EL-SUR

Sábado 04 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Alcaldes de Acapulco (L)

Anituy Rebolledo Ayerdi

Octubre 11, 2018

Helvia Martínez Verdayes, de 16 años, una secretaria de Petróleos Mexicanos, fue la modelo cuyo cuerpo sirvió para la creación de la estatua de La Diana Cazadora en la Ciudad de Méxicot Foto: Tomada de internet
Helvia Martínez Verdayes, de 16 años, una secretaria de Petróleos Mexicanos, fue la modelo cuyo cuerpo sirvió para la creación de la estatua de La Diana Cazadora en la Ciudad de Méxicot Foto: Tomada de internet

Martínez Adame

El nuevo gobernador de Guerrero Arturo Martínez Adame logra en poco tiempo controlar la nave aún humeante y medio enderezar su rumbo. Su carácter apacible, presencia afable e interés manifiesto por escuchar al de enfrente, le facilitan la reconciliación de los grupos en conflicto. Intentará volver a ser el guerrerense de su juventud para entender a sus paisanos de hoy. Tarea casi imposible en la que, sin embargo, hombre de grandes talentos, logrará una aproximación exitosa.
A la Universidad de Guerrero, Martínez Adame le devuelve su autonomía robada por Caballero Aburto y, convencido de sus precariedades, le otorga un subsidio de dos y medio millones de pesos. Le quita, además, el peso de escuelas secundarias y Normal incorporándolas al sistema educativo estatal. Meticuloso, no solo maneja con honradez el presupuesto estatal; cubre la deuda de diez millones de pesos de sexenios anteriores. Al terminar su mandato las sumas serán iguales.
Martínez Adame, ya se ha dicho, ratifica en los primeros días de su administración el Concejo Municipal de Acapulco, encabezado por Canuto Nogueda Radilla. Hará lo mismo en otros municipios y solo en 36 de ellos se nombrarán consejos municipales. ¿Pero cómo hacer valer su opinión si apenas conoce al magro personal que le sirve en palacio de gobierno?. Entonces escuchará las propuestas de Genaro Vázquez Rojas, líder de la Asociación Cívica Guerrerense y futuro guerrillero. Nada desinteresadas, se dirá.

Canuto Nogueda Radilla

Canuto Nogueda Radilla nació en Aguas Blancas del municipio de Coyuca de Benítez, el 19 de enero de 1912. Su tronco proviene de Atoyac de Álvarez, donde estudió la instrucción primaria para luego ingresar al Seminario de Chilapa, donde cursó hasta el segundo grado de Teología. Bagaje con el cual impartió clases en escuelas rurales. Murió en 1979 en un accidente automovilístico en la Costera de Acapulco.
Un rebelde por naturaleza. Siendo titular de una dependencia de la Secretaría de Hacienda en Cuernavaca, Morelos, se une al paro laboral de sus empleados por aumento salarial, siendo despedido inmediatamente. Fue recaudador de Rentas en Tecpan, Petatlán y Ometepec. Aquí sale mal con el general Nabor Ojeda, cacique de la región, dolido por haber perdido la gubernatura del estado, teniendo que salir por piernas.
Vestido invariablemente de blanco, pantalón y guayabera, Nogueda Radilla fue un hombre muy popular y reconocido como el autor de la “Guaca” (broma, chunga, burla) y con la que demolía a hipócritas y perversos. El “Rey de la Guaca” fue también “Rey del Amparo”, aludiendo al hecho de que, siendo diputado local, propuso modificaciones en materia de amparo agrario. Además de que, abogado práctico, dominó los pormenores de aquél juicio.
Al asumir la presidencia del Concejo Municipal de Acapulco, Nogueda Radilla renuncia a la tradición secular de ser “socio mayoritario del Ayuntamiento, con pingües ganancias personales, sujetándose exclusivamente a los recursos que dispone la ley”. Más adelante, al concluir su encargo, aspirará a que el suyo sea “el último ayuntamiento analfabeta de Acapulco”.

IMPI de Acapulco, el primero

Sin ninguna reticencia, el magistrado gobernador avala al ayuntamiento de Acapulco un crédito de dos millones de pesos del Banco Nacional Hipotecario. Se destina a la creación el Instituto Municipal de Protección a la Infancia (IMPI), dependiente del Instituto Nacional encabezado por doña Eva Sámano de López Mateos. El IMPI de Acapulco, el primero en la entidad, estuvo encabezado dirigido por la esposa del alcalde, señora Elisa Ludwig de Nogueda y fue su director operativo el doctor Martín Heredia Mercley, ex presidente municipal de Acapulco, con la coordinación del profesor Roberto Ceballos, director del Teatro de las Máscaras.
Regidores y funcionarios encabezados por el alcalde y el síndico madrugaban todos los días para recoger los desayunos escolares en la cocina de la 27 Zona Militar, donde se preparaban. Enseguida partían raudos para estar a las 8 de la mañana en las escuelas asignadas. Un poco más adelante, los comisarios del área rural del municipio tendrán la encomienda de distribuirlos en sus respectivas localidades.

