EL-SUR

Miércoles 01 de Julio de 2026

Guerrero, México

Opinión

Algunas actividades tangenciales

Federico Vite

Junio 30, 2026

 

(Segunda de dos partes)

Voy a enviar unos documentos por un trabajo que se hizo hace meses, pero apenas se inicia el trámite del pago. Mi idea era hacer el envío en el Palacio Feral, pero estaba bloqueado por los maestros de la CETEG, no había servicios de correos. Debo caminar entonces. No sólo es triste el panorama por donde transito, entre la gasolinera Modelo y la clínica 9 del IMSS, sino que veo aún las huellas de muchas calamidades en los inmuebles de la avenida Cuauhtémoc; rastros de daño físico, tal vez nacidos de los temblores, tal vez por las lluvias, por los huracanes, tal vez sólo se ha terminado el tiempo de vida para ellos. Lo más novedoso son los cientos de puestos que han obstaculizado las banquetas. Se venden lentes, gorras, ropa, panes, quesos, tacos; se venden cocos, sandalias, plátanos fritos, conservas de tamarindo, joyas de alpaca y múltiples dispositivos para teléfonos celulares; tampoco tienen clientes. Es temprano, podría decir, pero ya pasadas las diez de la mañana las cosas no pintan bien; el calor aprieta y el cuerpo suda como una expresión natural del trópico. Mi sobre manila ya está manchado. No se ha corrido la tinta del remitente, pero aún faltan metros para llegar a la oficina de correos. Es cerca de la Divina Providencia, mejor conocida como iglesia de Dominguillo. Agrando la zancada.
En el libro de Edna O’Brian sobre James Joyce se cuentan algunas cosas que no tenía en el panorama: “Un amigo, Arthur Power, señaló que Joyce funcionaba mejor en un lugar ruidoso. Él necesitaba gente alrededor. A diferencia de Marcel Proust, ese otro genio que estaba escribiendo en París al mismo tiempo. Joyce evade lo sepulcral. En reuniones sociales, animado por los tragos, él podría recordar el consejo de James Stephens: ‘Diviértete y sé excedidamente alegre’. Joyce era un tipo raro, pero un gran jefe. Para él, el aislamiento sería insoportable”.
Asumo que la alegría es contagiosa. Aquí pudo haber sido muy feliz Joyce. El ruido es una constante durante todo el camino. He conocido a mucha gente con la misma afición que él, con una sed enorme por el público, una necesidad de atención que me pasma y me abruma; gente a quien he dejado de ver porque prefiero guardar silencio. Me sienta bien estar callado.
Me acerco a mi meta. El calor ya es pesado. Tengo la certeza de que exponerme al aire acondicionado será genial. Las rejas del inmueble están abiertas, pero la puerta de la oficina no. Un tipo que redacta un mensaje en el celular, montado en su moto, me mira. Tiene el uniforme de correos.
No hay luz, me dice, no hay luz. Hoy no vamos a trabajar.
–¿Entonces a dónde voy?, pregunto.
Mira el celular y me responde con una obviedad que raya en la molestia: Pues en Ejido o acá en la Estrella de Oro.
–¿Seguro?
–Sí, responde y sigue redactando el mensaje.
Me frustra la situación, pero opciones no tengo. En mi domicilio se ha ido la luz tres veces en esta semana; dos de ellas el servicio de energía eléctrica ha tardado más de ocho horas en restablecerse.
Edna O’Brian comenta en el perfil de James Joyce que el autor más conocido de Irlanda no siempre vivió en Irlanda y estaba mejor así, lejos de su patria. ¿Por qué? Bueno, inició un exilio voluntario y pasó largas temporadas en Croacia, Triste, Zúrich y París. Quizá París fue lo más cosmopolita de aquel tiempo y él lo vivió a plenitud. Pero me pregunto, la fama cambió a James Joyce. O’Brian, al respecto, señala: “La fama lo había cambiado. Lo que él dice en su libro lo aconseja en la vida. Estaba demasiado monetizado y mimado, bebía demasiado y solía hacer muchos juegos de palabras”. Dicho de otra manera, Joyce había hecho suyas muchas palabras y le era imposible soltarlas. Eso prefiguraba el nacimiento de Finnegans Wake (1924). Un libro que fue publicándose por fragmentos y al que siempre se le consideraba “work in progress”, pero incluso los críticos lo definen como un disparate muy bien posicionado en el mercado; de hecho, se ha convertido en un objeto de culto. Yo he intentado leerlo, pero me abruman sus tantas palabras, no sigo el ritmo de algo que parece haber sido escrito para llegar al paroxismo. Mi apetencia está en otras obras, quizá de baja escala, pero de mayor carga emotiva.
Avanzo hacia la Estrella de Oro y presiento que mi sobre no resistirá la caminata, pero me niego a pagar otros 15 pesos; no quiero subirme a otro camión. Soy obstinado. El calor ya es rudo y escucho en el sonido de los cláxones la histeria en la Vía Rápida. Hay tráfico denso. Entiendo así que los maestros que cerraron las oficinas de correos en el Palacio Federal ya bloquearon la Costera. Doy un paso tras otro. Recuerdo que leí Ulysses por primera vez hace veinticinco años. Me gustó a secas, pero mi verdadera lectura de placer ocurrió hace diez años. Tomé una edición hermosa de Easton Press Deluxe y me dediqué a explorar lo que de verdad es el talento de un escritor que no compite con los demás, alguien que concibe a la literatura como visión del mundo. También recuerdo que hace tres años volví a leer Dubliners (1914) y me pareció superior a Ulysses. Pero el libro de Joyce que marcó mi rumbo es Portrait of the artist as a young man (1916). Ese libro que comienza con el mugido de una vaca me abrió un horizonte que no comprendía y que ahora tampoco entiendo, pero atesoro muchísimo.
Llevo en la mente una cadena de recuerdos bellos que me he forjado con libros; aunque el calor es aplastante, no me devasta. Ya siento enrojecida la nuca y los cachetes, la cabeza está caliente, pero pienso en mundos refrescantes. Cruzo el parque Papagayo y se me despiertan otras memorias. He vivido en Acapulco, me digo, como si tuviera el alma aherrojada por una palmera y ese verdor ya me pertenece. Sudo mucho y el sobre de manila está mojado. Alcanzo los escalones que me conducen al segundo piso del edificio de la Estrella de Oro. Ahí está la oficina pequeña. Una mujer en tacones de aguja me mira con sobresalto. Ve el sudor en mis brazos y en la playera. Entrego el sobre.
–Ya se corrió la tinta. Así no lo puedo enviar.
–No me diga, respondo.
Quiero cumplir con mi acometido, pero será en otro momento. Yo sólo iba a mandar un documento, me digo, yo sólo iba a caminar veinte minutos. Debo desandar lo andado. Ya habrá tiempo para hacer lo que debo, pero una ciudad así, tan intempestiva, tan sin ley ni orden, no te permite procurar lo cotidiano. La tinta del sobre se ha corrido. Es cierto.
–Aquí adelante hay donde comprar sobres; vaya por uno. Lo espero, me dice en un tono maternal que me conmueve.
–Gracias. No tardo.
Así es vivir en el trópico, me digo, una contingencia.

*Para la escritura de este artículo utilicé el libro de Edna O’Brien James Joyce (Gran Bretaña, Weidenfeld & Nicolson, 1999, 180 páginas). La traducción de las frases entre comillas es mía.

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