EL-SUR

Lunes 06 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Alcaldes de Acapulco (VI)

Anituy Rebolledo Ayerdi

Noviembre 30, 2017

El atentado

Perseguido por militares al mando del coronel Juan S. Flores, el alcalde Juan R. Escudero llega hasta la barda localizada al fondo del palacio municipal. La idea es treparla con la ayuda de una escalera para caer en el patio de una panadería que da a la calle Progreso. Su propietaria es su amiga, Sofía Yavale, libanesa mejor conocida como La vecina. Cuando Juan está a punto de alcanzar su objetivo, suenan descargas de fusilería. Tocado por una bala, el alcalde se precipita al vacío, cayendo ruidosamente sobre el piso de tierra. El brazo derecho está deshecho materialmente por el balazo y la caída. El periodista Jorge Joseph Piedra narra aquel primer atentado contra su querido maestro en El viejo Acapulco:
“El caído se arrastra con dificultad ayudado por la fiel Chepina Añorve –una preciosa costeñita de 17 años, inseparable de Juan, a cargo de la tienda El Sindicato– llegan hasta el despacho del comandante Riestra, de la policía, y allí se refugian. El mayor Flores sigue el rastro de sangre hasta encontrarlo, y tras una serie de insultos, le descerraja un tiro en la cabeza. El chacal se dispone a hacer un segundo disparo, el clásico tiro de gracia, pero Chepina desvía el arma de un manotazo”.
“A este ya se lo cargó la chingada”, canta victoria Flores, ordenando retirada. El militar corre a informar a los gachupines el éxito de su misión, y desde luego, a cobrar la recompensa.
Las pocas personas que vieron a Juan en aquel momento –continúa Joseph– no le daban mayores esperanzas de vida. Los dos médicos más prestigiados del puerto, José Gómez Arroyo y Harry K. Pamburg –cónsul estadunidense– se hacen cargo de su atención en el Hospital Civil. El diagnóstico es reservado, habla de un daño cerebral profundo que paralizará finalmente la mitad derecha de su cuerpo. Por lo que hace al primer impacto de bala, este obligará la amputación del brazo derecho, arribita del codo. Asombra a los médicos la lucidez de aquél hombre, su reciedumbre y su coraje.

El lema

El lema creado por Escudero para el Partido Obrero de Acapulco (POA), alcanzará en aquél momento una vigencia dramática, estrujante: “Que se mutiles los hombres por lo principios pero no los principios por los hombres”.

Alcalde espurio

Al día siguiente del atentado, Las Tres Casas españolas instalan un ayuntamiento espurio encabezado por uno de los suyos, por supuesto, Ignacio S. Abarca, cuya primera orden como alcalde será tan estúpida como él mismo. Ordena la aprehensión de Juan R. Escudero y de Santiago Solano bajo el cargo de “alteración del orden público”. Dispone, además, el arresto de los policías que custodiaron al alcalde “por haber resistido a las fuerzas federales”. Pasados tres días, el gobernador Rodolfo Neri Lacunza echa abajo aquella hilarante bufonada restituyendo la alcaldía al Partido Obrero de Acapulco (POA), cuya dirigencia designa a Manuel Solano como alcalde sustituto.
Los muchachillos

