Alan Valdez
Marzo 29, 2025
Apeles, el pintor más famoso de aquella época áurea.
Plinio, el Viejo.
Con la ayuda de otro libro, por fin le permito a Basho y a sus obras completas permanecer legibles. Con mi pisapapeles improvisado, ya no tengo que estar abriendo y cerrando las hojas para atender mi lectura. El libro que trato de revisar es una versión anotada de haikus. Vive, el texto, amplio sobre la falsa madera de mi escritorio, casi un pájaro condenado, alas detenidas, bajo una lámpara de primavera.
La invención del color es el volumen que me asiste en mi estudio. Mientras las páginas extendidas de esta ave originaria de Japón, pero impresa en España. Un gallo de oro, traducción de Beñat Arginzoniz.
Beñat Arginzoniz es, sobre todo, lector. Otra nota suma la inclinación hipocrática del editor de Bilbao a su biografía. Uno de los aforismos que más me han gustado de Beñat es Mastuo Basho es un maestro del haiku, y es también el máximo representante de la poesía japonesa.
Leo varias veces estas líneas. Su horizontalidad responde a lo amplio de la pregunta que me ruego después de la última sentencia. ¿Qué se sentirá estar encima de la sombra de un cerezo y ver cómo el día alarga su cresta?
Leer a Basho nos engrandece. Arginzoniz dice, yo cierro mis ojos en comunión con todos ustedes.
Barajeo las hojas de Basho, no busco ni mi muerte, ni mi mantra, ni la orientación cardinal de mi vida. Espero, más bien. En esta noche, me detengo más bien. Paciente. Desordenado el mundo, pero la sombra de mi mano por la lámpara sobre mi escritorio.
Leo la palabra lluvia, leo la palabra amantes y leo la palabra vino. No en la misma oración, pero sí en el mismo año. ¿Cómo fue así que miraste, Basho?.
La sombra de mi cabeza, gracias al foco contrapuesto a la dirección de mi escritorio, hace que una silueta se proyecte encima de la tinta tipográfica del amante, del lirio y del agua del Japón. Me distraigo en mi sombra. Al inicio, pensé que ya era el cansancio lo que me hacía voltear a ver a otros lados menos a las páginas pero, el instinto, seña vieja de la dedicación a los jardines, una ladybug amarilla recorre los bordes delineados de mi retrato sin luz sobre la equivocada madera.
En mi clase de español estoy enseñando los colores. También estoy enseñando a hablar de uno mismo. Mi cabello es castaño, dicción en voz alta. También es lacio y largo. Mis ojos son castaños, mi dicción, otra vez en voz alta.
Castaño, niño, armiño, año. EEEEeeñññe. Repiten conmigo. Mi letra es pronunciada con la timidez de quienes nunca ganaron un juego gracias al ñandú. Y siguen su música extranjera diciendo Mi cabello es rubio, mis ojos son azul. Mi cabello es roja, mis ojos es azules. Mi cabello es rubio, mi ojo es verdes.
Yo tengo la culpa. Soy el maestro.
En mi clase también estamos aprendiendo el nombre de algunos seres vivos. Este es un perro, este es un armadillo, esta es una mariposa. Acuérdense de la diferencia entre (between) ser/estar. Ser habla de la permanencia. Estar, estoy. Yo estoy dando clases. Ustedes viven en Iowa. Yo soy mexicano. Ustedes son estudiantes de la universidad.
Yo les pregunto, ¿saben cómo se dice ladybug en español? Mi alumna de padre puertorriqueño es la que contesta. Mariquita, right?
El caparazón de la mariquita sobre mi libro de Basho es amarillo. La luz de mi lámpara también es amarilla.
Plinio decía que los mejores pintores de la antigua Grecia solo utilizaban cuatro colores, el rojo, el negro, el blanco y el amarillo. Estos cuatro colores fueron los que utilizó Apeles, el máximo representante de la pintura griega, también, según Plinio.
¿Qué será pintar el mar con tanta fuerza, que, desde el adentro de la sal, veas cómo se detalla el rostro de Occidente? De la Venus de Apeles lo único que sobrevivió fue el Renacimiento de Botticelli, la perla y la concha llevada por el viento.
La mariquita se recorre encima de las páginas de la La invención del color. Luego brinca de un volumen a otro. Sus seis patas pisan en línea paralela al respirar de Beñat Arginzoniz cuando él relata sobre la hoja que La cigarra cae muerta desde lo alto del árbol.
La mariquita no muere, pero desaparece. De su amarillo no me queda nada. Me levanto. Al prender la luz del baño también se prende un abanico. La orina cayendo persigue el sonido del ventilador. Ambos ruidos se empalman de tal forma que la idea de lluvia me prolonga inmediatamente.
Regreso a mi madera aglomerada. Sentado en mi escritorio practico uno de mis ademanes necesarios. Subrayo la oración de la muerte y la cigarra. Trato de que mi línea se dirija como si lo que estuviera volviéndose margen fuera la misma caída medieval del mundo.
Cuenta Plinio que Apeles, el retratista de Alejandro Magno, visita un día el taller de Protógones, otro maestro de la obsesión y el detalle. Toca la puerta. Nadie abre. Al no encontrarlo, Apeles decide dejar rastro de su visita. Traza línea, una línea delgada y precisa en una tabla. Protógenes vuelve, sabe, también exacto, que solo la intención de Apeles podía haber dejado esa marca.
