EL-SUR

Viernes 19 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

Allá en los confines de José Azueta

Silvestre Pacheco León

Agosto 26, 2006

En realidad se llama Zihuatanejo, aunque la negligencia de la mayoría de los cabildos en el estado impida avanzar en los trámites legales para la adopción de éste nombre mucho más original, que lleva la cabecera, para el municipio.
Para la mayoría el viaje era como un día de campo, un paseo por la ruta que atraviesa el territorio municipal por su parte más abrupta, siguiendo, cuesta arriba, el trayecto del río Ixtapa.
La carretera, una delicia, porque después de 30 años de haberse construido, es la primera vez que la encarpetan, aunque mañosamente los contratistas pretendan dejar sin reparar las partes más afectadas que ahora se mantienen ocultas por la maleza.
El caso es que ése domingo todo el viaje fue placentero a bordo del camión nuevecito que el Ayuntamiento tiene destinado para movilizar grupos en destinos cortos del territorio municipal y estatal.
Del nivel del mar, subimos altitudes mayores a los mil metros. Atravesamos el Filo Mayor en cuestión de hora y media de camino. Pronto dejamos atrás la zona de palmeras, contrastando los extensos y verdes pastizales con las pequeñas manchas de vegetación originaria de las zonas más escarpadas y profundas de las cañadas y barrancas.
Después de la zona costera el paisaje indica que la ocupación más importante de los habitantes de la sierra es la ganadería, milpas casi no hay, a pesar de lo bondadoso que ha sido ahora el temporal. Desde Zihuatanejo hasta Vallecitos de Zaragoza son contados los maizales que crecen cercanos a las poblaciones.
Son unos cuantos surcos esporádicos donde la milpa comienza la carga de sus elotes. Conforme vamos llegando a los pliegues de la Sierra Madre, el panorama cambia un poco; si bien los pastizales siguen dominando el paisaje, los sembradíos de milpa abundan, están bien cultivados y algunas parcelas destacan por su limpieza y alta producción que y se avecina. El clima cambia, la temperatura baja. A pesar del cielo despejado, el aire es frío. Después que hemos pasado la memorable mezcalería de don Adolfo Coria, que anuncia a los viajeros, cual canto de sirena “el primer chingadazo gratis” se nota más lo característico del paisaje.
La gente es calentana en el porte, aunque viva en la zona más fría del municipio. Me llama la atención las casas diseminadas, construcciones provisionales, como si la gente estuviera pensando en irse en cualquier momento, como si estuviera de paso. Quizá son los resabios del espíritu nómada de la agricultura trashumante, y no es para menos, el ejido al que nos dirigimos tiene más de 22 mil hectáreas, en los confines del territorio municipal. Sus habitantes son laboriosos y su permanencia en el lugar lo confirma. A pesar del clima frío, de lo escarpado de su tierra, han sido autosuficientes y apenas ahora el gobierno perredista sabe que existen, por eso poblados tan importantes como El Bálsamo, no tienen escuela.
Pero ¿por qué del viaje a 100 kilómetros de Zihuatanejo, si fuera del mezcal, el clima, las montañas, la gente y la niebla, poco tiene de atractivo?
El viaje se organizó para presenciar la inauguración de un curso taller para la elaboración de dulces y productos lácteos. Se inscribieron 30 personas, hombres y mujeres, jóvenes y adultos. Eso no es poca cosa si tomamos en cuenta la enorme división entre sexos, marcada por los lastres del machismo.
El curso se lleva a cabo bajo el techo de un galerón, a orillas de la carretera. Es la casa de uno de los Coria, la gran familia patriarcal en este extenso territorio; los mismos que han dado pie a corridos y leyendas, los que aportaron sus tierras para fundar el ejido de Real de Guadalupe, los que ahora son víctimas de la arbitraria medición del Procede, que los dejó huérfanos de territorio.
Por fin, a pocos minutos del filo mayor, llegamos a nuestro destino. Es el pueblo del Bálsamo, anexo del ejido. Bajo un techo de láminas galvanizadas el grupo de capacitandos está reunido desde temprano. Las mujeres muy arregladas y atentas se arremolinan en derredor de la estufa donde se procesa el dulce de guayabas silvestres.
