EL-SUR

Lunes 06 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Alcaldes de Acapulco (X)

Anituy Rebolledo Ayerdi

Diciembre 28, 2017

La seguridad

El alcalde Manuel López era un convencido de que el presidente municipal es el líder de su comunidad, y que por tanto es responsable absoluto de la seguridad de quienes la forman. Mi gente, llamaba. Sin nunca pretender emular a los montados del profiriato, con fama de bandoleros, López creo un grupo de policías a caballo al mando de don Matías Sánchez. Este, apenas sonaban las 19 en el reloj de palacio, ordenaba a sus hombres montar a sus cuacos para recorrer todo Acapulco y particularmente los barrios serranos del puerto. No eran más de 10 mil los habitantes de la ciudad y puerto.

Caleta, tiburones

Hasta antes de 1927 –narra el ex alcalde Jorge Joseph Piedra– el 90 por ciento de los nativos acapulqueños murieron sin haber conocido la playa de Caleta. Y era que llegar a ella resultaba una proeza y un auténtico peligro, por la fauna feroz merodeando la zona. Cuando los jóvenes organizaban alguna excusión a ella, debían hacerlo en canoa, para salir por la bocana y dar la vuelta a la península de Las Playas. Por los peligros que aquél viaje entrañaba, los padres de las muchachas adolescentes nunca les permitieron embarcarse en “tan larga travesía”. Por otra parte, ya se ha dicho aquí que don Ramón Córdova estableció en Caleta una pesquería de tiburón y que su empresa fue cancelada al llegar los primeros turistas por la nueva carretera.

Plutarco, héroe

El alcalde López y López agradece por escrito al presidente Elías Calles el beneficio histórico de su gobierno para Acapulco: la apertura de la Ruta 95. Le dice que los acapulqueños desearían testimoniar personalmente el respeto, la admiración y el agradecimiento profundo que les despierta su persona. Es por ello, le dice, que me han podido invitarlo para que nos visite cuando usted así lo disponga. Nos ofrezca la oportunidad de expresarle de viva voz cuanto apreciamos el camino que acabará con la idea insular de Acapulco, poniéndolo en comunicación con todo México.
La respuesta del Palacio Nacional será en sentido afirmativo, quedando pendiente la fecha y detalles de la visita.
El acalde López convoca a los acapulqueños para integrarse a un comité que organice la recepción al presidente Calles. Los grupos de la sociedad civil se movilizan para captar recursos que permitan una recepción histórica al mandatario constructor. Cuando han pasado poco más de 30 días y todo esté listo para recibir como héroe al sonorense, se anuncia la cancelación de tal visita. El mandatario de disculpa por no poder estar con los acapulqueños, como eran sus mayores deseos, pero asuntos de estado se lo impiden. Voces anónimas, pero bien identificadas, justifican que Calles, cuyo valor personal se tiene por temerario, haya reculado en su interés por visitar Guerrero. Comprensible, sostienen aquellas mismas, con tanta “sotana revoloteando odios”.
Antes de que la gente empezara a murmurar maliciosamente sobre el destino de los recursos reunidos para la visita presidencial, alcalde López lanza la iniciativa para usar la suma reunida en un camino. El camino que lleve a la playa de Manzanillo, rebanando el cerro de La Candelaria y que luego prosiga hasta Caleta. Y era que para llegar a aquella playita arrinconada, hoy convertida en infecto muladar, había que trepar la desesperante escalinata de La Candelaria, que conducía a La Gloria, un congal, llamados así los lupanares porque se bailaba conga, un ritmo cubano. Allí le daban batería a la marinería gringa las ardientes y seductoras Estrellita, La pata de oso, La niña verde y La manos de oro. Administradas por Florindo Flores –no soy puto, desmentía, soy “ghioto”– con carmín permanente en las mejillas, y en lugar de huaraches, choclos con anchas agujetas (AGM).

Manzanillo

Para llegar a Manzanillo se llegaba por una vereda que baja por donde hoy se ubica la gasolinera, que fue de don Lupe Zúñiga y Toño Pintos. Vereda tropical que hará canción Gonzalo Curiel, quien la caminó “noche tras noche hasta el mar” para adorar a una vestal acapulqueña. Una de las versiones en torno al nombre de aquella playa se adjudica a niños, procedentes precisamente del puerto de Manzanillo, Colima. Al llegar al sitio la nave que los conducía gritaron asombrados: “¡Salimos de Manzanillo y llegamos a Manzanillo”, aludiendo al parecido de ambas costas.

Nadie pensó

Dice el ex gobernador Alejandro Gómez Maganda: “Nadie pensaba en verdad el auge que tomaría la industria turística, no sólo de Acapulco, sino del país, a partir de la apertura de la carretera. Se pensó originalmente más en la intercomunicación lograda al acortar distancias entre la maravilla que era Acapulco y la capital de la Nación. Lo demás vino a sorprendernos agradablemente y a determinar una mejor reserva de las indispensables divisas”.

