EL-SUR

Lunes 06 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Alcaldes de Acapulco (XIII)

Anituy Rebolledo Ayerdi

Enero 25, 2018

El candidato

Nacido en Chilpancingo pero radicado en el puerto a partir de los seis meses de edad, Carlos Ernesto Adame Ríos cumplía cabalmente con una exigencia histórica de los porteños: que su alcalde fuera acapulqueño, nato y neto. También había satisfecho todas las normas constitucionales y partidistas para ocupar cargo semejante en los años 30. Su campaña fue de contacto con la gente, particularmente en el medio rural, donde los campesinos aún creían en los políticos. Su única oferta fue sencilla y escueta: atención y seguridad. ¡Qué mejor cosa!, decía la gente,
Las elecciones eran entonces pan comido. Se instalaban siete casillas en la ciudad y siete en el medio rural, siendo manejado todo el proceso por dos únicas personas. Eran ellos Gustavo Cobos Camacho Cobitos, y don José I. Girón. Tenido el primero como un insustituible gurú electoral, único operador tanto del padrón como de los cómputos finales. Dado el diseño de una caprichosa geografía electoral, resultaba obligatorio para los candidatos visitar siete poblados del municipio, por ser los únicos en los que se instalaban casillas electorales. Aquí, en el puerto, se instalaban en el Zócalo (casa de don Ramón Córdova), en La Playa y en las calles 5 de Mayo, Independencia y Barrio Nuevo (hoy Cuauhtémoc).
A pesar de una indiferencia casi general, el proceso no siempre resultará exento de complicaciones, particularmente de violencia, en razón de que nunca faltaron los grupos armados respondiendo a signos diferentes. Rechazaban desde aquel momento abdicar a los pequeños o grandes privilegios soportados estoicamente por gremios o grupos civiles. Así, para evitar el robo de urnas y la quema de votos, el llamado “colegio electoral” se reunía en las oficinas del sindicato de La Especial, dirigido por Elpidio Pillo Rosales. Ello, en razón de estar mejor custodiado que el legendario Fort Knox, de Kentucky, el depósito estadunidense de lingotes de oro.

El Bando de Policía y Buen Gobierno

El alcalde Carlos E. Adame y el secretario municipal, don Isauro Polanco, emiten el primer Bando de Policía y Buen Gobierno del siglo XX, un documento de observancia obligatoria para todos los habitantes de Acapulco. El Bando, tal como ocurría en épocas coloniales, fue proclamado teatralmente por la autoridad municipal. Un cortejo encabezado por el Cabildo en pleno recorría la ciudad, acompañado por el redoble de tambores. El alcalde llevaba embrazada la Bandera Nacional, obligando actitudes de respeto por parte del público. La primera parada se daba en el Zócalo, para seguir luego a distintos puntos de la ciudad, particularmente de habitual reunión de ciudadanos.
El Bando de 1933 dispone en su parte sustantiva la obligación ciudadana de barrer y regar diariamente los frentes de sus domicilios, lo mismo que corrales, patios, solares y fincas, aun cuando no estuvieran habitadas. Acciones estas que debían ejecutarse antes del amanecer, porque Don Beto, el “carretonero” oficial, iniciaba sus actividades a las 6 de la mañana. Conducía una destartalada carreta jalada por una mula famélica y tuerta, acompañado por un único ayudante, no siempre el mismo, por causa de su mal genio. Recorría la ciudad en tiempo récord y era que su sordera le impedía pararse a conversar con el vecindario e incluso escuchar quejas de las amas de casa. Con la carreta hasta el tope, don Beto tomaba el camino hacia Pie de la Cuesta para llegar al “corte de Mozimba”, así llamado el destinado final a los desechos de la ciudad.
La circulación óptima por las angostas calles citadinas, sólo algunas empedradas, será tema del BPBG. Prohibía la obstrucción de las mismas con vehículos o materiales diversos. Se prohibía que niños jugaran en ella durante el horario de clases, encargándose la policía de detenerlos para luego entregarlos a sus padres. A estos se les aplicaba una multa de 10 pesos. Hablando de menores, se castigaba severamente a quienes les vendieran bebidas embriagantes.
En esta última materia, el Bando de Policía obligaba el cierre de cantinas, bares y billares a las 9 de la noche, con excepción de los establecimientos localizados en el primer cuadro de la ciudad. Para estos, el término de sus actividades estaba fijado a las 23 horas. Se les obligaba, en materia de salud pública, a contar con mingitorios con agua corriente. Bailes y fandangos no autorizados por el Ayuntamiento eran sancionados con multa de 10 pesos.

Sepelios silenciosos

Una prohibición del Bando del alcalde Adame contrariaba viejas tradiciones en materia de sepelios o entierros. Por razón de las altas temperaturas ambientales, se otorgaba un plazo improrrogable de 24 horas para inhumar los cadáveres, esto es, a partir del deceso. Otra prohibición cuestionada se refería al acompañamiento de los cortejos fúnebre con música. Excepcionalmente para difuntos menores o “angelitos” se aceptaban alguna música, pero no estridente: violín y guitarra. Tales cortejos eran formados por niños y niñas vestidos de blanco portando en las manos varas de nardos o azucenas.
Otra prohibición inexplicable fue el repique de las campanas parroquiales cuando no fuera para llamar a oficios religiosos, o bien para alarmar a la población ante incendios, inundaciones y temblores. Las campanas del resguardo aduanal, no tan sonoras, debían tañer sólo para anunciar pasos y entradas de barcos.
Adame Ríos no se metió con las “plañideras” y “gimoteras” porque ¿cómo comprobarles su calidad de actrices? Eran ellas las mujeres que se alquilaban profesionalmente para llorar, gemir, plañir y gritar durante velorios y sepelios, cuyos parientes estaban cansados de hacerlo. Algunas obtendrán pagas extras mediante “desmayos” espectaculares, para los que nunca faltaba una señora piadosa con su botella de alcohol alcanforado.

