EL-SUR

Sábado 04 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Altamirano en Acapulco Tierra encantada de mi Sur querido

Anituy Rebolledo Ayerdi

Noviembre 12, 2020

* Un abrazo solidario para mi querida amiga periodista Adriana Covarrubias, por el deceso de su señor padre. QEPD. ** Dolor en los medios literarios nacionales por la partida del escritor y dramaturgo guerrerense Luis Zapata, “ariete ardiente en la literatura mexicana del siglo XX”. ( Hernán Bravo, dixit). Descanse en paz.

Carta a Juárez

Ignacio Manuel Altamirano Basilio y los suyos fueron huéspedes por largo tiempo de la hacienda La Providencia, propiedad del general Juan Alvarez, a quien el tixtleco asistía con importantes quehaceres intelectuales. Hará lo mismo más tarde con su hijo Diego Alvarez , gobernador de la entidad. Allí trabará amistad con Benito Juárez y participará en la redacción del Plan de Ayutla.
Desde La Providencia, a 40 kilómetros del puerto y 730 metros sobre el nivel del mar, Nachito, como era llamado por todos, mantendrá correspondencia epistolar con el presidente Juárez, una vez asentado en Paso del Norte. En una misiva del 30 de octubre de 1865 le informa, entre otras muchas cosas, sobre la evacuación de Acapulco ante la presencia de los franceses.
“A Acapulco han llegado refuerzos pero nada importa, nada valen y ojalá que salgan; aquí reina no solo el entusiasmo sino la convicción que nos da nuestro carácter histórico de que hemos de vencer siempre y de que esos infames desocuparán Acapulco”.
“Ya encargué a los redactores del Nuevo Mundo que envíen a usted mi discurso pronunciado el 16 de septiembre pasado en el campamento de La Sabana, a dos leguas de Acapulco. En él verá usted cómo se ha portado esta población patriota. Acapulco quedó desierto como si se hubieran muerto todos sus habitantes y el enemigo no ha encontrado más que casas vacías, calles solitarias, el odio zumbando en el silencio. Yo tuve el gusto de presidir esa proscripción espontánea de la población; y he visto que las familias más acomodadas salían a pie y con gusto porque la tropa salió en los primeros momentos y nadie más que la voz de la Patria los obligó a salir”.
En otra parte de su extensa misiva, el periodista informa a Juárez que “el coronel Porfirio Díaz se ha fugado de su prisión en Puebla y en este momento está aquí, a mi lado, conversando con los amigos”. Y un favor: “Ahora yo le suplico que, si usted me estima, le envíe un despacho de Teniente Coronel de Caballería a mi querido amigo Juan Torres, para que pueda irse con Porfirio sin dejar en la miseria a diez personas de su familia. Ya ve usted que nunca pido nada para mí”.

Idólatras del deber

El autor de Clemencia y Navidad en las Montañas se refiere en su misiva al discurso preparado por él con motivo de las fiestas patrias de 1865 y que no pudo pronunciar en la plaza de Acapulco por causa de la ocupación francesa. Lo hará finalmente en el campamento de La Sabana. Allá, el hombre que a los 14 años había tenido su primer contacto con el idioma español, emocionará hasta las lágrimas a la concurrencia con su estrujante pieza oratoria. Lo será particularmente cuando rinda un cálido y amoroso tributo de admiración a los valerosos habitantes de Acapulco.
“Acapulqueños: idólatras del deber, proscritos que estáis contentos, yo os saludo con toda la admiración que inspira vuestra conducta, con todo el entusiasmo que produce la memoria de este día, yo deseo que desciendan sobre vuestras cabezas las bendiciones de aquel gran padre de la Patria que nos contempla desde el cielo”.
“Íbamos a celebrar las fiestas de septiembre en la bella Acapulco, allí a orillas de esa dulce y hermosa bahía que se abre en nuestras costas como una concha de plata; iban sus mansas olas de esmeralda a acariciar los altares de Hidalgo, iba su fresca brisa a agitar los libres pabellones; iban los penachos de sus palmas próceres a dar sombra al pueblo regocijado; iba el lejano mugido del tumbo a mezclarse en el concierto universal; iba Acapulco, como tantas veces, a aderezarse con su guirnalda de flores cuando, repentinamente, extranjeras naves, las naves de aquél que se llama soberano de México, han venido a deponer en nuestras playas una falange de traidores.
“¡Qué lección esta para los pueblos miserables del centro que han regado, trémulos de pavor, flores al paso de un aventurero coronado! Que vean en Acapulco el ornato de las calles que consiste en los candados con que se condena las puertas de las casas abandonadas; que escuchen el hosanna de bienvenida que consiste en el aterrador silencio de una ciudad desierta; que preconicen la adhesión de este pueblo al Imperio al mirar a los habitantes abandonar sus moradas y sus bienes antes de verse obligados a inclinarse ante el mandarín que viste la librea del usurpador”.
Luego de pasar lista de honor a los paladines de la Independencia, el tixtleco cierra su pieza oratoria:
“Ahora, conciudadanos, después de estos gritos de entusiasmo por la República, lanzados al oído de esa legión infame que infesta a Acapulco, que se escuche el silbido del plomo y el ronco grito del combate. A vuestra cabeza está el estandarte de la Independencia nacional. Nuestros enemigos no tienen bandera, los traidores no pueden tener águilas por enseñas. Un mayoral es el que azuza con un látigo. Nosotros triunfaremos porque somos honrados contra infames, libres contra esclavos”.

