EL-SUR

Lunes 06 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Alcaldes de Acapulco (XXXVII)

Anituy Rebolledo Ayerdi

Julio 12, 2018

Los trienios municipales

La Ley Orgánica del Municipio 111, emitida por el Congreso local el 26 de diciembre de 1956, derogatoria de la de 1919, incrementa a tres años el periodo de los ayuntamientos de la entidad. Aquí estrena los trienios el ex diputado federal Mario Romero Lopetegui, quien asume la presidencia municipal 1 de enero de 1957.
Y cómo no, si había sido recomendado por varios personajes de la política nacional, entre ellos Ezequiel Padilla Peñaloza, varias veces secretario de Estado y ex candidato a la presidencia de la República; Ramón Beteta, ex secretario de Hacienda del presidente Alemán y el gobernador electo, general Raúl Caballero Aburto, su mero paisanito de Ometepec, el “bello nido de infinitas ilusiones” que cantara el maese Agustín Ramírez.
Romero Lopetegui llevará un Cabildo particularmente representativo de Acapulco: Alfredo Zamora Gil, como síndico procurador, mientras que los regidores fueron los doctores Luis Salazar Pérez y Daniel Añorve; Martín Sánchez Martínez, líder de la poderosa Sección 20 de Trabajadores de Hoteles; el capitán Joel Juárez Guzmán y Amadeo Calixto. Ocupó la secretaria general Carlos Miller y la secretaria particular la joven y talentosa Martina Roque.

El gobernador

La rumorología política de la entidad empezó a manejar desde endenantes los nombres de los aspirantes a la gubernatura para el periodo de 1957 a 1963 (la mitad… o menos).
Figuraban entre ellos el abogado Fernando Román Lugo, que había sido secretario general de Gobierno del gobernador de Veracruz, Adolfo Ruiz Cortines; el profesor Caritino Maldonado Pérez, líder nacional de la CNOP del PRI; Moisés Ochoa Campos, secretario de prensa del PRI nacional; Ruffo Figueroa, líder de la FSTSE y Donato Miranda Fonseca, ex alcalde de Acapulco, miembro del trío más poderoso que el de Los Panchos formado por Adolfo López Mateos, Gustavo Díaz Ordaz y él mismo.
Ni los aspirantes ni sus prosélitos habían tomado en cuenta la existencia de un riguroso protocolo priísta que disponía otorgar una o varias gubernaturas a los altos mandos del Ejército mexicano. Que se cumplirá esta vez religiosamente cuando el “Gran Índice de Palacio Nacional” señale al general Raúl Caballero Aburto, dueño de un expediente “humeante”. Ninguno de los ignorados, que se haya sabido, osó formular comentarios contra el elegido, por lo menos públicamente. En privado, por el contrario, hablarán de la “bota militar” y lanzarán calificativos como “pinche guacho”. Finalmente, se unirán al coro priista para cantar odas homéricas no al candidato sino a quien lo puso. Algún día será diferente, decían algunos optimistas calificados de “orates y pobres pendejos”.
Romero Lopetegui encabeza la comisión del Cabildo de Acapulco que asiste a Chilpancingo a la toma de posesión del nuevo gobernador. Caballero Aburto, por entrega del provisional Darío L. Arrieta Mateos, el 1 de abril de 1957.

MRL

Cónsul de México en Laredo, Texas, Lopetegui usa para las funciones oficiales su propio auto, uno gringo grandísimo, blanco y azul. Una pierna ortopédica sustituyendo a la propia, perdida en un accidente aéreo, le impedía largas caminatas, por lo que la lujosa unidad entrará a barriadas y localidades sin pavimento y de difícil vialidad. Los chamacos corriendo la dejaban atrás.
Exageradamente pulcro, el nuevo alcalde viste todo de blanco. Pone de moda la guayabana, prima hermana de la guayabera, pero lisa, con dos bolsas bajas y una pequeña arriba para la pluma o los lentes. Recibirá altas calificaciones de los varones cuando se conozca que sólo bebe güisqui escocés, del que tiene generosa dotación en su despacho. Vive mientras encuentra casa en el hotel El Mirador, atendido personalmente por Rosita Salas, el alma de esa empresa, mudándose más tarde a la calle Pájaros, por Tambuco.

Pedro Infante

¡Pedro Infante ha muerto, el más grande ídolo de México ha perdido la vida en un accidente aéreo!, anuncia con voz dramática y entrecortada el declamador Manuel Bernal, interrumpiendo su programa cotidiano a través de la XEW, La Voz de América Latina desde México. El reloj marcaba las 11:15 del 16 de abril de 1957, lunes de Semana Santa y en aquél momento el país entero se cimbrará de dolor auténtico.
Minutos más tarde, las ediciones extraordinarias de la prensa metropolitana cubrirán detalladamente la exigente demanda de información de todo México. Eran las 7:45 de la mañana, rezaba la entrada de la nota, cuando en la ciudad de Mérida, Yucatán, Pedro Infante aborda el avión XA-KUN, propiedad de la empresa TAMSA, para dirigirse a la Ciudad de México. En la capital lo esperaba la actriz Irma Dorantes, pues ambos acudirían a la Suprema Corte de Justicia de la Nación. El tribunal les notificaría la nulidad del matrimonio de ambos.
De acuerdo con testigos oculares, el avión del ídolo permaneció en el aire escasos dos minutos, para luego desplomarse envuelto en llamas. De acuerdo con el certificado, el cuerpo del actor presentaba fracturas en todo el esqueleto. Su cuerpo de 1.73 metros de estatura y 77 kilos de peso quedó reducido por el fuego a sólo 80 centímetros con 30 kilos.
El martes 16 llegaron los despojos mortales de Pedrito a la Ciudad de México, siendo recibidos en el aeropuerto por el cuerpo de Policía y Tránsito y miles de capitalinos. Lo acompañaron hasta el teatro Jorge Negrete, donde se instaló la capilla ardiente, ante la que cruzaron miles de hombres, mujeres y niños, acongojados todos. El sepelio, al día siguiente en el panteón Jardín, congregó una valla humana jamás vista en la capital del país, una columna de no menos tres mil automóviles y ofrendas florales por miles.