Tal gesto animó otro gesto. No queriéndose quedar atrás, Protógenes responde a la línea. Pulsa su trazado como si el dibujo fuera la orientación que obliga a la luna cuando está cortada en amarillo menguante. Así que Protógenes fue la línea. La línea fue Protógenes.
Pero Apeles regresó, tocó la puerta de nuevo y trazó otra línea que dividió las anteriores. Elegante, el silencio quedó dividido.
La tabla solo guardó la compostura.
Subrayo mi libro de haikus en un solo trazo. Mi subrayado, arrastre de un lánguido lápiz que muestra mi falta de compromiso en el kínder. Mi línea no apela a nada, zigzaguea, se divierte, mejor dicho, acapara las consonantes más feas con bordes, protuberancias sísmicas, pero también cumple el cometido de recorrerse sobre el papel ya no solo como grafito, sino como un lector más de Basho.
Beñat Arginzoniz acaba su nota. El párrafo termina Pasó la vida cantando y murió como una flor.
¿Cómo yo paso mi vida?
Apunto:
Ambicionar la vida de la cigarra.
Apunto:
Realizó el camino de la poesía.
Apunto:
Basho nació en 1644. No fue bajó un cerezo, pero sí después.
Apunto:
Matsuo Basho muere el 12 de octubre de 1694. Su cuerpo es sepultado cerca del lago Biwa.
Apunto:
¿Qué se sentirá morir en el siglo XVII?
Botticelli pinta El nacimiento de Venus, Matsuo Bash? todavía no ha muerto. Ni siquiera ha nacido. Cuando Sandro Botticelli usa el amarillo es, en su mayor parte, un acuerdo entre el pigmento ocre y el amarillo oro-estaño que procuró, más que cualquier cosa, entender la luminosidad del cabello de su Venus.
Me levanto a orinar otra vez. La primera noche de primavera es más real que yo. Estudiantes van en ambas aceras. Coreografiados, luminosos, más posibles que yo. Aquí, mientras, ocurre sincrónico, el sonido de la orina contra el sonido del extractor de olores de mi baño, y de alguna manera que no entiendo, todo es amarillo. También pasa el tren nocturnamente, lo escucho claro, y yo me quedo quieto en mi casa porque yo no voy. También, es marzo. También mañana sigo enseñando los colores.
Me pongo el sol al hombro, y el mundo es amarillo. Eso dijo Facundo Cabral. Nació en La Plata. Ciudad geométrica, de avenidas diagonales y claras. Pienso en el sol de su bandera. La cara del sol de mayo. Un lugar incómodo pero primo entre la serenidad y la vigilancia.
El amarillo de la bandera de Argentina es un pigmento cercano al amarillo Nápoles, el mismo que utilizo Botticelli. El amarillo plomo-estaño (conocido también como amarillo de Nápoles), Botticelli lo utiliza para acentuar la luminosidad del manto y las flores en el Nacimiento de Venus. Los argentinos usan ese pigmento sintético descubierto en la Antigüedad, producto de calentar óxido de plomo con dióxido de estaño, para sugerir en la gesticulación de su bandera la vida y su renovación.
Witold Gombrowicz nació en un territorio, antes Imperio Ruso, hoy Polonia. Se recibió de abogado en un estado independiente llamado Segunda República de Polonia. Se exilió en Argentina desde 1939 hasta 1963. Trabajó en un banco de Buenos Aires. Platicaba con Ernesto Sábato. Comenzó a publicar su Diario en una revista polaca editada en el Paris de 1953. En ese diario Gombrowicz escribe cosas como:
1953
Lunes
Yo
Martes
Yo
Miércoles
Yo
Hoy es miércoles. Llamo a mi madre. Mi madre me da noticias de ella y de la compañía de mi hermano. Los escucho, ambos misma risa, una llamada desde Cuernavaca hasta Iowa. Mi madre me cuenta de dos pájaros. Imita el sonido de su canción. Imita las maneras titilantes de los pájaros aburridos. Nos reímos. Me enseña una pintura que está haciendo. Dos flores. Mi hermano.
Les leo un fragmento del libro que estoy revisando. La invención del color de Philip Ball. Le enseño a mi madre y a mi hermano las ilustraciones del libro. Pinturas Renacentistas. Piedras semipreciosas importadas de Afganistán y la Virgen María. El cinabrio bermellón, el sulfuro y la alquimia del rojo. La calcedonita paisaje y figura humana a la vez. La malquita y el marfil. Y, por último, de nuevo, el amarillo.
Dice Basho, mi vida se prolonga, primeras flores. Afuera de una iglesia hay un racimo de zizia aurea. Desde hace cuatro días he visto a dos abejas volando alrededor de las flores. Me entretiene su forma detenida hecha de aire. La sombra de sus alas y la sombra de sus pétalos. Yo quiero ser así de delicado.
Veo las fotos que les he tomado a las abejas. Sigo revisando fotografías de hace rato, por cierto, en el video estoy debajo de un sauce llorón. Es el primer árbol que está verdeando. Sus ramas, raíces que bajan desde el tronco hacia nosotros, sin nunca tocar el suelo.
Cierro el libro de Basho. Continúo con La invención del color. En el libro se puede apreciar también una lámina de La extracción de la piedra de la locura del Bosco. Le pregunto a mi madre qué se siente que le saquen una piedra de la cabeza. Le pregunto si después de la extracción de la bola de carne puede mover las manos como lo hacía antes. Le pregunto si siente lo mismo al pintar y si son los mismos colores. Ella solo contesta y termina todas las oraciones con la misma palabra:
Mijo.