Hornitos

Como “playa del Castillo” fue conocida en tiempos del generalísimo Morelos el punto que hacía las veces de embarcadero del fuerte de San Diego, desaparecida durante la apertura de la Costera. No hay que olvidar que la fortaleza penetraba a la bahía casi cien metros.
Viene a cuento la “playa del Castillo” porque esta le fue concesionada a un Manuel López vuelto a la vida privada. Lo primero que hace es bautizarla con el nombre de Hornitos, diminutivo de los hornos donde los constructores de la fortaleza cocían la argamasa para fijar los materiales. Existe la versión de que a esta le agregaban huevos de tortuga y conchas marinas, para lograr un mejor amarre. Pronto, la playa Hornitos se convierte en la favorita de los porteños, y es que será el primer balneario que cuente con regaderas y baños con agua corriente. Luego, bien sabido es, llegó la modernidad, y hasta no verte Jesús mío.
Invitada por su primo Manuel, Julieta Méndez López, también de Ometepec, se instala en el puerto con un taller de costura. Ocupa un departamento en el centro rentado el doctor José Gómez Velasco. Presionado por el gobernador para que se procure buena atención a los turistas, que ya empiezan a llegar por la Ruta 95, el alcalde López ofrece estímulos de todo tipo para quienes den servicio de hospedaje y comida a los visitantes. Entonces, la prima Julieta cambia de giro para dedicarse a tales actividades. Levanta jacalones en el barrio de Petaquillas, frente a Hornitos, donde renta catres y ofrece comida costeña. Mucho más tarde inaugura la famosa Quinta Julieta, hoy cuartel de profesores jubilados.

JM López Victoria

Don Manuel M. López fue orgulloso padre de José Manuel López Victoria, el cronista e historiador de Acapulco por excelencia. Autor de una bibliografía impresionante sobre los aconteceres en Acapulco y en general de la entidad. Sólo algunas de sus obras: Leyendas de Acapulco, Historia de Acapulco (15 volúmenes); Historia de la Revolución en Guerrero, (tres volúmenes); Diccionario del estado de Guerrero (diez volúmenes, inédito).

Berber, Orbe, Pintos

Un cuartelazo depone en febrero de 1928 al gobernador general Héctor F. López, obligando necesariamente la salida del alcalde Manuel L. López. Lo sustituye sólo por unos cuantos días el general Alberto F. Berber, jefe de operaciones militares del puerto. El nuevo mandatario estatal designa como alcalde a don Alejo Orbe, pero sale pronto porque en Chilpancingo se suceden dos gobernadores más. El último de estos designa a don Rosendo Pintos Lacunza, ¡una vez más!, para terminar una administración de 365 días.

General Claudio Fox

Mencionamos en la entrega anterior al general Claudio Fox, con presencia militar determinante en Guerrero, en tanto que jefe de las operaciones militares. Sonorense como Calles y Obregón, se asimila a la entidad tanto que forma aquí una familia con la señora María Luisa Leyva. Tres hijos, dos varones y una mujercita. Ella, llamada Raquel, es conocida popularmente en el puerto como La Güera Fox. Mujer hermosa adelantada a su tiempo, excelente nadadora y triunfadora en concursos de belleza. Una valiente Güera Fox que supo imponerse a los convencionalismos del momento y que además hizo escuela.
El general Claudio Fox es un personaje de la revolución que, por su amistad los hombres del poder, jugó un papel protagónico en uno de los capítulos más crueles y vergonzantes del movimiento armado. Como la “matanza de Huitzilac”, Morelos, ha recogido la historia el asesinato a sangre fría del general Francisco R. Serrano, candidato a la presidencia de la República y varios acompañantes. No era Serrano un militar advenedizo pretendiendo cerrarle el paso a su jefe Obregón, empeñado en zurrarse en la bandera revolucionaria del “sufragio efectivo, no reelección”. Entre otros muchos cargos, había llegado a desempeñarse como secretario de Guerra y Marina y gobernador del Distrito Federal.

La asonada

El general Serrano viaja a Cuernavaca, Morelos, acompañado por un grupo de 13 amigos y colaboradores con el propósito de celebrar su santo en petite comité. Pero hete aquí que llegando al lugar del festejo son arrestados por militares bajo el cargo de encabezar una asonada. El presidente Calles comisiona al general Roberto Cruz para que vaya por los prisioneros y los concentre en la Ciudad de México. Este alega ser muy amigo del prisionero, por lo que pide ser relevado de la comisión. Será entonces cuando el mandatario pase la orden a su paisano Claudio Fox, en Acapulco.
El general Fox sale de la Ciudad de México con destino a Cuernavaca. Va al mando de un regimiento de artillería con 300 soldados, armados con rifles Thompson. No llegará a la ciudad porque en el camino se encontrará con la fuerza armada que trae a los prisioneros, lo que sucede en el poblado de Huizilac, del propio estado de Morelos.
El intercambio se inicia sin manifestar los reos ningún temor, están confiados en que serían llevados sanos y salvos a la Ciudad de México. No faltarán, incluso, expresiones laudatorias para la calidad humana del presidente Calles. Sin embargo, una vez en manos de Fox, este los hace bajar violentamente de los autos en los que viajan para enseguida atarles las manos con alambre de púas. El calendario marca el 3 de octubre de 1927.

Martin Luis Guzmán

El escritor Martín Luis Guzmán relata magistralmente el drama en La sombra del caudillo.
Narra en su texto un encuentro sostenido tres días antes en Palacio Nacional:
–Caray, jefe, no creo que sea necesario matar a Pancho.
–El presidente de la República golpea con el puño cerrado el grueso cristal de la mesa ovalada de su despecha y, poniéndose de pie, ladra:
–¡No me chingues, Álvaro! Resulta que ahora te pones blandito y sentimental. ¿Crees que la estuviéramos contando si caemos en el cuatro que nos tendieron esos hijos de la chingada? ¡Son ellos o nosotros, Álvaro, carajo!
A propósito, un 3 de octubre, pero de 2001 entrevistamos a Martin Luis en La Poza, Acapulco, durante la inauguración de una escuela con su nombre. Tentados estamos a refrescar ese encuentro, especialmente para los nuevos lectores de El Sur. Es una promesa.