Ana Cecilia Terrazas
Mayo 30, 2026
Para Néstor Itzcuautli Valero.
La alegría definida por la Real Academia Española es “un sentimiento grato y vivo que suele manifestarse con signos exteriores”. La misma fuente asocia la alegría al “placer” y a la “animación”, “generalmente provocadas por algo agradable”, expresado mediante “palabras”, “risas”, “gestos o actos que demuestran el júbilo”. En México, como dato en fuga, las llamadas “alegrías” son dulces tradicionales hechos con amaranto y miel.
La posmodernidad “antropo-capitalo-cénica” de estas alturas del siglo, está marcada por una suerte de tiranía alegril, una happycracia –como la bautiza el autor Edgar Cabanas–, en donde el consumidor tipo utiliza la alegría cual combustible fundamental. Esto, de manera reduccionista, implica que una sociedad alegre tienda a consumir más, a comprar cosas activamente y a necesitar esa gasolina para que la maquinaria industrial continúe.
Por otra parte, la evidencia científica, biológica, nos sigue diciendo que esos momentos de alegría que vive el ser humano, se deben, principalmente, a meras reacciones químicas. Esto es, queda vigente la premisa del cerebro humano como máquina diseñada evolutivamente “para evitar el desplacer”, mediante la liberación de dopamina, serotonina o endorfinas que suele ocurrir durante el ejercicio aeróbico –así como con el arte o los logros, etcétera. Como personaje central de esta derrama neuroquímica se encuentra la industria del ejercicio y los consabidos gimnasios, en donde ha resultado sumamente exitoso ofrecer clases de baile para todo público. El baile, dicho sea de paso, es un promotor megaeficiente de la producción dopamínica (responsable, en gran medida, del júbilo y felicidad existentes en el cerebro).
Uno de esos bailes generadores de alegría en los gimnasios, que ha tenido gran éxito a nivel mundial, es el denominado en inglés body jam. Este género aeróbico nació en Nueva Zelanda a finales de la década de 1990, en Auckland, dentro del influyente ecosistema de Les Mills International, una empresa fundada originalmente por el atleta olímpico Les Mills (Leslie Roy Mills) y expandida globalmente por su hijo, Phillip Mills. El body jam puede decirse que es un entrenamiento cardiovascular que combina ritmos como house, hip hop, drum ‘n bass, ritmos latinos y trap, muchos de estos géneros vinculados al baile en la calle y a la evolución de la música electrónica y urbana. Convertido desde hace algunos lustros en una forma atractiva del llamado fitness, las clases de body jam provocan una derrama quíntuple de dopamina en quien las practica y quizá por eso son tan socorridas. Con este ejercicio se genera placer a raíz de coordinar los movimientos de baile adecuadamente (muchos contraintuitivos); memorizar los pasos de la mini coreografía (no tan fácil para quienes no están acostumbrados); llevar el ritmo de esa música única con ese increíble “beat”; escuchar esos sonidos urbanos medio cardio-funk que se acoplan al movimiento corporal y, finalmente, mantener una relación sana y cercana con el cuerpo (vínculo que va mejorando clase con clase, rápida o lentamente, pero que nunca se queda como en el día uno).
El body jam revolucionó el mercado del acondicionamiento físico al fusionar géneros musicales de vanguardia con un entrenamiento cardiovascular de alta intensidad, sí, pero es más que eso. A diferencia de una clase de danza convencional, en la que la ejecución técnica o estética es prioritaria, “el body jam fue diseñado para equilibrar la expresión libre del movimiento con un elevado gasto calórico, induciendo en quienes lo practican un estado de euforia y bienestar mental muy similar al que se experimenta en disciplinas de conexión corporal como el yoga”.
Desde la perspectiva neurobiológica, la alegría no es un evento fortuito, es a su vez una intrincada coreografía bioquímica, coordinada principalmente desde el sistema límbico –el epicentro emocional del cerebro– y procesada de manera consciente en la corteza prefrontal. Hacer body jam entonces resulta inmejorable remedio para quien esté a la caza de muchos y frecuentes momentos de esa química y tan anhelada neurálgica alegría.
@anterrazas