Avenida López Mateos

“La Junta Federal de Mejoras Materiales –escribe don Tomás Oteiza Iriarte en su Historia de Acapulco– llevó a cabo una atrevida obra para unir la Gran Vía Tropical con la plazoleta de La Quebrada. El túnel abierto en la antigua “Abra de San Nicolás” , resultó una obra de doble función ya que, por una parte cumple con la primitiva idea de dar ventilación a la ciudad, y por otra el de un necesario paso a desnivel. Estos trabajos se llevaron a cabo con la aportación del gobierno federal y por ello correspondió al primera magistrado de la Nación ponerla en servicio.
Y así fue. El presidente de la República inaugura la obra el 28 de marzo de 1962, bautizada, a propuesta del alcalde Canuto Nogueda Radilla, como avenida Presidente López Mateos.

La Diana Cazadora

Se remodela la glorieta del Farallón colocándose en un pedestal la escultura de la Diana Cazadora del escultor Juan Olaguíbel y obsequiada al puerto por el licenciado Miguel Alemán Valdés. La escultura original nace en 1942 cuando el presidente Manuel Ávila Camacho ordena a su regente Javier Rojo Gómez el embellecimiento de la ciudad. Este llama al arquitecto Vicente Mendiola y al escultor Olaguibel quienes le proponen una escultura femenina que represente a la Diosa romana de la cacería. Con la novedad de que la mexicana no usará el arco para cazar animales sino para flechar las estrellas de los cielos del Norte.
La modelo fue la señorita Helvia Martínez Verdayes, de 16 años, secretaria de Petróleos Mexicanos, quien mucho más tarde contraerá matrimonio con el ingeniero Jorge Díaz Serrano, quien llegó a director de la empresa paraestatal.
La escultura es inaugurada con gran pompa por el presidente Avila Camacho, el 1 de octubre de 1942. No pasará un año siquiera para que se inicien las protestas de grupos moralinos escandalizados por aquella “mujer en pelota”. La Liga de la Decencia exigirá bajar a la Diana porque atenta contra la moral y buenas costumbres de los mexicanos. La repulsa se manifestará, incluso groseramente, vistiendo el bronce con pantaletas de algodón con manchas rojas. Finalmente, las cosas llegarán a su clímax cuando sea la propia primera dama de la Nación, Doña Chole Orozco de Avila Camacho, quien ordene el retiro de la Diana sin calzones.
Los creadores de la obra encontrarán una solución intermedia proponiendo, en lugar del retiro definitivo, colocar un calzón a la Diana (de bronce, ni modo que de seda) para que, pudorosa y virginal , vuelva su pedestal. La flechadora permanecerá así hasta convertirse en icono capitalino.
Vendrán tiempos sino mejores sí menos hipócritas en los que la moralina ya no domine la conducta capitalina. Entonces, el escultor Olaguíbel mete en un brete a las autoridades locales. Les vaticina que serán el hazmerreir del mundo durante los Juegos Olímpicos, inminentes. Cuando los asistentes conozcan el grado de pudibundez a la que han llegado México, el país de los machos calados, cubriendo las partes nobles de un estatua de bronce.
El regente de la ciudad, Alfonso Corona del Rosal, con todo y ser “misántropo” como se llamaba a sí mismo por asistir todos los domingos a misa, atiende el llamado. Ordena al escultor descalzonar a la Flechadora del Cielo, pero hete aquí que en la operación le perfora la barriguita, decidiendo él mismo vaciar una nueva escultura. La lastimada se la llevará el ex Regente Javier Rojo Gómez a Ixmiquilpan, Hidalgo, en tanto la nueva subirá a su pedestal para lucir en plenitud su hermosa desnudez. Y allí sigue.

