EL-SUR

Jueves 13 de Mayo de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Alcaldes de Acapulco (XVIII)

Anituy Rebolledo Ayerdi

Marzo 01, 2018

2 alcaldes 2

El 1 de enero de 1945, a tres meses de concluir su periodo como gobernador de Guerrero, el coronel Rafael Catalán Calvo designa un Concejo Municipal para Acapulco. Lo encabeza el licenciado Alfonso Miranda Vaillalva, acompañado por Alejandro Hudson como síndico procurador y los regidores Mario de la O, Antonio Flores, Artemio Cárdenas, Jesús González Adame y Manuel Pano. Hombres de grandes virtudes, cívicas y morales, y por ello muy queridos y respetados. Un primer acuerdo del cuerpo edilicio será la asistencia de una representación a la toma de posesión del nuevo mandatario.
Pero hete aquí que no podrá cumplir con tal acuerdo, pues el 1 de abril de ese mismo año, fecha de la ascensión del gobernador Baltazar R. Leyva Mancilla, el Congreso del Estado los cesa en sus funciones, nomás porque sí. Nombra a un nuevo Consejo encabezado por el licenciado José Ventura Neri, acompañado por los señores José González Esquivel, como síndico, y regidores Ladislao Diego, Tomás Toscano Arenal, Alfonso Casarrubias, Florencio Olívar y Leovigildo Castillo. Declarados por los porteños como “ampliamente desconocidos”, con excepción de don Ismael Valverde, designado secretario municipal.
El mismo día en que Ventura Neri asume la alcaldía empieza a correr un rumor que habla de su parentesco con el mandatario estatal. “A mí no me lo crean –se escucha en el mercado–, pero dicen que es hermano de doña Fermina Ventura, la esposa de Leyva Mancilla, y que son gente de la Costa Chica”. Ciertas ambas cosas. Junto con el chismorreo surge la hipótesis de que el gobernador conocía anticipadamente los planes para Acapulco del próximo presidente de la República, Miguel Alemán. Y que por ello otorgaba el liderazgo del puerto a un hombre de sus confianzas absolutas, como podía serlo su cuñado. Hipótesis tan cierta que lo mantendrá en la alcaldía hasta 1948.
En efecto, Ventura Neri pide licencia en 1946 para poder competir en la elección constitucional para la renovación de ayuntamientos 1947-1948. Queda en su lugar el secretario Ismael Valverde. El Cuñadazo, como se le conocerá popularmente, triunfa arrolladoramente en las elecciones y toma posesión el 1 de enero de 1947. Lo acompañan Gerardo Bello Hernández, en calidad de síndico procurador y son ediles Fernando Calderón, Juan Tabares, Fernando Heredia y Enrique Lobato.

¿Y Gómez Maganda?

El propio Alejandro Gómez Maganda lo cuenta en su libro Acapulco en mi vida y en mi tiempo:
“Dentro de los cauces legales, cubriendo todos los requisitos generales y particulares del Partido al que pertenezco, el PRI, desarrollé dentro de la normalidad absoluta el proceso de mi candidatura a la presidencia municipal de Acapulco, y, al llevarse a cabo las elecciones internas del mismo, resulté electo por unanimidad, para regir el bienio 1945-1946.
“Ya candidato del PRI, que entonces era PRM, mis contrincantes se retiraron voluntariamente para no llegar a la insubordinación partidista y, en vista de la realidad política que se impuso a toda apetencia, declararon su retiro y fueron desintegradas sus respectivas planillas.
“Transcurrida la elección constitucional, sin contienda alguna por carecer de opositores registrados y vista la copiosa votación en las casillas instaladas, de acuerdo con la Ley Electoral, al siguiente jueves del acto eleccionario, la junta computadora instalada por el alcalde saliente, capitán Antonio Urióstegui, me entregó tras de los actos de escrutinio de rigor, la credencial que reconocía plenamente mi victoria en los comicios municipales.
“Próximo a tomar posesión del cargo para el que fui electo, unas 48 horas antes, el Congreso del Estado, arbitrariamente y a iniciativa del diputado Francisco Díaz, declaró nulificadas las elecciones acapulqueñas para concluir con el ‘Parto de los Montes’, ante la indignación porteña.
“Pero eso quedó perdido en el acumulamiento de los años y se constituyó en pasado, y sólo a manera de posdata informativa, queda aquí consignado”.
¿Pos qué pasó?

