EL-SUR

Miércoles 01 de Julio de 2026

Guerrero, México

Opinión

Algunas actividades tangenciales

Federico Vite

Junio 23, 2026

 

(Primera de dos partes)

Salí temprano de casa. Había poco transporte y mucho cuchicheo en la terminal; los choferes hablaban del asesinato de un taxista ocurrido días atrás. Fue en la Costera, a la altura del hotel Pericos, frente a ese inmueble abandonado quedó el auto con el cadáver dentro. Yo vi el sedán de cuatro puertas. El hombre parecía recostado en el asiento del copiloto, pero ya no vivía. No les hago plática. Saludo y me responden con cierta indiferencia, porque a leguas se nota que quiero enterarme de la información confidencial que poseen. Llevó unos documentos que debo enviar por correo. Esa es mi encomienda. Sería más fácil hacerlo por un servicio de paquetería privada, pero los costos se han elevado mucho. Así que voy en el camión. No hay música; escucho los mensajes por WhatsApp que le llegan al chofer y él tiene la delicadeza de responder en voz alta. Recuerdo otras cosas que ya sabía, pero las olvidé; hace unas semanas mataron a una checadora en la terminal, cerca de la Plaza de Toros. Es cierto, digo en voz baja y trato de cambiar la secuencia de emociones que presagia esa revelación.
Suelo llevar libros en mis diligencias diarias, porque no sé cuándo habrá tiempo muerto y puedo capitalizar esos espacios en blanco leyendo. Esta vez cargo un estudio sobre James Joyce (Gran Bretaña, Weidenfeld & Nicolson, 1999, 180 páginas) de la estupenda narradora irlandesa Edna O’Brian. Repasa la vida de Joyce desde diversos ángulos: familiar, económico, religioso y, en especial, la manera en la que el autor de A portrait of the artist as a young man lidió con la fama.
Me quedé pensando en lo que había en el paisaje de mi realidad, tan alejado de Dublín, tan hundido los calorones de junio y tan perdido en la sensación de temor que se percibe en el ambiente. Las calles lucen solitarias, como si fuera un domingo por la tarde, pero es viernes. Veo transeúntes con la playera de la selección nacional puesta, pero no me siento parte de ese equipo. Me bajo en el Zócalo para caminar un rato, además, necesito comprar resistol, porque uno debe llegar con el sobre abierto a la oficina de correos. Los empleados revisan a profundidad el contenido del paquete y una vez acabado el chequeo puede cerrarse el sobre. Eso implica el primer paso del proceso (en algunas ocasiones me han dicho que no puedo enviar CD, discos duros o USB alguno porque puede haber pornografía; otras tantas ocasiones me han advertido que mis documentos se extravían porque parecen sospechosos. Total, siempre es una aventura apelar a Correos de México). El segundo paso es mucho más burocrático –chequeo de datos y firmas– y el tercero se consuma con el pago del servicio. Antes de cruzar la avenida percibo una nostalgia fría. En otros mundiales se sentía el futbol en las calles. Estaríamos hablando del partido del jueves, sin duda; sobre todo, del resultado de México ante Corea del Sur. Con pocos vehículos circulando en el panorama es más fácil todo. Cerca del Zócalo hay algunas papelerías que ubico muy bien, pero ya no compró ahí porque los productos son mucho más caros. ¿Por qué? Porque el cliente absorbe los costos de la extorsión. Camino por el Ayuntamiento viejo. Los negocios están más vivos, pero el ambiente es similar a un día de asueto. Avanzó hacia la parada del Vaquero. Gano terreno y llego a la calle Mina. En la esquina compro lo que busco y avanzo por esta arteria vial ahora libre, ni de broma comparada con el usual trajín de los viernes. Está llena de negocios discretos, sin clientes, con la Plaza de la Mujer a medio gas, porque tampoco hay mucho movimiento en la zona. Alcanzo la calle Morelos y metros adelante desciendo por la escalinata que me conecta a la entrada del Palacio Federal.
En el libro de Edna O’Brien se menciona que Joyce daba largos recorridos por Dublín, pues no soportaba los gritos de su familia. “En su juventud, fue sordo a los gritos de su familia; supo que si los hubiera escuchado él habría sido absorbido por ellos. Él era notable en los bares, un arrogante joven vestido con ropas a rayas, blancos y engomados zapatos, además de una gorra de navegación, ansioso por defenderse de burlas mediante discusiones acaloradas sobre Euclides y Tomás de Aquino; también advertía a sus opositores que él era muy bueno haciendo versos satíricos”. Bueno, esto no es Dublín. Tengo al frente otro horizonte, lo clarifico cuando veo sobre la acera, en la entrada del Palacio Federal, que los maestros de la CETEG cerraron las oficinas. No hay servicio en Correos; lo obvio es desandar lo andado y enfilarme a la oficina que está cerca de la iglesia de Dominguillo. Llevo más ideas en la cabeza. Al parecer, el Joyce de O’Brien padecía muchos conflictos religiosos y laborales. Cuando ya tenía los cuentos de Dubliners (1914) listos vivió un calvario relacionado con la publicación. En ese viacrucis aseveró: “No quiero ser un Cristo literario; pero quiera o no, lo llegué a ser”. O’Brien se refería a los sinsabores de haber escrito libros políticamente incorrectos. Por ejemplo, yo no sabía que Dubliners pasó por numerosos rechazos editoriales. Se contabilizaron 40 negativas en casas editoriales. Según el crítico literario Richard Ellmann y, no sobra decirlo, biógrafo de James Joyce, “Thomas Kettle lee aquellos cuentos y comenta que podrían hacerle año a Irlanda”. Es más, con el paso del tiempo, consideró que esos relatos eran anti-irlandeses. De hecho, la mención de muchos sitios públicos de Irlanda hacía más grande y molesta la publicación del libro. Luego de un estira y afloja con la editorial Grand Richards y gracias al apoyo de algunos columnistas influyentes de Reino Unido, Joyce logró publicar sus cuentos. En un año vendió 379 copias; 120 de los ejemplares los adquirió un joven sin dinero llamado James Joyce. Es, sin duda, otra anécdota de compleja digestión. Algo triste, pero con esos datos en mente me uno al trajín de la avenida Cuauhtémoc. Ya he manchado de sudor mi sobre manila; me preocupa humedecerlo un poco más. No quiero pagar otros quince pesos por un transporte que no me va dejar cerca de Correos. Debo caminar entonces. Voy a enviar unos documentos por un trabajo que se hizo hace meses, pero apenas se inicia el trámite del pago. Recuerdo también que mi tesis de licenciatura estaba fundamentada en la censura de Ulysses (1922). Me inquietaba. ¿Cómo era ese proceso? Años después viví una experiencia –en menor escala– que lindaba con la censura, pero esa es otra historia. Viene a mí Joyce cuando percibo los negocios sin clientes; entre empleadas se hacen bromas e incluso se comentan lo que atisbo en el ambiente. “Ni un cliente, mana. Ni uno solito desde ayer”. No se siente la efusividad de la Copa del Mundo. Nada de eso que vemos en las pantallas se filtra hasta estas calles en el viejo centro del puerto, donde los pocos que andamos tenemos en la mente ideas lejanas a un balón y una camiseta verde. Pero no hay tanto calor y eso ya es una gran ventaja.

* La traducción de las frases entre comillas es mía.

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