Las playas

Se prohibía usar traje de baño en las calles por ser esta prenda para uso exclusivo de las playas. Una prohibición sobre la que no hubo reacciones ostensibles en razón de que muchas damas ni siquiera conocían la prenda. Se bañaban vistiendo únicamente un fondo que revelaba claramente la ropa interior: calzón de manta atado a la cintura con botón de carey. Muy pocos de nailon o “nayla” como decían en San Jerónimo. No faltaban las atrevidas chilangas que vestían fondo, sí, pero completamente a “ráis”. Lejano el bikini. El traje de baño de moda era de lana, de una pieza con tirantes, bien cubiertos los pechos y hasta la mitad de los muslos. Mojado, aquél objeto, presumiblemente de seducción, pesaba hasta tres kilos.
Para evitar accidentes en la carretera federal por la invasión de animales, el alcalde pactará con campesinos y ganaderos de la región el cercado de sus potreros, dotándolo de suficiente alambre de púas.

Salarios

El presupuesto anual del Ayuntamiento encabezado por don Carlos E. Adame ascendió a 50 mil pesos y su preocupación principal fue pagar puntualmente a su policía. Si el poder público, decía, no es capaz de dar seguridad a su gente no hay más que esperar que la ley de la selva. ¿Hoy vivimos en ella?
El sueldo del alcalde era de 5 pesos diarios, tres el del jefe de la policía, mientras que cada miembro de la corporación recibía un peso con cincuenta centavos, también diariamente. O témpora o mores.

El mercado municipal

El mercado municipal en los años 30 seguía operando en la Plaza Álvarez, localizado entre la parroquia y el actual edificio Pintos. Con un peso en la bolsa, una ama de casa podía adquirir: media docena de huevos de gallina, una docena de ojotones o agujones, un litro de leche, una docena de tortillas, suficientes chiles y tomates para la salsa, dos refrescos Trébol (elaborados por la familia Pintos), un litro de tractolina para la estufa y un litro de petróleo para lámpara o quinqué. Y si andaba de antojo, le alcanzaba para una charamusca con el “amigo Moisés” y hasta una rica nieve del famoso “Proto”.
Hablando con palabras mayores: un automóvil Ford costaba 3 mil pesos, la entrada al cine de Mazzini, en Hidalgo, 10 centavos; una dejada de taxi al Papagayo, cincuenta centavos; al aeropuerto de Pie de la Cuesta, cinco pesos y las dejadas extras, un peso.

Los juegos de azar

El presidente municipal don Carlos E. Adame rechazó durante toda la Semana Santa de 1934, como si fuera penitencia, haber autorizado el garito instalado en la plaza Álvarez. Tampoco dijo, por elemental discreción, que los permisos habían sido expedidos por el “Señor de Chilpancingo”, avalados por los jefes militares de la entidad. Y cómo no, si el jefe de la Nación era dueño o socio de los más grandes garitos operando hasta entonces en el país (y hasta que llegue Cárdenas): Agua Caliente (Tijuana), Foreing Club (Naucalpan) y Casino de la Selva (Cuernavaca).
Los porteños, cuya mayor osadía hasta entonces había sido jugar al “cuadro chico” o al “cartón lleno” de la lotería tradicional, se muestran deslumbrados ante aquél montaje escenográfico. Un casino de película en pleno corazón de Acapulco. Se aprovecha el último año del presidente Abelardo (“Ave lerdo”, llamado por algún columnista) y la afluencia notable de Semana Santa para desplumar a incautos residentes y “valedores” chilangos. La consigna de los empresarios es dejarlos “sin cosa alguna”, tal como ordena la oración de La Magnífica. Los únicos gananciosos serían, por supuesto, el gobernador general Gabriel R. Guevara y sus iguales de grado castrense Vicente González, jefe de operaciones militares en Guerrero, y Alfredo Flores, jefe de la guarnición de Acapulco. Y, por supuesto, el empresario Jorge Martínez.
Para el turismo y la gente de aquí se instalaron en el Zócalo carpas bajo las cuales se jugaba desde la lotería tradicional hasta ruleta, póker, dados y demás. En cambio, para los ricos locales y tahúres visitantes se les reservan cuartos en los hoteles Monterrey y Miramar, e incluso en la cantina La Marina, de Doroche Lobato. Todos saldrán pidiendo prestado para regresar a sus lugares de origen.
Sabedor que esa clase de eventos atrae hombres violentos como abejas a la miel, el alcalde Adame pidió ayuda al jefe militar del puerto. Y claro que la proporcionó, pero con hombre vestidos de civil, perfectamente coordinados con la policía. Será grande el esfuerzo de don Carlos para guardarse el secreto de aquella componenda y mayor su indignación al conocer los montos diarios distribuidos entre el puerto y Chilpancingo. Finalmente se cumplió su único interés de que aquella Semana Santa resultara blanca.