EL-SUR

Viernes 14 de Junio de 2024

Guerrero, México

Opinión

Alegoría del bosque

Federico Vite

Noviembre 10, 2015

La boca llena de tierra (Sexto Piso/UNAM, México, 2009, 75, páginas), de Branimir Š?epanovi?, es uno de esos trabajos extraños que la industria editorial mexicana publicaba con la intención de hacer más ancho el horizonte literario de este país, con la voluntad de agrandar el capital simbólico de otros paisajes culturales.
Š?epanovi?, autor serbio con poquísimo material en español, ha sido reconocido en su país con el máximo reconocimiento literario, el premio NIN. Esencialmente ha sido traducido al inglés, mercado al que le tiene mucha fe el montenegrino. Tras la aparición en inglés de la novela La muerte del señor Goluzhe, incluso las puertas de Hollywood se abrieron para él. Hubo un encanto del público anglosajón con la obra de este tipo. La forma de entender el mundo de los habitantes del este de Europa fue asombrosa para el mercado de libros en inglés.
En La boca llena de tierra, el lector descubre un relato desde dos puntos de vista; el mismo hecho, el escape de un hombre, sirve de especulación para el autor, quien decide arrancar la historia desde una aparente confusión, un hecho doméstico que pone en marcha la maquinaria narrativa. Dos montañeses ven a lo lejos la silueta de un hombre; tratan de adivinar quién es. Mientras se acercan, descubren a ese caballero caminando solo, vestido de traje, melancólico. Se aproximan a él, pero ese tipo los evita. Da media vuelta y acelera el paso. En ese momento se inicia una persecución a la que cada vez más y más personajes se van sumando. Algunos preguntan, ¿por qué siguen a ese hombre? Pero no hay una respuesta clara, concreta, se actúa por inercia, se recurre el enojo por imitación. El odio, como principal motor del texto, es lo que impulsa a la mayoría de las personas a continuar la andanada.
El enramaje de la historia funciona muy bien, gracias a los dos narradores (tercera persona y primera del singular) encontramos el enfoque, un contrapunto en el que los involucrados en la trama ingresan al toma y daca, ese dilema de represalias equivalentes entre el hombre que huye y los perseguidores. A ratos, Š?epanovi? dota de un halo sombrío la narración; se oyen los lobos a lo lejos y el lector siente de inmediato que el tono del relato puede cambiar de un aparente hecho absurdo a una estructura de corte fantástico. Las leyendas de tradición oral van adquiriendo relevancia en la medida que los personajes se hacen uno con el bosque, cuando se muestran en la intemperie, rodeados por la naturaleza que los asusta, los conmueve y los azuza.
Los hilos del relato se fusionan como un cauce natural de acción y reacción. El perseguido corre pensando en la muerte como su única certeza; los montañeses que prácticamente tratan de cazar a ese hombre hilvanan una serie de conjeturas que hacen más atractiva la narración. Mediados por el autor, se consuma un diálogo asistido por la confusión y enriquecido por los prejuicios. Los montañeses se saben personas buenas, nobles, así que necesitan una explicación del porqué ese hombre escapa. Creen que el prófugo ha cometido muchísimos errores y tratan de darle alcance al fuereño para castigarlo, porque él representa todo eso que les ha hecho daño. En la mente del perseguido se suceden imágenes que ayudan al lector a comprender la simetría del bosque con la historia. Así ve Montenegro Š?epanovi?, como un largo sendero rodeado por el follaje tétrico de la confusión, un escenario dispuesto para la caza.
El perseguido observa los rostros ensoberbecidos de los otros, las muecas de odio, el anhelo por darle alcance a la presa. Huye hasta sentir que es imposible escapar; de pronto, en un giro más absurdo aún, ese hombre corre hacia la masa que trata de aniquilarlo. El orden impuesto por el escritor se invierte e ingresamos a la zona más simbólica del texto, la que nos permite comprender que hay hombres obligados a morir por su propia mano.
Los tonos de este libro breve, más que un desfile técnico, son dispuestos por el autor como una sucesión de estados anímicos en los que la desesperación e impotencia marcan las rutas de resolución del relato. Š?epanovi? también recurre al realismo mágico durante una parte breve de la segunda mitad del libro. El novelista comienza a darnos pistas, mediante la aparición de ciertos símbolos, mucho más claras de los verdaderos motivos de los personajes principales. El hombre que huye se redime en la soledad del paraje y los perseguidores en contemplar a esa psique atormentada y en demolición. El autor no requirió de muchas palabras para lograr con solidez una alegoría que está íntimamente relacionada con el título del libro.
Para muchos lectores que se precien de excéntricos, este libro funciona muy bien. No sólo porque su autor es casi un desconocido en castellano, sino porque la obra está encaminada a explorar una serie de prácticas oscurantistas en el siglo XX. Aparte, claro, de que si a usted le preguntan, ¿qué libro estás leyendo? Sin duda llamará la atención de su interlocutor al responder: Branimir Š?epanovi?, traducido por Dubravka Sužnjevi?. ¿Y tú? Que tenga un buen martes.