Julio Moguel
Junio 20, 2025
LASCAS
Memoria y acontecimiento
Nota bene. Con esta entrega de Lascas, y la que sigue, cierro el ciclo de algunos de los pasajes que, en forma más extensa y con una buena cantidad de estampas, aparecerán integradas en el libro de coautoría con Doña Amalia Solórzano, Buenos días, General, mismo que será publicado, según los planes ya hechos, durante el curso del mes de octubre del presente año.
Pasaremos entonces a partir del mes de julio a otras temáticas, relacionadas con la literatura, la historia y con “otros acontecimientos”.
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Recreo mi mirada una vez más en La nave de los locos (La Nef des fous) de Jerónimo Bosch, pintura que tuve una vez frente a mis ojos en su versión original, pero que ahora, por fortuna, puedo darme el gozo de echarle una revisada a detalle a través del Internet. Y pienso, al observar la pintura con detenimiento, en el vínculo orgánico que en la mentalidad de la época en la que fue magistralmente pintada (mentalidad que pudo ser predominante entre el siglo XV y el XVI), pudo tener el ser humano con “lo natural”, convertido él mismo en parte indisociable de esa naturaleza o “naturalidad”.
Desde el siglo XIX y sobre todo desde el siglo XX hasta nuestros días dicha integración de la naturaleza como Entidad viviente y redonda, donde quedaban fundidos en un solo sentido de Ser los entes humanos, los animales no humanos, el aire, la flora y la tierra, se fue convirtiendo en un rompecabezas con piezas separadas que no estaban o no están predeterminadamente (de origen) integradas en una totalidad expresiva indisociable e íntima.
Hubo y hay una subgeneración de seres humanos que durante ese periodo secular y durante el siglo XX siguieron pensando “la vida y sus cosas” de la misma forma en la que fue plasmada por el Bosco en su pintura. ¿Premodernos y románticos? No; por el contrario, verdaderamente modernos y visionarios.
Entre esos “raros” seres humanos encontramos, ni más ni menos, a una hermosa pareja conocida por nosotros: Amalia Solórzano y el General Lázaro Cárdenas del Río.
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Después de la boda de Amalia Solórzano con el General Cárdenas, que ya hemos relatado, llegó, como decíamos, en la Luna de Miel, la gran celebración de esa unión por lo civil en la finca patzcuarense de la Eréndira. Luego, nos contaba Doña Amalia, vinieron días “inolvidables” en los que “el General montaba por los cerros cercanos”, y paseaba por Quiroga o por Erongarícuaro.
Mas en seguida doña Amalia agrega en su relato:
Fue entonces cuando empecé a saber que al General le gustaban mucho las flores y los árboles, que siempre que andaba por allí en sus recorridos anotaba de éstos edad y procedencia, y que del ganado registraba origen, años, peso, crecimiento, raza. Que tenía particular predilección por los caballos, y que también le gustaban los perros, como los dálmatas que después adquirimos.
Párrafo que casi para cualquier lector pudo pasar como un buen detalle de ornato en el recuerdo, pero que adquiere una dimensión que pinta de cuerpo entero a Cárdenas y a Amalia.
Pero remontemos la memoria a los tiempos en que Cárdenas era “un chamaco”, cuando nos platica en sus Apuntes que:
El profesor (Hilario de Jesús) Fajardo nos llevaba a la Alameda, en donde jugábamos pelota y jineteábamos becerros (…). El domingo hacíamos con él excursiones a los ranchos cercanos como El Coyacho (…); al rancho de Juan Herrera (…); al cerro de San Francisco (…); a las comunidades de Totolán y Los Remedios (…). En todas las excursiones la plática amena (del) maestro nos hacía conocer la obra de la naturaleza; ponía especial empeño en hablarnos de los árboles, de su importancia y del cariño que debíamos guardarles. Es el árbol, nos decía, el principal amigo de los niños, los cobija con su sombra, da salud y frutos y en general enriquece a los países.
Corriendo en esta historia por los años, nos encontramos al General, cuando se encontraba en Veracruz en campaña por la presidencia del país, en 1934, estableciendo el compromiso de “Hacer en todos los pueblos de la república la forestación que ha logrado aquí en el puerto (de Veracruz) el ingeniero Quevedo”.