La invalidez del alcalde determinará necesariamente un encierro domiciliario definitivo, desesperante para un hombre de su temple. Sin embargo, desde su silla de ruedas atenderá las direcciones del POA y de su periódico Regeneración, una hoja impresa tamaño carta
Jorge Joseph, alcalde de Acapulco casi cuatro décadas más tarde (1960), fue cuando niño una de las personas más cercanas al enfermo, ayudante personal, lleva y trae e incluso voceador. Como pocas personas podrían acercarse a la casa de Juan, no por orden médica sino militar, Jorgito, de nueve años, era el encargado de trasmitir sus recados y obtener desde luego las respuestas. Voceador de Regeneración, el rubicundo muchachillo podía acercarse a sus destinatarios sin levantar sospechas. Lo hacía a través del clásico pregón: ¡“Regeneración de hoy, lleve su periódico Regeneración y entérese de todo lo que pasa en Acapulco. Regeneración, le cuesta únicamente un centavo. Llévelo!”.
No será extraño, pues, que Joseph describa más tarde a su maestro, así: “Personalidad magnética y dinámica. Dueño de una inteligencia privilegiada y de un valor civil notable. Carácter, honorabilidad, firmeza de principios y un profundo sentimiento humano”.
Otro chamaco al servicio de Juan fue Alejandro Gómez Maganda, este de 13 años, quien hacía las veces de secretario particular. A él le dictaba los contenidos de Regeneración, lo mismo que las demoledoras catilinarias contra quienes mantenían al puerto anclado en la Colonia. Aún más, dada la postración del maestro, el joven Maganda era el encargado de dar voz a sus ideas en distintas ocasiones y escenarios. Lo hacía con vehemencia y emoción y su dicción costeña era punto de identidad con sus auditorios. Los primeros pasos de quien llegará a ser uno de los parlamentarios más notables de este país. Otros muchachillos alrededor de Juan, impresores y voceadores, fueron Gustavo Cobo Camacho, encargado de la formación tipográfica de Regeneración y su ayudante Ventura Solís, impresor mucho más tarde del diario Trópico. También, Mario de la O, Germán Nava y Juan Matadama

Los apuros de don Juan

Durante aquella larga y penosa convalecencia y sus muchos días de soledad a los que no estaba acostumbrado, un Juan reflexivo repasaba uno a uno los momentos difíciles de su liderazgo político y administrativo. Un ejercicio siempre cuestionado, deturpado, combatido y burlado por quienes, venidos de ultramar, se habían apoderado completamente de este pedazo de paraíso. Y sus miserables aliados mexicanos.
Paco Ignacio Taibo II, autor de una investigación acuciosa e imparcial del líder acapulqueño, ofrece el siguiente testimonio en sus libros Las dos muertes de Juan R. Escudero y Arcángeles
“El alcalde Escudero acude un día a una cita en el juzgado de distrito. Mayúscula será su sorpresa cuando el juez de distrito no sólo no le conteste el saludo, sino que lo encañone violentamente con su pistola. Rozando sus ropas con el cañón de su arma, el circunspecto juzgador le reclama con lenguaje soez haberlo insultado en Regeneración. Juan, aturdido, perplejo, carece de voz para cualquier respuesta y lo primero que se le ocurre es huir. Lo hace a la menor distracción del juez, alcanza un ventanal del juzgado por el que brinca hacia la calle.
El mismo día en que toma posesión el nuevo gobernador de Guerrero, Rodolfo Neri, el mayor Nicandro Villaseñor, jefe accidental de las fuerzas militares del puerto, acusa al alcalde Escudero de haber asaltado el juzgado de distrito de Acapulco. Lo ubica al frente de una veintena de hombres armados preguntando amenazadoramente por el juez, con quien había tenido días atrás un enojoso diferendo. Villaseñor califica la acción como un grave atentado al Poder Judicial de la Federación.
El presidente Alvaro Obregón, Zeus tonante, responde también telegráficamente al mayor Villaseñor: “El atentado cometido por el alcalde de Acapulco, Juan R. Escudero, en la oficina del juzgado de distrito de esa ciudad, ya fue consignado a la Procuraduría General de la República”.
Juan, arrinconado