El poeta

Surto en la bahía de Acapulco, el vapor St. Louis de la Línea del Pacífico ejecuta maniobras para zarpar hacia puertos estadunidenses. Son las 11 de la noche y el último pasajero en abordarlo ya escribe en su camarote. Es Ignacio Manuel Altamirano rumbo al exilio.

Salir de Acapulco

…Aún diviso tu sombra en la ribera,
salpicada de luces cintilantes,
y aun escucho a la turba vocinglera
de alegres y despiertos habitantes,
cuyo acento lejano hasta mi oído
viene el terral trayendo, por instantes.

Dentro de poco, ¡ay Dios!, te habré perdido,
última, que pisara cariñoso,
tierra encantada de mi Sur querido.

Me arroja mi destino tempestuoso,
¿adónde? No lo sé; pero yo siento
de su mano el empuje poderoso.

¿Volveré?. Tal vez no; y el pensamiento
ni una esperanza descubrir podría
en esta hora de huracán sangriento.

Tal vez te miro el postrimero día,
y el alma que devoran los pesares
su adiós eterno, desde aquí te envía.

Quédate pues, ciudad de los palmares,
en tus noches tranquilas arrullada
por el acento de los roncos mares.

Y a orillas de tu puerto recostada,
como una ninfa en el verano ardiente
al borde de un estanque desmayada.
De la sierra el dosel cubre tu frente,
y las ondas del mar siempre serenas
acarician tus plantas dulcemente.

¡Oh suerte infausta! ¡Me dejaste apenas
de una ligera dicha los sabores,
y a desventura larga me condenas!

Dejarte ¡oh Sur! acrece mis dolores,
hoy que en tus bosques quedase escondida
la hermosura y tierna flor de mis amores,

Guárdala ¡oh Sur! Y su existencia cuida
y con ella alimenta mi esperanza
¡Porque es su aroma el néctar de mi vida!

Mas ya te miro huir; en lontananza
oigo alegre el adiós de extraña gente,
el buque, lento en su partida avanza.

Todo ríe en la cubierta indiferente;
sólo yo con el pecho palpitando,
te digo adiós con labio balbuciente.

La niebla de la mar te va ocultando;
faro, remoto ya, tu luz semeja;
ruge el vapor, y el Leviatán bramando.

Las anchas sombras de los montes deja.
presuroso atraviesa la bahía,
salva la entrada y a la mar se aleja;

Y en la llanura lóbrega y sombría
abre en su carrera acelerada
un surco de brillante argentería.

La luna, entonces, hasta aquí velada,
súbita brota en el zafir desnuda,
brillando en alta mar: Mi alma agitada
pensando en Dios, la inmensidad saluda.

5 de Mayo de 1865

El coronel auxiliar de Infantería del Ejército Nacional, con diversas acciones contra el invasor francés, no otro que el maestro Altamirano, es invitado por el gobernador Diego Álvarez para pronunciar el discurso oficial del 5 de mayo en Acapulco. Cierra su pieza oratoria con esta proclama:
“Conciudadanos: ¡Cuando se nos oprima el corazón por la desgracia, por el cansancio, por la fascinación de la potencia francesa, volvamos al sol de Mayo para pedirle un rayo de esperanza; volvamos hacia aquél combate sublime para pedir a las venerables figuras de aquellos valientes, lo que es preciso para combatir, lo que es preciso para morir con gusto, lo que abre el templo de la victoria, así como abre las puertas del cielo, la fe”.

Cuenco lindísimo

Un día de 1870, Nachito se convierte en “viajero de la imaginación poética” para recorrer sus añoradas montañas del sur. “Donde el sol todo lo envuelve con una capa de fuego y donde apenas una que otra llovizna ha ido a refrescar la atmósfera abrasada”. Hace un alto en su admirado y muy querido puerto:
“Hemos llegado a Acapulco, a ese cuenco lindísimo que no necesitaba ser el mejor puerto de la República, para que fuera el más bello de los puertos del litoral que acaricia el Pacífico con sus olas de esmeralda. Una vez aquí y sin detenernos a pensar en el porvenir grandioso de este puerto, debemos girar a la derecha, es decir, debemos caminar por toda la ribera del mar hacia el oeste….”.

Visionario

El autor de los poemas Atoyac y La Plegaria de los Niños, escribe en el periódico La República, por él fundado, un artículo inquietante sobre la situación del estado de Guerrero, comprándolo en 1880 con un paralítico. Un fragmento:
“… Es muy triste para los hijos de Guerrero considerar que solo su pobre estado, tan rico en elementos, se está quedando como apartado del movimiento nacional, como retraído ante las aspiraciones modernas, como si sus inmensos sacrificios para conquistar las instituciones que nos dan vida, lejos de darle derecho a la consideración nacional, lo condenasen al silencio y al abatimiento”.
“¿Y todo esto por qué? Acaso es porque los hijos de Guerrero sean negligentes, apáticos o ineptos? De ninguna manera. Los surianos comprenden, como todos, los beneficios de la civilización, ellos al contemplar el suelo privilegiado que poseen, conocen que los abundantes elementos inexplotados que encierra, les brindan con un porvenir de prosperidad y bienestar”.
Altamirano recrea con prodigalidad las riquezas naturales de la entidad para luego preguntarse:
“¿Qué se necesita para levantar a esta especie de paralítico y hacerlo andar por la vía del progreso?”.
“Pues en primer lugar se necesita la paz y un gobierno inteligente y popular que cuente en torno suyo con todas las fuerzas vivas del país, para llevar a cabo la creación de las grandes empresas que hagan posible la transfusión de capitales extraños en la industria suriana, para generalizar la instrucción primaria, para establecer, en fin, las anchas bases de la vida de trabajo y de riqueza pública…”.