Obrero de Acapulco, recordaron a Juan R. Escudero como el líder que vislumbró esa ruta con la que se terminaba la vida insular del puerto. Que ponía fin al dominio brutal ejercido durante medio siglo por Las Tres Casas españolas.
Tiempo  atrás –narra Alejandro Gómez Maganda– para viajar de Acapulco a la Ciudad de México se necesitaban tres duras jornadas a caballo. Se salía del puerto en la madrugada para llegar ya bien entrada la noche a Chilpancingo. De aquí a Iguala se viajaba en camiones desvencijados dando tumbos por un rudo camino de terracería. Finalmente, el ferrocarril acercaba a uno a la capital (Acapulco en mi vida y en mi tiempo)

El cuerpo edilicio

El Cabildo del López López lo integran el ex alcalde Rosendo Pintos Lacunza, –en calidad de síndico procurador–; los regidores Benjamín H. Luz, Juan H. Gómez, Pedro Mazzini, José Tellechea y Francisco Farías. Funge como secretario general Esteban Córdova y oficiales primero, segundo y tercero, Lorenzo Jiménez, Pantaleón Arizmendi y Luis M. Martínez, respectivamente. Salvador Zamora es el comisionado de rastros.

Elías Calles y Pintos

1927. Los ecos de la sangrienta guerra cristera llegan al puerto. El padre Florentino Díaz, párroco del templo de La Soledad, suspende los servicios religiosos y él mismo  abandona el curato. Se muda a la casa de doña Lupita García, una dama piadosa que le ha brindado albergue. El joven Rosendo Pintos Lacunza, quien es vecino de la parroquia en la calle de Las Damas (luego  Quebrada), se entera de primera mano de tales movimientos. Se arma de valor y denuncia el hecho ante la Presidencia de la República. Sugiere, a la vez, que el inmueble sea habilitado como escuela primaria, que tanta falta hace en el puerto. La respuesta será un gracias a secas, pronunciado por una apresurada voz femenina.
Mayúscula será la sorpresa del treintañero acapulqueño cuando, al día siguiente, reciba una comunicación del Palacio Nacional. Se trata esta vez del presidente Plutarco Elías Calles, ¡en persona!, lo que provoca en él una profunda excitación. De entrada, el mandatario elogia su alto espíritu ciudadano y le ofrece el reconocimiento de la República.  Y sin más le informa que ya ha dictado la  incautación del curato aludido, misma que ejecutará un funcionario federal con residencia en el puerto. El ejecutor, le dice, tiene instrucciones de ponerse a sus órdenes para evitar posibles y oscuras complicidades. Un último encargo presidencial: que sea él, Pintos, quien se encargue del inventario de los bienes y su reintegración posterior a la parroquia.
Acompañan aquél día a Pintos Lacunza, dándole valor para enfrentar las mentadas de madre de las  beatas del templo, don Erasmo Lacunza y el cabildo en pleno. También,  Martín Sánchez, comandante de la policía; la secretaria municipal , una jovencita Edelmira de la O, el escribiente Alejandro Natividad y el chamaco Jorge Joseph Piedra, en calidad de “primer meritorio”
La propuesta del futuro cronista de Acapulco se hará finalmente efectiva. La escuela primaria que ocupe aquel inmueble llevará el nombre del maestro zacatecano Manuel M. Acosta. Será conocida simplemente como  “Federal Tipo”, por ser precursora de un innovador sistema de enseñanza elemental.  Al mudarse la institución a un solar de enfrente, surgirá allí mismo la biblioteca Dr Alfonso G Alarcón, gestionada también por el señor Pintos Carvallo.

El nombre

–“Es que el general de la Independencia al que usted se refiere, señor director, era guerrerense, efectivamente, pero el pobre no sabía leer ni escribir. Y no digo más”. Fue el argumento del señor Pintos ante el director general de bibliotecas de la SEP, cuando este le informa que la biblioteca de Acapulco llevaría el nombre de aquél militar y no el del Dr Alfonso G Alarcón, como él proponía en su calidad de gestor.
Felizmente, celebraba don Chendo, la respuesta no fue la habitual en tales ámbitos, esa de “¡me vale madres!”

