EL-SUR

Martes 30 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

Algunas herramientas del entendimiento

Federico Vite

Julio 22, 2025

Francesco Piccolo es un autor italiano que ha publicado varios títulos de narrativa, poesía, ensayo, guiones cinematográficos y obras de teatro, quizá los más conocidos sean Momenti di trascurabile infelicitàn (2015), Il desiderio di essere come tutti (2014) y La separazione del maschio (2006). Yo he reseñado varios de los volúmenes mencionados para las páginas de este diario y, por supuesto, traduje para los lectores de El Sur algunos fragmentos de un documento testimonial que sólo se ha publicado en Italia y debería ser conocido en otras latitudes, pero las editoriales en español no piensan lo mismo, ni tienen los mismos intereses. Me refiero a L’animale che mi porto dentro (2018).
Hace algunos meses asistí de manera virtual a la conferencia que Itaca Colonia Creativa —un grupo interdisciplinario que radica en Pomigliano D’Arco, cerca de Nápoles— organizó para que algunos de los lectores de Piccolo conversaran con el escritor. La charla me parecía un acto de generosidad, porque un autor como Francesco suele tener una agenda llena y es difícil encontrarlo para que brinde una conferencia; pero en este caso, gracias a la sagacidad de Francisco Spiedo, socio fundador y responsable del área de edición y escritura de Itaca Colonia Creativa, me bastó con solicitar vía internet el ingreso a la plática y de inmediato fui agregado al enlace. Estábamos ahí unas trescientas personas, con las cámaras encendidas y los micrófonos apagados. Spiedo dio una breve introducción a la obra de Piccolo y me llamó la atención que al autor no se le rindiera la pleitesía que suele ser propia de estos casos. Se le dijo autor fundamental de varias generaciones de italianos y un lector sagaz.
Hace diez años, yo asistí a una presentación de un libro en Turín. Llegué a la librería IBS (guarda un parecido con el proyecto de Librería Gandhi que tenemos en México). Oí, como tantos otros lectores de Piccolo, fragmentos de Momenti di trascurabile infelicità. La experiencia me agradó mucho y fue determinante para que yo siguiera leyendo a este autor. Ya en Acapulco, leer a Piccolo fue atisbar un fantasma.
Pero volviendo al asunto de la conferencia vía remota, era simpático que mientras la mayoría de los asistentes encendían sus lámparas, yo estaba al rayo del sol, con los 35 grados de temperatura ambiente. Llamaba la atención, sin duda, pero sólo algunos morbosos soltaron el ansia preguntándome lo obvio, ¿dónde estaba? Acapulco, decía yo, pero ya no tenía respuesta.
Se conectó Piccolo y de inmediato empezó a dar lecciones de humildad. No porque agradeciera quinientas veces a los organizadores la invitación, sino porque estaba interesado, eso dijo, “interesado en poder conversar sobre la forma en la que ustedes entienden la literatura ahora”. Me dejó frío. Y, a manera de preámbulo, empezó a contar sus vínculos con el teatro y con los guiones de cine y televisión que ha escrito. Detalló su trabajo como dialoguista, como asistente de libreto y finalmente reveló algo que para mí fue una sorpresa: su educación como dramaturgo. Un oficio que él definió como “mayor” e indispensable para sobrevivir en la literatura. Y cuando enfatizó el adverbio “ahora”, hizo un guiño a las series que se producen a granel en Europa.
“Es importante entender cómo funciona un diálogo, no para qué sirve, eso es otro aspecto: lo necesario es darle sentido a lo que verbalmente dice un personaje que después será interpretado por un actor y lo revestirá con más características. En esencia, el guión se fundamenta en los diálogos; por más indicaciones que haya en el texto, todo funciona si entendemos cómo hacer buenos diálogos y eso sólo es posible si creamos buenos personajes. Son elementos eslabonados que trabajan en conjunto”.
Más que hablar de un guión o un libreto, Piccolo se refería al oficio literario de la “sceneggiatura”, una palabra que no tiene que ver con el “screenplay” ni con “il copione” o el libreto. Insisto: habla de la base de un producto que debe poseer un verdadero fundamento literario. Un diálogo bien hecho también describe una habilidad narrativa, cosa que suele olvidarse (basta con leer los libros recientes en los que los diálogos parecen extraídos de una película “doblada” con desgano por comediantes de mala saña), pero es normal, porque ahora tenemos como una referencia literaria series de baja calidad o libros basados en series de baja calidad. Por eso repito las palabras de Piccolo: “Yo he tomado mucho del cine, no de las series, porque el buen cine tiene lo mismo que la buena literatura, hace presente la capacidad expresiva del autor; pero lo que quiero decir es que viendo buen cine se puede aprender a narrar”.
Piccolo hizo una intersección en el camino y refirió a Domenico Starnone, un escritor napolitano (de quien también he comentado algunos de sus libros acá en el periódico), porque gracias a Domenico llegó a la televisión pública. “La literatura no se elige de manera consciente. Yo estaba en el cine, en el teatro, en la televisión y de pronto me vi involucrado en la literatura de una manera total; no encontré diferencia, tanto en uno como en otro lenguaje, porque lo esencial en este oficio es algo que no suele tomarse en cuenta, hablo de la naturalidad”.
Piccolo también es columnista de varios medios impresos en Italia, pero quizá el de mayor impacto sea el diario la Repubblica, pero de eso habló muy poco; lo equiparó a la calistenia de todo escritor serio. Y agregó algo que me sigue llamando la atención: “Lo esencial es hablar de lo más próximo a nuestra vida; para ello es importante escribir lo más significativo de nosotros. Se debe encontrar nuestra propia sintaxis y la pregunta obvia es, ¿qué es eso? ¿Cómo encontrar lo más significativo de nuestra existencia? No hay un método, pero debemos tener presente esta idea: hablar con naturalidad, escribir con naturalidad, pensar con naturalidad. Cuando encontramos el tono, la sintaxis y la naturalidad, eso sólo quiere decir que vamos por buen camino. Habría que agregar la exaltación y la euforia de escribir algo personal, pero no frívolo, sino significativo, algo que nos hable también de la paciencia, la constancia y la confianza en nuestra capacidad expresiva. Eso sólo puede lograrse con tiempo y con esfuerzo. Un escritor de verdad logra todas estas cualidades”.

* La traducción de las frases entre comillas es mía.

@FederìVite