Pero, también dando saltos en su historia, podemos decir que, durante su estancia en el Poder Ejecutivo, “se iban los fines de semana a Palmira, en las afueras de Cuernavaca, (donde) al General le gustaba mucho nadar en las albercas y, “donde quiera que llegara, lo primero que hacía era, antes que una casa, huertas de frutales o de lo que fuera.” (Era otra cosa la vida).
No era la ciudad de México un espacio que “urbanizara” en definitiva a los espíritus de Lázaro y de doña Amalia, pues salían a menudo “por las afueras de la ciudad, a Xochimilco, a Texcoco, al Nevado (de Toluca)”. Más aún y más allá de la gran urbe: les gustaba a ambos ir a las aguas termales, particularmente a Los Azufres, donde había una “agua preciosa, tibia, (y) donde el aire entraba por doquiera”, a pesar de que hubiera “frío con ganas”.
Los recuerdos de Doña Amalia son prolíficos en esta vuelta gozosa al pasado vivido con Don Lázaro, y se anclan, por ejemplo, en aquel momento en el que el General, ya atacado por el cáncer, regresa con ella por tierra a la ciudad de México desde Juxtlahuaca, y él le pide al conductor del auto que se pare un momentito en Tonalá, porque “algo especial se le ha ocurrido hacer”. Pues resulta que en dicho lugar el General tenía una pequeña casa con “limos y frutales”, y también jazmines “que tanto le gustaban”.
Sobre esa circunstancia nos cuenta doña Amalia: “Yo no me bajé del coche para que no nos tardáramos. Pero él dijo que iba a dar una vuelta y que ahorita regresaba (…) Cuando regresó me traía un ramo de flores, de los jazmines de la casa”.
Y no hay mejor redondeo sobre lo que aquí hemos plasmado que el siguiente pasaje surgido de la voz y de la pluma de Amalia:
El General tuvo siempre especial predilección por los caballos. También quiso mucho a unos perros dálmatas que tuvimos recién casados y hasta recordaba con cariño a un burro que tuvieron cuando eran niños en Jiquilpan. Este gusto por los animales también se veía en sus muchos conocimientos de ganadería. Con cada una de las reses suyas era muy cuidadoso. Llevaba un registro de su edad, su origen, su raza, su peso, su crecimiento, todo (…) También le apasionaban los árboles (…). Hizo muchos experimentos para aclimatar especies en diferentes climas. En Jiquilpan y en Cuernavaca plantó árboles de mora. Disfrutaba mucho al verlos crecer.
¿Retórica de una dulce remembranza de pasados brumosos? De ninguna manera. Un botón de muestra lo resume:
(El General) hizo el bosque en Jiquilpan, que hace apenas 35 años era un páramo y ahora es un lugar grato para la población. En cuanto lugar estuvo de comisión (…) sembró árboles que conseguía de muchas partes, ya fuera de viveros oficiales o de amistades. Así sucedió, por ejemplo, con un raro tulipán africano que el licenciado Tomás Garrido Canabal le mandó desde Costa Rica (…) El General bautizó a esos tulipanes con el nombre de ‘Flor de Galeana’”.
¿Se fundían las almas de la histórica pareja en ese amor por “la natura”? No hay que deducirlo de lo que se ha dicho hasta ahora en este texto, La voz de doña Amalia lo resume: Con el General “amamos siempre las plantas, los árboles, toda la naturaleza, las lluvias, aunque fueran tormentas.” Y él decía que “el árbol creaba su propio suelo”, siendo además “una (buena) fuente de ingresos para el pueblo (…). A Jiquilpan llevó las moreras porque eran posibles fuentes de trabajo para la cría del gusano de seda. Y en Apatzingán, en la finca California, él en persona formó las huertas de cítricos y cocos”.
¿Algún otro testigo virtuoso de este amor profundo del General y doña Amalia por los espacios y fuentes naturales y el vínculo indisociable entre el Ser humano y Ser natura?”.
Susana Elena Solórzano, en un escrito elocuente, nos platica: “Me gustaba verlo a caballo siempre erguido, participaba en las faenas del campo arreando el ganado a los corrales donde se les daba el baño garrapaticida, también plantaba árboles, cultivaba sus viveros de los cuáles se las vivía regalando plantas.
¿Pensamiento premoderno? ¿Remembranza de pasados remotos? ¿Nostalgias de un espíritu romántico? Usted dirá, estimado lector, cuál es el veredicto. La historia de nuestra realidad mecanizada y “desnaturalizada” orienta la brújula hacia otra parte, fértil justo en el pensar de nuestro futuro en y desde los mismos “tiempos modernos”.