Los Leones y Max

La muerte de Maximino Ávila Camacho el 17 de febrero de 1945 –envenenado, según la voz pública, para atajar sus propósitos demenciales de usurpar la presidencia de la República– coincide con un baile del Club de Leones de Acapulco. Su escenario, la terraza del hotel Las Hamacas, con la luna filtrándose por el tupido palmar.
El invitado de honor, el alcalde José Ventura Neri, llega al festejo con la mala nueva junto con la exigencia de suspender el evento. Acapulco, plantea, está de luto por el deceso del hermano mayor y muy querido del señor presidente Manuel Ávila Camacho (¡ajá!, tanto que nunca lo llamó por su nombre sino simplemente como El Mantecas, por rechoncho). Los leones aceptan el pedido del alcalde, pero con la condición de que asuma los gastos del festejo y abone las ganancias esperadas. Además, que sea él mismo quien anuncie la suspensión.
–¡No la frieguen!, ¿quieren acaso que esta gente me linche?
Atrapado, el político propone una salida: Que la fiesta continúe y que, cuando se toque la última tanda, él mismo anunciará el deceso argumentando tardanza en la información.
–¿Y bueno, señor?
–¡Está bien, está bien, corre por mi cuenta la barra libre pero únicamente para leones y leonas!
Y así se hace. Allá, por la “madrugada grande”, la orquesta del maestro Alberto Escobar interrumpe su última tanda, un popurrí de Luis Alcaraz, para que la trompeta toque una llamada de atención. Un trastabillante presidente municipal camina hacia el estrado mostrando con la mano en alto un arrugado pliego amarillo.
–Damas y caballeros, me atrevo a interrumpir este alegre sarao únicamente porque soy portador de una infausta noticia. Acabo de recibir este telegrama que nos da cuenta del deceso del señor general Maximino Ávila Camacho, hermano de nuestro querido señor presidente de la República. Un hombre que quiso entrañablemente a Acapulco y a quien debemos tanto los acapulqueños. No dudo que ustedes estarán de acuerdo conmigo en poner fin a este festejo, como una nuestra de luto, respeto y solidaridad con nuestro primar mandatario de la nación… Ora sí, don Beto, puede terminar la tanda. Gracias.
El mensaje del presidente municipal tuvo en la concurrencia el mismo efecto que si hubiera revelado que los huevos de tortuga tienen mucho colesterol. Sólo por allá, en el fondo, surge un etílico “¡ya era hora”! y no se supo si era por la muerte de Max o por el fin de la fiesta. Y, como en el Brindis del bohemio, sólo faltaba una objeción, estentórea, disonante, la de Oscar Muñoz Caligaris, funcionario hotelero y empresario turístico:

¿Quequequé?

–¡¿Quequequeeeeé?!, ¿qué quiso entrañablemente a Acapulco? ¡Ni madres!, fue un malvado y siniestro hijueputa que mató, robó y violó impunemente a la sombra de su hermanito el presidente. Aquí mismo, ¿no el cabrón se apropió del islote de Caleta, pasándose la Constitución por el arco del triunfo, para construirse una residencia veraniega? Y que digo el islote, toda la playa, pues presumía tenerla en concesión por 99 años, y seguramente era cierto.
El orador toma un respiro, bebe de su vaso y prosigue indignado: “El tal Max era un patán alcohólico y majadero que cada vez que venía renovaba las amenazas de echar fuera de Caleta a la ‘negrada’, como llamaba a los acapulqueños. Repetía una y otra vez su amenaza de colgar de los güevos a quienes no vistieran decentemente frente a su familia e invitados o bien que les faltaran al respeto”.
–A mí, por ejemplo –retoma Muñoz Caligaris su discurso después de un trago de un líquido cualquiera sobre su mesa–, el siniestro Ávila Camacho me había dado 30 días para desocupar “Los Peñascales”, como él llamaba el lugar donde tengo un bar playero, al fondo de Caleta (más tarde su hotel Boca Chica) Y todo porque a su mujer le gustaba ese lugar. No sé para qué chingaos lo quiere pero usted se me sale, pero ya.
El hotelero termina de intervención con una advocación: “¡Dios es grande!”, y un brindis.
Para entonces, Muñoz Caligaris ha quedado solo en aquella amplia terraza… y era que en Acapulco, desde entonces, el miedo no ha andado en burro.

JFMM

El alcalde José Ventura Neri toma en serio su papel cuando a es convocado a formar parte de la Junta Federal de Mejoras Materiales, (JFMM) organismo operado por el secretario de Hacienda, Ramón Beteta, confiado en que será la piedra de toque para la transformación de Acapulco. El propio Beteta la encarga a quien preside un organismo similar en el puerto de Veracruz, Melchor Perrusquía, amigo también del presidente Alemán. Un individuo que se comportará aquí como todo un procónsul romano.
Los fondos para la remodelación de Acapulco los obtendrá la propia JFMM a través de la expropiación de los ejidos del puerto y sus alrededores y la venta de esas tierras a través de la Comisión Administradora de Terrenos de Acapulco (CATA). A los ejidatarios se les pagará con casas modestísimas, además de 10 mil pesos en efectivo que no alcanza ni para la celebración. El fraccionador, Alejandro Romero, logra una alianza con Grace Lines para abrir una ruta de cruceros hacia Acapulco. La idea es hospedar a los viajeros en un hotel de clase mundial con casino abierto las 24 horas. Ni el propio Alemán podrá romper la prohibición de los juegos de azar dictada por el presidente Cárdenas. En cambio, se crearán la Dirección Nacional de Turismo, la Escuela Mexicana de Turismo y se expedirá la Ley federal sobre la misma materia.

La Barca de Oro

El alcalde Ventura Neri y sus regidores encabezan en el Club de Yates la ceremonia de despedida de La Barca de Oro, un velamen cuyos tripulantes, Guillermo Heimpel Wicker y Enrique Braun, veinteañeros ambos, acometerán la hazaña de ser los primeros mexicanos en dar la vuelta marina al mundo. Parten el 2 de julio de 1947, con el itinerario siguiente:
Hawai, Tahití, Bora Bora, Samoa, Fiji, Nueva Caledonia, Brisbane, Timor, Java, Mauricio, Madagascar, Durban, Ciudad del Cabo, Santa Elena, Recife, Barbados, Martinica, Trinidad, La Guyana , Cartagena, Panamá, El Salvador, Puerto Ángel y Acapulco.
La recepción será encabezada por el nuevo alcalde Antonio del Valle Garzón, el 14 de mayo de 1950, luego de un navegación de 29 mil 897 millas.