EL-SUR

Sábado 13 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

Aleta

Alan Valdez

Febrero 28, 2026

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA

(Segunda parte)

Hans: Y entonces, ¿qué miras ahora?
R: Un día, mientras caminaba al salir del trabajo, encontré un cuaderno, como un sketchbook, humedecido por la nieve. En una de las páginas había una mano. Ya sabes, la clásica mano que traza un niño cuando está aprendiendo a agarrar los lápices. No pude evitar poner mi mano sobre la mano del dibujo.
No recuerdo realmente la primera vez que dibujé la silueta de mi mano; seguramente fue con la ayuda de mi madre.
De casualidad llevaba la cámara en mi mochila y tomé una fotografía. Utilicé mi sombra para dibujar la silueta de mi mano sobre el papel.
Es el tipo de cosas que miro ahora. Paso demasiado tiempo viendo el suelo. Y no sé. No entiendo muy bien la luz de esta ciudad. Creo que es culpa del invierno.
Hans: Yo tampoco recuerdo cuándo dibujé mi mano por primera vez, pero sí recuerdo cuando Janelle ayudó a nuestro pequeño hijo a dibujar la suya por primera vez. Elliot estaba muy contento ese día. Bueno, pero ¿quién no es ruidoso y feliz a los tres años? Y le pidió a su madre que le pegara la hoja en el pecho. Al principio no entendíamos qué estaba haciendo, pensábamos que quería ser como un superhéroe, o como algún personaje de una caricatura.
Ese día llegaron unos amigos a la casa. Elliot estuvo increíble. Fingía, y nos hacía fingir que tenía tres manos. Obviamente detuvimos la farsa cuando llegó la hora de la cena, se llenó la ropa de salsa de tomate, nosotros nos reímos, bueno al principio no, luego nunca dejamos de pensar en eso.
Enmarcamos ese dibujo lleno de salsa marinara y lo tenemos colgado en la sala de nuestra casa en Vermont. Siempre me ha resultado increíble cómo ese dibujo me hace recordar mejor a mi hijo que cualquiera de las otras fotografías que le tomamos cuando era pequeño.
¿Por qué crees que pasa eso?
R: La verdad es que no lo tengo muy claro. Mi primera intuición sería decir que lo que pasa es que ese dibujo tiene más información que la que tiene una fotografía. Por ejemplo, siento que una fotografía muestra cómo se veía algo en un momento determinado. Fija la apariencia. Pero el dibujo de Elliot, ese dibujo manchado, contiene la presión de su mano, el cuerpo inclinado sobre la mesa, el juego, la risa, incluso el accidente, el olor a salsa de tomate. En ese sentido, pues, no es únicamente una representación, es el resultado físico de haber estado ahí.
Aunque claro, aquí tendríamos que discutir primero qué entendemos por fotografía. Porque habrá quien diga, y no sin bastante razón, que la fotografía tiene una potencia muy específica que el dibujo no tiene. Ya sabes, alguien como quien… bueno claro, por supuesto, Barthes, por ejemplo, él diría que la fotografía no solo muestra algo, sino que certifica que eso estuvo allí, que la luz que tocó el cuerpo tocó también la película. En ese sentido, la fotografía también sería un resto, una inscripción material de lo que ocurre.
Hans: Claro, entonces tendríamos que admitir que la fotografía también es un objeto, ¿no? También envejece, también puede ser arqueológica. Aunque, bueno, no sé si eso les pase a las fotografías digitales.
R: Siendo mucho más simple, pienso que no es que el dibujo haga recordar mejor que las fotografías. Es que las fotos te enseñan cómo era tu hijo. El dibujo te devuelve algo más difícil de nombrar, el hecho de que estabas con él. Y hay una diferencia enorme entre ver algo… y haber estado ahí. Aunque, bueno… regresaríamos de nuevo en círculos con que si tomaste la foto es porque estuviste ahí, y así hasta que esto se vuelva un espiral.
Hans: Un resorte.
R: Sí, un resorte enorme, acompañado de otros resortes enormes.
Hans: Que sostienen un trampolín.
R: Un colchón.
Hans: Claro, un colchón donde Elliot salta una y otra vez porque no puede quedarse dormido, porque los adultos están discutiendo sobre la importancia de ver salsa de tomate sobre una superficie.
R: Bueno, esa siempre es una discusión. La salsa de tomate no se quita tan fácil.
Hans: A propósito de la salsa de tomate, ¿te molesta si como algo mientras hablamos? Te lo pregunto porque puede que entre una palabra y otra tenga la boca llena de pan y sardinas.
R: Para nada, no me molesta. ¿A ti te molesta si me como algo también?
Hans: Por Dios, qué amable es todo el mundo. Ya comamos. Entonces, pensando en Elliot, una vez me hizo una pregunta que no sé si puedas responder. Yo nunca he podido.
R: Bueno, ¿y por qué crees que yo podría?
Hans: Bueno, no sé si podrás, pero por eso te invitamos a este número.
R: Es justo.
Hans: Cuando Elliot tenía siete años y caminábamos por un parque, tuvimos que pasar por debajo de un puente. Debajo de ese puente había otro hombre con su hija. Tenían gises y estaban dibujando en la pared. Eran dibujos de animales. Entonces Elliot me preguntó por qué a la gente le gusta escribir su nombre en las paredes. Por qué a las personas les gusta dibujar en todos lados.
Le dije, sin pensarlo mucho, que era divertido, y dejó de preguntarme. Más bien estoy agradecido con el otro padre, porque le regaló un pedazo de tiza a Elliot y se puso a dibujar, deteniendo su interrogatorio. Después de eso, nos fuimos a los columpios y él se balanceaba con las manos llenas de tiza y yo, en cambio, seguía pensando en sus preguntas.