La tierra tiembla

A siete meses de la llegada del nuevo Cabildo, para inaugurar los “trineos municipales”, como decía el regidor aquél para referirse a los trienios, se produce un severo temblor de tierra que mortifica pero no daña a la población. Es el 28 de julio de 1957 y en la Ciudad de México se viene abajo el Ángel de la Independencia, uno de sus iconos más notables, lo que convierte al evento en una noticia internacional. Acapulco, como cada temblor, “desaparece” ante el mundo, “eso es lo que quisieran, cabrones envidiosos”, clama doña Petra Rumbo.

Quien pone, quita

Las purgas llegan pronto al Cabildo de Acapulco y quien primero recibe su dotación de aceite de ricino es el mayor Joel Juárez Guzmán. Regidor de Policía y Seguridad, decidió un día, por sus pistolas, ejecutar en el puerto una campaña de despistolización similar a la del gobierno del estado. La suya, propia, de él, sin coordinación con la estatal. Aquello será una auténtica calamidad no sólo para los empistolados, sino para quienes “trajeran dinerito para comprar una y de esas muy caras”. Y si no eran pistolas eran navajas, charrascas, dagas, puntas, resorteras para cazar cucuchitas.
Aplausos locales no obstante la ilegalidad del procedimiento. Hasta que un buen día, digamos mejor, una mala noche, el edil militar se topa con un influyente que porta una pistola Parabellum o Luger, como la que portaba Hitler, según decires. Ante aquella “chulada de arma”, como la califica el propio militar, no habrá argumento que desista su patriótica intención: la de disminuir el arsenal de una ciudad armada entonces para una guerra civil (que lo está hoy mismo).
La mala suerte se cebará esta vez contra don Joel, pues el empistolado resultó sobrino carnal del gobernador Caballero Aburto, parentesco que en una monarquía lo convertía automáticamente en duque, por lo que el agravio no podía quedar sin castigo. Ninguno más severo para Juárez Guzmán que despojarlo de su regiduría. Lo releva su suplente Antonio Reyna Soto.

Si se calla el cantor…

Las cosas en el ámbito municipal han ido de mal en peor. Primero el sismo y ahora, el 12 de septiembre de 1957, el deceso de José Agustín Ramírez.
El deceso del maestro ocurre en la Ciudad de México pero sus familiares decidieron arroparlo con la tierra acapulqueña, a la que cantó con tanto amor y sentimiento. La capilla ardiente se instala en el Palacio Municipal, según instrucciones del alcalde Lopetegui, ante la cual desfilan miles y miles para ofrecer el último adiós al cantor fundamental de Guerrero. Presentes el gobernador Caballero Aburto, el ex presidente Emilio Portes Gil; el compositor Tata Nacho y, por supuesto, los hermanos Conchita, Augusto y Alfonso Ramírez Altamirano, con sus respetivas familias.
Las pláticas de la velada giran, por supuesto, en torno al gran desaparecido. Su infinita bondad, su feliz y pródiga bohemia, su guitarra, su magisterio. Se recuerda la militancia de Agustín en el famoso Cuarteto Tamaulipeco, auspiciado por el gobernador de Tamaulipas, Emilio Portes Gil, junto con Lorenzo Barcelata, Ernesto Cortázar y Carlos Peña. Su paso por la administración pública como jefe de Acción Educativa del DF, nombrado por el propio Portes Gil, ahora presidente de la República. Su paciencia franciscana ante sus alumnos y una terca resistencia a usar la palmeta.

Acapulqueña

Revelación para muchos: Acapulqueña fue cantada por primera vez por el autor ante la señora Minerva Anderson de Sosa, a quien la dedica en ocasión de su cumpleaños y a pedido de su esposo el popular Poli Sosa.
No falta la referencia obligada a María Elena, la canción compuesta al alimón por Lorenzo Barcelata y Agustín Ramírez, recluidos en un baño de la residencia de Anacarsis Carcho Peralta, en Puebla. Allí los habría encerrado el millonario con la advertencia de no dejarlos salir, sin comida y ¡sin bebida!, hasta que le compusieran una canción a su esposa cumpleañera, María Elena. El resultado fue la pieza en tiempo de vals registrada finalmente con la autoría única de Barcelata.
Haya pasado lo que haya pasado, el poema no miente, contiene versos de Ramírez:

María Elena

Quiero cantarte mujer
mi más sentida canción,
porque tú eres mi querer
Reina de mi corazón.

No me abandones mi bien
porque eres tú mi querer,
tuyo es mi corazón
Oh, sol de mi querer,
mujer de mi ilusión
mi amor te consagre.

Mi vida la embellece
una esperanza azul,
mi vida tiene un cielo
que le diste tú.

Tuyo es mi corazón
Oh, sol de mi querer,
tuyo es todo mi ser
tuyo es, mujer.

Ya todo el corazón te lo entregué,
eres mi fe, eres mi Dios,
eres mi amor.