EL-SUR

Martes 23 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

LA POLÍTICA ES ASÍ

Altamirano, el militar

Ángel Aguirre Rivero

Febrero 14, 2025

Este jueves se conmemoró el 132 aniversario luctuoso de Ignacio Manuel Altamirano, y vale la pena recordar a Ignacio Manuel Altamirano como un río que atraviesa montañas y deja su huella en el paisaje, un personaje guerrerense que nos debe llenar de orgullo,
Desde su juventud, Altamirano se forjó en el fuego de las luchas que definirían el México moderno, y con su pluma y su espada, talló la historia de una nación que buscaba su identidad.
Altamirano creció bajo la sombra de montañas que parecían vigilar la lucha constante por la libertad.
A los 14 años, cuando la mayoría de los jóvenes apenas descubren el mundo, él ya empuñaba un arma en la Guerra de Intervención Estadunidense (1846-1848). Aunque su participación fue más formativa que decisiva, aquel contacto inicial con el conflicto le enseñó que la patria no solo se defiende con fusiles, sino con convicciones firmes.
La Revolución de Ayutla (1854-1855) emergió como la primera prueba a su temple. Este movimiento, encabezado por Juan Álvarez, no era solo una revuelta militar; era una llamarada encendida en los corazones de quienes ansiaban justicia.
La Guerra de Reforma (1858-1861) fue para Altamirano el campo donde su espíritu de lucha alcanzó su madurez. En este conflicto, los liberales defendían la joven Constitución de 1857 contra los conservadores que buscaban perpetuar los privilegios de la Iglesia y el antiguo régimen.
Pero si alguna guerra puso a prueba toda la fortaleza, la razón y la emoción de Altamirano, fue la intervención francesa (1862-1867). Este conflicto era un titán con rostro extranjero, apoyado por los conservadores que veían en el Imperio de Maximiliano la restauración de sus privilegios perdidos.
El 27 de abril de 1867, “en el Cimaterio, cerca de Querétaro, su asalto es rechazado por una sección de la Brigada del Sur comandada por Ignacio Manuel Altamirano”. (Memoria Política de México https://bit.ly/4hsxsuB ).
Altamirano se unió al ejército republicano de Benito Juárez como consta en la Carta de Ignacio Manuel Altamirano al Presidente Juárez, en la que le informa que ha llegado a su hacienda el General Vicente Riva Palacio (Memórica, Archivo General de la Nación, AGN https://bit.ly/41dkfjx )
Con la retirada de las tropas francesas en 1867 y la restauración de la República, Altamirano decidió retirarse gradualmente de la vida militar para dedicarse a la política y la literatura.
Su pluma se convirtió en el arma que prolongó su lucha, exaltando en novelas y discursos los valores republicanos y el sacrificio de quienes entregaron su vida por la patria. El Zarco, su obra más célebre, es un claro ejemplo de cómo la guerra y la justicia social se entrelazan en su visión de la realidad.
Altamirano poseía tres virtudes que lo hicieron destacar: valentía, estrategia y compromiso ideológico.
Pero Altamirano no era solo razón; en él habitaba también la emoción desbordante de un hombre que amaba a su tierra y a su gente.
En la figura de Altamirano, razón y emoción se entrelazaban como las raíces de un árbol viejo pero fuerte. Su legado no se limita a las victorias obtenidas en los campos de batalla, sino también a las emociones que sembró en su pueblo, que lo vio como un símbolo de resistencia y esperanza. Su vida nos deja una lección fundamental: en tiempos de crisis, es necesario un liderazgo que no solo entienda la lógica del conflicto, sino que también sepa conectar con el corazón de quienes luchan.
Su vida es un faro que ilumina el camino de quienes, como él, sueñan con un México más libre, justo y soberano. Y así, entre la razón y la emoción, Altamirano sigue siendo una inspiración para los tiempos modernos: prueba viva de que, cuando la mente y el corazón trabajan juntos, incluso las causas más difíciles pueden triunfar.

Del anecdotario

Siempre he creido que los valores de la lealtad y la gratitud son sagrados, y quienes no los practican caminarán por la vida con el peso de la vergüenza y el descrédito.
Porque a veces se olvida que los cargos y el poder tienen fecha de caducidad.
Hace varios años enfrenté una de mis mayores pruebas en torno a los valores que me enseñaron mis mayores: el ser agradecido con la gente que alguna vez te ayudó.
Cuando Miguel Ángel Osorio Chong siendo secretario de Gobernación me hizo un reclamo del por qué apoyaba yo a Marcelo Ebrard Casaubon para ser el nuevo dirigente nacional del PRD en aquellos años.
Estando en el sótano del edificio de su oficina de la avenida Reforma, aún retumban en mi cabeza sus palabras: –oye gobernador, ¿cómo es eso que apoyas a Marcelo Ebrard para ser el nuevo dirigente del PRD?, ¿qué acaso no sabes que el enemigo número 1 del presidente Peña Nieto se llama Andrés Manuel López Obrador, y el segundo se llama Marcelo Ebrard?
Miré fijamente al “Chino Chong” para decirle: –secretario, se te olvida que yo ya no estoy en el PRI, y que uno de los principales actores que contribuyó a mi campaña política se llama Marcelo Ebrard. Es mi amigo y es cierto, lo estoy apoyando y lo seguiré haciendo, porque él contribuyó a que yo fuera gobernador de mi estado, y no ustedes.
Ya no hubo más palabras de por medio y desde esa vez se rompió la relación.
Después soltaron su jauría para vincularme a toda costa con el Caso Ayotzinapa, pero Dios es grande y nunca lo consiguieron. Esa fue una de las razones principales de la salida de mi gobierno.
No le deseo ningún mal a Osorio Chong, pero tiene varios expedientes abiertos que en cualquier momento se los pueden hacer efectivos. Yo por mi parte estoy en paz.
La política es así…