EL-SUR

Sábado 15 de Junio de 2024

Guerrero, México

Opinión

Algunas certezas sobre la obra de Luis

Federico Vite

Noviembre 10, 2020

El primero de sus libros, Hasta en las mejores familias, fue finalista del Premio Internacional de Novela México (Novaro, 1975); cuatro años después nació El vampiro de la colonia Roma (Grijalbo, 1979). Con esos dos títulos, Luis Zapata abrió una brecha que estaría signada por el habla coloquial, el sentido del humor y la intimidad. Poseía un gran dominio de su oficio y trabajó como pocos la picaresca. Pero por encima de la picardía, una de las preocupaciones de Luis era justamente el lenguaje. Prueba de ello es En jirones (Posada, 1985). En este volumen el lector asiste a una historia amorosa de apariencia simple, pero gracias a los recursos técnicos de los que dispuso el autor logra crear una pieza ejemplar.
Al principio de En Jirones Sebastián escribe: “¿Quién ha dicho que la pasión sea otra cosa sino la repetición, deseada o evitada (pero finalmente asumida) de lugares comunes, de frases hechas, de tránsito por los caminos más hollados, como esta misma frase?”. Como usted nota, se traduce acá todo lo dicho en Discurso de las pasiones, de Blais Pascal. Aprovechando la coyuntura, diré que otras influencias que encuentro en la obra de Luis son Querella de Brest, de Jean Genet; y En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. Pero a esta lista de autores franceses, yo uniría al argentino Manuel Puig: Boquitas pintadas (1969), El beso de la mujer araña (1976) y Cae la noche tropical (1988). Hay mucho de Puig en la obra del guerrerense.
Lo que hace inolvidable En jirones es la destreza de Luis para cambiar los registros emocionales. Domina el humor y la pasión. Esas dos arterias del relato, que unidas a la violencia, cifran el diario de Sebastián. El protagonista ama como un mártir. Vive su amor religiosamente y el diario íntimo es justamente un testimonio del furor con diversos niveles de lectura. Destaco, sobre todo, la inteligencia y la sensibilidad del escriba para ensamblar la historia de dos pasiones en un mismo texto. Porque En jirones lo apasionante no está enfocado solo a la vida en pareja sino a la literatura misma. Luis analiza de refilo el ejercicio de lo literario en el diario de Sebastián. Esta es una novela notable que ha tenido buenos lectores y eso, para fortuna de la literatura mexicana, crea un referente más allá de la mera etiqueta de literatura gay. Al final de este libro, Luis nos recuerda esa máxima que Roland Barthes enunció en El grado cero de la escritura: “Lo único que no tolera la burguesía es que le cambien la sintaxis”. En el ocaso de En jirones cambia la gramática, la sintaxis y, por tanto, el lenguaje.
Sé también que El vampiro de la colonia Roma le abrió las puertas al mercado literario nacional. Marcó de por vida al autor. Pero aparte de la sabrosura con la que muestra la hipocresía de una sociedad como la mexicana, Luis dio en el clavo en un asunto importante: los recursos para encarar literariamente la prostitución masculina. La prosa en este volumen reproduce, en un monólogo, la voz de Adonis García. Y lo hace con solvencia, con humor y con desfachatez. Este libro es la mejor punta de lanza para entrar al universo creado por Luis.
También es autor de la novela La hermana secreta de Angélica María  (Ediciones Cal y Arena, 1989), divertidísima obra que parodia los usos y costumbres de la generación inocente de la década de los 70 del siglo pasado. Enumero una más, ¿Por qué mejor no nos vamos? (Ediciones Cal y Arena, 1992). En esta historia el lector asiste al viaje que los protagonistas realizan desde Veracruz hasta Cuernavaca y conoce de primera mano las vivencias sexuales de algunos estudiantes de la Facultad de Filosofía y Letras; se entera, por añadidura, del vertiginoso movimiento homosexual de los 80 del siglo pasado.
La obra de Luis es una larga mirada a la intimidad. Trabajó con matices humorísticos, paródicos y rebeldes la camisa de fuerza de la bildungsroman (novela de aprendizaje). Desde diversos ángulos y con múltiples recursos, muy apegado siempre al habla coloquial, Luis, tanto estilística como temáticamente, ayudó a configurar lo que ahora conocemos como literatura mexicana moderna. Bregó para que los autores se quitaran la mascada pueblerina, porque ya sabemos que la provincia es un estado mental, de igual manera que lo cosmopolita. Vigorizó pues la tradición picaresca. Pero destaco, por encima de todos estos logros literarios, el arrojo para contar con aires de renovación, desenfado y rebeldía sus historias.
Yo lo recuerdo amable. Sé que era depresivo, y eso cumple el canon de que un autor divertido es alguien propenso a la melancolía. De las varias charlas que sostuvimos, recuerdo una por demás irónica. Él llegó a la Redacción de El Sur a esperar a su amigo Juan Carlos Moctezuma. Alguien, al verlo ahí en la sala de redacción, le pidió un autógrafo. Ni Luis ni la otra persona tenían lapicero. Empezó la búsqueda de una pluma fuente, de un bolígrafo, de una crayola o de algo que sirviera para estampar firma, fecha y unas cuantas palabras en el volumen de El vampiro de la colonia Roma. Fracasó la encomienda. Ni los correctores ni los reporteros que estábamos ahí llevábamos con qué escribir. Al final, alguien de contabilidad hizo el favor de prestar una pluma. Luis me dijo en voz baja: “Aquí hay gente que ha ganado premios literarios, becas, hay escritores, hay tantos reporteros, correctores, pero ninguno trae un lapicero”. Y pensé que eso era ironía pura. Igualmente sé que las estrategias de Luis como novelista lo llevaron a encarar la realidad de otra manera. Lo suyo es un realismo con muy buenos registros sensibles. Recreó la vitalidad de lo cotidiano con un renovado brío. Eso no es cosa menor. Yo colocaría su obra junto a la de Gustavo Sainz y la de José Agustín. Me parece un autor ínsula. Alguien que creó su universo interno a un costado del continente literario. Y lo hizo, insisto, con solvencia. Descanse en paz el tremendo e irrepetible Luis.