La Diana de Acapulco

La Diana de Acapulco fue una de las quince o más copias obsequiadas por el expresidente Miguel Alemán a un número igual de ciudades de la República. Los avatares de la acapulqueña no tuvieron nada que ver con su desnudez, sí modernamente con su ubicación por ser esta propicia para la resonancia de los movimientos estudiantiles. Primero se le custodió con una especie de trampa para cocodrilos, seguramente con la pretensión de que uno o varios revoltosos quedaran ensartados en aquellos picos de cemento. Finalmente, se le monta en un fierro arqueado en escandalosa e íntima interpretación del artista. La Diana seguía siendo la misma de Olaguibel.
Pero que va llegando a la alcaldía de Acapulco un señor a quien aquella Diana no satisfacía su ideal femenino, quizás por la brevedad de los senos o el exceso de nachas, o al revés, ordenando su inmediato retiro. Para sustituirla llamará a su escultor de cabecera quien en un dos por tres termina la Diana caderona, según las medidas ordenadas. La obra anónima será montada con fanfarrias en el mismo sitial de la original. Esta, la obra maestra de Olaguibel, será encerrada en el fuerte de San Diego donde puede verse e incluso tocarse.

Una historia personal

Al producirse la ruptura entre Canuto Nogueda Radilla, presidente del Concejo Municipal de Acapulco, y Genaro Vázquez Rojas, líder máximo de la Asociación Cívica de Guerrero e intermediario único entre el movimiento triunfante y el gobernador Martínez Adame, el Ayuntamiento porteño enfrenta una primera gran crisis política. Renuncian los regidores Ray-mundo Rosas Abarca y Rosendo Vega Arcos. También lo hacen varios funcionarios de primer nivel y entre ellos el oficial mayor Ángel Vinalay y el profesor Nicolás Román Benítez, jefe de la oficina de Gobernación.
Aquí entra en escena quien escribe esta Contraportada. Me desempeñaba entonces como reportero del diario Síntesis, dirigido por el capitalino Ricardo Romero Aguilar, mismo que, junto con La Verdad, dieron voz al movimiento estudiantil y popular contra el gobierno de Caballero Aburto y en defensa del municipio de Acapulco. Atrapado por la vorágine de la revuelta ya no pude volver a la UNAM, donde cursaría el segundo año de la escuela de Medicina Veterina-ria y Zootecnia . Yo veterinario ¡Orale!
Más que sorpresa fue una severa conmoción cuando el alcalde Canuto Nogueda me llama para entregarme, así sin más, el nombramiento como jefe de la Oficina de Gobernación. Relevaría al profesor Nicolás Román Benítez, a quien había conocido en la “lucha” y por quien guardaba un aprecio muy especial. Él mismo me animó diciéndome: “En cuanto agarres el paso esto será para ti pan comido”. ¿Y yo por qué?
Al otro día, frente a la residencia familiar, en Independen-cia 5, se plantó desde muy temprano un voceador del diario La Verdad, “mis chómpiras”, para gritar a todo pulmón el encabezado de la edición del día, con letras de madera de 6 centímetros: “¡CANUTO HIZO EL RIDICULO, ¡CANUTO HIZO EL RIDICULO! …Nombró en Goberna-ción a un muchachillo irresponsable y menor de edad llamado Anituy Rebolledo Ayerdi”!
El cuerpo de la nota aludía: “Nada menos que para conocer y estudiar y resolver sobre asuntos políticos del Ayuntamiento en su coordinación con las Comisarías Municipales, Canuto ha considerado ‘idóneo’ a un mozalbete inexperto, sin personalidad ninguna y carente de toda capacidad administrativa. El chusco nuevo jefe de Gobernación sustituye al profesor Nicolás Román Benítez, víctima de sucias intrigas”.
A decir verdad, peor me irá más adelante cuando asista al Rastro municipal a comprobar la autenticidad de un fierro de ganado con sospecha de ser producto del abigeato. Apenas había puesto un pie dentro del corral cuando se escucha el grito agudo de ¡toro!, y todos a correr. Yo en medio de aquel solar y viendo acercarse a la bestia que bufaba lanzando embestidas a su propia sombra. Chabe Guinto, el administrador, irá en mi auxilio y nos trepamos en una escalera que no iba a ninguna parte. Para cuando el toro sea lazado, la vaca marcada con el fierro sospechoso ya había sido sacrificada. ¡Olé!
En los dos años de la administración se me dijo “incapaz para desempeñar el cargo por apenas haber cursado la primaria”, lo cual no era cierto, por lo menos esto último. Más adelante, Francisco Mújica Bahena, presidente del comité municipal del PRI, me llamará “pelele” cuando sus candidatos a comisarios municipales sean derrotados en las 66 localidades del municipio. “El Rey de la Guaca” anticipando medio siglo al Pejelagarto. ¡Oh, la política!