Muy de mañana una comisión bajó a Vallecitos para comprar los ingredientes, lo hicieron con cooperación de la comunidad. El instructor, pagado por el Ayuntamiento llegó desde ayer, y trajo consigo el material y el equipo, desde el gas con la estufa, hasta las cacerolas, ollas y cucharas. Estará 15 días enseñando, paso a paso, cómo hacer ate, conserva y mermeladas, queso, crema, mantequilla y yogurt.
Hay alegría y ruido festivo en el tejaban. En varias mesas se muestran los primeros adelantos para deleite de los visitantes. Todos saboreamos los duraznos en almíbar y probamos la mermelada preparada con la cáscara de esa fruta. Son una delicia, igual las quesadillas que con diligencia fabrica un grupo de mujeres metido en la cocina. Nos dan prueba del queso Oaxaca que anoche mismo elaboraron.
Después del almuerzo se procede a la inauguración del evento. Están los funcionarios municipales responsables del proyecto que hablan de sus bondades. La gente escucha atenta, agradece y aprovecha. Solicitan apoyo para poner cemento en el piso del tejaban, y, si se puede, un maestro para que los niños aprendan a leer y escribir.
Después la generosidad se despliega para agasajar a los visitantes. Carne asada, requesón, frijoles, salsas, y muchas tortillas de maíz de nixtamal, de las que cada vez es más difícil conseguir.
Luego el postre. Ya está el dulce de guayaba. Quedó como atole y, frío, se extiende sobre la mesa que tiene ya una capa de azúcar. El producto final son rollitos de dulce de guayaba. Mientras, el proceso de aprendizaje sigue: ya saben cómo hacer rebanada de piñas cristalizadas y empezaron a preparar las chilacayates para la conserva.
Carlos está contento porque ve futuro en el dulce de guayabas. Es el único que tiene guayabas del tamaño de un puño. No se acuerda de dónde trajo el árbol pero cosecha cientos de frutos.
No falta quien ofrezca sembrar muchas piñas, “con lo que aquí se dan” para surtirle a las mujeres.
Ellas dicen que con lo que aprenden ya no se desperdiciará ningún fruto del campo. Los duraznos será la principal cosecha. Tienen poco más de 400 árboles, pero también se dan los tejocotes y las papayas.
Toda la producción de dulces y lácteos se exhibirá en el lobby del palacio municipal de Zihuatanejo el último día de agosto. Con este evento pretenden abrir mercado para sus productos. Por su parte, el gobierno municipal ofrece financiamiento para quienes se interesen en establecer empresas familiares, lo que vendrá a cerrar el círculo virtuoso del encuentro entre las demandas de una población organizada, con las políticas públicas certeras, diseñadas para atenderlas.
La historia de esta gran empresa comunitaria es simple y aleccionadora: Agustín Coria cuenta que comenzó con una cubeta de duraznos que llevó a vender a Vallecitos. Grandes, jugosos y frescos. Los vendió en 15 pesos al tendero. A la semana tuvo el reclamo de que la mayoría de la fruta se había podrido. Eso lo descorazonó pero lo ayudó a pensar que quizá hubiera modo de agregarle trabajo a sus duraznos para que más duraran y valieran. En eso cavilaba cuando el tema de su producto apareció en una plática con el director de desarrollo municipal. Si de por sí era novedad que en este municipio turístico se produzca café orgánico de alta calidad, los duraznos aparecía como increíble. El problema, como muchos en el campo, era su comercialización. Como los mangos en la costa, en el filo mayor los duraznos, las guayabas y aguacates, se pudren irremediablemente en todas las huertas.
Esa realidad originó la idea de capacitar a los productores para conservar sus productos, si, conservar.
Creo que el primer paso en el desarrollo rural consiste en aprovechar mejor lo que ya de por sí tienen. Si la leche no la pueden ordeñar todo el año porque las vacas solamente están bien alimentadas en las lluvias, imaginémonos el impacto de aprovechar toda la leche que sea posible acopiar en los tres meses de alimento abundante, haciendo quesos, yogurt, crema, mantequilla que la población rural podría tener para consumir el resto del año.
Si hay o no mercado para esos productos, poco importaría en un primer momento, si se logra primero mejorar la dieta alimenticia y asegurar para más tiempo la comida de los habitantes del medio rural. Después se puede apoyar su incursión en el mercado para competir con sus productos.
En El Bálsamo, en los confines del territorio de Zihuatanejo, aquel sábado de agosto, asistimos al descubrimiento del secreto que contiene el ingreso al desarrollo rural.