Adelantado a su tiempo

Quien sí dimensionó el Acapulco que surgiría a partir de la carretera México-Acapulco, fue el alcalde don Manuel L López, un hombre sencillo venido de la Costa Chica. Adelantándose a su tiempo, y con una formidable visión de futuro, intuyó que Acapulco sería muy distinto a partir del camino recién inaugurado. Que todo se transformaría para bien o para mal y que de esta tierra solo quedaría, finalmente, su nombre glorioso.
Convencido del papel que juega en el futuro de esta ciudad y puerto, el alcalde López encarga al ingeniero Alberto Desertti el primer plano regulador de Acapulco. Las cartas credenciales del profesional avalaban su trabajo en la reconstrucción y modernización de la ciudad de San Francisco, California, luego de los terribles sismos e incendios que la devastaron en 1906. Un plano regulador que dimensionaba a este solar más allá de todo lo concebido hasta entonces. El nuevo Acapulco, para Desertti, empezaba en Dominguillo, al pie del Castillo  de San Diego, y terminaba en Icacos. Un superficie sembrada entonces con miles de palmeras en plena producción y que semejaban una bahía verde movida espectacularmente por el viento, rivalizando con la azul milenaria.

Nuevo Acapulco

Este nuevo Acapulco concebido por el alcalde López y el ingeniero Desertti, estaba junto al mar, inmediatamente después de la larga playa que, con nombres diversos, envolvía amorosamente a la bahía. Es decir, no se tocaría de la playa ni un centímetro cuadrado y entre la playa y el caserío habría una cortina de 50 metros de ancha poblada con palmeras y árboles de la región. Esto es, de Dominguillo a Icacos. Así lo ordenaba la maqueta elaborada por el ingeniero consultor, con la ayuda del oficial mayor de la Comuna, Lencho Jiménez, el secretario municipal  Esteban Córdova y la secretaria Edelmira de la O.
El viejo Acapulco, remata Jorge Joseph en el texto aludido, seguiría tal como estaba, intocados sus cerros, inviolables sus playas y conservando su típico estilo de habitaciones.
Uno año resultaba muy poco tiempo para un proyecto tan ambicioso, además de que poderes supremos apetecerán aquel paraíso tal como estaba, para diseñarlo a capricho. Ya se ha dicho aquí mismo: Juan Andrew Almazán, secretario de Comunicaciones le fabula al presidente Pascual Ortiz Rubio la existencia de aquél paraíso perdido por él  encontrado, contando con la idílica confirmación del gobernador Adrián Castrejón. Los tres, formando una trinca voraz y depredadora, darán cuenta de aquel entorno de fantasía. El Nopalito, como se apodaba al presidente Ortiz por “arrastrado y baboso”, decreta la expropiación de aquella enorme superficie sembrada con palmeras y árboles frutales. La paga indemnizatoria para  los propietarios resulta insultante pero, ¿qué hacer ante el poder omnímodo de los inmorales? Un colorín colorado que, por cierto,  no tendrá fin.

El reloj de Palacio

El alcalde Manuel L. López se interesa por la historia del reloj del Palacio Municipal, destruido por un ciclón en 1912, transcurridos  escasos dos años de su inauguración. Indaga y  localiza su paradero. Había sido enviado por el alcalde Muñuzuri a la Ciudad de México, para su reparación  en la joyería La Princesa. Se propone rescatarlo para que su carrillón le diga adiós a su administración y lo consigue después de pagar el almacenaje de 15 años y la compostura, por supuesto.
La maquinaria suiza queda instalada sobre una torre de cuatro metros al final de una larga escalinata, marcando la entrada al Palacio Municipal. Contaba con cuatro carátulas vistas desde cualquier punto de la ciudad y desde los que se escuchaban sus campanas. Había sido un obsequio de los   hermanos Alegretti, empresarios italianos  dedicados aquí a la producción limonera, con motivo del centenario de la Independencia de México. Agradecidos por la generosidad y honradez de los acapulqueños.
A la media noche del 31 de diciembre de 1927 –relata la  crónica de los Tabares- Liquidano– se escucharon las 12 campanadas del repuesto reloj de palacio, reinaugurado por el presidente municipal Manuel L López. Asistió al acto un numeroso público que aplaudió complacido este beneficio” (Crónica de Acapulco).

Reloj, no marques…

Una cara del reloj daba exactamente al patio de la cárcel municipal, significando ello una cruel tortura para los reos pero particularmente para los sentenciados a largas condenas. Carátula de loza italiana que será destruida a pedradas el mismo día de su instalación y que, por supuesto, no volverá a renovarse. Don Guillermo Reus, el alcaide de la cárcel por muchos años, hablaba de un reo condenado a 25 años por homicidio. Se quejaba de que lo aturdían las campanadas del reloj sonando los cuartos, las medias y las horas en punto, no obstante atiborrarse los oídos con cera de Campeche. Su letanía era esta: “reloj no marques las horas porque voy a enloquecer”. Esto, acotaba don Guillermo,  cuando Roberto Cantoral, el autor de El Reloj, no había nacido siquiera. Misterio y más misterio.