Arrinconado, Escudero telegrafía inmediatamente al presidente Obregón para desmentir los cargos del militar, explicándole que se trata de una intriga más de los españoles. Al gobernador Neri le dice por ese mismo medio que el gachupín Butrón está detrás de la burda intriga, todo porque el municipio le ha afectado intereses ilegítimos. El dirigente del POA, por su parte, organiza una manifestación de 300 poaístas en apoyo al alcalde, demandándose la intervención de un juez imparcial.
Dos días más tarde, el jefe de la guarnición, borracho, arresta a Juan y lo mismo hace con quienes se presentan al Castillo, preguntando por él. Temerosos de que algo malo le pudiera pasar a Juan, los dirigentes del POA movilizan a sus militantes, pero antes denuncian los hechos ante el propio presidente de la República. Balde de agua fría será la respuesta telegráfica de Obregón. “La detención del alcalde Escudero es legal en tanto que dictada por un juez de distrito. Yo nada tengo que ver en el asunto”.
La ausencia del alcalde será sustituida por el regidor Tomás Véjar y Ángeles, michoacano rico que en el fondo no comulgaba con el radicalismo de Escudero. Se le acusa de recibir obsequios de Las Tres Casas, por lo que el POA procede a expulsarlo del partido y destituirlo como alcalde. Arsenio Leyva protesta como presidente municipal interino. Libre mediante un juicio amparo, Juan se dedica de lleno al liderazgo del partido.
Otro caso revivido en aquel pensar y pensar de Juan, fue el asesinato de los hermanos Jesús y Enrique Nebreda, junto con dos de sus socios, dueños de un latifundio a las márgenes del río Papagayo. Toda la región conocía la calaña de aquellos hermanos, intocables no obstante estar acusados de la violación de campesinas casi niñas, varios homicidios y la práctica constante del abigeato. Público y notorio, también, que los Nebreda tenían a su servicio al general Martínez, encargado de mantener el terror en la región para que nadie se alebrestara. Las amenazas no surtieron efecto en este caso. Hubo alebrestados, sumaron 14 y entre ellos dos o tres casi niños. Todos fueron barridos por la metralla ordenada por el militar, durante un desalojo de sus propias tierras. Disputadas por los Nebreda, but of course, como dijo el gringo.
Existía el antecedente de que Juan R. Escudero había asesorado a la familia Guatemala (Florencio, Carmelo y Francisco) en la defensa de sus derechos sobre la superficie en disputa. Ello fue suficiente para inmiscuirlo en el caso criminal. Será el gobernador Neri quien lo salve de la cárcel. En carta al diario capitalino El Universal desmiente la información que involucra a Juan en el cuádruple homicidio aclarando, además, que ya no era alcalde en aquel momento. Sostendrá Neri que la muerte de los Nebreda era resultado de los actos de barbarie cometidos por ellos contra la población. Y termina la carta con una sentencia: “Es que cuando la gente de la costa dice hasta aquí, es hasta aquí”.

La rebelión delahuertista

Diciembre de 1923. Estalla la rebelión encabezada por Adolfo de la Huerta contra la pretensión del presidente Álvaro Obregón de entregar la presidencia de la República a su paisano Plutarco Elías Calles. El movimiento es secundado en Acapulco por un grupo de jóvenes funcionarios públicos encabezados por el periodista Carlos E. Adame, director del movimiento contra Obregón, aparente protector de Escudero, hace renacer en los cachupines la esperanza de sacarse, ahora sí, “la espina clavada en el costado izquierdo”. Así lo definía Pascual Aranaga, vocero de las casas españolas, convencido de que “serán bien gastados los 50 mil pesos que pide el general Sámano para matarlo”. Aranaga había llegado al puerto como arriero.

Nos va a costar la vida

El tiempo apremiaba, pero Juan no daba trazas de aceptar su rescate y el de sus hermanos, organizado desde la Costa Grande. Los llevarían a caballo hasta un punto de aquella región donde los embarcarían con destino desconocido. Julio Diego, un fuerte mocetón dirigente del partido, sostendría al líder sobre la cabalgadura, mientras que Felipe y Francisco montarían sus propias bestias. Aquí, mientras se logra alguna decisión en torno a la huida, el impresor Arturo García Mier ofrece su casa, por conducto del niño Joseph, como refugio seguro para los Escudero.
Todo iba bien –apunta Joseph, periodista–hasta que metió la mano –o la cola– el cura párroco de La Soledad, Florentino Díaz, confesor de doña Irene Reguera de Escudero, la madre. Este le exige la entrega de los muchachos. “Yo me hago responsable de que nada les pasará, mujer. ¡Irene!, ¿acaso no confías en tu confesor?”. El acoso del cura era obstinado, pero ella no cedía.
Durante una última visita a la residencia de los Escudero, el cura Díaz echa su cuarto a espadas y acusa a la dama de “ser más receptiva a la voz de Satanás que a la Dios nuestros Señor”. Doña Irene sentirá enloquecer ante aquella terrible acusación y en aquel mismo momento corre hacia el patio de la casa. Se trepa ágilmente al brocal del pozo de agua y enseguida, siempre llorando y con actitudes dramáticas, amenaza con lanzarse al fondo si sus hijos dan un paso fuera de la casa.
–Lo que haces, mamá, nos va a costar la vida, comenta Juan en voz baja.