Digo, claro, Elliot tenía siete. Él ya estaba en otra cosa después de ponerme en semejante aprieto… pero yo, que en ese entonces no tenía ni barba, creo que en ese momento me la empecé a dejar crecer, no podía dejar de pensar en eso. ¿Por qué hacemos dibujos? ¿Por qué hacemos arte? ¿Por qué hacemos música? ¿Por qué hacemos cosas?
¿Por qué?
R: Hans, pues porque es divertido, ¿no? Lamento informarte que tienes razón.
Hans: Vamos, eres un tramposo, pero es cierto, qué divertido es.
R: Es decir… hay una alegría en el hacer, supongo. No necesariamente solo lo lúdico de usar una tiza para rayar una banqueta, aunque también eso. Ver que algo aparezca donde antes no había nada.
Hans: Aunque eso suena a que le tenemos miedo al vacío, ¿no?
R: Más que miedo, lo pienso como incomodidad.
Hans: ¿Qué entiendes tú por incomodidad? Cuando escucho esa palabra siempre pienso en algo corporal. En unos pantalones incómodos, o en un asiento de avión incómodo que casi siempre pasa porque a mí nunca me caben las piernas en ningún asiento, o en una silla incómoda.
R: Tomando tus ejemplos, creo que, en realidad, estamos atendiendo lo mismo, que no es nada más que esa sensación de no terminar de entender un espacio. La incomodidad no siempre viene de que falte espacio. A veces, viene de que hay demasiado. Como una explanada inmensa donde no sabes dónde pararte.
Hans: Creo que te sigo… Dirías entonces que cuando hacemos algo, pintar, la música, escribir, no estamos llenando ningún vacío, sino moviéndonos un poco dentro de él, como acomodándonos. Y ese espacio, en el fondo, es el mundo. Pero, mira, esto me está haciendo pensar que ¿y si no estamos tratando de resolver la incomodidad?, ¿y si más bien lo que hacemos al dibujar, al escribir el nombre en una pared, al hacer música, es simplemente recordar que esa incomodidad existe?
R: Eso puede ser una muy buena posibilidad, que utilicemos todas nuestras expresiones para reconfigurarnos una y otra vez en la naturaleza que nosotros mismos habitamos. Y supongo que eso tiene sentido porque, en realidad, el mundo está todo el tiempo en movimiento. Supongo que crear es una forma de seguirle el paso a ese movimiento.
Pero, de nuevo, creo que la respuesta que le diste a Elliot es la que más me convence.
Es divertido.
Hans: Bueno, pero el mundo se mueve muy rápido.
R: Sí, pero nuestra imaginación también.
Hans: Es como jugar a los policías y ladrones.
R: Es más bien como jugar a los ladrones y ladrones.
Hans: Todos pierden.
R: O todos ganan.
Hans: ¿Cuándo fue la última vez que robaste algo?
R: No voy a confesar algo así en un texto.
Hans: Acabas de confesar el crimen. Pero me refería metafóricamente.
R: Yo contesté también metafóricamente. Bueno, pero si sigo por ahí, diría que ahorita mismo, hace unos minutos.
Hans: ¿Qué tipos de cosas se pueden decir en un texto, por ejemplo, en un ensayo, que no puedas decir en un poema?
R: Voy a responder esquivando la pregunta y utilizando a una escritora argentina que se llama María Negroni. El verano pasado, cuando estaba tratando de entender qué tipo de textos son los que hago, llegué a un libro suyo que se llama El arte del error. Al inicio, en el prólogo, en el momento más temprano del libro, ella describe uno de los malentendidos más viejos que hay en la literatura. Dice que es el que se empeña en clasificar las obras en categorías, géneros y escuelas. Y ella desplaza ese malentendido de una manera que a mí me conmueve bastante y propone que, en realidad, la literatura se trata de aventuras espirituales, de asaltos y de expediciones dificilísimas.
No quiero sonar tremendamente flojo o inmediato, pero creo que no puedo sobreponerme al lugar común. Coincido, convivo con la idea de que la literatura, al final, que los textos al final responden a la necesidad del tópico más viejo, el más antiguo y, por lo tanto, más necesario, al menos en Occidente, que es el viaje. Solo se trata de eso.
El viaje.
A mí, sobre todo, me gusta caminar.
Hans: Bueno, como te darás cuenta, yo aquí no puedo caminar cuidando este faro. Así que, antes de terminar nuestra conversación, cuéntame, ¿cuál fue la última gran caminata que hiciste?
R: Bueno, dar los detalles de esa última caminata me tomaría bastante relatarla con justicia. Pero puedo contarte la última que hice, que fue justo hoy por la mañana. Acababa de dar clases. No hacía tanto frío. No hacía tanto frío que el río se había descongelado. A mí me gusta caminar escuchando música. Escuchaba uno de mis álbumes favoritos y me di cuenta de que la primera vez que lo escuché ocurrió hace exactamente 18 años.
Me sentí amedrentado por la cantidad de tiempo. Pero esa sensación se fue yendo porque recordé que también esa ocasión yo estaba caminando junto al agua. Y me enternecí, porque la música me permitió imaginarme con tal nitidez siendo un adolescente y yendo al mar de la ciudad donde crecí que, por un momento, ese mar se superpuso con el río de la ciudad donde ahora vivo.
Y al menos durante los minutos que duraba el álbum, dos geografías completamente irresolubles tuvieron sentido.
Y creo que un poco nuestra conversación me hizo entender algo sobre acomodarse mejor en el espacio.
Algo así.
Muchas gracias por la invitación.